Abrid los ojos hacia vosotros mismos y mirad en el infinito del espacio y el tiempo. Oireis que alli vuelven a resonar el canto de los astros, la voz de los numeros y la armonia de las esferas. Cada sol es un pensamiento de dios y cada planeta una forma de ese pensamiento, y es para conocer el pensamiento divino que vosotras almas descendereis y remontareis penosamente el camino de los siete planetas y de los siete cielos suyos. HERMES TRISMEGISTO


Lo que la oruga ve como el final de la vida, el maestro lo llama una mariposa. RICHARD BACH

DEDICATORIA

Allí, donde habitan las mariposas, lo hacen tambien las hadas y los angeles, la verdad y la ilusion, la alegria, el amor, la dulzura y la fantasia; los mas bellos sueños y la esperanza.

Es el lugar donde los rios son de miel y las montañas de plata y diamantes; donde los seres alados bailan moviendose al ritmo de la musica de George Harrison y el aroma del Padmini; donde puedo descansar en grandes almohadones de plumas tejidos con hilos de seda y oro. Es mi refugio, y el de muchos que sueñan encontrarlo, sin saber aún que son mariposas.

Este blog esta dedicado a todos ellos y ojala puedan disfrutarlo como parte de su camino hacia el lugar donde habitaron o habitaran algun dia


Parameshwary
Enero 2009


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los cuatro acuerdos de la sabiduria Maya

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Secretos Parameshwary

sábado, 17 de junio de 2017

La antigua civilización egipcia constituye un verdadero enigma


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Los orígenes de la antigua civilización egipcia constituyen un verdadero enigma. Entre estos enigmas tenemos preguntas tales como la de cómo un egiptólogo puede enfrentarse al enigma de que unos seres semidivinos construyeran la Gran Esfinge. Los rasgos más sobresalientes del antiguo Egipto estaban ya completos en la I dinastía de faraones egipcios, que forma parte, juntamente con la Dinastía II, del Periodo Arcaico o Tinita, porque tienen su origen en Tinis, próxima a Abidos, en el Alto Egipto.
El periodo coincide con el final del periodo denominado Naqada IIId a finales del Semaniense, ,que transcurre desde el 3100 a. C. hasta el 2900 a. C., aproximadamente, variando esta cronología en las fuentes bibliográficas en función de los métodos de datación adoptados.

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Los primeros faraones consolidaron la unificación del Alto y Bajo Egipto bajo su poder, comenzando la Historia del Antiguo Egipto faraónico y por tanto de la Primera Dinastía de Egipto. A pesar de la unificación, se mantuvieron a efectos administrativos los estados locales, origen de los futuros nomos.
Con el nombre de periodo predinástico de Egipto se conoce la época anterior a la unificación del valle del Nilo. Se corresponde con el Calcolítico, o Edad del cobre, y en él se supone que se establecieron las convenciones artísticas y se pusieron los fundamentos políticos que estructuraron posteriormente el Egipto faraónico.
Al terminar la última glaciación entre los años 13.000 y 10.000 a. C. la temperatura empezó a subir gradualmente. El norte de África comenzó a recibir abundantes lluvias, que formaron pastizales, especialmente junto a los lagos que existían en las regiones que actualmente ocupan los desiertos del Sahara, al oeste del Nilo, y Arábigo, al este del Nilo. El propio valle del Nilo era pantanoso y la humedad muy alta. La presencia de pastizales formados por una gran cantidad de gramíneas, tales como cereales silvestres, que incluirían el mijo, sorgo y arroz africano, permitió la existencia de una amplia variedad de animales, como los asnos salvajes, que se cree atrajeron a los grupos humanos de cazadores-recolectores.
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A causa de las lluvias producidas en el área del lago Victoria, donde hay la fuente del Nilo Blanco, un largo río del noreste de África, que al confluir en Jartún con el Nilo Azul da nacimiento al río Nilo, a finales de junio el nivel del río crece, tomando un color verdoso debido al arrastre de restos vegetales de los pantanos y lagos allí situados. Posteriormente se le suman las aguas producidas por el deshielo de las montañas que rodean el lago Tana, origen del Nilo Azul, que traen consigo arcilla rojiza, y el río se desbordaba, aunque actualmente la presa de Asuán lo impide.
Terminadas las inundaciones el nivel del río descendía y dejaba amplias áreas cubiertas de limo, compuesto por los sedimentos transportados. Este limo es muy fértil, por lo que los lugares abonados anualmente por él resultaban muy productivos.
Durante la segunda mitad del milenio VI a. C. comenzaron a desarrollarse culturas de carácter neolítico, tanto en el Nilo sudanés, en Jartum, como en el Delta del Nilo, con pequeñas aldeas dedicadas a actividades sedentarias de agricultura y ganadería, situadas en zonas elevadas para evitar las inundaciones del Nilo.
 La presencia de aldeas agrarias es relativamente tardía en Egipto, ya que desde el milenio IX a. C. habían comenzado a aparecer en algunas regiones del Próximo Oriente, tales como Palestina, en Jericó, Anatolia oriental, actual Kurdistán turco, y los montes Zagros, en los actuales Irán e Irak. En el Bajo Egipto se desarrollaron varios los complejos culturales, como el de Merimdé (5000 – 4100 a. C.), cuyo principal yacimiento está situado en la ribera occidental del delta del Nilo.
Hacia el 4000 a. C., durante la fase final del Badariense, aparecieron en el Alto Egipto los primeros útiles de cobre nativo trabajados en frío. Pero la verdadera metalurgia no se desplegó hasta el final de la fase más antigua de Naqada (Naqada I o Amratiense), cuyo yacimiento epónimo está situada en el Alto Egipto, al sur de El-Badari y de cuyos momentos finales sería contemporánea. Los yacimientos relacionados con este grupo consisten en poblados hechos de barro, dedicados a la agricultura y la ganadería, con necrópolis de tumbas de inhumación colectivas y ajuares funerarios compuestos por paletas de pizarra, armas de sílex y figurillas antropomorfas de barro y marfil.

En el Bajo Egipto apareció la cultura de Maadi (4000 – 3200 a. C.), continuadora de la cultura Fayum A, una cultura neolítica surgida en el Egipto predinástico alrededor del V milenio a. C. Durante estos momentos apareció la metalurgia en el Delta, probablemente debido a la relativa proximidad del Oriente Próximo.
También se produjo un mayor desarrollo y dependencia de la agricultura, comenzando a dominar las crecidas del río con diques y canales, lo que permitió un sedentarismo total y la fundación de pequeñas poblaciones, que desembocarían posteriormente en la creación de los nomos, subdivisiones territoriales del Antiguo Egipto.
 Este período se caracteriza por la amplia difusión de la cerámica, como la  arcilla endurecida y cocida, muy pulida y de color opaco o pintada. Se han encontrado objetos decorativos realizados en cobre.
Además de la cerámica las clases sociales superiores utilizaban vasijas de piedra pulimentada, ya que, a pesar del uso de metales, en Egipto se siguió utilizando siempre la piedra.
 En las tumbas de la época se encontró gran cantidad de estos objetos, además de lanzas y flechas, lo que hace suponer que existía la creencia de la vida después de la muerte, muy difundida más tarde.
Aparte de los ritos funerarios había ritos agrarios, con el objetivo de obtener la fertilidad de los campos. Justamente en este período se elaboraron estatuillas similares a Hathor, la posterior diosa de la fertilidad y del matrimonio. Esta diosa está representada con cuerpo humano y cabeza y cuernos de vaca. Además del tradicional cultivo de comestibles, se introdujo el lino, con el que se confeccionaron vestimentas.
 Dentro de los periodos de la cultura egipcia se puede notar una gran uniformidad en el tratamiento diáfano de la arquitectura en cuanto al uso de la luz.

Hathor, nombre griego de una divinidad cósmica, diosa nutricia, diosa del amor, de la alegría, la danza y las artes musicales en la mitología egipcia.
Su nombre significa “El templo de Horus” o “La morada de Horus“, para identificarla como madre del mismo y, a veces, su esposa.
Su nombre egipcio era Hut-Hor, que era equivalente a Afrodita, a la deidad fenicia Astarté, o a la deidad semita Astoret. Hathor es comúnmente representada como una diosa con forma de vaca con cuernos que sujetan un disco solar con el uraeus, representación de la diosa Uadyet. En períodos posteriores, a veces lleva plumas gemelas y un collar menat, un collar ritual del Antiguo Egipto. Hathor, en su representación más primitiva, podría ser la diosa vaca de la Paleta de Narmer y de una urna de piedra que datan de la dinastía I, que sugieren un papel de diosa celeste y su relación con Horus, quien, como dios sol, es “alojado” en ella. Su atributo era el sistro, un tallo de papiro y es de las pocas diosas que puede portar el cetro uas, con forma de una vara recta coronada con la cabeza de un animal fabuloso. Considerada hija de Ra, ojo de Ra y esposa del dios Horus, aunque en algunas representaciones ceremoniales aparezca como madre del dios, asociada a Isis. Según la mitología egipcia, juntas vengaron la muerte del padre de Horus, el dios Osiris. Hathor alimenta y da vida del árbol celestial. Con la imagen de vaca, acoge y protege a los difuntos, ofreciendo alimentos a los muertos y ayudándolos para no sufrir. Su veneración proviene ya de la época predinástica, donde pudo ser un desarrollo de los primitivos cultos a la fertilidad y a la naturaleza en general, representados por una vaca o una diosa celeste, que no debe confundirse con Nut, con aspecto de vaca con piel manchada de estrellas. Muy pronto se la asimiló con la antigua diosa Bat y más tarde se la conocería como Bat-Hathor. Tardíamente se le identificó con Isis, quien la reemplazó como madre de Horus. El Gerzeense o Naqada II (3500 – 3200 a. C.) sería la fase siguiente, que se extendió por todo el Alto Egipto, expandiéndose hacia el delta y Nubia, área entre los actuales Egipto y Sudán. La cultura gerzeense fue una cultura del Antiguo Egipto anterior a la etapa faraónica. Aparece hacia el año 3600 a. C., que se difunde por todo Egipto, unificándolo. Esta consonancia cultural llevará a la unidad política, que surgirá tras un periodo de luchas entre clanes para imponerse. Su influencia comercial fue amplia, ya que mantuvo contactos con Libia, Siria, Mesopotamia y Elam. En esta temprana época comenzó a desarrollarse la jerarquización político-social, afianzada posteriormente.

Los principales centros de la cultura gerzeense corresponden a los yacimientos de Naqada II, El-Kab, situada en la zona de la futura capital del reino del Alto Egipto, conocida como Nejen o Hieracómpolis, y Al-Gerzeh. Estaba situado al norte, a la altura de El-Fayum, y da nombre al período, conocido como gerzeense A. En las cercanías de El-Kab se encontraron los ejemplos más antiguos y primitivos de lo que sería después el templo egipcio. Uno de ellos estaba hecho de adobe y era utilizado para resguardar a un animal sagrado, que recuerda a los animales totémicos que tendrían posteriormente las distintas ciudades, como símbolo local. Además, en el arte cerámico, incluyendo la cerámica pintada, de esta época aparecen imágenes de personas bailando, barcos, animales, plantas, etc., que se asemejan a los futuros emblemas de las ciudades. Las poblaciones eran algo mayores que en la fase anterior. Las metalurgias del cobre, el oro y la plata estaban firmemente implantadas, produciendo hachas, alabardas y objetos suntuarios. Entre las figuras que aparecen decorando las cerámicas destaca la imagen de la diosa Hathor. Seguían realizándose vasos de alabastro, paletas de pizarra y brazaletes de lapislázuli. Los enterramientos sugieren la existencia de una sociedad estratificada, dominada por una casta sacerdotal que controlaba la religión y la producción agropecuaria. El otro grupo cultural egipcio del período es el de Maadi en el Bajo Egipto. Se cree que su economía se basaba en el comercio con las sociedades del Levante y en la agricultura, dada la fertilidad de los suelos del delta. Hay evidencias de elementos de población semita, de origen asiático. Maadi es una aldea con importantes restos arqueológicos de época predinástica, situada en Uadi el-Tih, a unos cinco kilómetros al sur de la ciudad de El Cairo (Egipto), en el Bajo Egipto. Actualmente es un suburbio de la ciudad. De esta población recibe el nombre La cultura de Maadi, que se inició en el quinto milenio y perduró hasta bien avanzado el cuarto milenio. En Maadi se domestican los primeros burros.

