Abrid los ojos hacia vosotros mismos y mirad en el infinito del espacio y el tiempo. Oireis que alli vuelven a resonar el canto de los astros, la voz de los numeros y la armonia de las esferas. Cada sol es un pensamiento de dios y cada planeta una forma de ese pensamiento, y es para conocer el pensamiento divino que vosotras almas descendereis y remontareis penosamente el camino de los siete planetas y de los siete cielos suyos. HERMES TRISMEGISTO


Lo que la oruga ve como el final de la vida, el maestro lo llama una mariposa. RICHARD BACH

DEDICATORIA

Allí, donde habitan las mariposas, lo hacen tambien las hadas y los angeles, la verdad y la ilusion, la alegria, el amor, la dulzura y la fantasia; los mas bellos sueños y la esperanza.

Es el lugar donde los rios son de miel y las montañas de plata y diamantes; donde los seres alados bailan moviendose al ritmo de la musica de George Harrison y el aroma del Padmini; donde puedo descansar en grandes almohadones de plumas tejidos con hilos de seda y oro. Es mi refugio, y el de muchos que sueñan encontrarlo, sin saber aún que son mariposas.

Este blog esta dedicado a todos ellos y ojala puedan disfrutarlo como parte de su camino hacia el lugar donde habitaron o habitaran algun dia


Parameshwary
Enero 2009


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los cuatro acuerdos de la sabiduria Maya

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lunes, 9 de noviembre de 2015

Los grandes mitos universales demuestran un antiguo conocimiento común-3-

 https://oldcivilizations.wordpress.com

Volviendo a los temas astronómicos, es importante señalar que se producen cuatro momentos astronómicos cruciales al año, los cuales marcan el inicio oficial de cada una de las cuatro estaciones. Estos momentos, o puntos cardinales, que revestían una inmensa importancia para los antiguos, son los solsticios de invierno y verano y los equinoccios de primavera y otoño. En el hemisferio boreal el solsticio de invierno, el día más corto, recae en el 21 de diciembre, y el solsticio de verano, el día más largo, en el 21 de junio. En el hemisferio austral, por otro lado, todo está literalmente boca abajo, ya que el invierno comienza el 21 de junio y el verano el 21 de diciembre. Los equinoccios constituyen dos puntos en el año en los que la noche y el día tienen la misma duración en todo el planeta. De nuevo, sin embargo, al igual que en el caso de los solsticios, la fecha que marca el comienzo de la primavera en el hemisferio boreal (20 de marzo) marca el del otoño en el hemisferio austral, y la fecha del inicio del otoño en el hemisferio boreal (22 de septiembre) marca el comienzo de la primavera en el hemisferio austral.  Al igual que las sutiles variaciones de las estaciones, esto es propiciado por la oblicuidad del planeta. El solsticio de verano del hemisferio boreal recae en el punto de la órbita en que el polo norte está orientado directamente hacia el Sol; seis meses más tarde el solsticio de invierno marca el punto en que el polo norte está orientado en dirección opuesta al Sol. Y, lógicamente, la razón de que el día y la noche tengan la misma duración en todo el planeta en los equinoccios de primavera y otoño, es que éstos marcan los dos puntos en que el eje de rotación terrestre yace de costado al Sol.  Además, tenemos el extraño y maravilloso fenómeno de la mecánica celestial. Este fenómeno, tal como hemos descrito antes, se conoce como precesión de los equinoccios. Posee unas cualidades matemáticas rígidas y repetitivas que pueden ser analizadas y pronosticadas con precisión. No obstante, es extremadamente difícil de observar y más difícil aún es medirlo correctamente si no se dispone de unos instrumentos sofisticados. En esto puede residir la clave de uno de los grandes misterios del pasado. El plano de la órbita terrestre, proyectada hacia fuera para formar un gran círculo en la esfera celeste, se denomina eclíptica. Alrededor de la eclíptica, formando un cinturón estelar que se prolonga aproximadamente 7º al norte y al sur, se hallan las doce constelaciones del zodíaco: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis. Estas constelaciones tienen un tamaño, una forma y una distribución irregular. No obstante, y se supone que por azar, su disposición alrededor del borde de la eclíptica es suficientemente espaciada para proporcionar una sensación de orden cósmico a las salidas y puestas diurnas del Sol.

Bajo los limpios cielos del mundo antiguo, se comprende que los seres humanos se sintieran tranquilizados por esos movimientos celestes periódicos. También se entiende que los cuatro puntos cardinales del año, como son los equinoccios de primavera y otoño, los solsticios de invierno y verano, revistieran en todas partes una enorme importancia. Los antiguos concedían una importancia aún mayor a la conjunción de estos puntos cardinales con las constelaciones zodiacales. Pero lo más importante era la constelación en la que observaban salir el Sol la mañana del equinoccio de primavera, o vernal. En el transcurso de un año, la órbita que describe la Tierra provoca que el fondo estelar sobre el que se levanta el Sol cambie cada mes: Acuario -> Piscis -> Aries -> Tauro -> Géminis -Cáncer -> Leo, etc. En la actualidad, durante el equinoccio de invierno, el Sol sale por el Este, entre Piscis y Acuario. Este giro axial provoca que el «punto invernal» se adelante cada año, como consecuencia de ello se va desplazando muy despacio a través de las 12 casas del zodíaco, manteniéndose 2.160 años en cada signo y realizando un circuito completo en 25.920 años. La dirección de este desplazamiento axial, por contraste con el recorrido anual del Sol, es: Leo -> Cáncer -> Géminis -> Tauro -> Aries -> Piscis -> Acuario. Por ejemplo: la Era de Leo, es decir, los 2.160 años durante los cuales el Sol se elevó en el equinoccio de invierno sobre la constelación de Leo, se prolongó desde el año 10.970 hasta el 8.810 a. C. En relación a la era de Leo, algunos investigadores opinan que la Esfinge no es tan reciente como se dice oficialmente. Podría datarse incluso antes del Gran Diluvio. Se ha hablado sobre la erosión por agua que sufre la piedra con la que está construida la Esfinge y que la situaría en una era anterior al Diluvio. Pero existen teorías que relacionan las eras zodiacales con la construcción de la enigmática Esfinge. Como sabemos el año se divide en doce signos zodiacales, que se corresponden con las constelaciones. Hay tres signos que se relacionan con el equinoccio de primavera: Aries, Tauro y Géminis. Los que se corresponden con el solsticio de verano serían: Cáncer, Leo y Virgo. Los tres del equinoccio de otoño son: Libra, Escorpio y Sagitario. Y por último los pertenecientes al solsticio de invierno serían: Capricornio, Acuario y Piscis. La posición relativa de las constelaciones varía muy lentamente con respecto a un punto fijo de observación de la Tierra, debido a cierto movimiento de balanceo de nuestro planeta en su órbita solar, tal como ya hemos explicado.
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Es por esto que nuestra posición con relación a las constelaciones cambia cada 72 años, el equivalente a un grado de arco. Se necesitan casi 26.000 años para dar la vuelta a las constelaciones. Este fenómeno, llamado precesión de los equinoccios, era ya conocido en la antigüedad y recibe el nombre de Era. Cada Era tiene una duración de 2.160 años. La era cristiana ha transcurrido bajo el signo de Piscis y nos dirigimos hacia la de Acuario. Antes de Piscis, tuvimos la era de Aries, caracterizada por el cordero pascual del pueblo judío. Y antes dominó la era de Tauro, identificada con el buey Apis de los egipcios. Esta sucesión de eras podría determinar la fecha en que fue construida la Esfinge. La constelación que relacionamos con la Esfinge es la de Leo, ya que representa a un león. En base a este planteamiento se considera que la construcción de la Esfinge tuvo lugar en la era de Leo. Ello nos lleva a una fecha aproximada entre el 10.970 y el 8.810 a. C. Probablemente fue en aquellos tiempos en que algún pueblo de la antigüedad comenzó a levantar la Esfinge. En el ámbito astrológico, vivimos ahora al final de la Era de Piscis y en el umbral de la Nueva Era de Acuario. Tradicionalmente estos tiempos de transición eran considerados nefastos. Debido a la precesión axial de la Tierra, los antiguos descubrieron que una constelación no permanecía siempre fija ni inmutable, sino que el apuntar al Sol el día del equinoccio vernal iba pasando, muy lentamente, de una a otra constelación del zodíaco. Según Giorgio de Santillana: «La posición del Sol entre las constelaciones en el equinoccio vernal era el indicador que señalaba las “horas” del ciclo precesional, una enorme cantidad de horas, puesto que el sol equinoccial ocupaba cada constelación zodiacal durante casi 2.200 años». La lenta precesión axial de la Tierra se desarrolla en el sentido de las manecillas del reloj, es decir, de este a oeste, y por tanto en sentido contrario a la trayectoria anual del planeta alrededor del Sol. En relación con las constelaciones del zodíaco, que permanecen fijas en el espacio, esto hace que el punto en el que se produce el equinoccio de primavera «se mueva obstinadamente a lo largo de la eclíptica en dirección contraria al curso anual del Sol, es decir, en dirección contraria a la secuencia “correcta” de los signos zodiacales: Tauro -> Aries -> Piscis -> Acuario, en lugar de Acuario -> Picis -> Aries -> Tauro». Éste, en resumen, es el significado de la precesión de los equinoccios. Y esto es exactamente lo que significa el concepto del «amanecer de la Era de Acuario». La Era de Piscis se aproxima a su fin y el Sol vernal no tardará en abandonar el sector de Piscis para salir en Acuario. El ciclo de precesión, que dura 25.776 años, constituye el motor que impulsa este fenómeno celestial a lo largo de su interminable recorrido por los cielos.

Pero los detalles sobre la forma en que la precesión mueve los puntos equinocciales de Piscis a Acuario, y alrededor de todo el zodíaco, merecen ser descritos. Los equinoccios se producen sólo en dos ocasiones al año, cuando el eje inclinado de la Tierra yace de costado al Sol. Éstos ocurren cuando el Sol sale por el este en todo el mundo y el día y la noche tienen la misma duración. Debido a que el eje terrestre se desplaza en una lenta pero inexorable precesión en sentido contrario al de su órbita, los puntos en los que yace de costado al Sol se producen cada año fraccionalmente más pronto en la órbita. Estos cambios anuales son tan pequeños que resultan casi imperceptibles. No obstante, tal como señala Santillana, estos minúsculos cambios equivalen en poco menos de 2.200 años a un pasaje de 30° a través de una casa completa del zodíaco, y en poco menos de 26.000 años a un pasaje de 360° a través de un ciclo de precesión completo. En la respuesta a esta pregunta reside un gran secreto, y misterio, del pasado. En la Encyclopaedia Britannica encontramos una referencia sobre un erudito llamado Hiparco, el presunto descubridor de la precesión: “Hiparco nació en Nicea, Bithynia y murió después del 127 a. C. en Rodas. Fue un astrónomo y matemático griego que descubrió la precesión de los equinoccios. Este notable descubrimiento fue fruto de las minuciosas observaciones realizadas por una mente preclara. Hiparco observó las posiciones de las estrellas, y luego comparó sus resultados con los que había obtenido Timocaris de Alejandría unos ciento cincuenta años antes y con unas observaciones incluso anteriores que habían sido realizadas en Babilonia, Hiparco constató que las longitudes celestes eran diferentes y que esta diferencia era de una magnitud que excedía la atribuible a errores de observación. Por tanto propuso que la diferencia se debía a la precesión y dio un valor de 45” o 46” (segundos de arco) a los cambios anuales. Esto se aproxima mucho a la cifra de 50,274 segundos de arco que se acepta hoy en día“. Los segundos de arco constituyen las subdivisiones más pequeñas de un grado de arco. Existen 60 de estos segundos de arco en un minuto de arco, 60 minutos en un grado, y 360 grados en el círculo completo de la trayectoria de la Tierra alrededor del Sol. Un cambio anual de 50,274 segundos de arco representa una distancia algo inferior a una sesentava parte de un grado, de forma que se requieren unos setenta y dos años para que el Sol equinoccial se mueva un grado a lo largo de la eclíptica. Debido a las dificultades en materia de observación que supone detectar un cambio que se produce a un ritmo tan lento, el valor calculado por Hiparco en el siglo II a. C. es enjuiciado en la Encyclopaedia Britannica como «un notable descubrimiento». Pero todo parece indicar que el difícil reto de medir la precesión había sido asumido miles de años antes de Hiparco.

