Abrid los ojos hacia vosotros mismos y mirad en el infinito del espacio y el tiempo. Oireis que alli vuelven a resonar el canto de los astros, la voz de los numeros y la armonia de las esferas. Cada sol es un pensamiento de dios y cada planeta una forma de ese pensamiento, y es para conocer el pensamiento divino que vosotras almas descendereis y remontareis penosamente el camino de los siete planetas y de los siete cielos suyos. HERMES TRISMEGISTO


Lo que la oruga ve como el final de la vida, el maestro lo llama una mariposa. RICHARD BACH

DEDICATORIA

Allí, donde habitan las mariposas, lo hacen tambien las hadas y los angeles, la verdad y la ilusion, la alegria, el amor, la dulzura y la fantasia; los mas bellos sueños y la esperanza.

Es el lugar donde los rios son de miel y las montañas de plata y diamantes; donde los seres alados bailan moviendose al ritmo de la musica de George Harrison y el aroma del Padmini; donde puedo descansar en grandes almohadones de plumas tejidos con hilos de seda y oro. Es mi refugio, y el de muchos que sueñan encontrarlo, sin saber aún que son mariposas.

Este blog esta dedicado a todos ellos y ojala puedan disfrutarlo como parte de su camino hacia el lugar donde habitaron o habitaran algun dia


Parameshwary
Enero 2009


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los cuatro acuerdos de la sabiduria Maya

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Secretos Parameshwary

lunes, 26 de enero de 2015

2-¿Cuál era el nivel de conocimientos de las antiguas civilizaciones?

https://oldcivilizations.wordpress.com

Los filósofos  herméticos han tenido el convencimiento, probablemente basado en unos sesenta mil años de experiencia, de que a través  del  tiempo, y por efecto del pecado, fue  densificándose  el cuerpo físico  del  hombre, cuya naturaleza  era en un principio casi etérea  y le permitía percibir claramente las cosas hoy invisibles del universo.
 Desde la caída del género humano, la materia es un espeso muro interpuesto entre el mundo terrestre y el mundo de los espíritus.
Las más antiguas tradiciones esotéricas enseñan asimismo que antes del Adán mítico existieron sucesivamente varias razas humanas. Tal vez pertenecían a alguna de estas razas los hombres alados que menciona Platón en su obra Fedro. Habría que resolver este enigma tomando como punto de partida las cavernas de Francia y los restos de la Edad de Piedra.
 La Edad de Piedra, o Edad Lítica, es el período de la Prehistoria que abarca desde que los seres humanos empezaron a elaborar herramientas de piedra hasta el descubrimiento y uso de metales. La madera, los huesos y otros materiales también fueron utilizados, como cuernas, cestos, cuerdas, cuero, etc., pero la piedra, y, en particular, diversas rocas de rotura concoidea, como el sílex, el cuarzo, la cuarcita, la obsidiana, fue utilizada para fabricar herramientas y armas, de corte o percusión. Sin embargo, ésta es una circunstancia necesaria, pero insuficiente para la definición de este período, ya que en él tuvieron lugar fenómenos fundamentales para lo que sería nuestro futuro, tales como la evolución humana, las grandes adquisiciones tecnológicas del fuego, las herramientas y la vestimenta, la evolución social, los cambios climáticos, la diáspora del ser humano por todo el mundo habitable, desde su supuesta cuna africana, y la revolución económica desde un sistema recolector-cazador, hasta un sistema parcialmente productor. El rango de tiempo que abarca este período es ambiguo y variable según la región de que se trate. Aunque es posible hablar de este período en concreto, para el conjunto de la humanidad, no hay que olvidar que algunos grupos humanos nunca desarrollaron la tecnología de la fundición de metales y, por tanto, quedaron sumidos en la Edad de Piedra hasta que se encontraron con culturas tecnológicamente más desarrolladas. Sin embargo, en general, se considera que este período comenzó en África hace 2,8 millones de años, con la aparición de la primera herramienta humana o pre-humana. A este período le siguió el Calcolítico o Edad del Cobre y, sobre todo, la Edad de Bronce, durante la cual, las herramientas de esta aleación llegaron a ser comunes. Esta transición ocurrió entre el 6000 a. C. y el 2500 a. C.