La característica más destacada de la cultura de Maadi es el conocimiento de la metalurgia y el uso del cobre, pues sus habitantes controlaban el intenso comercio entre el Valle del Nilo y la península del Sinaí. Elise Jenny Baumgartel (1892-1975), egiptóloga alemana de origen judío, en su obra The Cultures of Prehistoric Egypt, sugiere: “La floreciente industria del cobre, originada por la primera explotación de las minas del Sinaí, bien podría haber sido la razón de la existencia de Maadi“. Según Ibrahim Rizkana & Jürgen Seeher: “fue una cultura de una marcada especialización artesanal enfocada a una actividad comercial“. En Maadi se domestican los primeros burros, que pudieron ser los que transportaron las vasijas con aceite o grasa desde el sur de Canaán al Egipto prehistórico. Se alimentaban del pez Lates Niloticus, del río Nilo. pero también cultivaban trigo, cebada, lentejas y guisantes. Habitaban en cabañas ovaladas, o abrigos con forma de herradura, construidos con postes clavados en la tierra, profundamente, para sustentar las paredes realizadas con entramado de cañas y ramas, recubiertas de barro. También habitaban en viviendas subterráneas oblongas, de tres por cinco metros y más de dos de profundidad, techo vegetal, y revestidas de esteras, conteniendo fogones y chimeneas. Tenían piedras de moler y vasijas para almacenamiento. Disponían de silos y graneros en las afueras del poblado. También tenían zonas para enterramientos. Esto es muestra de una sociedad avanzada, organizada y jerarquizada, cuya principal actividad fue el comercio. La cerámica local es de color marrón-rojizo o negro, generalmente de forma globular, con fondo plano y cuello no muy estrecho, hecha a mano, sin ayuda de torno, aunque el borde pudo haber sido acabado con un torno lento. Es similar a la cerámica del Alto Egipto de la misma época. Elaboraban vasijas de piedra, de caliza o basalto, con forma de copa semiesférica. Disponían de útiles líticos de sílex, láminas, buriles y raspadores; también útiles de láminas de bordes y nervios rectilíneos “láminas cananeas“, procedentes de Palestina. También disponía de algunas sierras y mazas discoidales, y piezas bifaciales, como puntas de flecha y dagas.

La fase denominada Semaniense coincide con los momentos tardíos de los centros de Naqada, concretamente Naqada III, la última fase de ocupación, y de Gerzeh, en el período gerzeense B o tardío. La metalurgia del cobre estaba ya generalizada. Estaban implantados el culto a Seth en el Alto Egipto y a Horus en el delta. Hacia finales de esta fase la élite dominante había creado una administración territorial centralizada de la cual surgiría el estado faraónico. Nejen o Hieracómpolis,  yacimiento de El Kab, se erigió como uno de los principales centros políticos y sus reyes ostentaban simbólicamente la corona blanca del Alto Egipto. Nejeb, población situada en la otra orilla del Nilo, cerca de Nejen, era una ciudad santa consagrada a la diosa buitre Nejbet, símbolo, junto con la corona blanca, de esta monarquía. Nejbet era la diosa protectora en los nacimientos y en las guerras, según la mitología egipcia. Su equivalente griego era la diosa Ilitía. Tiene apariencia de buitre blanco, con las alas en reposo, con el hedyet, la Corona Blanca del Alto Egipto. Algunas veces como mujer, con una flor de loto, una cobra, el anj, y la Corona Blanca. Como diosa guerrera, sujetando unas flechas. A veces como una maternal vaca. Era la diosa protectora del Alto Egipto, y del nacimiento de los dioses. También daba protección al faraón durante el nacimiento, la coronación, las fiestas de jubileo y en las batallas. Era una diosa poderosa y temible que se situaba, junto a Uadyet, sobre la cabeza de Ra, o del faraón, para defenderlos, escupiendo fuego y aniquilando a todo el que estimase dañino. Fue también una diosa demiurgo que, en los Textos de las Pirámides establece la creación con siete palabras, de un modo similar al de Neit, antigua diosa de la guerra y la caza, posteriormente creadora de dioses y hombres, divinidad funeraria, diosa de la sabiduría e inventora en la mitología egipcia..
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Nejbet era una diosa originaria de Nejab (Ilitiáspolis, El-Kab), venerada desde la época predinástica. Tenía su santuario en Edfu. Fue diosa nacional y patrona de Nejen (Hieracómpolis, Kom el-Ahmar), la capital del Alto Egipto. La principal población del Bajo Egipto era Buto, situada en una isla del delta occidental, y a la que se considera heredera de los grupos de Maadi. Los reyes de la ciudad utilizaban como símbolo la corona roja y se situaban bajo la protección de la diosa Uadyet. Busiris, en otra isla más al este, era un próspero centro controlado, probablemente, por una aristocracia comercial que adoptó a Osiris como dios local. Heliópolis era una prestigiosa y poderosa ciudad santa, consagrada al culto solar, en que su dios local primitivo era Tem, el sol poniente, cuya influencia llegaba incluso hasta el Alto Egipto. Cerca de Heliópolis, en el nacimiento del delta, estaba Letópolis, centro comercial que controlaba el intercambio entre el delta y el curso alto del Nilo. La forma en la que se llegó a la unificación de Egipto no está claramente documentada, pero se estima que fueron los reyes de Nejen (Hieracómpolis, en el Alto Egipto), los que se impusieron sobre Buto y las poblaciones del delta. La tradición egipcia, recogida por Manetón, sostenía que un rey llamado Menes fue el que unificó el país y las Listas Reales de Egipto comienzan por Meni, por lo que se estima que Menes-Meni fue quien unió el país. Se han hallado diversas paletas, mazas y elementos conmemorativos que aportan algunos datos. Una de ellas, la denominada maza de Horus Escorpión, encontrada en Nejen, representa a un rey llevando la corona blanca, símbolo real de esta ciudad, por lo que se ha deducido que sólo reinaba en el sur ya que no portaba la corona roja de Buto, del Bajo Egipto. Hay algún autor que, sin aportar pruebas, lo considera proto-unificador de Egipto. La llamada paleta de Narmer, simboliza, según Alan Henderson Gardiner, uno de los más importantes egiptólogos de inicios del siglo XX, la unificación de Egipto. Narmer, el rey, aparece en uno de sus lados con la corona blanca del Alto Egipto y golpeando con una maza a un hombre arrodillado, que probablemente represente al Bajo Egipto. En la cara opuesta se muestra al rey con la corona roja del Bajo Egipto, supervisando a los enemigos decapitados, y, más abajo, dos animales fantásticos con cuellos entrelazados, posiblemente, símbolo de la unión. La interpretación comúnmente adoptada es que Narmer logró la victoria sobre el Bajo Egipto y unificó todo el valle.

No está claro si Horus Escorpión y Narmer son dos formas de referirse al mismo rey. Lo mismo sucede con un tercer soberano, Aha. Lo más aceptado es que son tres gobernantes diferentes, siguiendo el orden cronológico: Horus Escorpión, Narmer y Aha. Narmer, o Menes, fue el primer faraón del Antiguo Egipto y fundador de la Dinastía I hacia el 3150 a. C., empezando el período Arcaico en Egipto (3150 – 2680 a.C.). Aunque su identidad es debatida, los egiptólogos coinciden en identificarlo también como el faraón Menes. El primer faraón fue denominado Meni en la Lista Real de Abidos y el Canon de Turín, Men o Min por Heródoto y Menes de Tis por Manetón en sus epítomes, escritos por Julio Africano, Eusebio de Cesarea y el monje Jorge Sincelo. Menes reinó 62 años según Julio Africano, o 60 años según Heródoto y Jorge Sincelo. Aunque en la versión armenia de Eusebio de Cesarea le asignan 30 años de reinado. Menes era rey del Alto Egipto, posible sucesor de Horus Escorpión. Conquistó el Bajo Egipto, el delta del Nilo, e instauró su capital en Ineb Hedy “Muralla blanca“, la futura Menfis. Avanzó con su ejército más allá de las fronteras de su reino, según Eusebio de Cesarea. Pereció arrollado por un hipopótamo, según Julio Africano. El triunfo de la primera unificación del Antiguo Egipto quedó registrado alegóricamente en la denominada Paleta de Narmer, según Gardiner. Menes era originario de Tinis, la capital del Alto Egipto, y estaba casado con Neithotep, originaria de Naqada, lo que parece indicar que este matrimonio selló la alianza entre ambas ciudades. Fue el primer gran faraón y unificó los territorios egipcios bajo su mando, según reflejan los relieves de su Paleta y según reconocieron sus sucesores. La fundación de Menfis, a cientos de kilómetros al norte de Tinis, fue una demostración de poder sobre el Bajo Egipto, al que, según se desprende de la Paleta, veía como pueblo conquistado. Menfis tenía una situación ideal para controlar todo el delta, así como las importantes rutas comerciales al Sinaí y Canaán.

Los sacerdotes egipcios contaron al historiador griego Heródoto que para construir la ciudad, Menes ordenó desviar el cauce del Nilo y levantar un dique de contención: «Los sacerdotes explican de Menes, el primer rey de los egipcios, que había protegido a Menfis mediante un dique. Por aquel entonces, el río discurría a lo largo de grandes dunas hacia Libia. Menes logró la desviación del caudaloso río hacia al sur, a unos 100 estadios aguas arriba de Menfis, gracias a los diques; sacó al río del viejo cauce y consiguió que la corriente fluyera por un canal, entre las dunas. Aún hoy los persas observan recelosos esta desviación y nuevo cauce del río, y la vigilan durante todo el año. Saben que si el río consiguiera romper el dique, Menfis correría un gran peligro de inundarse. Cuando Menes, el primer rey, hubo desecado el viejo cauce, fundó inmediatamente en esa llanura esta ciudad, que hoy se llama Menfis. La ciudad se encuentra en la parte estrecha de Egipto. Alrededor de la ciudad, precisamente al norte y oeste, ya que al este corre el Nilo, el primer faraón hizo cavar un lago para que se alimentara del río». El nombre de Narmer aparece en fragmentos de cerámica en la región del delta, e incluso en Canaán, siendo prueba evidente del comercio entre estas zonas. La riqueza agrícola del Delta en minerales del Alto Egipto y la confluencia de diversas rutas comerciales, ayudaron a levantar un gran imperio. La tradición de dividir la historia egipcia en treinta dinastías se inicia con Manetón, historiador egipcio del siglo III a. C., que durante el reinado de Ptolomeo II compuso en griego la Aigyptiaka, obra desgraciadamente perdida pero transmitida y comentada parcialmente por Flavio Josefo, Julio Africano, Eusebio de Cesarea y el monje Jorge Sincelo. Según Heródoto, además de ordenar construir un dique para desecar las zonas pantanosas de Menfis y desviar el cauce de Nilo hacia un lago, y de edificar la ciudad, erigió un grandioso templo a Vulcano, el Ptah egipcio. Se atribuye a Narmer la tumba B17-18 en la necrópolis de Umm el-Qaab, en Abidos, excavada por Flinders Petrie, situada al lado de la tumba de Aha. También es posible que fuera enterrado en Saqqara, o en la necrópolis de Tarjan, aunque podría tratarse de cenotafios, o tumbas simbólicas. Algunos eruditos consideraban que Narmer era el último rey del Periodo Proto-dinástico de Egipto, diferente del faraón Menes, y otros lo asociaban con Aha. Pero después del descubrimiento de Günter Dreyer, egiptólogo alemán, de varias marcas de sellos encontradas en las tumbas de Den y Qaa en Umm el-Qaab, Abidos, se puede determinar con seguridad que es exacta la sucesión dinástica: Narmer, Aha, Dyer, Dyet, Merytneit, Den, Adyib, Semerjet, Qaa.