Hemos visto que Hiparco propone un valor de 45 o 46 segundos de arco con respecto a un año de movimiento precesional. Pero seguramente hay un valor mucho más preciso recogido en una fuente considerablemente más antigua. Existen muchas posibles fuentes. Hay un grupo de mitos, tales como las tradiciones sobre diluvios y cataclismos, que presentan interesantes características. Consideremos la leyenda mesopotámica del diluvio, de la que se han hallado numerosas versiones escritas en las tablillas que proceden de los primeros estratos de la historia de Sumer, hacia el 3000 a. C. Estas tablillas, transmitidas desde los albores de la historia del pasado, demuestran sin ningún género de dudas que la tradición de un diluvio causante de la destrucción del mundo ya era antigua, y por tanto se había originado mucho antes de los albores de la historia. No obstante, no es posible establecer cuándo. Parecen haber existido desde siempre, como si formaran parte del bagaje cultural de la humanidad. No podemos descartar la posibilidad de que esta extrema antigüedad no sea una fantasía. Por el contrario, hemos visto que muchos de los grandes mitos sobre cataclismos parecen contener testimonios fidedignos sobre las condiciones reales que vivió la humanidad durante el último período glacial. En teoría, por tanto, estas leyendas pudieron haber sido creadas prácticamente hacia la misma época en que apareció la subespecie del Homo sapiens sapiens, hace unos cincuenta mil años. Las pruebas geológicas, sin embargo, indican la época del 15.000 al 8.000 a. C. como la más probable. Entonces se registraron unos bruscos cambios climáticos de una magnitud catastrófica, como los que aparecen descritos en los mitos. El período glacial y su tumultuosa desaparición constituyeron unos fenómenos globales. Por consiguiente, no tiene nada extraño que las tradiciones sobre cataclismos correspondientes a diversas culturas repartidas por todo el globo se caractericen por un elevado grado de uniformidad. Lo que sí resulta sorprendente, sin embargo, es que los mitos no sólo describan unas experiencias compartidas, sino que lo hagan en lo que parece ser un lenguaje simbólico compartido. Los mismos motivos, los mismos personajes reconocibles y las mismas tramas arguméntales aparecen de forma reiterada. Según el profesor Santillana, este tipo de uniformidad sugiere la existencia de un origen común.
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En Hamlet’s Mill, Santillana afirma: “La universalidad constituye en sí misma una prueba cuando va acompañada de un propósito firme. Cuando algo que hemos hallado en China, por ejemplo, aparece también en los textos astrológicos babilónicos, cabe suponer que se trata de algo importante si revela un complejo de imágenes insólitas que nadie puede afirmar que hayan aparecido de modo independiente o por generación espontánea. Tomemos los orígenes de la música. Orfeo y su estremecedora muerte pueden ser una creación poética nacida en más de un caso en lugares diversos. Sin embargo, cuando unos personajes que no tocan la lira sino unas gaitas son desollados vivos por diversas y absurdas razones, y su idéntico fin es representado en varios continentes, debemos pensar que nos hallamos ante un descubrimiento importante, pues estas leyendas no pueden estar unidas por una secuencia interna. Del mismo modo, cuando el flautista aparece en el mito alemán de Hamelín y en México mucho antes que Colón, y en ambos lugares está ligado a ciertos atributos como el color rojo, no es posible decir que se trate de una coincidencia… Por otra parte, cuando uno halla números como 108, o 9 X 13, que reaparecen bajo varios múltiplos en el Vedas, en los templos de Angkor, en Babilonia, en las enigmáticas palabras de Heráclito y en el Valhalla escandinavo, tampoco se trata de un hecho fortuito“. Si relacionamos los grandes mitos universales sobre cataclismos, no parece que sean simples coincidencias, sino que demuestran la influencia global de una antigua fuente común, todavía sin identificar. Tal vez fue la misma fuente que, durante y después del último período glacial, trazó aquellos mapas tan precisos y técnicamente avanzados. También son dignos de consideración los mitos que describen la muerte y resurrección de dioses, entre otros temas. Según Santillana y Von Dechend, esas imágenes se refieren a acontecimientos celestiales, y lo hacen en el lenguaje técnico y refinado de una ciencia astronómica y matemática arcaica, pero «inmensamente sofisticada»: «Este lenguaje pasa por alto las creencias y los cultos locales. Se centra en números, movimientos, medidas, el entramado general, esquemas sobre estructuras de números, geometría». Pero, ¿de dónde proviene ese lenguaje? Hamlet’s Mill no nos ofrece una respuesta clara a esta pregunta. Los autores apuntan algunas claves. Por ejemplo, en cierto momento afirman que el lenguaje científico o «código» que creen haber identificado es de «una antigüedad asombrosa». En otra ocasión sitúan esta antigüedad con mayor precisión en un período como mínimo «seis mil años anterior a Virgilio», es decir, hace más de ocho mil años, lo cual vuelve a coincidir con la era de Leo.

Aquí nos tendríamos que preguntar qué civilización conocida en la historia fue capaz de desarrollar y utilizar un sofisticado lenguaje técnico hace más de ocho mil años. La respuesta es que estamos haciendo conjeturas sobre un episodio olvidado de una cultura tecnológicamente muy desarrollada, pero perteneciente a tiempos prehistóricos. De nuevo, Santillana y Von Dechend se muestran escurridizos a la hora de aclarar las cosas, refiriéndose tan sólo al legado que todos debemos a «una antigua civilización casi increíble, que se atrevió a entender el mundo tal como fue creado por medio de números, medidas y pesos».  Este legado, evidentemente, tiene que ver con un pensamiento científico y una compleja información de carácter matemático que, debido a su gran antigüedad, el paso del tiempo ha borrado, tal como dicen los autores antes mencionados: “Cuando aparecieron los griegos, el polvo de los siglos ya se había posado sobre los restos de esta gran construcción arcaica que abarcaba el mundo entero. No obstante, ha sobrevivido una parte de ella en los ritos tradicionales, en unos mitos y leyendas que no comprendemos. Unos enigmáticos fragmentos de un todo que se ha perdido. Estos nos recuerdan esos «paisajes brumosos» en los que los pintores chinos son unos auténticos maestros, los cuales muestran aquí una roca, allí un tejado, más allá un árbol, para dejar el resto a la imaginación. Incluso cuando hayamos descifrado el código, cuando conozcamos las técnicas, será imposible profundizar en el pensamiento de esos remotos ancestros nuestros, envuelto en sus símbolos, puesto que las mentes creadoras que concibieron los símbolos han desaparecido para siempre“. Lo que tenemos, de momento, son dos distinguidos profesores de Historia de la Ciencia, pertenecientes a renombradas universidades de ambos lados del Atlántico, los cuales afirman haber descubierto los restos de un lenguaje científico codificado que es muchos centenares de años más antiguo que la civilización humana más antigua identificada por los expertos. Por otra parte, aunque en general se muestran cautelosos, Santillana y Von Dechend aseguran también «haber descifrado parte de ese código». Ello constituye una extraordinaria afirmación, al provenir de dos académicos de prestigio.

En Hamlet’s Mill, los profesores Santillana y Von Dechend presentan una impresionante serie de pruebas míticas para demostrar la existencia de un curioso fenómeno. Por motivos inexplicables, y en una fecha que se desconoce, parece que ciertos mitos arcaicos procedentes de todo el mundo fueron utilizados como vehículos para desarrollar unos complejos datos técnicos referentes a la precesión de los equinoccios. La importancia de esta asombrosa tesis, según ha apuntado una destacada autoridad en medidas antiguas, radica en que ha disparado lo que puede convertirse en «una revolución copernicana en los conceptos actuales del desarrollo de la cultura humana». Hamlet’s Mill fue publicado en 1969. Durante este período, sin embargo, el libro no ha gozado de una amplia difusión entre el público en general, ni ha sido bien comprendido por los expertos en el pasado remoto. Según afirma Martin Bernal, profesor de Estudios Gubernamentales en la Universidad de Cornell, se debe a que «pocos arqueólogos, egiptólogos e historiadores especializados en la Antigüedad disponen del tiempo, las ganas y la habilidad necesarios para examinar los argumentos, en extremo técnicos, de Santillana». Estos argumentos giran principalmente en torno a la transmisión recurrente de un mensaje precesional en numerosos mitos antiguos. Y, curiosamente, muchas de las imágenes y símbolos clave que aparecen en estos mitos, en concreto los que se refieren a «una perturbación de los cielos», también se hallan enraizados en las antiguas tradiciones sobre cataclismos mundiales. En la mitología escandinava, por ejemplo, el lobo Fenrir, a quien los dioses habían encadenado, logró al fin romper sus cadenas y escapar: «Cuando Fenrir se libró de las cadenas, el mundo tembló. El fresno Yggdrasil [considerado el eje de la Tierra] se estremeció desde sus raíces hasta sus ramas superiores. Las montañas se desmoronaron o partieron en dos. La Tierra empezó a perder su forma primitiva. Las estrellas vagaban errantes en el cielo». Yggdrasil, el árbol del mundo, no fue destruido y los progenitores de la futura humanidad consiguieron refugiarse dentro de su tronco hasta que brotara una nueva Tierra de las ruinas de la antigua. ¿Puede considerarse mera coincidencia el hecho de que la misma estrategia fuera adoptada por los supervivientes del diluvio universal, tal como es descrito en ciertos mitos centroamericanos? Los vínculos y las analogías en los mitos entre los temas de la precesión y una catástrofe global son muy comunes. En opinión de Santillana y Von Dechend, este mito mezcla el tema familiar de las catástrofes con un tema muy distinto, el de la precesión. Por un lado tenemos un desastre terrestre de una magnitud que deja pequeño al diluvio de Noé. Por otro nos enteramos de que se están produciendo unos temibles cambios en los cielos y las estrellas, las cuales vagan errantes por el cielo y «caen al vacío». Estas imágenes celestiales, repetidas una y otra vez con pequeñas variaciones en los mitos de diversos lugares del mundo, se inscriben en una categoría considerada en Hamlet’s Mill «no unas simples leyendas como las que se crean de forma natural».
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Por otra parte, las tradiciones escandinavas que se refieren al monstruoso lobo Fenrir, y a las violentas sacudidas experimentadas por Yggdrasil, describen el apocalipsis final en el que las fuerzas del Valhalla participan del lado del «orden» en la terrible batalla de los dioses, una batalla que culminará en una destrucción apocalíptica: “Imagino que hay 540 puertas, dentro de los muros del Valhalla; 800 guerreros traspasan cada una de esas puertas, pues se enzarzan en una guerra con el Lobo“. Este verso permite contabilizar los guerreros del Valhalla, obligándonos por unos instantes a centrar nuestra atención en su número total (540 puertas X 800 guerreros/puerta = 432.000 guerreros). Este total, está matemáticamente ligado al fenómeno de la precesión. No es probable que aparezca en la mitología escandinava por azar, sobre todo en un contexto que previamente ha especificado «una perturbación de los cielos» lo suficientemente grave para hacer que las estrellas vaguen errantes por el cielo. En la mitología nórdica, Valhalla, del nórdico antiguo Valhöll, «salón de los muertos», es un enorme y majestuoso salón ubicado en la ciudad de Asgard, gobernada por Odín. Elegidos por Odín, la mitad de los muertos en combate viajan al Valhalla tras su fallecimiento guiados por las valquirias, mientras que la otra mitad van al Fólkvangr de la diosa Freyja. En el Valhalla los difuntos se reúnen con las masas de muertos en combate conocidos como einherjer, así como con varios héroes y dioses germánicos legendarios, mientras se preparan para ayudar a Odín en el Ragnarök, la batalla del fin del mundo. Ante la gran sala, cuyo techo está cubierto con escudos dorados, se halla el árbol dorado Glasir, árbol o bosque sagrado descrito como «el más hermoso entre los dioses y los hombres», de follaje dorado y localizado en las afueras de Asgard, frente a las puertas de Valhalla. Alrededor del Valhalla moran varias criaturas, como el ciervo Eikþyrnir y la cabra Heiðrún, que pacen el follaje del árbol Læraðr. El Valhalla es descrito en la Edda poética, colección de poemas compilados en el siglo XIII a partir de fuentes tradicionales antiguas, en la Edda prosaica y en las Heimskringla, ambas escritas por Snorri Sturluson, también en el siglo XIII, y en unas estrofas de un poema anónimo del siglo X, conocido como Eiríksmál e incluido en la saga Fagrskinna, que conmemora la muerte de Erico I de Noruega. El Valhalla ha inspirado diversas obras de arte, títulos de publicaciones, a la cultura popular y se ha convertido en un término sinónimo de lugar de veneración de grandes personajes ya fallecidos. En la mitología nórdica, Ragnarök (“destino de los dioses“) es la batalla del fin del mundo. Esta batalla será emprendida entre los dioses, los Æsir, liderados por Odín, y los jotuns, liderados por Loki. No sólo los dioses, gigantes, y monstruos perecerán en esta conflagración apocalíptica, sino que casi todo en el universo será destruido. En las sociedades guerreras vikingas, el morir en batalla era un destino admirable, y esto se tradujo en la adoración de un panteón en el que los dioses mismos no son eternos, sino que algún día serán derrocados, en el Ragnarök.