Tradicionalmente se viene dividiendo esta Edad de Piedra en Paleolítico, con un sistema económico de caza-recolección, y Neolítico, en el que se produce la revolución hacia el sistema económico productivo, con agricultura y ganadería. El Paleolítico significa etimológicamente piedra antigua, término creado por el arqueólogo John Lubbock en 1865 en contraposición al de Neolítico, o Edad moderna de la piedra. Se extiende desde hace unos 2,85 millones de años (en África) hasta hace unos 12 000 años. El Neolítico, o Edad de Piedra Nueva o Pulimentada, es uno de los periodos en que se considera dividida la Edad de Piedra. El término fue acuñado también por John Lubbock en su obra de 1865 que lleva por título Prehistoric Times. Inicialmente se le dio este nombre en razón de los hallazgos de herramientas de piedra pulimentada, en vez de tallada, que parecían acompañar al desarrollo y expansión de la agricultura. Hoy en día se define el Neolítico precisamente en razón del conocimiento y uso de la agricultura o del pastoreo. Normalmente, pero no necesariamente, va acompañado por el trabajo de la alfarería. La agricultura y la ganadería empezaron a practicarse en diferentes lugares del planeta de manera independiente y en distintas fechas.
 La primera región donde se encuentran pruebas de la transición de unas sociedades de cazadores-recolectores a otras de productores fue Oriente Próximo, hacia el 8500 a. C., probablemente por los sobrevivientes del Diluvio Universal, desde donde se extendió a Europa, Egipto, Oriente Medio y, quizás, el sur de Asia.
Muy poco después los procesos productores se desarrollaron de manera totalmente independiente en el norte de China, en los valles del río Amarillo y del Yangtsé (7500 a. C.). En Nueva Guinea también se dio un desarrollo temprano independiente de la horticultura, ya que algunos indicios sugieren que fue hacia el 7500 a. C., aunque dicha fecha es todavía insegura.
En África las primeras regiones donde se dieron las transformaciones neolíticas fueron el Sáhara, el Sahel y Etiopía, aunque algunos autores opinan que pudo haber existido algún tipo de influencia desde Asia y otros consideran que el desarrollo fue independiente, dado que se domesticaron especies de plantas locales. Finalmente, en América, el desarrollo de la agricultura fue más tardío, aunque se dio de manera independiente en tres regiones. Primero en Mesoamérica y la región andina, aunque no se sabe con seguridad si la horticultura en la Amazonia occidental estuvo influido por la región andina. Bastante más tardíamente, en el este de Norteamérica. En Europa el desarrollo no fue independiente y la agricultura apareció entre el 6000 a. C y el 3500 a. C., dependiendo de las regiones, gracias a la llegada de especies procedentes de Próximo Oriente. La etapa de transición entre el Paleolítico y el Neolítico se conoce como Mesolítico, mientras que las fases del Paleolítico tardío contemporáneas con el Neolítico y el Mesolítico en otras regiones del planeta se conocen como Epipaleolítico.

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En  las más antiguas tradiciones de casi todos los pueblos se descubre la  misma creencia en una raza superior a la actual, definida en muchos casos como divina o, tal vez, extraterrestre. 
 El manuscrito quiché Popol Vuh, publicado por Brasseur de Bourbourg, uno de los pioneros de la arqueología y la historia precolombina, dice que el primer hombre pertenecía a una raza dotada de raciocinio y de habla, con vista sin límites y que conocía todas las cosas a un tiempo. Quiché es el nombre de un pueblo nativo de Guatemala, así como de su idioma y su país en tiempos precolombinos. El término quiché proviene de qui, o quiy, que significa “muchos“, y che, palabra maya original, que alude a un bosque o tierra de muchos árboles. El pueblo quiché es uno de los pueblos mayas nativos del altiplano guatemalteco. En tiempos precolombinos los quichés establecieron uno de los más poderosos estados de la región.
La última ciudad capital era Gumarcaaj, también conocida como Utatlán, una de las ciudades mayas más poderosas cuando los españoles llegaron en la región en el siglo XVI, y cuyas ruinas se encuentran a dos kilómetros de Santa Cruz del Quiché, en el departamento de El Quiché, Guatemala. Fueron conquistados por el español Pedro de Alvarado a principios del siglo XVI, en 1524. El último comandante del ejército quiché fue Tecún Umam, quien fue muerto por de Alvarado en la batalla de los Llanos del Pinal. Tecún Uman es todavía considerado un héroe popular nacional y figura de leyenda. El texto más famoso en idioma quiché es el Popol Vuh, que narra del origen de este pueblo desde la creación del mundo, con  sus dioses y los primeros hombres y mujeres, formados de maíz, hasta llegar a la conquista española. El libro, de gran valor histórico y espiritual, ha sido llamado erróneamente Libro Sagrado o la Biblia de los mayas quiché. Está compuesto de una serie de relatos que tratan de explicar el origen del mundo, de la civilización, de diversos fenómenos que ocurren en la naturaleza, etc.