Pero veamos algunos aspectos enigmáticos del antiguo Egipto. Considerados por muchos investigadores como producto de la imaginación de pueblos primitivos, algunos dioses reclaman que se les reconozca su existencia. Entre ellos tenemos a los Shemsu Hor de Egipto, que pudieron haber gobernado este país hace miles de años. Las cronologías de muchos pueblos antiguos, entre los que destacan los mesopotámicos o los egipcios, hablan de la presencia de seres que desempeñaron el papel de gobernantes en tiempos remotos.
Los sumerios confeccionaron, a partir de un estudio detallado de los movimientos del Sol, la Luna y la Tierra, grandes tablas cósmicas en las que se anunciaban, con absoluta precisión, la llegada de los eclipses. De igual manera, los cálculos matemáticos de los sumerios también les permitieron precisar la existencia de eclipses sucedidos hacía ya miles de años.
 En Egipto sucedió algo similar y los habitantes del Valle del Nilo dedujeron la presencia de unos seres, a primera vista míticos, que gobernaron su país en su época de mayor esplendor. Se trataba de los Shemsu Hor o Seguidores de Horus. Horus (“el elevado“) era el dios celeste en la mitología egipcia. Se le consideraba como el iniciador de la civilización egipcia. Su nombre egipcio era Hor, mientras que Horus era su nombre helenizado. Horus fue representado como un halcón o un hombre con cabeza de halcón, con la corona Doble. También fue representado como un disco solar con alas de halcón desplegadas, sobre las puertas y en las salas de los templos. También fue representado con forma de esfinge, como Harmajis. El símbolo jeroglífico del halcón posado sobre una percha se empleó desde la época predinástica, para representar la idea de dios. Horus era ya conocido en el periodo predinástico. Era un dios vinculado a la realeza que tutelaba a los monarcas tinitas, cuyo centro de culto era Hieracómpolis. Desde el Imperio Antiguo, el faraón es la manifestación de Horus en la tierra, aunque al morir se convertirá en Osiris, y formará parte del dios creador Ra. Durante el Imperio Nuevo se le asoció al dios Ra, como Ra-Horajti. Forma parte troncal de la Gran Enéada. Asimismo forma parte de la tríada osiriaca, constituida por Osiris, Isis y Horus.

Según la mitología heliopolitana, de Heliópolis, Geb, la tierra de Egipto, y su esposa y hermana Nut, el cielo, dan vida a dos varones, Osiris y Seth y a dos mujeres, Isis y Neftis. Osiris se casa con Isis, y Seth con Neftis. La leyenda da cuenta de los innumerables enfrentamientos entre Osiris y su hermano Seth. Gracias a un engaño, Seth logra asesinar a Osiris, lo descuartiza en catorce partes y oculta sus restos para evitar que encuentren su cuerpo, desperdigándolos por todo Egipto. Su mujer, Isis, enterada de lo sucedido, busca cada pedazo, día y noche, por todos los rincones de Egipto. Finalmente, Isis logra recuperar todos los restos de su difunto marido Osiris, excepto el falo. Isis utilizó sus poderes divinos para resucitar a su marido Osiris, que a partir de entonces se encargaría de gobernar en el país de los muertos, la Duat. Utilizando poderes divinos, Isis pudo concebir un hijo del resucitado Osiris. Se trataba de Horus. Al poco tiempo de nacer, Horus, hijo de Osiris, fue escondido por su madre Isis y lo dejó al cuidado de Toth, dios de la sabiduría, que lo instruyó y crió hasta convertirse en un excepcional guerrero. Al llegar a la mayoría de edad, ayudado por los Shemsu Hor, luchó contra Seth para recuperar el trono de su padre, asesinado por aquél. Seth quedó como el dios del Alto Egipto y Horus del Bajo Egipto. Posteriormente Horus fue dios de todo Egipto, mientras que Seth era dios del desierto y de los pueblos extranjeros. Según los egiptólogos, este mito representa la lucha entre la fertilidad del valle del Nilo (Osiris) y la aridez del desierto (Seth). Más adelante, Horus dejó el gobierno a los reyes míticos, denominados Shemsu Hor, según la tradición. Como dios solar, Horus defiende la barca de Ra, con la ayuda de Seth, contra la gran serpiente Apep. Además, es el protector de Osiris en el inframundo egipcio, o Duat. Durante el juicio de Osiris, según el Libro de los Muertos, es el mediador entre el muerto y Osiris. Su culto se adaptó al mito de Osiris en un intento de sincretismo religioso, siendo muchos los dioses que se encarnaron y fusionaron con Horus en diversas localidades egipcias.

Son varios los textos que tratan de la existencia de estos misteriosos personajes, los Shemsu Hor, en los albores de la Historia de Egipto. En primer lugar tenemos el Canon Real de Turín, también conocido como Papiro Real de Turín o Lista de Reyes de Turín, que es un papiro con textos en escritura hierática, custodiado en el Museo Egipcio de Turín, al que debe su nombre. El texto se fechó en la época de Ramsés II, aunque pudiera estar escrito posteriormente, y menciona los nombres de los faraones que reinaron en Egipto, precedidos por los dioses que gobernaron antes de la época Faraónica. A diferencia de otras listas, no se ha hecho para celebrar un faraón en comparación a otros, por lo que contiene los nombres de todos los gobernantes, incluso los considerados menores y los usurpadores. No sabemos qué fuentes utilizó el escriba para organizar la lista, si la copió simplemente de un papiro ya existente o la compuso teniendo acceso a los archivos de los templos, compilando la lista utilizando antiguas notas de impuestos, decretos y documentos. La primera posibilidad parece la más probable e implicaría que la Lista Real de Turín es realmente un documento de extraordinario valor histórico. El papiro, de 170 cm de largo y 41 cm de alto, consta de unos 160 fragmentos, la mayoría muy pequeños, faltando muchos trozos. El papiro fue descubierto por el explorador italiano Bernardino Drovetti en 1822, en las cercanías de Luxor. Estaba prácticamente intacto, pero cuando el rey de Cerdeña lo donó a la colección del Museo Egipcio de Turín ya estaba muy fragmentado, debido a las malas condiciones de su traslado a Italia. La importancia de este papiro fue reconocida de inmediato por el egiptólogo francés Jean-François Champollion, y posteriormente por Gustavus Seyffarth, afanándose en su reconstrucción y restauración. Aunque consiguieron ordenar la mayor parte de los fragmentos en posición correcta, la diligente intervención de estos dos hombres también llegó tarde, ya que muchos pedazos se habían perdido. Giulio Farina reconstruyó el papiro y selló los restos del documento entre dos hojas de vidrio en 1938, conservándose así desde entonces. En 1959 Gardiner hizo una transcripción, que publicó, utilizando esa reconstrucción y otros fragmentos no incluidos.
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En 2008 Richard Parkinson y Bridget Leach realizaron un nuevo estudio del documento, encontrando restos de fragmentos que no habían sido incluidos por Farina en la restauración. El papiro contiene, por una cara, una lista de nombres de personas e instituciones, y lo que parece ser una estimación de tributos.
Sin embargo, es el otro lado del papiro el que suscitó la mayor atención, pues contiene una lista de dioses, semidioses, espíritus, reyes míticos y humanos que gobernaron Egipto, presumiblemente desde el principio de los tiempos hasta la época de composición de este inestimable documento. Es el único documento conocido que da el nombre de reyes anteriores a Menes. El principio y final de la lista se han perdido, lo que significa que no tenemos la introducción ni la relación de los reyes que siguen a la decimoséptima dinastía. El escriba dividió el texto en columnas, de las cuales permanecen once, con diferente número de líneas. La mayoría de las líneas se compone del nombre del rey, inscrito o no en un cartucho, y el tiempo de su reinado. El papiro cita los nombres de los gobernantes, agrupándolos a veces y dando la duración del gobierno de algunos de estos grupos, que se corresponden, en general, al resumen de las dinastías según Manetón. Además, muestra en años, meses y días la duración del reinado de muchos faraones. Incluye también los nombres de gobernantes efímeros, o mandatarios de pequeños territorios, que apenas se conocen, generalmente omitidos en otros documentos. La lista incluye a los gobernantes hicsos, normalmente excluidos de otras Listas de Reyes, y aunque sus nombres no estaban escritos dentro de un cartucho, se añadió el texto jeroglífico Heqa Jasut para indicar que eran gobernantes extranjeros. El texto comienza con una relación de dioses y reyes míticos. El primer nombre de un faraón aparece en el epígrafe 2.11. Se trata de Meni.

Tal como ya hemos indicado, mencionados en el Papiro Real de Turín y en otros textos históricos, los Shemsu Hor constituyen uno de los enigmas más inquietantes de la prehistoria egipcia. Las alusiones a estos misteriosos personajes son vagas e imprecisas, pero su intervención, en tiempos muy anteriores a la primera dinastía, pudo concretarse en el diseño de la Esfinge de Giza y de otros importantes monumentos. Para los egiptólogos se trata de entidades puramente legendarias. Pero otros investigadores, en cambio, creen que desarrollaron un papel muy relevante como intermediarios entre los dioses, posibles extraterrestres, y los hombres. El arqueólogo francés Gaston Maspero (1846 – 1916), uno de los personajes más influyentes en el campo de la egiptología, se preguntaba en la Revue de l’Histoire des Religions ¿de dónde salieron los antiguos egipcios? Maspero concluyó que el pueblo que elaboró aquel sofisticado universo de creencias «ya estaba establecido en Egipto mucho antes de la Primera Dinastía y, si queremos entender su religión y sus textos, debemos ponernos en las mentes de quienes las instituyeron hace más de siete mil años». La idea de que el Antiguo Egipto fue fundado por una civilización remotísima no es ni mucho menos nueva. Gaston Maspero había visitado Egipto en 1880, y quedó extasiado al ver de cerca las pirámides de Giza, pero, sobre todo, al contemplar la Gran Esfinge, un monumento que le desconcertó. En adelante, Maspero se dedicaría a estudiar los numerosos enigmas de la civilización egipcia, aunque siempre mantuvo cierta predilección por la enigmática Gran Esfinge, sobre la que escribió, en su obra The Dawn of Civilization: Egypt and Chaldea (1894), lo siguiente: «la Gran Esfinge Harmakhis monta guardia en el extremo norte desde los tiempos de los Seguidores de Horus, una estirpe de seres semidivinos y predinásticos que, según las creencias de los antiguos egipcios, habían gobernado esta región miles de años antes que los faraones históricos». Que Gastón Maspero aludiera al papel desempeñado por los Shemsu Hor puede resultar chocante desde la perspectiva de la arqueología oficial actual. No obstante, Maspero no hizo sino reflejar cuáles eran las creencias de los antiguos egipcios en relación con sus ancestros, recordando la relevancia que éstos concedían a los Shemsu Hor.