En las propias sagas y poesía escáldica de los pueblos nórdicos aparecen claramente definidos los acontecimientos del Ragnarök. Se conoce quién luchará contra quién, así como los destinos de los participantes en esta batalla. El Völuspá, la primera serie del Edda poética (Edda mayor), que data desde el 1000 d. C., cuenta la historia de los dioses, desde el inicio del tiempo hasta el Ragnarök, en 65 estrofas. La Edda prosaica (Edda menor), escrita dos siglos después por Snorri Sturluson, describe en detalle qué ocurrirá antes, durante y después de la batalla. Lo que es único sobre el Ragnarök como historia apocalíptica, al estilo Armagedón, es que los dioses ya saben a través de la profecía lo que va a suceder. Saben qué avisará de la llegada del acontecimiento, quién será asesinado por quién, y así sucesivamente. Incluso saben que ellos no tienen el poder de evitar el Ragnarök. Esto está relacionado con el concepto de destino de los pueblos nórdicos antiguos. La palabra Ragnarök consta de dos partes: ragna es el plural genitivo de regin, ‘dioses‘ o ‘poderes gobernantes’, mientras que rök significa ‘destino‘. En el siglo XIII, poetas nórdicos, probablemente por cuestión de estilo, cambiaron la palabra ragnarök por ragnarökkr. El término rökkr deriva por su parte del proto-indoeuropeo reg (w) os-, ‘oscuridad, penumbra, atardecer’. La traducción alemana del vocablo ragnarökkr es Götterdämmerung, un término popularizado en el siglo XIX por Richard Wagner en su ciclo El Anillo del Nibelungo, cuya última ópera es El crepúsculo de los dioses (Götterdämmerung, en alemán). Es esencial comprender la imaginería básica del antiguo «mensaje» que Santillana y Von Dechend afirman haber descubierto. Esta imaginería transforma la luminosa bóveda de la esfera celeste en una vasta y compleja maquinaría y, al igual que una rueda de molino, esta maquinaria gira sin cesar. Su movimiento es calibrado de forma permanente por el Sol, que sale en una constelación del zodíaco, luego en otra, y así sucesivamente a lo largo del año cósmico.  Los cuatro puntos clave del año son los equinoccios de primavera y otoño y los solsticios de invierno y verano. En cada punto observamos que el Sol sale en una constelación distinta. Así, si el Sol sale en Piscis en el equinoccio de primavera, como sucede en la actualidad, debe salir en Virgo en el equinoccio de otoño, en Géminis en el solsticio de invierno y en Sagitario en el solsticio de verano. En estas cuatro ocasiones, esto es exactamente lo que ha hecho el Sol durante los últimos dos mil años aproximadamente. Tal como hemos visto, sin embargo, la precesión de los equinoccios significa que el punto vernal cambiará en un futuro no lejano de Piscis a Acuario. Cuando esto ocurra, las otras tres constelaciones que marcan los tres puntos clave también cambiarán. En efecto, cambiarán de Virgo, Géminis y Sagitario a Leo, Tauro y Escorpio, casi como si el gigantesco mecanismo del cielo hubiera modificado su marcha…
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Al igual que el eje de la muela de un molino, según explican Santillana y Von Dechend, el árbol Yggdrasil «representa el eje del mundo» en el arcaico lenguaje científico que ambos han identificado. Se trata de un eje que se prolonga hacia fuera, para un observador que esté situado en el hemisferio septentrional, hacia el polo norte de la esfera celeste: “Esto sugiere automáticamente un palo recto y enderezado, aunque sería una simplificación. En el contexto mítico es mejor no pensar en el eje en términos analíticos, línea por línea, sino considerarlo, junto con el armazón al que está conectado, un todo. Así como un radio evoca de forma automática un círculo, el eje debería invocar los dos grandes y decisivos círculos sobre la superficie de la esfera, los coluros equinocciales y solsticiales“. En astronomía se llama coluro a cada uno de los dos meridianos principales de la esfera celeste, uno de los cuales pasa a través de los polos celestes y los puntos del equinoccio (coluro equinoccial), y el otro pasa a través de los polos celestes y los puntos del solsticio (coluro solsticial). Estos coluros constituyen unos aros imaginarios que se cruzan en el polo norte celeste, los cuales unen los dos puntos equinocciales en la trayectoria de la Tierra alrededor del Sol, es decir, donde se halla el 20 de marzo y el 22 de septiembre, y los dos puntos solsticiales, donde se halla el 21 de junio y el 21 de diciembre. «La rotación del eje polar no debe separarse de los grandes círculos que se mueven junto con ella en el cielo. El entramado debe ser considerado un todo junto con el eje». Santillana y Von Dechend estaban convencidos de que aquí nos enfrentamos no a una creencia, sino a una alegoría. Insistían en que el concepto de un entramado esférico compuesto por dos aros que se cruzan suspendidos de un eje no debe en modo alguno entenderse de la forma en que la ciencia antigua entendía el cosmos, sino que debe ser visto como «un instrumento de pensamiento» destinado a concentrar las mentes de unas gentes lo bastante inteligentes para descifrar el código referente al complicado hecho astronómico de la precesión de los equinoccios. Se trata de un instrumento de pensamiento que aparece una y otra vez, bajo distintas formas, en todos los mitos de mundo antiguo.

Un ejemplo, procedente de Centroamérica (que también presenta unas analogías curiosamente simbólicas entre los mitos de la precesión y los mitos sobre catástrofes, fue resumido por Diego de Landa en el siglo XVI: “Entre la multitud de dioses que eran venerados por estas gentes [los mayas] había cuatro a quienes llamaban Bacab. Éstos, según dicen, eran cuatro hermanos que fueron colocados por Dios, cuando éste creó el mundo, en cada una de sus cuatro esquinas para que sostuvieran el cielo con el fin de impedir que se desplomara. También dicen que esos Bacabs escaparon cuando el mundo fue destruido por un diluvio“.  Fray Diego de Landa Calderón (1524 – 1579) fue un misionero español de la Orden Franciscana que actuó en la provincia de Yucatán, llegando a ser obispo de la arquidiócesis de Yucatán entre 1572 y 1579.  Diego de Landa llegó a Yucatán en 1549, donde ocupó el puesto de ayudante del guardián provincial en Izamal. En 1562, en su época más negra como inquisidor, Landa estableció un tribunal de la Inquisición en el poblado maya de Maní, con el propósito de poner fin a las prácticas religiosas de los mayas. De hecho, Landa sabía que a pesar de las campañas de cristianización emprendidas en la península, los indígenas seguían rindiendo culto a sus antiguas divinidades. Al establecer el tribunal en Maní, Landa comenzó a interrogar a los indígenas y a incautar sus objetos religiosos, lo que incluía no sólo imágenes sino los códices. Durante casi toda su vida, Landa se dedicó al estudio de la cultura maya, no sólo para llevar a cabo sus propósitos de evangelización, sino quizás también para tratar de compensar la valiosa información que había destruido en su época de inquisidor. En su obra recogió una gran cantidad de información sobre la historia, el modo de vida y las creencias religiosas de los mayas. También logró entender el sistema calendárico y matemático de esta civilización. La Relación de las cosas de Yucatán, escrita entre 1566 y 1568 es una obra clave para entender el mundo maya de la época de la conquista. En este libro Landa escribe sobre el descubrimiento y conquista de México, y sobre la historia y cultura maya. Aunque la lengua maya se ha seguido hablando hasta la actualidad, en el siglo XVIII desaparecieron las últimas personas capaces de entender los complejos glifos mayas. En 1862, Charles Étienne Brasseur de Bourbourg descubrió una copia del manuscrito en la biblioteca de la Real Academia de la Historia, en Madrid, y después de traducirla al francés y añadir anotaciones, la publicó en Londres y París en 1864. Brasseur de Bourbourg intentó traducir los códices mayas, pero no lo consiguió al pensar que los glifos eran un simple alfabeto. Hubo que esperar más de un siglo hasta que se consiguió descifrar por completo la escritura maya. Pero hay que reconocer que la obra de Landa, a pesar de su siniestro pasado como inquisidor, ha sido trascendental para llegar a tal conocimiento.
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En opinión de Santillana y Von Dechend, los astrónomos y sacerdotes mayas no suscribían la burda idea de que la Tierra era plana y tenía cuatro esquinas. Ambos académicos afirman que la imagen de los cuatro Bacabs es utilizada como una alegoría técnica destinada a arrojar luz sobre el fenómeno de la precesión de los equinoccios. En suma, los Bacabs vienen a representar el sistema de coordenadas de una era astrológica. Representan los coluros equinocciales y solsticiales, uniendo las cuatro constelaciones en las que el Sol sigue saliendo en los equinoccios de primavera y otoño y en los solsticios de invierno y verano durante unas épocas que duran poco menos de dos mil doscientos años.  Se entiende que cuando el cielo modifica su marcha, la vieja era se desmorona y nace una nueva era. Todo ello constituye una imaginería precesional. Lo que llama la atención, sin embargo, es el vínculo explícito con un desastre terrestre, en este caso un diluvio, al cual los Bacabs logran sobrevivir. Asimismo, quizá sea un detalle relevante el hecho de que los bajorrelieves de Chichén Itzá representen de forma clara a los Bacabs como unas figuras barbudas y de aspecto europeo, más bien semítico. Diríamos que parecen fenicios. En cualquier caso, la imagen de los Bacabs, ligada a numerosas referencias a las «cuatro esquinas del cielo», es solo una entre muchas que parecen haber servido como instrumentos de pensamiento respecto a la precesión. Un arquetipo entre estas imágenes es la muela de molino que se referencia en el título de la obra de Santillana, Hamlet’s Mill.  Resulta que Hamlet, el personaje shakespeariano, «a quien el poeta convirtió en uno de nosotros, el primer intelectual desgraciado», oculta un pasado como figura legendaria, cuyos rasgos están preestablecidos y configurados por un antiguo mito. En todas sus numerosas encamaciones, este Hamlet sigue siendo extrañamente él mismo. El Amlodhi, o en ocasiones Amleth, tal como se llamaba en la leyenda islandesa, «muestra las mismas características de melancolía y brillante intelecto. También él es un hijo decidido a vengar a su padre que pronuncia verdades crípticas pero insoslayables; un enigmático portador de la Providencia que deberá rendirse una vez que haya cumplido su misión...». Según la imaginería de la leyenda escandinava, Amlodhi era identificado como dueño de una fabulosa muela que, en su día, molía oro, paz y abundancia.