Según Filón de Alejandría (10 a.C. – 45 d.C.), también llamado Filón el Judío, uno de los filósofos más renombrados del judaísmo helénico, el aire está poblado de multitud de invisibles  espíritus, inmortales y libres de pecado, unos, y perniciosos y mortales, otros. Hay una sentencia que dice: “De los hijos de EL descendemos, e hijos de EL volveremos a ser”.
La misma creencia se trasluce en un pasaje del Evangelio de San Juan, escrito por un anónimo agnóstico, que dice: “Más a cuantos le recibieron  les dio poder de ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre”. Es decir, que cuantos practicaran la doctrina esotérica de Jesús se convertirían en hijos de Dios. “¿No sabéis que sois  dioses?”, dice Cristo a sus discípulos. Platón describe admirablemente, en su obra Fedro, el estado primario del hombre, al cual debe volver de nuevo: “Antes de perder las alas vivía entre los dioses y él mismo era un dios en el mundo aéreo”.
 Desde la  más remota antigüedad la filosofía religiosa enseñó que el universo está poblado de  divinos y espirituales seres de diversas razas. De una de éstas surgió, con el tiempo Adán, el hombre primitivo.
Los kalmucos y otros pueblos de Siberia describen también, en sus leyendas, unas razas anteriores a la nuestra, y dicen que aquellos hombres poseían conocimientos casi ilimitados, de lo que presumían hasta llegar a rebelarse contra el Gran Espíritu, que, para humillar su presunción y castigar su arrogancia, los encerró en cuerpos físicos, que limitaron sus facultades. Únicamente  pueden  salir  de este encierro  por medio de un perseverante arrepentimiento, de la purificación y del desenvolvimiento interior. Creen que sus chamanes a veces pueden ejercer las divinas facultades que una vez poseyeron todos los hombres.
Los Kalmucos (o Calmucos) son un pueblo mongol conocido con esta denominación desde el siglo XVII, cuando llegaron del Asia Central a la desembocadura del Volga, en la cabecera del Cáucaso. Los mongoles tuvieron su residencia en Karakorum. Y aún después de haber perdido la China, eran poderosos en la Tartaria. De ellos salieron dos pueblos, los khalkhas y los elutos o calmucos; los primeros se sometieron más tarde a la China, y los otros a Rusia. Entre los siglos XV y XVII, los calmucos eran nómadas que rivalizaron con China por el control de Pekín. Los calmucos en realidad son oirates, o sea mongoles de fe budista occidentales. A finales del siglo XV, con Dayan Kan, y en la segunda mitad del XVI, con su nieto Altan Khan (1543-1583), consiguieron restaurar una parte del poder que tuvo su legendario antepasado Gengis Kan. Altan conquistó toda Mongolia e introdujo el lamaísmo entre los calmucos a raíz de sus campañas en el Tíbet.