Tal como ya hemos indicado, la referencia más conocida a los Shemsu Hor la hallamos en el Canon Real de Turín, un papiro donde se dice que, en efecto, habrían gobernado Egipto durante seis mil años, en un periodo intermedio comprendido entre el reinado de los dioses y las primeras dinastías de faraones. No obstante, ¿es fiable este documento? La relación incluye, en la parte posterior del papiro, a los gobernantes de Egipto antes que Narmer. Eran reyes de naturaleza divina, semidivina o no enteramente humana. Al contrario de lo que sucede con otros papiros, cuyo contenido parece referirse a sucesos legendarios, mágicos o especulativos, muy pocos dudan de la historicidad del Canon Real de Turín. Esto es, refleja nombres y detalles fidedignos, datos que han podido contrastar prestigiosos egiptólogos y papirólogos que han tenido acceso al mismo, desde Jean François Champollion hasta Richard Parkinson y Bridget Leach, pasando por Giulio Farina y Alan Gardiner, por citar sólo a unos pocos de entre quienes lo han investigado. Así, la opinión generalizada es que el escriba autor del texto, probablemente a las órdenes de Ramsés II, compiló varias listas depositadas en los principales templos de Egipto, limitándose a transcribirlas. La relación de los gobernantes mencionados en el documento es asombrosamente prolija en detalles, de tal manera que los periodos de los reinados están consignados por años, meses e incluso días, lo que da idea de la minuciosidad de sus autores. No obstante, la arqueología oficial parece menoscabar la relevancia histórica de este manuscrito, tendiendo a pasar por alto su contenido. La razón de tal olvido probablemente tiene que ver con la incómoda parte posterior del Papiro Real de Turín, que otorga rango de gobernantes carnales a personajes semidivinos como los Shemsu Hor. En general, los egiptólogos han despreciado sistemáticamente los textos que contravenían sus tesis. Cualquier evidencia que contradijera «su versión» de la historia de Egipto ha acabado siendo desprestigiada. De ese modo ocurre que los nombres de Robert Schoch, John Anthony West, Robert Bauval, Graham Hancock y tantos otros, suelen ir acompañados de apostillas como «pseudociencia». A grandes rasgos, la egiptología es una disciplina moderna, que integra otras ciencias de la antigüedad como la arqueología, la papirología, la epigrafía, etc. Sin embargo, hasta hace muy poco, la generalidad de los egiptólogos rechazaban que el diseño y emplazamiento de las pirámides y templos a lo largo del Nilo tuvieran que ver con la posición de los cuerpos celestes en la época en que fueron erigidos. De hecho, todavía encontramos a egiptólogos que refutan esta visión arqueo-astronómica de los monumentos egipcios.

¿Cómo puede un egiptólogo enfrentarse al enigma de que seres semidivinos construyeron la Gran Esfinge? Plantear que entidades no completamente humanas gobernaron en distintas zonas de la Tierra es difícil de aceptar. Ya hemos mencionado que el Papiro de Turín sitúa a los Shemsu Hor inmediatamente antes de la primera dinastía faraónica, la comenzada por Menes o Narmer. Pues bien, la egiptología aceptó que la cronología establecida por el papiro es correcta, pero sólo de Narmer en adelante. Lo anterior, en cambio, consideraron que solo era mitología. Pero, ¿y si todo lo que se cuenta en este papiro fuera verdadero? En este caso, tendríamos que, hace alrededor de 12.000 años, Egipto fue gobernado por unas entidades dotadas de avanzados conocimientos, tantos como para haber diseñado la Gran Esfinge de Giza y realizado otras proezas arquitectónicas o tecnológicas. La irrupción de los Shemsu Hor se habría producido en los albores de la civilización en el Valle del Nilo, si hacemos caso de la historia aceptada. Así, hace 12.000 años, justo cuando declinaba la última glaciación, la temperatura subió gradualmente en el norte de África, el Delta del Nilo incluido, región que comenzó a recibir importantes precipitaciones que, más tarde, dieron paso a la formación de pastizales con cereales silvestres que atrajeron a gran variedad de animales, que, a su vez, atrajeron a grupos humanos de cazadores-recolectores. Pero este proceso duró milenios, estableciéndose el Neolítico egipcio hace unos 6.000 años. No obstante, esta cronología de los hechos no cuadra con la datación de la Gran Esfinge propuesta por Robert Bauval, alrededor del 10500 a.C., ni mucho menos con la que sugieren los geólogos ucranianos Vjacheslav I. Manichev (Instituto de Geoquímica ambiental de la Academia Nacional de Ciencias de Ucrania) y Alexander G. Parkhomenko (Instituto de Geografía de la Academia Nacional de Ciencias de Ucrania), según los cuales el monumento ya estaba en Giza hace nada menos que 800.000 años. Uno de los monumentos más misteriosos y emblemáticos del mundo es objeto de una extrema e insólita hipótesis sobre su verdadera antigüedad. Los dos geólogos ucranianos lanzaron una nueva propuesta muy provocativa, según la que la Gran Esfinge tendría una antigüedad cercana al millón de años. Esta interpretación fue hecha pública durante la Conferencia Internacional sobre Geoarqueología y Arqueo-mineralogía, celebrada en Sofía (Bulgaria) en 2008, con el título de Geological aspect of the problem of dating the Great Egyptian Sphinx construction.

El punto de partida de estos dos expertos se sitúa en las opiniones de John Anthony West, expresadas en su obra La Serpiente Celeste: Los enigmas de la Civilización Egipcia, y del geólogo norteamericano Robert M. Schoch, que aludían, por un lado, al posible origen remoto de la civilización egipcia y, por otro, a la prueba física de la erosión por agua. Y así, encontramos un alegato a favor de una datación basada en fundamentos geológicos, pero también una alusión a Helena Petrovna Blavatsky, fundadora de la Teosofía y autora de La Doctrina Secreta. Según estos investigadores, debía tenerse en cuenta que Blavatsky, gran referente de una historia de la Humanidad en clave esotérica, había afirmado que la construcción de la Gran Esfinge debía datarse en una época muy anterior a la raza actual humana, por lo menos en más de 750.000 años. Los autores aportan un compendio de pruebas de carácter geológico que, de alguna manera, podría corroborar las hipótesis proveniente del mundo esotérico. Las observaciones de Manichev y Parkhomenko se centran en el aspecto muy deteriorado que presenta la Esfinge, dejando de lado la erosión del recinto donde se encuentra, que habían sido objeto de estudio por parte de Robert M. Schoch. Los geólogos ucranianos se fijan especialmente en el relieve ondulado que presenta la Esfinge en forma de salientes y oquedades. La explicación ortodoxa para ello se basa en el supuesto efecto abrasivo de la arena arrastrada por el viento. Sin embargo, según Manichev y Parkhomenko, este argumento no explica por qué la parte frontal de la cabeza de la Esfinge carece de tales efectos. Con respecto a la tesis de las fuertes lluvias, formulada por Schoch, los autores ucranianos reconocen que hacia el 13000 a.C. se dio un periodo de alta humedad. No obstante, insisten en que los efectos erosivos sobre la Esfinge deben remontarse a una época mucho más antigua. Según ellos fue por el impacto de las olas. Lo que Manichev y Parkhomenko argumentan es que las zonas montañosas y litorales del Cáucaso y Crimea presentan un tipo de erosión eólica que morfológicamente difiere en mucho de la erosión apreciada en la Esfinge. Esencialmente, alegan que tal erosión eólica tiene un carácter muy suave, independientemente de la composición geológica de las rocas. En cambio, su investigación previa sobre cierto tipo de erosión en las áreas costeras les había llamado la atención, por cuanto podía tener una conexión con lo que se puede advertir en la Esfinge.

Así pues, estos geólogos proponen un mecanismo similar al del impacto de las olas sobre las rocas de la costa. En concreto, esta acción acuática produce, a lo largo de miles de años, la formación de una o varias capas de ondulaciones, hecho bien visible en las costas del Mar Negro. Este proceso, que actúa cuando las olas golpean la roca a la altura de la superficie, va produciendo un desgaste de la roca. Además, estos acantilados «ondulados» permiten apreciar los diversos niveles de la costa a lo largo de extensos periodos de tiempo, siendo la oquedad superior la que muestra el mayor nivel alcanzado por las aguas. La observación de estas oquedades en la Gran Esfinge les hizo pensar que tal vez este monumento habría sido afectado por este proceso durante su inmersión en grandes masas de agua, y no en las regulares inundaciones del Nilo. Manichev y Parkhomenko apuntan a que la composición geológica del cuerpo de la Esfinge es una secuencia de estratos o capas de piedra caliza con pequeñas capas intermedias de arcillas, y que una erosión abrasiva por arena y viento hubiera afectado de manera uniforme al monumento. Pero las oquedades se presentan dentro de diferentes estratos o sólo afectan a una parte de un estrato homogéneo. Los geólogos consideran que la Esfinge tuvo que estar sumergida durante mucho tiempo bajo las aguas. Para sustentar esta hipótesis se basan en los estudios geológicos realizados en la meseta de Giza. Según estos estudios, a finales del Plioceno, entre 5,2 y 1,6 millones de años, las aguas marinas penetraron en el valle del Nilo, inundándolo progresivamente y creando en la zona de Giza grandes depósitos lacustres. De este modo, la cota superior a la que habrían llegado las aguas sería de unos 160 metros por encima del nivel actual del mar Mediterráneo. Manichev y Parkhomenko, basándose en un trabajo del profesor ruso F. Tseiner, llevado a cabo en 1963, identifican las diferentes fases o niveles de las aguas en el Mediterráneo durante el Pleistoceno,  toman la altura de la oquedad superior apreciable en la Esfinge, y la relacionan con el nivel de la fase Calabríense, que correspondería, según Tseiner, a una antigüedad aproximada de unos 800.000 años. El Pleistoceno, una división de la escala temporal geológica, es una época geológica que comienza hace 2,59 millones de años y finaliza aproximadamente en el 10000 a. C., precedida por el Plioceno y seguida por el Holoceno. Es la sexta época de la Era Cenozoica y la más antigua de las dos que componen el Período cuaternario. El Calabriano o Calabriense, una división de la escala temporal geológica, es la segunda edad o piso del Pleistoceno. Sus límites cronométricos se sitúan entre 1,806 y 0,781 millones de años.
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Posteriormente, una vez superada la etapa de inmersión lacustre, otros procesos naturales habrían deteriorado más el monumento, en particular la acción abrasiva de la arena, que habría suavizado las formas en los salientes y oquedades. Durante muchísimos siglos el cuerpo de la Esfinge estuvo sepultado por las arenas del desierto, con lo cual poco efecto podría haber tenido la erosión eólica. Ahora bien, desde el punto de vista arqueológico, la teoría de Manichev y Parkhomenko coloca un gran monumento en una era donde todavía se supone que no había el Homo Sapiens sobre el planeta. Pero aún hay más. Según se ha demostrado, los dos templos megalíticos adyacentes a la Esfinge fueron construidos con la piedra extraída de la cubeta de ésta. En otras palabras, cualquier propuesta de datación de la Esfinge arrastra a estos otros dos monumentos a la misma época. La primera pregunta sería si alguna civilización pudo realizar tales construcciones hace 800.000 años. Si ya la egiptología oficial niega que la construcción de la Gran Esfinge se produjese hacia el 10000 a.C., hablar de seres civilizados en el Pleistoceno es imposible de aceptar. Pero para la Teosofía y, en concreto, para Helena Blavatsky, en aquella época existiría una raza humana más evolucionada que la actual. No obstante, el tema de los antiguos monumentos egipcios afectados por una gran inundación no es una propuesta nueva. Por un lado, tenemos las referencias de los cronistas árabes que hablan directamente de un Diluvio que afectó a las pirámides. Al-Maqrizi (1364 – 1442), historiador egipcio, dice, citando a Ibn Afir: «Las huellas del Diluvio y del nivel alcanzado por las aguas se distinguen todavía hacia la mitad de la altura de las pirámides, pues no pasaron de ese límite. Dicen que cuando las aguas del Diluvio se retiraron, encontraron solamente el pueblo de Nehauend (…), las pirámides y los templos de Egipto». Los egiptólogos lo consideran como parte de las muchas leyendas surgidas con el paso de los siglos y que los árabes recogieron en la Edad Media. Pero existen otras opiniones modernas que, de algún modo, podrían apoyar indirectamente la propuesta de Manichev y Parkhomenko, si bien la gran cuestión por aclarar seguirá siendo determinar en qué periodo concreto tuvo lugar dicha inundación de la meseta. A este respecto, el investigador egipcio Sherif El-Morsi, tras estudiar la meseta de Giza durante 12 años, considera que existe una clara prueba de erosión por agua en las partes más bajas de la necrópolis, pero no por fuertes lluvias, sino por una gran inundación que situó el nivel de las aguas a 75 metros por encima del actual nivel del mar.