Según muchas tradiciones, dos gigantescas doncellas, Fenja y Menja, eran las encargadas de hacer girar este inmenso artefacto, que ningún ser humano era capaz de mover. Pero algo falló y las dos gigantas se vieron obligadas a trabajar día y noche sin descanso: “Fueron conducidas a la muela, para hacer girar la piedra gris; él no les daba tregua, siempre atento al crujido de la muela. La canción de las doncellas era un alarido que rompía el silencio; «¡Baja la tolva y aligera el peso de las piedras!» Pero él las obligaba a seguir moliendo sin descanso. Soliviantadas y furiosas, Fenja y Menja esperaron hasta que todo el mundo se hubo acostado y empezaron a girar la muela a toda velocidad hasta que sus soportes aunque eran de hierro, se vinieron abajo. Inmediatamente después, en un confuso episodio, la muela fue robada por un rey marino llamado Mysinger, quien cargó la muela en su barco junto con las gigantas. Mysinger ordenó a éstas que siguieran moliendo, pero esta vez se trataba de sal. A medianoche las doncellas preguntaron a Mysinger si no estaba cansado de tanta sal, pero éste les ordenó que continuaran moliendo. Las gigantas prosiguieron con su faena, pero al poco rato el barco se hundió. Los enormes soportes de la tolva salieron despedidos; los remaches de hierro se rompieron; el eje se estremeció, y la tolva se vino abajo. Cuando alcanzó el fondo del mar, la muela continuó girando, triturando piedras y arena y creando un inmenso remolino, el maelstrom”. Tales imágenes, según declaran Santillana y Von Dechend, representaban la precesión de los equinoccios. El eje y los «soportes de hierro» de la muela simbolizan un sistema de coordenadas en la esfera celeste y el armazón de una era del mundo. En realidad, el armazón define una era del mundo. Debido a que el eje polar y los coluros forman un todo invisible, si una parte de esa estructura se mueve todo el armazón se viene abajo. Cuando ello sucede una nueva estrella polar, con sus propios coluros, debe sustituir el aparato obsoleto. Por otra parte, el torbellino maelstrom pertenece al repertorio de fábulas antiguas. Aparece en la Odisea como Charybdis en el estrecho de Mesina, y de nuevo en las culturas de los océanos índico y Pacífico. Curiosamente, aparece también una frondosa higuera a cuyas ramas se aferra el protagonista cuando el barco naufraga, ya sea Satyavrata en la India o Kae en Tonga. La persistencia del detalle descarta la invención libre. Esas leyendas han formado parte de la literatura cosmográfica desde la Antigüedad. La aparición del remolino en la Odisea de Homero, que es una compilación de mitos griegos de más de tres mil años de antigüedad, no debe sorprendernos, pues la gran muela de la leyenda islandesa aparece también allí, y en circunstancias que nos resultan familiares.
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En la última noche antes de la confrontación decisiva, Ulises, resuelto a vengarse, ha desembarcado en Itaca y se oculta bajo un hechizo de la diosa Atenea, que impide que sea reconocido. Ulises ruega a Zeus que le envíe una señal que le procure aliento antes de la difícil prueba: “De inmediato Zeus lanzó unos relámpagos que iluminaron el Olimpo… y el bueno de Ulises se alegró. Una mujer que estaba moliendo emitió un presagio desde el interior de una casa cercana, donde se encontraban las muelas del pastor de la gente. Doce mujeres trabajaban en estas muelas, afanándose en moler cebada y maíz para hacer harina con la que alimentar a los hombres. Todas las demás estaban dormidas, pues habían terminado de moler el grano, pero aquélla todavía no se había retirado a descansar, pues era la más débil. Mientras seguía moliendo, dijo: «¡Ojalá que ésta sea la última vez que los enemigos de Ulises gozan de un festín en ésta casa! Me han destrozado las rodillas obligándome cruelmente a moler la cebada para hacer harina. ¡Ojalá que ésta sea su última comida!»”. Santillana y Von Dechend opinan que no es por azar que la alegoría del «orbe del cielo que gira como una piedra de molino y siempre se produce un fallo» aparezca también en la tradición bíblica de Sansón, «ciego en Gaza junto a la muela con los esclavos». Sus desalmados captores le quitan las ataduras para que los «divierta» en su templo. Pero Sansón, haciendo acopio de las últimas fuerzas que le quedan, se apoya en las dos columnas centrales de la inmensa estructura y hace que el edificio se desplome sobre toda la gente. Al igual que Fenja y Menja, Sansón consigue vengarse. El tema reaparece en Japón, en Centroamérica, entre los maorís de Nueva Zelanda y en los mitos de Finlandia. Allí la figura de Hamlet/Sansón se denomina Kullervo y la muela tiene un nombre singular: Sampo. Al igual que en el caso de Fenja y Menja, la muela es robada y cargada en un barco, y también acaba hecha añicos. Los orígenes de la palabra «Sampo» se hallan en el vocablo sánscrito skambha, que significa «pilar o poste». Y en el Atharvaveda, una de las obras literarias del norte de la India más antiguas, encontramos un himno dedicado al skambha: “En el cual reposa la Tierra, la atmósfera, el Sol, en el cual el fuego, la Luna, el Sol y el viento están fijados. El Skambha sostiene el cielo y la Tierra; el Skambha sostiene la vasta atmósfera; el Skambha sostiene las seis anchas direcciones, en el Skambha penetró toda existencia”.  William Dwight Whitney (1827 – 1894), filólogo, lingüista y orientalista estadounidense, traductor del Atharvaveda, comenta: «Skambha, luz, soporte, sostén, es utilizado extrañamente en este himno como armazón del universo».  Lo que se pone de relieve aquí, como en todas las alegorías, es el armazón de una era del mundo, el mismo mecanismo celestial que gira durante más de dos mil años mientras el Sol sale siempre en los mismos cuatro puntos cardinales y desplaza lentamente esas coordenadas celestes hacia cuatro nuevas constelaciones, en las que permanecerán otros dos mil años. La precesión de los equinoccios merece esa imaginería, pues, en unos intervalos muy espaciados, altera o rompe las coordenadas estabilizadoras de toda la esfera celeste.

Lo más asombroso es la forma en que la muela, que continúa sirviendo de alegoría de los procesos cósmicos, sigue reapareciendo de forma obstinada en todo el mundo, incluso donde el contexto es confuso o se ha perdido. De hecho, según Santillana y Von Dechend, no importa que el contexto se haya perdido. «El mérito particular de la terminología mítica —aseguran ambos académicos— es que puede ser utilizado como vehículo transmisor de unos conocimientos sólidos con independencia del grado de ingenio de las personas que relatan esas leyendas y fábulas». Lo que importa, dicho de otro modo, es que cierta imaginería básica perviva y continúe siendo transmitida a través de esas leyendas y fábulas, aunque éstas se aparten de la historia original. Un ejemplo de esos cambios se halla entre los indios cheroki, quienes denominan la Vía Láctea, nuestra galaxia, «por donde corrió el perro». En la Antigüedad, según la tradición cheroki, «unas gentes del sur tenían un molino de grano» del que robaban la harina una y otra vez. Al cabo de un tiempo los dueños del molino descubrieron al ladrón, un perro, el cual «echó a correr aullando hacia su hogar en el norte, con la harina cayéndole de las fauces mientras corría y dejaba tras de sí un rastro blanco», donde en la actualidad vemos la Vía Láctea, que los cheroki siguen llamando «por donde corrió el perro». En Centroamérica, uno de los muchos mitos que hacen referencia a Quetzalcóatl nos presentan a éste jugando un papel decisivo en la regeneración de la humanidad después del diluvio que destruyó al Cuarto Sol. Junto con su compañero Xolotl, una figura con cabeza de perro, desciende a los infiernos para rescatar los esqueletos de las personas que fueron víctimas del diluvio. Por fin, tras engañar a Michlantechuhtli, el dios de la muerte, Quetzalcóatl consigue rescatar los huesos y llevarlos a un lugar llamado Tamoanchan. Allí, al igual que el maíz, los huesos son triturados en una muela hasta convertirlos en polvo. Sobre este polvo los dioses derraman sangre, y crean la carne de los hombres que pertenecen a la era actual.  Según una leyenda náhuatl, los dioses estaban muy contentos por haber creado la tierra, el agua, el fuego y la región de los muertos (Mictlán). Pero se dieron cuenta de que el Sol alumbraba muy poco y no calentaba. Se reunieron en consejo para crear de nuevo al sol. Tezcatlipoca se ofreció para ser el Sol y empezó a alumbrar la Tierra, comenzando el primer Sol o la primera era. Queatzalcóalt, al verlo, sintió deseos de ser él quien alumbrara al mundo así que corrió hasta donde estaba Tezcatlipoca y lo derribó del cielo con un fuerte golpe haciéndolo caer al agua. Queatzalcóalt se transformó en Sol. Este fue el segundo Sol.
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Tezcatlipoca se convirtió en tigre y derribó a Queatzalcóalt de un zarpazo, éste enfurecido soltó todos los vientos y los ciclones. La gente corría asustada y los dioses los convirtieron en monos. Como ya habían inventado dos veces al hombre, estaban muy desanimados pues su proyecto no terminaba de resultar exitoso. De repente Tláloc les manifestó que él sería el sol, que él alumbraría la tierra. Este fue el tercer Sol. Todo parecía marchar bien pero, siendo Tláloc el dios de la Lluvia, hizo que cayera fuego del cielo, convirtiendo los ríos en llamas. Todo el mundo corría muerto de miedo y los dioses transformaron a las personas en aves para que se pudieran salvar. Los dioses se preguntaban qué hacer y fue cuando Queatzalcóalt propuso a Chalchiuhtlicue, diosa del Agua, para lucir como astro solar. Este fue el Cuarto sol. Tampoco dio resultado pues sólo hubo inundaciones y lluvias y los hombres solicitaban ser peces para salvarse. Los dioses los convirtieron en peces y en diversos animales acuáticos. Como llovió durante días y días, el cielo cayó sobre la tierra. Queatzalcóalt y Tezcatlipoca se convirtieron en árboles para levantarlo. Los dioses quedaron muy tristes porque habían fallado en su intento de crear al sol y en consecuencia, habían acabado con la raza humana. Santillana y Von Dechend no creen que la presencia de un personaje canino en ambas variantes del mito de la muela cósmica sea fortuita. Señalan que Kullervo, el Hamlet finlandés, también está acompañado por «un perro negro llamado Musti». Asimismo, después de su regreso a sus estados en Itaca, Ulises es reconocido de inmediato por su perro leal. Y Sansón está asociado con zorros, trescientos, para ser precisos, los cuales pertenecen a la familia de los perros. En la versión danesa de la saga Amleth/Hamlet, «Amleth siguió andando y un lobo que surgió de entre los matorrales se cruzó en su camino». Por último en una versión alternativa de la historia de Kullervo, procedente de Finlandia, el héroe es «enviado a Estonia para que ladrara debajo de la verja; ladró durante un año…». Santillana y Von Dechend creen que toda esta «imaginería canina» contiene un código antiguo, todavía sin descifrar, que emite persistentemente su mensaje de un lugar a otro. Ambos señalan este y muchos otros símbolos caninos entre una serie de «marcadores morfológicos» que han identificado y que creen que sugieren la presencia, en los mitos antiguos, de una información científica referente a la precesión de los equinoccios. Estos marcadores pueden contener unos significados o estar destinados a alertar al segmento de público al que van dirigidos de que la historia que se relata contiene datos fiables. Curiosamente, a veces pueden estar también destinados a «abrir el camino», actuando como unas vías que permiten a los iniciados seguir el rastro de la información científica de un mito a otro.