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El jefe de la religión tibetana visitó Mongolia, donde organizó el lamaísmo (1577) y concedió a Altan el título de Dalai Lama de Mongolia. Sus descendientes constituyeron una feudalidad religiosa y se construyeron numerosos monasterios en el país. Bajo su liderazgo se difundió con éxito el budismo tibetano, que era conocido desde el siglo XIII, pero que los eclécticos gengiskanidas nunca habían adoptado. En 1603 los calmucos destruyeron el kanato de Khiva y en 1639 subyugaron a los turcomanos de Mangyshlak. Los calmucos se establecieron en la estepa abierta de Saratov, en el norte de Astracán, en el delta del Volga en el sur, y el río Terek, en el suroeste. También acamparon en ambos lados del río Volga, del río Don, en el oeste, hasta el río Ural, en el este. Estos territorios habían sido anexionados por Rusia, que no estaba en condiciones de llenar la zona con colonos rusos. Los zares rusos los utilizaron como pueblo fronterizo contra las incursiones de los pueblos de las estepas y los calmucos fueron reclutados por el ejército imperial. Ayuka Kan (1670-1724) se hizo vasallo nominal de Rusia y los rusos lanzaron a estos guerreros budistas contra el kanato de Crimea, los baskires y los nogayos, que eran musulmanes. Aprovechando la muerte de Ayuka Kan en el año 1724, Kalmukia fue invadida y anexionada por Rusia. Aunque al principio los calmucos se mostraron antirusos, la rusificación dio sus frutos, por lo que no dudaron en ayudar a Rusia en las Guerras Napoleónicas (1812-1815), en la Guerra de Crimea (1853-1856) y en la Guerra Ruso-Turca (1877-1878). Formaron un kanato fronterizo, territorio gobernado por un kan o gobernante mongol, que juró lealtad a Rusia a cambio de protección contra el ataque de los tártaros.
En la biblioteca Astort, de Nueva York, hay una copia de un tratado egipcio de medicina  escrito en el año 1552 a.C., cuando, según la cronología corriente, contaba Moisés veintiún años de edad. Los caracteres están trazados sobre una corteza interna del cyperus papyrus, una planta originaria de Egipto que crece en las orillas del río Nilo y su delta, y servía para elaborar los antiguos papiros manuscritos.
El profesor Joseph August Schenk (1815 – 1891), botánico y paleontólogo alemán, de Leipzig, no sólo  atestigua su autenticidad, sino que lo considera el más perfecto de cuantos se conocen. Es una sola hoja de excelente papiro amarillento obscuro, de tres decímetros de ancho y más de veinte metros de largo, arrollado en ciento diez páginas cuidadosamente numeradas. Lo adquirió en 1872 el arqueólogo alemán Georg Ebers de manos de un árabe de Luxor.

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El periódico La Tribuna, de Nueva York, dijo sobre este asunto que del examen del papiro se infiere, con  toda probabilidad, que es uno de los seis libros herméticos de Medicina citados por Clemente de Alejandría. Dice el mismo periódico: “El año 363, en tiempo de Jámblico, los sacerdotes egipcios enseñaban cuarenta y dos libros atribuidos a Hermes.  Según Jámblico, de estos libros, treinta y seis trataban de todos los conocimientos humanos y los seis restantes se ocupaban especialmente de anatomía, patología, oftalmología, quirúrgica y terapéutica .
 El Papiro de Ebers es seguramente uno de estos tratados herméticos”. El fortuito encuentro del arqueólogo alemán y del árabe de Luxor han puesto al descubierto la antigua ciencia de los egipcios.
Los descubrimientos de la ciencia moderna no invalidan las remotísimas tradiciones que atribuyen una increíble antigüedad a la raza humana.
La geología, que hasta hace poco no había descubierto las huellas del hombre más allá de la época  terciaria, tiene hoy pruebas incontrovertibles de que el hombre existía ya sobre la tierra mucho antes del último período glacial, que se remonta a 250.000 años. Es una datación que creyeron los antiguos filósofos. Por otra parte, junto con restos humanos se han encontrado diversos utensilios, en prueba de que en aquella remota época se ejercitaba ya el hombre en la caza y  sabía  edificar chozas. Pero la ciencia se ha  detenido en su investigación, sin dar otro paso para descubrir el origen de la raza humana. Evidentemente los antropólogos modernos son incapaces de reconstruir, con los fósiles hasta ahora descubiertos, el trino hombre físico, mental y espiritual. El hecho de que cuanto más hondas son las  excavaciones arqueológicas, más toscos y groseros resultan los utensilios prehistóricos, parece una prueba  científica de que el hombre sería más salvaje a medida que nos acercásemos a su origen.
Según Ellen Lloyd, en su obra “El hombre antes de Adán en Bretaña“, opina que el hombre es de mayor antigüedad de lo que la ciencia moderna está dispuesta a admitir. Por otro lado, nos dice que elefantes y tigres una vez ocuparon el suelo de Gran Bretaña. Hay una gran cantidad de evidencias que apoya claramente esta afirmación. En otro libro titulado “Voces de Tiempos Legendarios“, Lloyd habla sobre la existencia de animales prehistóricos y de humanos en América.  pero en este artículo vamos a echar un breve vistazo a algunos de los descubrimientos a menudo olvidados, pero muy importantes, en el Reino Unido.