Para Sherif El-Morsi no hay duda de que la inundación cubrió varios monumentos de la meseta egipcia, según ha podido observar en el templo de la Esfinge, los restos del templo de Menkaure, los fosos de las barcas solares y parte de la Gran Pirámide. Para el investigador egipcio, la acción de las aguas, su paulatina retirada y la erosión sufrida por las piedras, una vez expuestas a la intemperie, han dejado huellas físicas inequívocas, sobre todo apreciables en los enormes bloques megalíticos de caliza de los templos citados. El-Morsi advierte un fuerte desgaste de los bloques por saturación de agua. Luego, al retirarse las aguas, se acumularon sedimentos y se formaron unos pequeños huecos redondeados en la piedra, producidos por una reacción química salina que erosiona la superficie de la piedra. Además, alude al aspecto tan corroído de algunos bloques, lo que sería el testimonio irrefutable de la acción de la fuerza de las aguas, como mareas, oleajes, etc., a lo que habría que sumar el efecto de organismos acuáticos. Y precisamente para rematar su tesis, El-Morsi destaca como prueba definitiva un desgastado bloque megalítico. Allí identificó un fósil de un erizo de mar prácticamente entero. El erizo simplemente habría quedado expuesto por la erosión y en modo alguno sería un añadido reciente. No obstante, El-Morsi sigue creyendo que el fósil no tiene un origen tan remoto, pues estaba asentado en una posición horizontal sobre el bloque y mostraba un notable estado de conservación. Por lo tanto sigue la polémica geológica. Schoch ya había apreciado erosión por agua no sólo en la Esfinge, sino también en sus templos contiguos. A su vez, Manichev y Parkhomenko afirman que la Gran Esfinge habría estado parcialmente sumergida en las aguas que cubrían Giza en el Pleistoceno. Y finalmente, El-Morsi nos habla de una gran inundación que cubrió buena parte de la meseta de Giza, tal como se observa en el deteriorado aspecto de muchos bloques de los antiguos monumentos. De todas formas, el experto egipcio no se atreve a poner una fecha a tal inundación. Pero la pregunta clave sería en qué momento de la Prehistoria se habría producido la inundación que habría afectado a ciertos monumentos. Tal vez se trate del Gran Diluvio que supuestamente tuvo lugar al final de la última Edad del Hielo, hace unos 12.000 años. Pero según los geólogos ucranianos estaríamos hablando de unas remotísimas inundaciones que se situarían en el distante Pleistoceno, hace unos 800.000 años. La datación de la Esfinge y otros monumentos de la Antigüedad dependería de una respuesta a estas preguntas.

Hay documentos egipcios que hablan de invasiones de “pueblos del mar” que llegaron “desde los confines del mundo“, ilustrados con pinturas murales monumentales que todavía pueden verse en Medinet-El Fayum. Aunque la mayoría de los pergaminos egipcios debieron resultar quemados en la destrucción de la biblioteca de Alejandría, es posible que existan otros documentos escritos, enterrados en alguna tumba todavía no descubierta y que se mantengan en buen estado de conservación, gracias al clima seco que reina en Egipto. El historiador griego Heródoto (siglo V a.C.) nos ha dejado referencias diversas respecto a un nombre similar al de Atlántida y a una ciudad misteriosa situada en el océano Atlántico que algunos han considerado como una colonia de la Atlántida o incluso como la Atlántida misma: “Los primeros griegos que realizaron largos viajes —escribe Heródoto—, estaban familiarizados con Iberia (España) y con una ciudad llamada Tartessos, más allá de las Columnas de Hércules, a la vuelta de la cual los primeros comerciantes obtuvieron un beneficio mayor que el conseguido por griego alguno antes.” .En otro pasaje de sus obras, Heródoto habla de una tribu llamada Atarantes y también de otra, los Atlantes, “que toman su nombre de una montaña llamada Atlas, muy puntiaguda y redonda, tan soberbia, además, que, según se dice, la cumbre nunca puede verse, porque las nubes jamás la abandonan, ni en verano ni en invierno“. Heródoto se sentía interesado tanto en la historia antigua como contemporánea y creía que el Atlántico había penetrado en la cuenca mediterránea como consecuencia de un terremoto que había hecho desaparecer el istmo que era entonces el estrecho de Gibraltar. Luego de hallar fósiles de conchas marinas en las colinas de Egipto también especuló acerca de la posibilidad de que parte de la tierra que en otro tiempo había sido tierra firme hubiera acabado en el mar y, a la inversa, algunos territorios hubieran emergido de las profundidades oceánicas. Según Heródoto, los sacerdotes tebanos asumían con naturalidad que hubo varias dinastías de dioses gobernantes en Egipto. Por otra parte, si aceptamos las divisiones de la historia de la humanidad para el Antiguo Egipto y situamos a los habitantes de esta región en la Edad de Piedra, durante el IV milenio a.C., no podemos creer que estos hombres y mujeres, supuestamente recién salidos de las cavernas, fueran capaces de construir algo como la Gran Esfinge de Giza. Tal vez la cronología sobre la historia de la humanidad está equivocada.

Todo parece indicar que antes de nuestra actual humanidad existió otra «humanidad», una especie de «civilización madre» altamente evolucionada. Heródoto (siglo V a.C.), considerado «padre de la Historia», en su obra Los Nueve Libros de la Historia recogía de los sacerdotes de Tebas una historia de Egipto bien distinta a la que conocemos actualmente. Así, el cronista griego se refería a un episodio en el que los sacerdotes tebanos le mostraron 345 estatuas que parecían representar a imponentes dioses. Sin embargo, para sorpresa del historiador, los religiosos apuntaron que no se trataba de dioses, sino que cada coloso simbolizaba cada una de las generaciones de grandes sacerdotes que les precedieron, hasta completar 11.340 años de gobiernos por parte de los humanos. Y subrayaban lo de «gobiernos de los humanos», para a continuación remarcarle que «antes de estos hombres, los dioses eran quienes reinaban en Egipto, morando y conversando entre los mortales, y teniendo siempre cada uno de ellos un imperio soberano». Aparentemente los sacerdotes de Tebas distinguían claramente dos rangos de reyes de Egipto: los humanos, que habían gobernado el país desde hacía 11.340 años, y los dioses, que no sólo gobernaron físicamente Egipto durante un periodo igual o mayor, sino que lo hicieron mezclándose con aparente naturalidad entre los habitantes de Egipto. Por su parte, Manetón (siglo III a.C.), sacerdote e historiador egipcio que vivió durante los reinados de Ptolomeo I y Ptolomeo II, también se refería a estos dioses y semidioses gobernantes en su obra Aegyptíaka, una especie de cronología que confeccionó a partir de las Listas Reales que le facilitaron los sacerdotes de otros templos. En aquella obra, Manetón establecía cuatro dinastías anteriores a Menes,  dos de dioses, una de semidioses y una cuarta de transición, adjudicando el origen de la civilización egipcia al gobierno de 7 grandes divinidades, como Ptah, Ra, Shu, Geb, Osiris, Seth y Horus, que permanecieron en el poder durante 12.300 años. A continuación, gobernó una segunda dinastía, encabezada por el primer Toth e integrada por 12 «faraones» divinos, que gobernaron durante 1.570 años. Luego ascendieron al poder 30 semidioses, generalmente identificados con los Shemsu Hor y simbolizados por halcones, que gobernaron el país durante 6.000 años. Tras éstos, siempre según Manetón, se produjo un periodo de caos, hasta que, finalmente, Menes encauzó la situación y logró la unificación de Egipto.

No obstante, la egiptología ortodoxa considera estas cronologías como mitos, no basados en sucesos históricos comprobables. Como es lógico, debido a su gran antigüedad, las fuentes que nos ofrecen información sobre los Shemsu Hor son escasas. Pero podemos extraer información sobre los Shemsu Hor, y sobre los dioses que gobernaron Egipto, de las obras que nos legaron estos misteriosos personajes. Se trataría de construcciones que supuestamente se erigieron siguiendo un «plan estelar», según los estudios arqueo astronómicos de estos monumentos. De confirmarse la datación extrema de la Gran Esfinge por parte de Manichev y Parkhomenko o la más reciente propuesta por Bauval, los diseñadores y constructores de estas imponentes maravillas probablemente tendrían más de extraterrestres que de humanos.  Ya hemos visto que, según la tradición egipcia, los primeros reyes de Egipto no fueron hombres, sino dioses. Al principio de los tiempos, cuando los dioses descendieron sobre la Tierra, parece que la encontraron cubierta por el fango y el agua. El principal de los dioses, al que los egipcios denominaron “Dios del Cielo y de la Tierra“, Ptah, fue el encargado de realizar grandes obras hidráulicas y de canalización, que lograron ganar terreno a las aguas. Ello es muy similar a los que se dice del dios sumerio Enki. Ptah habría ubicado su residencia en la Isla Elefantina, cerca de la actual Asuán, para, desde allí, controlar las crecidas del río Nilo, sentando las bases para la civilización. Después de la increíble cifra de 9000 años de reinado, el dios Ptah cedió el gobierno de Egipto a su hijo Ra, que, al igual que su padre, llegó a la Tierra en una barca celestial. El reinado de Ra duró unos 1000 años, y le continuaron en el trono cinco dioses más, Shu (700 años), Geb (500 años), Osiris (450 años), Seth (350 años) y Horus (300 años). Aquí se habla de años de reinado, no de vida. No obstante, parece que cuanto más tiempo llevaban en la Tierra vivían menos años. Si las teorías de Sitchin sobre los dioses o extraterrestres que vinieron a la Tierra en la antigüedad son ciertas, el Planeta del que vendrían (Nibiru) tendría un año de traslación alrededor del Sol mucho más largo que el de la Tierra, unos X años, por lo que 1 año de los dioses equivaldría a X años humanos. A medida que los relojes biológicos de estos supuestos extraterrestres se hubiesen ido adaptando a los ritmos terrestres, su longevidad habría ido disminuyendo. Sitchin hablaba de 3600 años humanos por cada año de los dioses. Y probablemente cuando Ptah empezó a reinar ya llevaba muchos años en la Tierra.