Así, aunque no aparezcan muelas ni remolinos, debemos destacar que Orion, el gran cazador del mito griego, era dueño de un perro. Cuando Orion trató de violar a la diosa virgen Artemisa, ésta extrajo un escorpión de la tierra que aniquiló a Orion y al perro. Orion fue transportado al cielo, donde se convirtió en la constelación que ostenta su nombre hoy en día. Su perro fue transformado en Sirio, estrella que pertenece a la constelación del Can Mayor.         Precisamente esa misma identificación de Sirio fue hecha por los antiguos egipcios, quienes vinculaban la constelación de Orion específicamente con su dios Osiris. Por otra parte, fue en el Antiguo Egipto que el personaje del leal can celestial alcanza su elaboración mítica más plena y explícita bajo la forma de Upuaut, una divinidad con cabeza de chacal cuyo nombre significa «el que abre el camino». Si seguimos a Upuaut hasta Egipto, volvemos la mirada hacia la constelación de Orion y penetramos el potente mito de Osiris, nos hallaremos envueltos en una red de símbolos familiares. El mito presenta a Osiris como la víctima de un complot. Los conspiradores inicialmente se deshacen de él encerrándolo en una caja y arrojándolo a las aguas del Nilo. Ello recuerda los mitos de Utnapistim, Noé, Coxcoxtli, y de todos los héroes de los diluvios encerrados en sus arcas que navegan sobre las aguas del diluvio. El mito de Osiris, trata sobre el asesinato del dios Osiris, un rey-dios del Egipto primitivo, y sus consecuencias. El que asesino a Osiris, fue su hermano Seth, quien usurpó su trono, mientras que la esposa de Osiris, Isis, recuperó el cuerpo de su esposo y concibió póstumamente un hijo con él. Horus, el producto de la unión de Isis y Osiris, era un niño vulnerable protegido por su madre, ante la muerte de su padre. Luego, este se convirtió en el rival de Seth, vengando la muerte de Osiris. Este violento conflicto termina con el triunfo de Horus, que restablece el orden en Egipto después del reinado de Seth, y completa el proceso de resurrección de Osiris. El mito es esencial a las concepciones egipcias de reino y sucesión, conflicto entre el orden y el desorden y, especialmente, la muerte y el más allá. También expresa el carácter fundamental de cada una de las cuatro deidades y su centro, y muchos elementos de su culto en la religión del Antiguo Egipto derivaron de este mito. El mito de Osiris tomó su forma esencial en torno o antes del siglo XXV a. C. La mayor parte de sus elementos se originaron en ideas religiosas, pero el conflicto entre Horus y Seth puede haber sido parcialmente inspirado en una lucha regional en la historia temprana o prehistoria de Egipto. Se ha intentado discernir la naturaleza exacta de los eventos que habrían dado origen a la historia, pero no se han conseguido conclusiones definitivas.
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Al inicio de la historia, Osiris gobernaba Egipto, al haber heredado el trono de sus antepasados, en un linaje que se remonta al creador del mundo, Ra o Atum. Su reina es Isis, quien, junto con Osiris y su asesino Seth, es una de las hijas del dios de la Tierra, Geb, y de la diosa del cielo, Nut. Aparece poca información sobre el reinado de Osiris en las fuentes egipcias. El núcleo del mito se refieren a su muerte y a los eventos que siguieron. Osiris está conectado con el poder de dar vida, la monarquía justa y el gobierno del maat, el orden natural ideal, cuyo mantenimiento era un objetivo fundamental en la cultura del Antiguo Egipto. Seth está asociado estrechamente con la violencia y el caos. Por tanto, el asesinato de Osiris representa la lucha entre el orden y el desorden y la interrupción de la vida por la muerte. Algunas versiones del mito proporcionan el motivo de Seth para matar a Osiris. De acuerdo a un hechizo explicado en los “Textos de las Pirámides“, Seth estaba vengándose por una patada que Osiris le dio, mientras que en un texto del Período Tardío, el resentimiento de Seth se debía a que Osiris tuvo relaciones sexuales con Neftis, la consorte de Seth y cuarta hija de Geb y Nut. El asesinato en sí es frecuentemente aludido, pero nunca claramente descrito. Los egipcios creían que las palabras escritas tenían el poder de afectar la realidad, por lo que evitaban escribir directamente sobre eventos profundamente negativos, tales como la muerte de Osiris. Algunas veces, se niega su muerte por completo, a pesar de que la mayor parte de las tradiciones sobre él dejan claro que había sido asesinado. En algunos casos, los textos sugieren que Seth tomó la forma de un animal salvaje, como un cocodrilo o un toro, para matar a Osiris. En otros dan a entender que el cadáver de Osiris fue lanzado al agua o que se ahogó. Esta última tradición es el origen de la creencia egipcia de que las personas que se hayan ahogado en el Nilo eran sagradas. Incluso la identidad de la víctima es cambiada en los textos. A veces, es el dios Haroeris, una forma mayor de Horus, quien es asesinado por Seth y, luego, vengado por otra forma de Horus, quien es el hijo de Haroeris con Isis. Para el final del Imperio Nuevo, se había desarrollado una tradición según la cual Seth cortó el cuerpo de Osiris en pedazos y los esparció por todo Egipto. Los centros de culto de Osiris en todo el país reclamaron que el cadáver, o piezas particulares de él, fueron halladas cerca de ellos. Cada una de las partes desmembradas, tantas como 42, ha sido equiparada con uno de los 42 nomos o provincias en Egipto. Por lo tanto, el dios de la realeza se convierte en la encarnación de su reino. Isis, en la forma de un pájaro, copula con el difunto Osiris. La muerte de Osiris es seguida bien por un interregno o por un periodo en el cual Seth asume la monarquía. Mientras tanto, Isis busca el cuerpo de su esposo con la ayuda de Neftis.

Durante la búsqueda de Osiris o el luto por su muerte, las dos diosas son a menudo comparadas con halcones o milanos, posiblemente debido a que los milanos viajan lejos en busca de carroña, porque los egipcios asociaron sus llamadas plañideras con el luto, o debido a la conexión de las diosas con Horus, quien es a menudo representado como un halcón. En el Imperio Nuevo, cuando la muerte y renovación de Osiris fue asociada con la crecida anual del Nilo que fertilizaba Egipto, las aguas del Nilo fueron igualadas a las lágrimas de Isis por el duelo o con los fluidos corporales de Osiris. Las diosas encontraron y restauraron el cuerpo de Osiris, con la ayuda de otras deidades, incluidos Toth, una deidad acreditada con grandes poderes mágicos y curadores, y Anubis, el dios del embalsamamiento y los ritos funerarios. Sus esfuerzos son las base mitológica para las prácticas egipcias de embalsamamiento que, al momificar los cadáveres, buscaba evitar y revertir el decaimiento que sigue a la muerte. Esta parte de la historia es a menudo extendida con episodios en que Seth y sus seguidores intentan dañar el cuerpo, e Isis y sus aliados deben protegerlo. Una vez que Osiris es hecho uno, Isis, todavía en forma de pájaro, insufla aliento y vida en su cuerpo con sus alas y copula con él. Aparentemente, el renacimiento de Osiris no es permanente y, después de este punto en la historia, solo es mencionado como el gobernante del Duat, el reino distante y misterioso de los muertos. Pero, en su breve contacto con Isis, ha concebido su hijo y legítimo heredero, Horus. Si bien el propio Osiris vive solo en el Duat, él y el reino que representa, en cierto sentido, renacerá en su hijo. El relato coherente de Plutarco, que se ocupa principalmente de esta parte del mito, difiere en muchos aspectos de las fuentes egipcias conocidas. Seth, quien Plutarco denomina «Tifón», al usar nombres griegos para muchas de las deidades egipcias, conspira contra Osiris con setenta y tres personas más. Seth tiene un cofre elaborado para adaptarse a las medidas exactas de Osiris y, luego, en un banquete, declara que va a dar el ataúd como regalo a cualquiera que encaje dentro de él. Los invitados se recuestan al interior del féretro, pero ninguno cabe dentro excepto Osiris. Cuando se acuesta en él, Seth y sus cómplices cierran de golpe la cubierta, la sellan y lo echan al Nilo. Con el cuerpo de Osiris en el interior, el ataúd flota por el mar y llega a la ciudad de Biblos, donde crece un árbol a su alrededor. El rey de Biblos hace cortar el árbol y lo convierte en un pilar para su palacio, todavía con el ataúd al interior. Isis debe remover el féretro del interior del árbol para poder recuperar el cuerpo de su esposo. Una vez retirado el féretro, Isis deja el árbol en Biblos, donde se convierte en un objeto de adoración de los locales. Este episodio, que no es conocido por fuentes egipcias, brinda una explicación etiológica para el culto de Isis y Osiris, que existía en Biblos en la época de Plutarco y posiblemente tan temprano como en el Imperio Nuevo.
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Plutarco también sostiene que Seth robó y desmembró el cuerpo de Osiris solo después de que Isis lo recuperó. Entonces, Isis encontró y enterró cada pieza del cuerpo de su esposo, con la excepción del pene, que debió reconstruir con magia, debido a que el original fue comido por los peces en el río. Según Plutarco, esta es la razón por la que los egipcios tienen un tabú contra comer pescado. Sin embargo, en los registros egipcios, el pene de Osiris es hallado intacto y el único paralelo cercano a esta parte con la historia de Plutarco se encuentra en la Historia de los dos hermanos, un cuento popular del Imperio Nuevo con similitudes con el mito de Osiris. Una diferencia final en el relato de Plutarco es el nacimiento de Horus. La forma en que Horus venga a su padre ha sido concebida antes de la muerte de Osiris. Es un niño prematuro y débil, Harpócrates, que nació de la unión póstuma de Osiris con Isis. En este caso, dos de las formas separadas de Horus que existen en la tradición egipcia han recibido posiciones distinta en la versión del mito de Plutarco. En las fuentes egipcias, la embarazada Isis se esconde de Seth, para quien el niño por nacer es una amenaza, en un matorral de papiro en el delta del Nilo, mito muy parecido al de Moisés. Este lugar es llamado Akhbity, que significa «matorral de papiro del rey del Bajo Egipto» en egipcio. Los escritores griegos llaman a este lugar Khemmis e indican que se encuentra cerca de la ciudad de Buto. Pero, en el mito, la ubicación física no es importante comparado con su naturaleza como un lugar icónico de aislamiento y seguridad. La condición especial del matorral es indicado por su frecuente representación en el arte egipcio. Para la mayor parte de los eventos en la mitología egipcia, el telón de fondo es descrito o ilustrado mínimamente. En este matorral, Isis da a luz a Horus y lo cría, por lo que es denominado el «nido de Horus». La imagen de Isis amamantando a su hijo es un motivo muy común en el arte egipcio. Isis viaja por el mundo. Se muestre entre hombres ordinarios que no son conscientes de su identidad e incluso apela a estas personas en busca de ayuda. Esta es otra circunstancia inusual, para un mito egipcio. Los dioses están normalmente separados de los seres humanos. Como en la primera fase del mito, a menudo, tiene la ayuda de otras deidades, que protegen a su hijo en su ausencia. Según un hechizo mágico, siete deidades escorpión menores viajaron con Isis y la custodiaron mientras buscaba ayuda para Horus. Incluso tomaron venganza de una mujer acaudalada que había negado ayuda a Isis picándole al hijo de la mujer, con lo cual sería necesario que Isis curara al niño inocente.