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En 1715, un farmacéutico de Londres llamado Conyers hizo el primer hallazgo conocido, que demostró que el hombre antediluviano también podría ser rastreado en Inglaterra.
En el mesón Gray’s Inn Lane, Conyers desenterró un hacha de piedra que yacía junto a huesos de elefante. En base a su descubrimiento, Conyers lógicamente concluyó que el antiguo hombre había una vez utilizado herramientas de piedra para cazar elefantes. La comunidad científica se rió e ignoró sus reivindicaciones, anunciando que los romanos habían utilizado elefantes durante su invasión en la época del emperador Claudio.
La explicación ofrecida por la comunidad científica podría haber sido adecuada, si no le hubieran seguido descubrimientos más incómodos durante los siguientes años.
En 1790, John Frere llevó a cabo excavaciones arqueológicas en Hoxne, en Suffolk, Inglaterra, donde encontró hachas manuales de sílex junto a enormes huesos de animales desconocidos. Todavía había un diente en el hueso de la mandíbula de un enorme animal que Frere encontró a una profundidad de cuatro metros, en una capa de grava. Frere llegó a la misma conclusión que Conyers. Los fósiles y las herramientas humanas eran evidencia de que el hombre y animales extinguidos coexistieron en el pasado. Sin embargo, los científicos eran de una opinión diferente. Frere fue, tratado con desprecio por el mundo de la ciencia. Sus hallazgos no estaban de acuerdo con el plazo históricamente aceptado de la humanidad.
 Por lo tanto, sus ideas y descubrimientos no pudieron ser tratados seriamente y el caso fue cerrado.
Más tarde, en 1824, un sacerdote católico llamado J. MacEnery, desenterró herramientas humanas junto con huesos de animales extintos, en la Caverna de Kent, Devon, Inglaterra. El Padre J. MacEnery habló a William Buckland, teólogo Inglés y Decano de Westminster sobre su inusual hallazgo. William Buckland hizo él mismo un descubrimiento muy interesante en la Cueva del Agujero de Cabra, cerca de Paviland, en Gales, donde se encontró un esqueleto de un hombre joven. Buckland identificó erróneamente los restos, en la creencia de que había desenterrado los restos de una mujer. La llamó la “Dama Roja de Paviland“. Además, Buckland se encontró con antiguas herramientas de piedra próximas al esqueleto. De acuerdo con la doctrina cristiana, el hombre antes de Adán era imposible, ya que Adán fue el primer hombre creado por Dios. Buckland concluyó, pues, que su descubrimiento, junto con el del Padre J. MacEnery, se remontaba a la época de Jesucristo. Pero, ¿cómo podían unas herramientas antiguas estar mezcladas con huesos de animales prehistóricos?