De acuerdo con los Textos de las Pirámides, hubo un período primordial que surgió del caos y el orden en que los dioses gobernaban la Tierra. Este período se denomina “Zep Tepi“. Aunque se los considera relatos mitológicos, creemos que se trata de hechos reales.  El académico italiano Armando Mei, un investigador italiano, en su obra Giza: le Piramidi Satellite ed il Codice Segreto, cree que con Zep Tepi nos referimos a un tiempo histórico con una fecha específica, que se trataría  del 36.420 a.C. Los Textos de las Pirámides, así como las numerosos jeroglíficos de las paredes de los monumentos egipcios y los escritos encontrados, nos han dejado la mayoría de la información sobre los mitos de la creación del Antiguo Egipto. En muchos de ellos se hace referencia al Zep Tepi. Uno de los documentos más interesantes es sin duda el papiro de Turín, ya mencionado, también conocido como el Papiro de los Reyes, un documento que muestra, además de la lista de la unificación soberana del Alto y Bajo Egipto,  la lista de reyes divinos y semidivinos del Período Predinástico. Haciendo el cálculo de los contenidos descifrados en el Canon Real de Turín, parecen indicar que el período inicial, o reino de Ptah, creador y primer gobernante de Egipto, se remonta a hace unos 39.000 años. La fuente citada se refiere a un tiempo en que los dioses primordiales reinaron en Egipto durante unos 20.000 años. Siguieron gobernantes semidioses, conocidos como Shemsu Hor, y, finalmente, los hombres mortales, que comenzaron a reinar sobre Egipto alrededor del cuarto milenio antes de Cristo, con las dinastías de faraones que conocemos. No obstante, la egiptología, y la historiografía oficial nos dice que todo lo que se remonta a la época pre-dinástica debe ser considerado como un mito.
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Sin embargo, tenemos alguien que discrepa. Se trata de Armando Mei, que se ha dedicado durante muchos años al estudio de la egiptología predinástica, período comprendido entre el el tiempo primordial y el 3180 a. C. En 2005, Mei realizó una investigación en la meseta de Giza, que culminó en la formulación de su “Teoría sobre la datación histórica de Zep Tepi”, que presentó en la Conferencia Internacional de Ciencias de la Antigüedad, que se celebró en la Universidad Zayed en Dubai en el año 2010. Armando Mei explica que distintos investigadores han presentado varias teorías en relación al conjunto monumental de Giza, proponiendo diversas hipótesis sobre la función de los monumentos y las técnicas utilizadas para su construcción. Es innegable que la egiptología académica ha contribuido en gran medida a nuestro conocimiento de la gran civilización egipcia, que alcanzó un desarrollo increíble en temas sociales, artísticos y científicos. Sin embargo, los mismos egiptólogos académicos han persistido en considerar parte de la información arqueológica como simplemente mitológica. Mei cree que una de las teorías más importantes es la propuesta por Robert Bauval y conocida como la Teoría de la Correlación de Orión, según la cual el conjunto monumental de Giza no es más que la proyección en la tierra del astronómico Cinturón de Orión, tal y como podía apreciarse en el cielo de Egipto en el año 10.450 a.C. La constelación de Orión es seguramente la más reconocida en el cielo por los habitantes de todo el planeta. Puede observarse en ambos hemisferios y posee estrellas muy brillantes. Su forma se asemeja a la de un reloj de arena coronado por dos estrellas superiores: Betelgeuse y Bellatrix; y sustentado por dos brillantes astros: Rigel y Saiph. En medio de este cuadrilátero se encuentran otras tres estrellas brillantes separadas, aparentemente, a una distancia equidistante. Sus nombres de izquierda a derecha son Alnitak, Alnilam y Mintaka. Estas estrellas, también son conocidas como los Tres Reyes. La constelación de Orión representa a un guerrero alzando su arco, su espada y cubriéndose del enemigo con un vellocino o un escudo. A su lado se encuentran sus perros de caza: Canis Maior y Canis Minor. A pesar de ser rechazada desde el principio por los académicos, esta teoría de Bauval ha permitido el desarrollo de nuevos métodos de investigación que han, en parte, explicado algunos de los misterios relacionados con el llamado Período Predinástico.

La mitología egipcia nos dice que Osiris se casó con Isis y se convirtieron en los primeros gobernantes del antiguo Egipto. Ambos eran dos de los hijos del dios Ra. El tercero de sus vástagos fue Seth, que asesinó a Osiris cuando éste tenía veintiocho años de edad. Después de matarlo lo cortó en catorce pedazos, pero Isis, que había permanecido escondida durante semanas, pudo recuperarlos todos, salvo el correspondiente al pene. Sin embargo, la diosa fabricó uno artificial, que colocó encima del cuerpo de su esposo, Osiris, que cobró forma de milano y dejó embarazada a Isis. De tan milagrosa concepción nació Horus. Esa leyenda nos narra de forma alegórica el nacimiento del antiguo Egipto. Desde entonces, y como señalan todos los textos y leyendas, se ha identificado a la figura de Isis con la estrella Sirio, que es la más brillante y espectacular del firmamento. Pero hubo una época en la que este astro no fue visible debido al movimiento de precesión. Y es que la Tierra, además de rotar en torno a sí mismo y de girar alrededor del Sol, se mueve como una peonza debido a la inclinación de su eje. Eso provocó que durante un largo tiempo Sirio no fuera visible para los hombres que habitaban las arenas de Egipto durante la prehistoria. Sin embargo, al ser la precesión un movimiento cíclico, Sirio asomó por el horizonte en el año 10.500 a.C. Casi al mismo tiempo las aguas del Nilo comenzaron a desbordarse, inundando los campos y haciendo que la agricultura volviese a prosperar. Tal acontecimiento siempre ocurría por las mismas fechas, sólo que en esa ocasión coincidió con la aparición de un astro más brillante que cualquier otro, Sirio, que representa a Isis. Quizá por ello no es casualidad que las tres grandes pirámides y la Esfinge de la meseta de Gizeh dibujen sobre la arena del desierto la posición de las tres principales estrellas de la constelación de Orión y de Sirio, tal cual pudieron ser observadas aquel año 10.500 a.C. Y es que si para los egipcios Sirio era Isis, la constelación de Orión estaba encarnada en la figura de Osiris. Así pues, esta situación astronómica y esta circunstancia climática marcaron en cierto modo el origen mítico de la civilización egipcia, que de forma metafórica se narra en la leyenda explicada anteriormente.

Pero aquel fenómeno se repitió en otras ocasiones, especialmente en el año 3300 a. C. En aquella ocasión, la precesión provocó que Sirio volviera a desaparecer ante los asombrados ojos de los egipcios. Se dejó de ver durante setenta días, transcurridos los cuales surgió de nuevo en el horizonte, en el mismo momento del amanecer del primer día del solsticio de verano, tras el que el Nilo se desbordó nuevamente. Precisamente, a partir de esa fecha, la civilización emergió en aquella tierra. Para el egiptólogo Ed Krupp, aquel acontecimiento astronómico es el que reflejan los relatos míticos: «Tras desaparecer setenta días, Sirio volvió a surgir antes de la salida del Sol y de iniciarse la inundación del Nilo, razón por la cual los egipcios consideraban a ese día como el primero del año. Es por ello que se conoce a Isis, es decir, a Sirio, como la “señora del año nuevo”. Así pues, el tiempo que Isis pasa ocultándose de Seth es el tiempo que Sirio desapareció del cielo. Luego resurge y da luz a Horus, al igual que Sirio da inicio al año nuevo». Pero investigadores, como Robert Bauval, descubrieron que en techas próximas al nacimiento de Jesús de Nazaret se produjo un fenómeno celeste casi idéntico. En su opinión, su nacimiento, así como la aparición de la estrella que anunciaba su venida, podría no ser más que una reactivación del mito egipcio. Y es que, ciertamente, Orión y Sirio han sido el objeto de numerosos cultos. Muchas de las construcciones que nos legaron están orientadas en función de estos astros, al mismo tiempo que en los jeroglíficos que dejaron grabados aparecen como objeto de adoración. Es curioso que muchos pueblos de la antigüedad apuntaran a Sirio como el origen de sus fundadores. El caso más sorprendente es el del pueblo dogón de Mali. En sus leyendas dicen que dioses llegados desde Sirio les transmitieron sus conocimientos y contaron a los dogón cómo era su estrella. Les explicaron sus características orbitales, así como que «junto a Sirio existen otras dos estrellas invisibles». Con los modernos telescopios, los astrónomos descubrieron que, efectivamente, los dogón estaban en lo cierto y que conocían detalles astronómicos de Sirio que con sus medios jamás hubieran podido alcanzar. En 1862 se descubrió definitivamente que además de Sirio A había otra estrella, Sirio B, una enana blanca de una gran densidad. Y en 1995 se descubrió Sirio C. Sirio B y Sirio C eran dos estrellas invisibles a los ojos humanos que sólo podían captarse mediante los modernos telescopios. Es increíble que los dogón  lo supieran hace cientos de años. Parece que tanto en Egipto, como en otras culturas del pasado, dicen que sus dioses llegaron desde la estrella más brillante del firmamento, Sirio.

Armando Mei, junto con Nico Moretto, han desarrollado un modelo matemático para el conjunto monumental de Giza y para efectuar el análisis de las correlaciones astronómicas. Los dos investigadores han situado el origen de la civilización de Egipto hacia el año 36.900 antes de Cristo, con lo que darían un valor histórico a la  mitología de Zep Tepi y a la historia transcrita en el papiro de Turín. En un diagrama reproducen la configuración del cielo sobre la meseta de Giza en el año 36.420 antes de Cristo, incluyendo las tres estrellas del Cinturón de Orión, Alnitak, Alnilam y Mintaka, con las que están alineadas las tres pirámides de Giza. Lo que es sorprendente es que en los albores del equinoccio de primavera, en el 10.450 antes de Cristo, todos los monumentos de Giza están perfectamente alineados con las constelaciones. Se supone que el Zep Tepi fue una especie de Edad de Oro. Probablemente todos los principales monumentos de Giza fueron construidas antes de la era dinástica, a fin de celebrar la Era de Osiris. Pero, ¿cuando se construyeron los monumentos de Giza? En el amanecer del equinoccio de primavera, la constelación de Leo está justo en la eclíptica, mientras que la constelación de Orión se encuentra en el meridiano. El meridiano 25 este de Greenwich es una línea de longitud que se extiende desde el Polo Norte atravesando el Océano Ártico, Europa, África, el Océano Índico, el Océano Antártico y la Antártida hasta el Polo Sur. La mayor parte de la frontera entre Libia y Egipto se define por el meridiano, al igual que gran parte de la frontera entre Libia y Sudán. Es remarcable la posición de la estrella Mintaka, del Cinturón de Orión, porque esta estrella se encuentra en la meridiano, mientras la estrella Alnitak se habría movido hacia el sureste. La primera dinastía de Dioses-Reyes rigió el antiguo Egipto durante 12.300 años, sucediéndole una segunda dinastía con el Dios Thot a la cabeza, que alcanzó una duración de 13.870 años. Posteriormente a estos dos periodos, el poder fue cedido a gobernantes semidivinos, mitad hombre mitad dioses, durante 3.650 años en los que se sucedieron treinta reyes. En total fueron 17.520 años de poder y control de los dioses y semidioses, que finalizaron en un oscuro periodo de caos y anarquía, del que no existe la más mínima referencia, y que duró unos 350 años. Es en este momento cuando aparece la Primera Dinastía de gobernantes humanos, en la figura del faraón Narmer, primer gobernante reconocido oficialmente por la egiptología, pues el resto se considera que pertenece al mundo de la mitología.