En esta fase del mito, Horus es un niño vulnerable rodeado de peligros. Los textos mágicos que usan la infancia de Horus como la base para los hechizos curadores le dieron diferentes dolencias, desde picaduras de escorpión hasta simples dolores de estómago, adaptando la tradición para ajustarse a la enfermedad que cada hechizo pretendía tratar. Más comúnmente, el niño dios ha sido mordido por una serpiente, reflejando el miedo de los egipcios a sus mordeduras y el veneno resultante. Algunos textos indican que estas criaturas hostiles son agentes de Seth. Isis podía usar sus propios poderes mágicos para salvar a su hijo o podía implorar por o amenazar a deidades tales como Ra o Geb, para que lo curen. Como Isis es la doliente arquetípica en la primera parte de la historia; durante la infancia de Horus, es la madre devota ideal. Por medio de los textos sanadores mágicos, sus esfuerzos para curar a su hijo son extendidos para curar a cualquier paciente. La siguiente fase del mito comienza cuando el Horus adulto desafía a Seth por el trono de Egipto. La contienda entre ambos es, a menudo, violenta, pero es descrita como un juicio legal ante la Enéada, un grupo reunido de deidades egipcias, para decidir quién debía heredar el reino. El juez en este juicio podía ser Geb, quien, como el padre de Osiris y Seth, tuvo el trono antes que ellos, o podían ser los dioses creadores Ra o Atum, los generadores de la monarquía. Otras deidades también desempeñan roles importantes: Toth frecuentemente actúa como un conciliador en la disputa o como un asistente del juez divino, mientras que Isis usa su poder mágico y hábil para ayudar a su hijo. La rivalidad de Horus y Seth es retratada en dos formas contrastantes. Ambas perspectivas aparecen ya en los “Textos de las Pirámides“, la primera fuente del mito. Horus le clava una lanza en Seth, quien aparece en forma de hipopotamo, mientras Isis observa. La batalla divina envuelve muchos episodios. Las contiendas describen a los dos dioses apelando a otros dioses para arbitrar las disputas y compitiendo en diferentes tipos de concursos para determinar un vencedor. Horus vence repetidamente a Seth y es apoyado por la mayoría de las otras deidades. Aun así, la disputa continúa por ochenta años más, debido a que el juez, el dios creador, favorece a Seth. En los textos de rituales posteriores, el conflicto se caracteriza por una gran batalla involucrando a los dos dioses y a sus seguidores. La disputa en el reino divino se extiende más allá de los dos combatientes. En algún punto, Isis intenta arponear a Seth mientras él se encuentra luchando contra su hijo, pero por accidente el daño lo recibe Horus, quién en una ataque de ira le corta la cabeza a su madre. Toth remplaza la cabeza de Isis con la de una vaca, dando así el origen mítico del tocado con cuernos que Isis comúnmente usa. En algunas versiones, Seth justifica ataques posteriores hacia Horus como castigo la violencia hacia su madre por parte del joven dios.
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Otro elemento familiar es la clásica imagen precesional del árbol del mundo. El mito nos dice que Osiris, que seguía encerrado en su cofre, es arrastrado mar adentro y llega a Biblos. Las olas lo depositan con suavidad entre las ramas de un tamarisco, el cual crece rápidamente y alcanza un espléndido tamaño, encerrando el cofre dentro de su tronco. El rey del país, que admira mucho el tamarisco, lo tala y con la parte que contiene a Osiris confecciona un pilar de techo para su palacio. Después Isis, esposa de Osiris, retira el cuerpo de su marido del pilar y lo lleva de regreso a Egipto para que renazca de nuevo. El mito de Osiris comprende también ciertos números clave. Ya sea por azar o de forma intencionada, esos números dan acceso a una «ciencia» de precesión.  Aunque no aparece una muela propiamente dicha, muchos bajorrelieves del Antiguo Egipto representan dos de los personajes principales del mito de Osiris, Horus y Seth, haciendo girar un gigantesco «molinillo». De nuevo un símbolo clásico de la precesión. La arqueóloga-astrónoma Jane B. Sellers, que estudió Egiptología en el Instituto Oriental de la Universidad de Chicago, es una de las pocas expertas reconocidas que ha puesto a prueba la teoría propuesta por Santillana y Von Dechend en Hamlet’s Mill. Ha sido alabada por haber hecho hincapié en la necesidad de utilizar la astronomía, y en concreto la precesión, para el estudio riguroso del Antiguo Egipto y su religión. Según Sellers: «La mayoría de arqueólogos no comprenden el fenómeno de la precesión, lo cual incide en sus conclusiones respecto a los mitos antiguos, los dioses antiguos y las alineaciones de los templos antiguos. Para los astrónomos la precesión es un hecho sólidamente establecido. Los que trabajan en el campo del hombre antiguo tienen la responsabilidad de alcanzar un conocimiento profundo de la precesión». Según el argumento de Sellers, que aparece expresado de modo elocuente en su último libro, The Death of Gods in Ancient Egypt, el mito de Osiris pudo haber estado deliberadamente codificado en un grupo de números clave que constituyen un «lastre» en lo que concierne a la narración, pero que ofrecen un cálculo eterno mediante el cual es posible obtener unos valores extraordinariamente exactos respecto a lo siguiente: “El tiempo requerido para que el bamboleo precesional de la Tierra haga que la posición de la salida del Sol en el equinoccio vernal se desplace un grado a lo largo de la eclíptica (en relación con el fondo estelar); El tiempo requerido para que el Sol pase a través de un segmento zodiacal completo de treinta grados; El tiempo requerido para que el Sol pase a través de dos segmentos zodiacales completos (lo cual totaliza sesenta grados);El tiempo requerido para que se produzca el Gran Retorno, es decir, para que el Sol se desplace trescientos sesenta grados a lo largo de la eclíptica, realizando un ciclo completo precesional o Gran Año“.

Los números precesionales que Sellers pone de relieve en el mito de Osiris son: 360, 72, 30 y 12. La mayoría de ellos se encuentra en una sección del mito que nos ofrece detalles biográficos sobre los diversos personajes. Éstos han sido convenientemente resumidos por E. A. Wallis Budge, ex conservador de Antigüedades Egipcias en el Museo Británico. La diosa Nut, esposa del dios del sol, Ra, era amada por el dios Geb. Cuando Ra descubrió la intriga maldijo a su esposa y declaró que no pariría un hijo en ningún mes del año. Entonces el dios Toth, que también amaba a Nut, disputó una partida de damas con la Luna y ganó a ésta cinco días completos, los cuales añadió a los 360 días en los que consistía el año. El primero de estos cinco días nació Osiris; y en el momento de nacer se oyó una voz que proclamaba el nacimiento del Señor de la Creación. En otras partes el mito nos informa que el año de 360 días consiste en «12 meses, cada uno de los cuales está formado por 30 días». Y en términos generales, según observa Sellers, «se utilizan frases que encierran unos cálculos mentales rápidos y sencillos y revelan una gran atención a los números». Hasta aquí hemos obtenido tres de los números precesionales de Sellers: 360, 12 y 30. El cuarto número, que aparece más adelante, es sin duda el más importante. La perversa deidad llamada Seth encabezó un grupo de conspiradores en una conjura para asesinar a Osiris. El número de los conspiradores era curiosamente 72. Con este número en la mano, según sugiere Sellers, estamos en disposición de poner en marcha una serie de conclusiones importantes: “12 = número de constelaciones del zodíaco; 30 = número de grados asignados a lo largo de la eclíptica a cada constelación zodiacal; 72 = número de años requeridos para que el Sol equinoccial complete un desplazamiento precesional de un grado a lo largo de la eclíptica; 360 = cifra total de grados en la eclíptica;  72 X 30 = 2.160, número de años requeridos para que el Sol complete un pasaje de 30 grados a lo largo de la eclíptica, es decir, para que atraviese cualquiera de las doce constelaciones zodiacales; 2.160 X 12 = 25.920, número de años en un ciclo precesional completo o Gran Año, y por ende el número total de años requeridos para que se produzca el Gran Retorno. Aparecen también otras cifras y combinaciones de cifras, por ejemplo: 36 = el número de años requeridos para que el Sol equinoccial complete un desplazamiento precesional de medio grado a lo largo de la eclíptica; 4.320 = número de años requeridos para que el Sol equinoccial complete un desplazamiento de 60 grados, es decir, dos constelaciones zodiacales“. Éstos, según afirma Sellers, constituyen los ingredientes básicos de un código precesional que aparece una y otra vez, con asombrosa persistencia, en los mitos antiguos y en la arquitectura sagrada.
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En común con buena parte de la numerología esotérica, se trata de un código que nos permite desplazar unos puntos decimales a la izquierda o la derecha, según deseemos, y utilizar prácticamente cualquier combinación concebible, permutación, multiplicación, división y fracción de los números esenciales, los cuales se hallan relacionados precisamente con el ritmo de precesión de los equinoccios. El número más importante del código es el 72. A éste se añade con frecuencia el 36, totalizando 108, y podemos multiplicar 108 por 100 para obtener 10.800 o dividirlo por 2 para obtener 54, que luego puede ser multiplicado por 10 y expresado como 540, o como 54.000, como 540.000, como 5.400.000, etc. No menos significativo es el 2.160, el número de años requeridos para que el punto equinoccial transite por una constelación zodiacal, que en ocasiones es multiplicado por 10 y por factores de diez, lo cual arroja 216.000, 2.160.000, etc., y otras por 2 para obtener 432.000, 4.320.000, etc.. Si Sellers está en lo cierto con su hipótesis de que los cálculos necesarios para producir estos números fueron codificados deliberadamente en el mito de Osiris, a fin de transmitir una información precesional a los iniciados, nos hallamos sin duda ante una curiosa anomalía. Si conciernen realmente a la precesión, los números se hallan fuera de lugar en el tiempo. La ciencia que contienen es demasiado avanzada para que fueran calculados por una civilización antigua conocida en la Historia. No olvidemos que se producen en un mito que está presente en los mismos albores de la escritura en Egipto. Ciertos elementos de la historia de Osiris se hallan en los Textos de las Pirámides, que datan del 2450 a. C., en un contexto que sugiere que ya entonces eran muy antiguos. Hiparco, el presunto descubridor de la precesión que vivió en el siglo II a. C., propuso un valor de 45 o 46 segundos de arco con respecto a un año de movimiento precesional. Estas cifras arrojan como resultado un desplazamiento de un grado sobre la eclíptica en 80 años, a 45 segundos de arco por año, y en 78,26 años a 46 segundos de arco por año. La cifra real, según los cálculos de la ciencia actual es de 71,6 años. Si la teoría de Sellers es correcta, por tanto, los números de Osiris, que arrojan un valor de 72 años, son considerablemente más precisos que los de Hiparco. Es más, dentro de los evidentes límites que impone la estructura narrativa, es difícil concebir una mejora en la cifra de 72 años, aun cuando la cifra más precisa fuera conocida por los antiguos creadores de mitos. Es imposible insertar 71,6 conspiradores en una historia, pero 72 encajan holgadamente. Trabajando a partir de esta cifra redonda, el mito de Osiris es capaz de arrojar un valor de 2.160 años con respecto al desplazamiento precesional a través de una casa completa del zodíaco. La cifra correcta, según los cálculos actuales, es de 2.148 años. Las cifras de Hiparco nos permiten calcular 25.920 como el número de años requeridos para que se complete un ciclo completo precesional a través de doce casas del zodíaco. Hiparco no nos da ni 28.800 ni 28.173,6 años. La cifra correcta, según los cálculos actuales, es 25.776 años. Los cálculos de Hiparco con respecto al Gran Retorno, por tanto, presentan un desfase de unos tres mil años. Los cálculos de Osiris se apartan de la cifra real en sólo ciento cuarenta y cuatro años, posiblemente debido a que el contexto narrativo obligó a redondear la cifra base del valor correcto de 71,6 a la cifra más manejable de 72.