William Buckland tenía una respuesta a esta pregunta. Las herramientas habían, de alguna manera, tenido que “deslizarse hacia abajo” a la capa inferior, más antigua, donde los restos de animales extintos fueron encontrados. Algunos años más tarde, otro curioso hallazgo salió a la luz en Devon. En 1858, al entrar en una cueva en Devon, William Pengelly, un maestro de escuela, descubrió en su suelo una hoja de estalagmitas de tres a ocho pulgadas de espesor, conteniendo, dentro de ella, restos de león, hiena, oso, mamut, rinoceronte y reno.  Esta fue una prueba más de que la historia es diferente a la presentada en los libros de historia ortodoxos.
Uno de los objetos más sorprendentes descubiertos en Inglaterra es sin duda un pequeño martillo, que se estima tiene la escalofriante edad de 140 millones de años. A primera vista, esta herramienta parece bastante insignificante. Sin embargo, esta reliquia antediluviana es única en muchos sentidos. De acuerdo con la ciencia moderna, este martillo no debería existir en aquella remota época. Sin embargo, estaba allí. Alguien había producido aquel martillo hacía millones de años. Un análisis realizado al martillo por organizaciones independientes revela que esta herramienta se compone de 96,6% de hierro, 2,6% de cloro y 0,74% de azufre. O sea, el martillo está hecho casi completamente de hierro. Un examen más detallado del martillo no mostró evidencias de irregularidades en la cabeza de martillo. No había rastros de ingredientes utilizados para el refinamiento, tales como cobre, titanio, manganeso, cobalto, o molibdeno, vanadio, wolframio o níquel, todos los cuales son empleados actualmente en la fabricación del acero. Basado en la composición del martillo, sería imposible reproducir este tipo de herramienta con ayuda de la tecnología moderna. Por lo tanto, está claro que quién haya fabricado este martillo tenía grandes habilidades tecnológicas. Tal vez estos metalúrgicos antediluvianos fueron introducidos en esta tecnología por “dioses” alienígenas, que hubiesen llegado a nuestro planeta en esta época.  
Muchas culturas antiguas relatan de cómo sabios “seres del cielo” les instruyeron en ciencias como la astronomía, las matemáticas, la metalurgia y la agricultura. Estos dioses extraterrestres, los antiguos astronautas, supuestamente no sólo fueron los creadores del Hombre, sino que actuaron también como nuestros maestros. Los descubrimientos que corroboran la existencia de seres humanos y criaturas antediluvianas se produjeron regularmente, no sólo en el Reino Unido, sino también en otras partes de Europa. En Alemania, en una cueva cerca de la ciudad bávara de Bayreuth, un sacerdote llamado Johann Friedrich Esper encontró una mandíbula humana acompañada por los restos de un oso gigante. Se suponía que el oso extinto vivió en los días del Noé bíblico, antes del diluvio.

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En Francia, Boucher de Perthes descubrió, en 1832, en el área de Abbeville, varias hachas de piedra, similares a las encontradas por John Frere en Suffolk, Inglaterra. Junto a las piedras, Boucher de Perthes se encontró con huesos de mamuts, rinocerontes, bisontes, leones de las cavernas y otros animales extintos, que se remonta a tiempo antes del diluvio.
En Bélgica, un doctor llamado Schmerling desenterró en cuevas siete cráneos humanos, una serie de herramientas de piedra, y huesos de animales extintos, como el mamut y el rinoceronte europeo. El Dr. Schmerling concluyó: “No puede haber ninguna duda de que los huesos humanos fueron enterrados al mismo tiempo y por la misma causa que el resto de las especies extintas“.
La coexistencia del hombre y de los animales extintos es una realidad. Hay muchos fósiles que prueban este hecho. Es obvio que alguien suficientemente inteligente estaba caminando sobre este planeta mucho antes de que apareciera el primer ser humano moderno oficialmente reconocido. Los restos hallados, por ejemplo, en la cueva de Devon, demuestran que existieron otras razas civilizadas. Cuando hayamos desaparecido los actuales pobladores de la tierra y los arqueólogos de una raza futura hallen en sus excavaciones los utensilios pertenecientes a los indios o a las tribus de las islas de Andamán, ¿podrían afirmar que nuestra humanidad comenzaba a salir de una Edad de Piedra? Los científicos actuales tienden a suponer que las razas arcaicas estaban sumidas en la barbarie.
Sin embargo, algunos orientalistas sostienen lo contrario, como, por ejemplo, el orientalista alemán Max Müller (1823 – 1900), que decía: “Hay todavía muchas cosas incomprensibles para nosotros, y el lenguaje jeroglífico de los antiguos tan sólo expresa la mitad de los pensamientos. Sin embargo, la imagen del hombre se nos aparece cada vez más pura y noble en todos los países, según nos acercamos a su origen y comprendemos sus errores é interpretamos sus ensueños. Por lejanas que estén las huellas del hombre, aun en los más apartados confines de la historia, descubrimos desde un principio el divino don de la vigorosa y razonable inteligencia,  de suerte que es imposible sostener que la raza humana haya surgido lentamente de las profundidades de la brutalidad animal”.
Pero los sabios actuales se ocupan tan sólo en estudiar los efectos físicos, y el campo de investigación científica no va más allá de la naturaleza física, en cuyos límites se detienen los investigadores para recomenzar su tarea y dar vueltas y más vueltas a la materia. No se trata de poner en tela de juicio la valía potencial de la ciencia. Pero el investigador científico no debe rehuir el estudio de ningún nuevo fenómeno, por insólito que sea.
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