Los egiptólogos académicos aseguran que es imposible que antes de la aparición de la I Dinastía (3100 – 2700 a.C.), pudieran existir durante un tiempo tan prolongado este número de gobernantes, aparte de su supuesto origen divino y extremada longevidad. Pero los antiguos egipcios estaban muy seguros de sus orígenes y de su historia. El tiempo era algo que controlaban muy bien, precisamente gracias a sus dioses, quienes les enseñaron a dividir el año en doce meses, de treinta días cada uno y divididos en tres semanas de diez días cada una. Este calendario alcanzaba 360 días, y era complementado con cinco días especiales. El año estaba formado por tres estaciones, que estaban claramente determinadas por el río Nilo. La primera estación era la de la crecida del río, de mediados de junio a mediados de octubre. La seguía la estación de la germinación, que finalizaba a mediados de febrero. Por último estaba la estación de la cosecha. Existían otros tipos de calendario, pero todos seguían una minuciosa y escrupulosa exactitud, transmitida de generación en generación. Por ello,  habría que tomarse más en serio la cronología de los Dioses-Reyes que gobernaron Egipto mucho antes de Narmer.  El historiador griego Diodoro, que visitó Egipto en el Siglo I d.C., también habló y aprendió de los sacerdotes egipcios sobre su historia y tradición. Al igual que Heródoto pudo escuchar de boca de los sacerdotes que los humanos reinaban en el Valle del Nilo desde hacía unos 5000 años. Uno de los primeros cronistas de la Iglesia Cristiana, Eusebio, logró recoger numerosas crónicas que hacían el mismo tipo de referencias que Heródoto y Diodoro. Pero tal vez ninguno como Manetón, sumo sacerdote y escribano egipcio, supiese plasmar en sus textos la increíble historia de Egipto. Manetón fue contemporáneo Ptolomeo, general de Alejandro Magno y fundador de la Dinastía Ptolomeica (304 – 282 a.C.). Manetón vivió en la ciudad de Sebennitos y fue Gran Sacerdote en el Templo de Heliópolis, donde escribió los tres volúmenes de su Historia de Egipto, cuyos originales han desaparecido, y que conocemos en gran medida gracias al historiador griego Julio Africano, que recopiló numerosos fragmentos de su obra. Manetón, o Manetho (“verdad de Thot“), relataba en esta obra que los dioses reinaron sobre Egipto durante 13.900 años, y los semidioses que les siguieron otros 11.000 años más. Gracias a ser de la clase sacerdotal pudo acceder a numerosa información restringida que había sido recogida durante miles de años.
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Según las fuentes de Manetón, el primer rey de Egipto fue Hefesto (o Ptah), quien inventó el fuego, le siguieron Cronos, Osiris, Tifón y Horus. En la mitología griega, Hefesto es el dios del fuego y la forja, así como de los herreros, los artesanos, los escultores, los metales y la metalurgia. Era adorado en todos los centros industriales y manufactureros de Grecia, especialmente en Atenas. Su equivalente aproximado en la mitología romana era Vulcano, en la japonesa Kagutsuchi, en la egipcia Ptah y en la hindú Agni. Hefesto era bastante feo, y estaba lisiado y cojo. Incluso el mito dice que, al nacer, Hera lo vio tan feo que lo tiró del Olimpo y le provocó una cojera. Tanto es así, que caminaba con la ayuda de un palo y, en algunas vasijas pintadas, sus pies aparecen a veces del revés. En el arte, se le representa cojo, sudoroso, con la barba desaliñada y el pecho descubierto, inclinado sobre su yunque, a menudo trabajando en su fragua. La apariencia física de Hefesto indica envenenamiento crónico por arsénico que provoca cojera y cáncer de piel. El arsénico se añadía al bronce para endurecerlo y la mayoría de los herreros de la Edad de Bronce habrían padecido esta enfermedad. Hefesto era hijo de Hera, con Zeus o sin él. En la Teogonía de Hesíodo, Hera lo concibió sola, celosa porque Zeus había dado a luz a Atenea, que le había brotado de la cabeza. En la Ilíada, se afirma que Zeus fue padre de Hefesto. La tensión entre ambas versiones era tal que, aunque en una y en otra se narra que Atenea terminó naciendo de Zeus, se decía que había sido Hefesto quien había abierto la cabeza del padre para liberar a la hermana, mientras que en la otra versión se sostenía que había sido Prometeo. De cualquier forma, en el pensamiento griego los destinos de Atenea, diosa de la sabiduría y la guerra, y Hefesto, dios de la forja que fabricaba las armas de la guerra, estaban relacionados. Hefesto y Atenea Ergane, como patrona de los artesanos, se honraban en una fiesta llamada Calqueas, en el trigésimo día del mes pianepsio. Hefesto también fabricó muchos de los pertrechos de Atenea.

Hera, mortificada por haber parido tan grotesca descendencia, no tardó en arrojarlo del Olimpo. Hefesto cayó durante nueve días y nueve noches hasta el mar, donde, como cuenta su mismo personaje en la Ilíada, dos diosas del mar, la nereida Tetis, madre de Aquiles, y la oceánide Eurínome, lo recogieron y lo cuidaron en la isla de Lemnos. Y allí creció hasta convertirse en un maestro artesano. Otras versiones afirman que fue su padre Zeus quien lo arrojó a causa de una conspiración de Hera y de Hefesto, para derrocarlo. Y en la Ilíada se narra que fue porque liberó a su madre, que estaba presa con una cadena de oro entre la tierra y el cielo tras una pelea con Zeus. Hefesto cayó en la isla de Lemnos, y quedó lisiado con cojera. Tras haber fabricado tronos de oro para Zeus y otros dioses, Hefesto se vengó elaborando uno mágico de diamante, que envió como regalo a Hera. Cuando ésta se sentó en él, quedó atrapada, incapaz de levantarse. Los demás dioses rogaron a Hefesto que volviese al Olimpo y la liberase, pero él se negó, enfadado aún por haber sido expulsado. Intervino entonces Dioniso, quien emborrachó a Hefesto y lo llevó de vuelta al Olimpo a lomos de una mula. Hefesto, contrariado por la treta y dueño de la situación, impuso severas condiciones para liberar a Hera, una de las cuales fue contraer matrimonio con Afrodita. En el panteón olímpico, Hefesto estaba formalmente emparejado con Afrodita, a quien nadie podía poseer. Hefesto estaba contentísimo de haberse casado con la diosa de la hermosura y forjó para ella una magnífica joyería, entre ella un cinturón que la hacía más irresistible aún para los hombres. Sin embargo, Afrodita se entregaba en secreto a Ares, el dios de la guerra, según se narra en la Odisea. Cuando Hefesto tuvo noticia de estos amores por Helios, el Sol, que todo lo ve, tejió una red de oro irrompible casi invisible con la que atrapó en la cama a los amantes en uno de sus encuentros. Hesíodo cuenta que el suceso fue motivo de gran algarabía en el Olimpo, pues Hefesto llamó a todos los demás dioses olímpicos para que se burlaran de la pareja de amantes. Hermes, el Argifonte, el mensajero de los dioses, comentó que no le habría importado sentir tal vergüenza. Hefesto no quiso liberarlos hasta que prometieran terminar su romance, y así lo hicieron, pero escaparon ambos tan pronto como Hefesto levantó la red, y no mantuvieron su promesa. Según algunos autores, su desgraciado matrimonio con Afrodita fue lo que le impulsó a asaltar a Atenea cuando ésta acudió a él por nuevas armas.

Prometeo había creado al ser humano a semejanza de los dioses, pero tardó tanto que no le quedó con qué protegerlo. Apiadándose de su indefensa creación, robó el fuego del Olimpo para que la humanidad pudiera calentarse. Según algunas versiones, Prometeo robó el fuego del carro de Helios, o en una mitología posterior, de Apolo, o de la forja de Hefesto. En otras, como en el Protágoras de Platón, Prometeo robaba las artes de Hefesto y Atenea, llevándose también el fuego, porque sin él no servían para nada. Obtuvo de esta manera el ser humano los medios con los que ganarse la vida. Para aplacar la furia de Zeus, Prometeo dijo a los humanos que quemasen ofrendas a los dioses. Pero entonces engañó a Zeus de nuevo dándole los huesos y tendones del sacrificio en lugar de la carne. Para vengarse, Zeus ordenó a Hefesto que hiciese una mujer de arcilla, a la que llamó Pandora. Zeus le infundió vida y la envió a Prometeo, junto al ánfora que contenía todas las desgracias con las que quería castigar a la humanidad. Prometeo sospechó y no quiso tener nada que ver con Pandora, por lo que fue enviada con Epimeteo, quien la desposó. Pandora terminaría abriendo la caja a pesar de las advertencias de su marido. Zeus se enfureció al ver cómo Prometeo se libraba de Pandora, e hizo que lo llevaran al monte Cáucaso, donde fue encadenado por Hefesto con la ayuda de Bía y Cratos. Envió entonces un águila para que se comiera el hígado de Prometeo. Al ser inmortal, el hígado volvía a crecerle cada día, y el águila volvía a comérselo cada noche. Este castigo había de durar para siempre, pero Heracles pasó por el lugar de cautiverio de Prometeo, de camino al jardín de las Hespérides, y lo liberó disparando una flecha al águila. Esta vez no le importó a Zeus que Prometeo evitase de nuevo su castigo, al proporcionar la liberación más gloria a Heracles, quien era hijo de Zeus. Prometeo fue así liberado, aunque debía llevar con él un anillo unido a un trozo de la roca, a la que fue encadenado.