Todo ello, sin embargo, suponiendo que Sellers esté en lo cierto al deducir que los números 360, 72, 30 y 12 no aparezcan en el mito de Osiris por azar sino que fueron colocados allí por gentes que comprendían y habían medido correctamente la precesión. Pero el mito de Osiris no es el único que incorpora el cálculo de la precesión. Los números relevantes aparecen reiteradamente en variadas formas, múltiplos y combinaciones, en todo el mundo antiguo. Tenemos, como ejemplo, el mito escandinavo de los 432.000 guerreros que salieron del Valhalla para luchar contra «el Lobo». Si examinamos de nuevo el mito comprobaremos que contiene varias permutaciones de «números precesionales». Asimismo, las antiguas tradiciones chinas que se refieren a un cataclismo universal fueron escritas en un inmenso texto consistente precisamente en 4.320 volúmenes. A miles de kilómetros de distancia, ¿es posible considerar una mera coincidencia el hecho de que el historiador babilonio Beroso, en el siglo III a. C., atribuyera un reinado total de 432.000 años a los reyes míticos que gobernaron la tierra de Sumer antes del diluvio? ¿Es también una coincidencia que Beroso asignara 2.160.000 años al período «entre creación y catástrofe universal»? Visto lo cual cabe preguntarse si los mitos de antiguos pueblos amerindios, como los mayas, también contienen o permiten computar números como 72, 2.160, 4.320, etc. Pero por culpa de los conquistadores y a los celosos frailes españoles que destruyeron gran parte del patrimonio tradicional de Centroamérica, no podremos averiguarlo. Lo que sí podemos afirmar, no obstante, es que los números relevantes aparecen, con una profusión relativa, en el calendario maya de la Cuenta Larga. Los números necesarios para calcular la precesión se hallan allí en las siguiente fórmulas: 1 Katun = 7.200 días; 1 Tun = 360 días; 2 Tuns = 720 días; 5 Baktuns = 720.000 días; 5 Katuns = 36.000 días; 6 Katuns = 43.200 días; 6 Tuns = 2.160 días; 15 Katuns = 2.160.000 días. Por otra parte, el código de Sellers no se circunscribe a la mitología. En las selvas de Camboya, el complejo del templo de Angkor da la impresión de haber sido construido expresamente como una metáfora precesional. Por ejemplo, posee cinco puertas a cada una de las cuales conduce un camino que atraviesa un foso infestado de cocodrilos que rodea todo el yacimiento. Cada uno de estos caminos está bordeado por una hilera de gigantescas figuras de piedra, 108 por avenida, 54 en cada lado, en total 540 estatuas, y cada hilera exhibe una enorme serpiente Naga. Por otra parte, tal como observan Santillana y Von Dechend en Hamlet’s Mill, las figuras no «sujetan» a la serpiente, sino que parecen «tirar» de ella, lo cual indica que las 540 estatuas están «removiendo el Océano Lácteo». Toda Angkor «constituye un modelo de colosales dimensiones basado en la fantasía e incongruencia típicamente hindúes» para expresar la idea de la precesión.
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Lo mismo puede decirse del templo de Borobudur, en Java, con sus 72 stupas, y quizá también de los megalitos de Balbek, en el Líbano, que según los expertos constituyen los bloques tallados en piedra más grandes del mundo. Muy anteriores a las estructuras romanas y griegas que se hallan en el yacimiento, los tres que componen el llamado trilito tienen una altura equivalente a un edificio de cinco pisos y cada uno pesa más de 600 toneladas. Hay un cuarto megalito que mide casi 24 metros de altura y pesa 1.100 toneladas. Curiosamente, estos gigantescos bloques fueron cortados, tallados perfectamente y transportados a Balbek desde una cantera que estaba situada a muchos kilómetros de distancia. Por último fueron hábilmente incorporados, a una altura de varios metros sobre el suelo, a los muros de contención de un magnífico templo. Este templo estaba rodeado de 54 columnas de tamaño y peso descomunal. En el subcontinente de la India, donde la constelación de Orión se denomina Kal-Purush, que significa «Tiempo-Hombre», los números de Sellers referentes a Osiris se transmiten a través de diversos medios en una forma que es muy difícil de atribuir al azar. Por ejemplo, el Agnicayana, el altar del fuego hindú, consta de 10.800 ladrillos. En el Rigveda, el texto védico más antiguo y una auténtica mina de mitología hindú, hay 10.800 estrofas. Cada estrofa está formada por 40 sílabas, de modo que toda la composición consiste en 432.000 sílabas ni más, ni menos. Y en la estrofa 164 del primer volumen del Rigveda, leemos «la rueda de 12 radios en la que están establecidos 720 hijos de Agni». En la cábala hebrea aparecen 72 ángeles a través de los cuales aquellos que conocen sus nombres y números pueden acceder, o invocar, a los Sephiroth o poderes divinos. La tradición rosacruz se refiere a ciclos de 108 años (72 más 36) según los cuales la secreta hermandad deja sentir su influencia. Asimismo, el número 72 y sus permutaciones y subdivisiones revisten una gran importancia para las sociedades secretas chinas conocidas como las tríadas. Un antiguo ritual requiere que cada candidato para ser iniciado satisfaga una cuota que comprende “«360 en metálico para “confeccionar ropa”, 108 en metálico “para la bolsa”, 72 en metálico para «el curso de instrucción», y 36 en metálico para decapitar al “sujeto traidor”»”. El «metálico», la vieja y universal moneda china de latón con un orificio cuadrado en el centro, ya no está en circulación, pero los números transmitidos por el ritual desde tiempos inmemoriales han sobrevivido. Así, en la moderna Singapur, los candidatos para formar parte de una tríada pagan una cuota de entrada que es calculada según sus circunstancias económicas, pero que consiste siempre en múltiplos de 1,80 dólares, 3,60 dólares, 7,20 dólares, 10,80 dólares, y, por tanto, 18 dólares, 36 dólares, 72 dólares, 108 dólares, o 360 dólares, 720 dólares, 1.080 dólares, etc.

De todas las sociedades secretas, la más misteriosa y arcaica es sin lugar a dudas la Liga Hung, que según los expertos constituye «la depositaría de la antigua religión de los chinos». Muchos de los símbolos adoptados por la Tríadas tienen un fuerte origen en el Budismo y se han inspirado en la tradición china. Ppor ejemplo, un signo importante es el del Cielo y la Tierra, que se realiza señalando al cielo con una mano y con la otra a la tierra. Este símbolo es muy semejante al que aparece en algunas representaciones de Buda. En un rito de iniciación Hung, el neófito es sometido a una sesión de preguntas y respuestas: “P. ¿A quién has visto durante tu paseo? R. Vi dos macetas que contenían plantas de bambú rojo.  P. ¿Sabes cuántas plantas había? R. En una maceta había 36 y en la otra 72 plantas, en total 108. P. ¿Te llevaste algunas plantas a casa? R. Sí, me llevé 108 plantas a casa. P. ¿Puedes demostrarlo? R. Puedo demostrarlo con un verso. P. ¿ Qué dice ese verso ? R. El bambú rojo de Cantón es muy raro en el mundo. En las arboledas hay 36 y 72. ¿ Hay alguien en el mundo que conozca el significado de esto? Si nos aplicamos, descubriremos el secreto“.  La atmósfera de intriga que genera ese párrafo se ve acentuada por el reticente comportamiento de los miembros de la Liga Hung, una organización que en muchos aspectos se parece a la orden europea medieval de los templarios y los grados superiores de la masonería francesa. Otro detalle interesante es que el carácter chino Hung, compuesto por agua y muchos, significa inundación, es decir, el diluvio. Regresemos de nuevo a la India y examinemos el contenido de las sagradas escrituras conocidas como Puranas. Estas se refieren a «cuatro eras de la Tierra», llamadas Yugas, que juntas equivalen a 12.000 años divinos. Las respectivas duraciones de estas épocas, en años divinos, son Krita Yuga = 4.800; Treta Yuga = 3.600; Dav-para Yuga = 2.400; Kali Yuga = 1.200. El Puranas también nos dice que «un año de los mortales equivale a un día de los dioses». Por otra parte, y exactamente igual que en el mito de Osiris, comprobamos que el número de días en los años tanto de los dioses como de los mortales ha sido fijado de forma artificial en 360, de modo que un año de los dioses equivale a 360 años de los mortales. La Kali Yuga, por tanto, que consiste en 1.200 años de los dioses, posee una duración de 432.000 años mortales. Una Mahayuga, o Gran Era, compuesta por 12.000 años divinos contenidos en las cuatro Yugas menores, equivale a 4.320.000 años de los mortales. Un millar de Mahayugas, que constituyen un Kalpa, un Día de Brahma, se prolongan a lo largo de 4.320.000.000 años ordinarios, procurándonos de nuevo los dígitos para realizar unos cálculos precesionales básicos.
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Por otro lado, existen los Manvantaras, períodos de Manu, a propósito de los cuales las escrituras nos dicen que «durante cada Manvantara transcurren unos 71 sistemas de cuatro Yugas». Recordemos que el desplazamiento de un grado en el movimiento precesional requiere 71,6 años, un número que en la India puede redondearse hasta «aproximadamente 71» del mismo modo que en el Antiguo Egipto se redondeaba a 72. La Kali Yuga, con una duración de 432.000 años mortales, es precisamente la nuestra. «En la Era Kali —según afirman las escrituras— prosperará la decadencia, hasta que la raza humana se halle próxima a su desaparición». Se dice que fue un perro el que nos llevó a estos tiempos de decadencia. Esto es así por Sirio, la estrella que pertenece al Can Mayor y está situada junto al talón de la gigantesca constelación de Orión, que se yergue en los cielos sobre Egipto. En esa tierra, como hemos visto, Orión es Osiris, el dios de la muerte y la resurrección, cuyos números son 12, 30, 72 y 360. Pero ¿acaso el azar puede explicar el hecho de que estos y otros enteros relativos a la precesión aparezcan continuamente en diversos lugares del mundo en unas mitologías que, en principio, no se hallan relacionadas entre sí? Santillana, Von Dechend, Jane Sellers y muchos otros expertos descartan que sea algo fortuito, y aducen que la persistencia del detalle indica una inteligencia guía. Si están equivocados, debemos hallar otra explicación que justifique el hecho de que unos números tan específicos e interrelacionados, cuya única función evidente es calcular la precesión, hayan conseguido por azar dejar su impronta en la cultura humana. Pero supongamos que no se equivocan. Supongamos que existía una mano que movía los hilos. Tomemos el caso del perro, o chacal, o lobo, o zorro. La forma sutil en que este canino se desliza de mito en mito no deja de resultar singular y desconcertante al mismo tiempo. Tras dejar que el perro Sirio nos abriera el camino, se nos ofrecieron los números necesarios para calcular la precesión con mayor o menor exactitud. Sirio, en su eterna posición junto al talón de Orión, no es el único personaje canino que acompaña a Osiris. Isis buscó el cadáver de su marido después de que éste fuera asesinado por Seth, quien, curiosamente, también era hermano de Isis y Osiris. En su búsqueda, según la antigua tradición, Isis contó con la ayuda de unos perros, en algunas versiones unos chacales. Asimismo, los textos mitológicos y religiosos de todos los períodos de la historia egipcia afirman que el dios-chacal Anubis cuidó del espíritu de Osiris después de su muerte y le sirvió de guía a través del más allá. Algunos grabados que han sobrevivido muestran a Anubis con un aspecto prácticamente idéntico al de Upuaut, «el que abre el camino». Por último, se cree que Osiris asumió la forma de un lobo cuando regresó del más allá para ayudar a su hijo Horus en la batalla decisiva que éste libró contra Seth.

A veces tenemos la extraña sensación de ser manipulados por una inteligencia antigua que ha hallado el medio de llegar a nosotros a través de los tiempos, y que, por alguna razón, nos presenta un enigma para que lo resolvamos mediante el lenguaje del mito. Si sólo aparecieran perros de forma reiterada, sería muy fácil descartar estas extrañas intuiciones. Es más probable que el fenómeno de los perros responda a una coincidencia que a otros elementos incorporados al mito. Pero no se trata sólo de perros. Los caminos entre los dos mitos de Osiris y la muela de Amlodhi, tan distintos entre sí, aunque ambos parecen contener unos datos científicos fidedignos sobre la precesión de los equinoccios, permanecen abiertos en virtud de otro curioso factor común. En concreto, unas relaciones familiares. Amlodhi/Amleth/Hamlet siempre es un hijo que venga la muerte de su padre atrapando y matando al asesino. El asesino, por lo demás, siempre es el hermano del padre, o sea el tío de Hamlet. Esta es precisamente la trama del mito de Osiris. Osiris y Seth son hermanos. Seth asesina a Osiris, y Horas, el hijo de Osiris, se venga matando a su tío. Otro aspecto interesante es que con frecuencia el personaje de Hamlet mantiene relaciones incestuosas con su hermana. En el caso de Kullervo, el Hamlet finlandés, hay una conmovedora escena en la que el héroe, a su regreso tras una larga ausencia, se encuentra en el bosque a una doncella que recoge bayas. Ambos jóvenes yacen juntos. Más tarde descubren que son hermanos. La doncella se suicida ahogándose. Después, con «el perro negro Musti» pegado a sus talones, Kullervo entra en el bosque y se arroja sobre su espada. En el mito egipcio de Osiris no hay suicidios, pero sí un incesto entre Osiris y su hermana Isis. De su unión nace Horus, el vengador. Así pues, parece razonable preguntar qué explicación tienen esas series de mitos que parecen girar en torno a temas diversos pero que cada uno de ellos es capaz de arrojar luz sobre el fenómeno de la precesión de los equinoccios. Asimismo nos debemos preguntar porque incluyen todos ellos unos perros y unos personajes curiosamente propensos al incesto, al fratricidio y a la venganza.  Estos recursos literarios idénticos, que aparecen de forma reiterada en contextos tan distintos, no creemos sean fruto de la casualidad. Asimismo podemos preguntarnos quiénes fueron los autores y creadores de este rompecabezas, y qué motivos los impulsaron a crearlo. Quienesquiera que fuesen, debían de ser lo suficientemente inteligentes para observar el avance infinitesimal del movimiento precesional a lo largo de la eclíptica y establecer su ritmo en un valor asombrosamente parecido al que ha obtenido la tecnología moderna.

Por tanto, se deduce que estamos hablando de un pueblo en extremo civilizado y de un alto nivel científico. Por otra parte, debieron de haber vivido en la Antigüedad remota, porque sabemos con certeza que la creación y difusión del legado común de los mitos precesionales a ambos lados del Atlántico no ocurrió en tiempos históricos. Por el contrario, la evidencia sugiere que todos esos mitos eran ya muy antiguos cuando se inició lo que llamamos Historia, hace unos cinco mil años. En distintas épocas, en distintos continentes, las leyendas antiguas podían ser relatadas una y otra vez de variadas formas, pero conservando siempre su simbolismo esencial y transmitiendo los datos precesionales codificados para los que estaban programadas desde el principio. No obstante, nos podemos preguntar por el fin que tenían estas informaciones codificadas. Los largos y lentos ciclos de precesión no se limitan en sus consecuencias a una imagen cambiante del cielo. Este fenómeno celestial, consecuencia del bamboleo del eje terrestre, incide de forma directa sobre la Tierra. De hecho, éste parece ser uno de los principales factores correlativos en la repentina aparición de los períodos glaciales y su no menos repentina y catastrófica decadencia. Es comprensible que una enorme cantidad de mitos que se hallan diseminados por el mundo entero describan unas catástrofes geológicas con todo detalle. La humanidad sobrevivió al horror del último período glacial, y la fuente más plausible de nuestras tradiciones de diluvios y heladas, vulcanismo y terremotos devastadores se encuentra en las tumultuosas convulsiones que se desencadenaron durante el gran deshielo ocurrido entre el 15.000 y el 8.000 a. C. El retroceso de las masas de hielo, y el consiguiente aumento entre noventa y ciento veinte metros en los niveles del mar, se produjo sólo unos miles de años antes del inicio del período histórico. Por tanto, no es de extrañar que nuestras civilizaciones primitivas conservaran recuerdos del gran cataclismo que había aterrorizado a sus ancestros. Más difícil de explicar es la forma singular pero evidente en que los mitos del cataclismo tienen la inteligente impronta de una mano guía. El grado de convergencia entre esas antiguas leyendas a menudo es lo suficientemente asombroso para suscitar la sospecha de que todas fueron escritas por el mismo autor. Tal vez ese autor tiene que ver con la extraordinaria divinidad, o superhombre, al que se refieren muchos de los mitos. Blanco y con barba, Osiris es la manifestación egipcia de esta figura universal, y quizá no sea casual que una de las primeras acciones por las que es recordado en el mito sea la abolición del canibalismo entre los habitantes primitivos del valle del Nilo. Según dicen, Viracocha, en Sudamérica, inicio su misión civilizadora inmediatamente después de un gigantesco diluvio; Quetzalcóatl, el descubridor del maíz, llevó los beneficios de las cosechas, las matemáticas, la astronomía y una cultura refinada a México después de que el Cuarto Sol hubiera sido destruido por un terrible diluvio.
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Tal vez estos extraños mitos contengan información sobre unos encuentros entre diversas tribus del paleolítico que sobrevivieron al último período glacial y una civilización superior que aún no ha sido identificada y que pasó a través de la misma época. Si el «mensaje precesional» identificado por expertos como Santillana, Von Dechend y Jane Sellers constituye realmente un intento deliberado de comunicarse con una antigua civilización perdida, ¿por qué no fue escrito para que nosotros lo halláramos? ¿No habría resultado más sencillo eso que codificarlo en los mitos?  No obstante, supongamos que sea cual fuere el mensaje escrito éste hubiera sido destruido o hubiera desaparecido con el paso de los siglos. O supongamos que el lenguaje en el que fue escrito cayera posteriormente en el olvido, como sucedió con la enigmática escritura del valle del Indo, la cual ha sido estudiada a conciencia durante más de medio siglo pero hasta ahora ha resistido todos los intentos de ser descifrada. Es evidente que en tales circunstancias un legado escrito al futuro no tendría ningún valor, puesto que nadie sería capaz de comprenderlo.  Lo que uno utilizaría, por tanto, sería un lenguaje universal, un lenguaje que resultara comprensible para cualquier sociedad tecnológicamente avanzada en cualquier época, incluso al cabo de mil o diez mil años. Este tipo de lenguaje no abunda, pero las matemáticas es uno de ellos, y la ciudad de Teotihuacán puede ser la tarjeta de visita de una civilización perdida, escrita en el lenguaje eterno de las matemáticas.  Los datos geodésicos, referentes a la situación exacta de unos puntos geográficos fijos y a la forma y tamaño de la Tierra, también serían válidos y reconocibles al cabo de miles de años, y podrían ser convenientemente expresados por medio de la cartografía o en la construcción de gigantescos monumentos geodésicos como la Gran Pirámide de Egipto.  Otra constante que observamos en nuestro sistema solar es el lenguaje del tiempo, tal como los grandes pero regulares intervalos calibrados por el avance infinitesimal del movimiento precesional. Ahora, o dentro de diez mil años, un mensaje que emite números como 72 o 2.160 o 4.320 o 25.920 resultaría de inmediato inteligible para cualquier civilización que poseyera un modesto talento para las matemáticas o la capacidad de detectar y medir el movimiento casi imperceptible de marcha atrás que parece realizar el Sol a lo largo de la eclíptica sobre el telón de fondo de unas estrellas fijas, 1º al cabo de 71,6 años, 30° al cabo de 2.148 años, etc.

La sensación de que existe una correlación se ve reforzada por otro elemento que, si bien no es tan firme ni definitivo como el número de sílabas en el Rigveda, sí parece relevante. Los mitos referentes a cataclismos globales y a la precesión de los equinoccios aparecen con frecuencia interrelacionados a través de un simbolismo compartido. Existe una detallada interconexión entre estas dos categorías de tradición, las cuales exhiben por otra parte las huellas reconocibles de un propósito consciente. Lógicamente, por tanto, uno siente deseos de comprobar si existe una conexión importante entre la precesión de los equinoccios y las catástrofes globales. Aunque parecen hallarse implicados distintos mecanismos de carácter astronómico y geológico, y aunque no todos ellos son perfectamente comprendidos, el caso es que el ciclo de precesión presenta una marcada correlación con el inicio y la desaparición de los períodos glaciales. Es preciso que coincidan varios factores desencadenantes, por lo que de una era astronómica a otra no están implicados todos los cambios. No obstante, es un hecho aceptado que la precesión ejerce un fuerte impacto en la glaciación y la desglaciación, en unos intervalos muy espaciados. Estos conocimientos no fueron establecidos por nuestra ciencia hasta finales de 1970. Sin embargo, la evidencia que ofrece el mito sugiere la posibilidad de que una civilización no identificada que correspondía al último período glacial poseyera estos mismos conocimientos. En suma, todo parece indicar que los terribles cataclismos de diluvios, fuego y hielo que describen los mitos, de algún modo se hallaban relacionados con los movimientos de las coordenadas celestes a través del gran ciclo del zodíaco. Según Santillana y Von Dechend: “No era una idea extraña para los antiguos el que los molinos de los dioses giran lentamente y que el resultado suele ser doloroso“. Tres factores principales se hallan implicados en la aparición y retroceso de los períodos glaciales, además  de los diversos cataclismos que provocan las repentinas heladas y deshielos.

Hay una serie de factores que están relacionados con las variaciones en la geometría orbital de la Tierra: Uno es la oblicuidad de la eclíptica, es decir, el ángulo de inclinación del eje de rotación del planeta, que constituye también el ángulo entre el ecuador celeste y la eclíptica. Ésta varía a lo largo de inmensos períodos entre 22,1°, el punto más próximo que alcanza el eje con respecto a la vertical, y 24,5°, el punto más distante de la vertical. Otro factor es la excentricidad de la órbita, es decir, el hecho de que la trayectoria elíptica de la Tierra alrededor del Sol sea más o menos prolongada en una determinada época. Un tercer factor sería la precesión axial, la cual hace que los cuatro puntos cardinales en la órbita terrestre, los dos equinoccios y los solsticios de invierno y verano, retrocedan muy lentamente alrededor de la trayectoria orbital.  Hays, Imbrie y otros expertos han demostrado que puede predecirse el principio de los períodos glaciales cuando se producen las siguientes y nefastas conjunciones de los ciclos celestes: a) máxima excentricidad, lo cual aleja a la Tierra a más millones de kilómetros del Sol cuando está en el afelio, el extremo de su órbita; b) mínima oblicuidad, lo cual significa que el eje terrestre, y por consiguiente los polos norte y sur, se hallan mucho más cercanos a la vertical de lo normal; y c) precesión de los equinoccios, lo cual, a medida que continúa el gran ciclo, hace que se instaure el invierno en uno u otro hemisferio cuando la Tierra está en perihelio, su punto más próximo al Sol; esto, a su vez, significa que el verano se produce en el afelio y es por tanto relativamente frío, de forma que el hielo depositado durante el invierno no se funde durante el verano siguiente y se producen inexorablemente unas condiciones glaciales. Propiciada por la cambiante geometría de la órbita, la insolación global —las distintas cantidades e intensidad de luz solar recibidas en diversas latitudes en una determinada época— puede por tanto ser un importante factor desencadenante con respecto a períodos glaciales. ¿Es posible que los antiguos creadores de mitos trataran de advertirnos sobre un gran peligro al vincular de forma tan compleja unos cataclismos globales con la lentitud con que gira el molino del cielo? Al identificar los importantes efectos de la geometría orbital sobre el clima y bienestar del planeta, y al combinar esta información con unas medidas precisas referentes a la velocidad del movimiento precesional, los desconocidos científicos de una civilización sin identificar parecen haber hallado el medio de atraer nuestra atención, salvando el abismo de los siglos, para comunicarse directamente con nosotros. El que atendamos o no sus advertencias depende de nosotros.

Fuentes:
  • Arthur Posnansky –Tiahuanaco, la cuna del hombre americano
  • Graham Hancock – Las Huellas de los Dioses
  • Simone Waisbard – Tiahuanaco, diez mil años de enigmas incas
  • Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend – Hamlet’s Mill
  • Graham Hancock – El espejo del paraíso
  • Pauwels y J. Bergier – El retorno de los brujos
  • Diego de Landa – Relación de las cosas de Yucatán
  • Jane B. Sellers – The Death of Gods in Ancient Egypt
  • Allan y Sally Landsburg – En busca de antiguos misterios

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