Según la Ilíada, la forja de Hefesto estaba en el monte Olimpo. Pero lo habitual era situarla en el corazón volcánico de la isla egea de Lemnos. Hefesto era identificado por los griegos con los dioses-volcanes del sur de Italia, Adranos y Vulcano. Escritores clásicos posteriores siguieron esta idea, describiendo una forja del dios en las islas volcánicas de Lipari, cerca de Sicilia. Los colonizadores griegos de esta isla terminarían asociando la fragua de Hefesto con el Etna. Hefesto fabricó muchos de los accesorios que lucían los dioses, y se le atribuye la forja de casi todos los objetos metálicos con poderes, finamente trabajados, que aparecen en la mitología griega, como el casco y las sandalias aladas de Hermes, la égida de Zeus, el famoso cinturón de Afrodita, la armadura de Aquiles, las castañuelas de bronce de Heracles, el carro de Helios, el hombro de Pélope, el arco y las flechas de Eros, el casco de invisibilidad de Hades, el collar que regaló a Harmonía y el cetro de Agamenón. Asimismo era el forjador de los rayos de Zeus. Manetón nos explica que después de los Reyes-Dioses vinieron los Shemsu-Hor, de origen semidivino, que gobernaron durante 1.255 años. Les siguieron otros reyes por un periodo de 1.817 años. Hubo otro periodo más, de 1.790 años, en que hubo treinta reyes que gobernaron en Menfis, así como 350 años más en que otros diez soberanos reinaron en Tanis. En total, desde el reinado de los semidioses más los reyes de la época Dinástica Temprana, alcanzó los 5.813 años, un auténtico terremoto para la historia y para la cronología establecida por la moderna egiptología. Un problema similar lo tenemos con las Listas de Reyes Sumerios, aparecidas en distintos textos en tablillas, como el W-B/144 ó W-B/62, donde se establecen reinados de dioses que se remontan a docenas de miles de años. Pero el caso más conocido es el de los Patriarcas Bíblicos, como Adán, Set, Enós, Cainán, Mahaleel, Jared, Enoc, Matusalén, Lamec, Noe, Sem, Arfaxad, etc,. Todos ellos vivieron muchos más años que los que vivimos los seres humanos normales. A pesar del esfuerzo de la arqueología por establecer una cronología lógica para los antiguos reinos e imperios, el prejuicio a la hora de admitir la existencia física de los dioses (o extraterrestres) que todas las culturas establecen como los fundadores de la civilización en la Tierra, hacen difícil profundizar en la verdadera historia.

La cada vez más evidente antigüedad de algunos de los monumentos que nos han llegado, como es el caso de la Esfinge de Giza, han hecho posible que algunos investigadores hayan reconsiderado revisar las cronologías oficialmente aceptadas. Para muchos egiptólogos el dios Osiris es seguramente una figura real, quizá identificada con uno de los primeros grandes reyes de la Historia de Egipto, en el IV Milenio a. C. Posiblemente este dios, no tan mítico, debió gobernar en alguna localidad del sur de Egipto, cerca de Abydos, ciudad que en los siglos sucesivos se convirtió en el centro nacional de adoración de este dios. Precisamente el hijo de Osiris, Horus, el dios con cabeza de halcón, está ligado a la figura de su padre por el célebre relato de la muerte de Osiris a manos de su hermano Set. Además, cuenta la leyenda, que a la hora de vengar la muerte de su padre, Horus recibió ayuda de unos misteriosos seguidores, los Shemsu Hor, que fueron una baza importante en el desarrollo de la batalla final. En uno de los relieves de la galería que rodea al templo de Horus, en Edfu, aparecen los Shemsu Hor en una de las pocas representaciones que de estos seres se conservan en Egipto. Tal vez sean la constatación histórica de que Egipto fue fundado y habitado por una civilización, hoy ignorada, miles de años antes de lo que afirman las cronologías oficiales. Son numerosos los interrogantes que salen al paso en el momento en que nos adentramos en los orígenes de la civilización egipcia. Si consideramos la duración de los reinados de los sucesores de los Shemsu Hor, podremos llegar a la conclusión de que, de haber existido, esta especie de semidioses tendrían que haber gobernado la Tierra en algún momento alrededor del año 10.000 a. C., que cuadraría bastante con las teorías de Bauval. Según las crónicas egipcias, al comienzo de los tiempos la realeza se fue transmitiendo, en sucesión ininterrumpida, a lo largo de 13.900 años. Algunos autores antiguos, como Eusebio, creían que este enorme número de años se debía a que los egipcios llamaban año al mes lunar, Sin embargo, esta interpretación no tiene ningún sentido. Según estas antiguas fuentes, después de los dioses, los héroes reinaron 1.255 años, dando paso a otra línea de reyes que gobernó durante 1.817 años. Más tarde gobernaron una treintena de reyes más, procedentes de Menfis, que ocuparon el trono durante 1.790 años. Seguidamente reinaron diez reyes de la ciudad de Tis durante 350 años, y después de éstos llegaron los Shemsu Hor, llamados en las crónicas como manes y héroes, que durante 5.813 años reinaron sobre el Valle del Nilo. Finalmente, llegó al trono de Egipto el primer rey dinástico, de nombre Menes o Narmer, que gobernó el Valle del Nilo desde el año 3100 a. C.
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En total, estás cronologías suman unos 11.025 años, que para los investigadores modernos parecen poco creíbles. A decir verdad, no existe ni una sola prueba arqueológica que permita a los egiptólogos probar la existencia de una civilización evolucionada en los albores del décimo milenio antes de nuestra Era, precisamente en la misma época en que se habría hundido la Atlántida de Platón. ¿Qué era realmente lo que gobernaban los Shemsu Hor en una época tan temprana de la Historia? Pero hay algunas pruebas astro arqueológicas que pueden retrasar la cronología del antiguo Egipto a tiempos que muchos investigadores consideran míticos. A la teoría de Orión, de Robert Bauval, y la nueva cronología de la Esfinge, habría que añadir algunos indicios que señalan los alrededores del año 10000 a. C. Éste es el caso del zodíaco del templo de la diosa Hathor, en Dendera, cuyos 2,5 metros de diámetro decoraban el techo del pórtico de una de las capillas dedicadas a Osiris, en el lado oriental del templo. Conservado actualmente en el museo del Louvre, puede comprobarse como la colocación de los signos zodiacales está desarrollada de tal manera que el signo correspondiente a la constelación de Leo es el primero en aparecer. Se trata del grupo de estrellas que primaba en el horizonte de Egipto precisamente en el año 10000 a.C. Sin embargo, ninguna de estas teorías arqueo astronómicas demuestra que en esa época tan temprana existiera sobre el Valle del Nilo una civilización desarrollada, tal y como muchos han querido ver. Pero este tipo de pruebas astronómicas son las son dignas de reflexión, tal como plantearon algunos investigadores como Robert Bauval. Tal vez hubo una cultura capaz de construir grandes monumentos alrededor del año 10000 a. C. La pregunta pertinente es ¿qué sucedió alrededor del año 10.000 a. C. para que los antiguos egipcios dejaran constancia de ello para las generaciones futuras?  Contradiciendo las teorías de que el término Shemsu Hor no es más que la designación de una serie de reyes míticos que vivieron en un pasado lejano, también mítico, existen otras teorías que pretenden otorgar a los Shemsu Hor un papel más relevante de lo que se había pensado hasta ahora. Autores como Robert Bauval y Graham Hancock, no solamente piensan que los Shemsu Hor existieron, sino que además fueron los portadores de una sabiduría iniciática que durante siglos se mantuvo en el más absoluto de los secretos. Bauval y Hancock defienden que gracias a este selecto grupo de sabios, los antiguos egipcios pudieron erigir grandes construcciones para las que se requerían conocimientos astronómicos y matemáticos impropios de una civilización aparentemente primitiva como la egipcia del 2500 a. C., fecha en la que supuestamente se levantaron las grandes pirámides.

Según Bauval y Hancock, a la hora de edificar monumentos como los de la meseta de Giza, “entre bastidores trabajaron hombres y mujeres serios e inteligentes”, sin cuya ayuda hubiera sido imposible la consecución de aquellos impresionantes logros arquitectónicos. Estos autores suponen que estos “hombres y mujeres serios e inteligentes” fueron los Shemsu Hor. El deseo de los Shemsu Hor, creen Bauval y Hancock, era desarrollar un gran proyecto cósmico que sirviera de referencia a futuras generaciones de egipcios. Este proyecto no sería otro que el gigantesco plan cósmico que supone la construcción, en el Valle del Nilo, de una réplica en piedra de la constelación de Orión, grupo de estrellas que estaba identificado con el dios Osiris, así como de la Vía Láctea, representada por el río Nilo. Fue precisamente Osiris la divinidad para la cual los Shemsu Hor se unieron a su señor Horus con el fin de vengar su muerte. Después de la llamada Era de las Pirámides, que en la Historia de Egipto ocupa una horquilla de tiempo desde el 2600 hasta el 2000 a. C., desaparecieron todas aquellas construcciones que requerían conocimientos astronómicos y matemáticos extraordinarios. En definitiva, desaparecieron los Shemsu Hor como herederos de un saber iniciático que había sido guardado en secreto desde tiempos remotos y que fue empleado para construir monumentos extraordinarios. Existieran o no realmente los Shemsu Hor, una vez comprendido su papel, habríamos abiero una pequeña ventana para comprender el verdadero sentido de esta gran civilización. Las pirámides, en concreto la de Keops, podrían albergar cámaras ocultas. En 1993, el ingeniero alemán Rudolf Gantenbrink exploró la Gran Pirámide de Keops y encontró un pasadizo ascendente que tenía su origen en la Cámara de la Reina. Nuevas exploraciones llevadas a cabo a principios de 1990 demostraron que las leyendas y documentos antiguos que hablan de pasadizos y cámaras inexploradas podrían tener una base real. La Esfinge fue objeto de este tipo de exploracionesy los resultados arrojaron fuertes evidencias, en sintonía con las profecías de Edgar Cayce, en 1998, quien afirmó que los documentos de la Atlántida estaban escondidos en el interior de la Esfinge.

En 1982, Mark Lehner, arqueólogo y egiptólogo norteamericano, con la financiación de la Fundación Edgar Cayce, comenzó unas investigaciones sismográficas. Pusieron la sonda debajo de la pata derecha de la Esfinge y siempre se recibía una señal clara, lo que indicaba que no existía una cavidad subterránea que la bloqueara. Después, a instancias de Lehner, la pusieron en el suelo de la roca y en tres sitios no se recogió señal alguna, como si hubiera un vacío debajo que la bloqueara. La inesperada cavidad detectada por el sismógrafo estaba situada precisamente donde el vidente Edgar Cayce dijo que estaría. Estas prospecciones fueron corroboradas a finales de la década de 1980 por las indagaciones llevadas a cabo por West y Schoch, que, con un instrumental de alta tecnología, volvieron a captar bajo la Esfinge la presencia de anomalías indicativas de cavidades entre las patas, bajo el lecho rocoso y a lo largo de los costados del monumento. Estas exploraciones científicas deberían estimular a los egiptólogos. Sin embargo, las autoridades egipcias no se han sentido suficientemente motivadas para llevar a cabo estas exploraciones arqueológicas. Pero, extraoficialmente, parece que el gobierno egipcio está trabajando en este misterio en secreto. En cualquier caso, todos estos datos nos remiten con claridad a la Era de Leo, que abarcó desde el 10.970 hasta el 8819 a.C. Se trata de auténticos indicios que vemos reflejados tanto en la forma de la Esfinge, que representa la figura de un León, como en la orientación astronómica que tenía, conforme a esta teoría, alrededor del 10.500 a.C. Pero las sorpresas no acaban aquí. Si nos aproximamos a la Esfinge y observamos la cabeza, veremos el símbolo de un ofidio. Los faraones llevaban una doble corona, compuesta por un halcón que simbolizaba el sur de sus dominios y una serpiente que representaba el Egipto septentrional. Pero la Esfinge parece haber tenido una sola corona de serpiente. Lo que nos remonta a los tiempos del mito de la serpiente emplumada en la América precolombina o a su equivalente en los templos camboyanos de Angkor. Esto nos puede dar algunas pistas sobre la auténtica identidad de aquellos civilizadores. En el Templo de Edfu están grabados los Textos de la Construcción. El Templo de Edfu es un templo de Antiguo Egipto ubicado en la ribera occidental del Nilo, en la ciudad de Edfu, que durante el periodo grecorromano fue conocida como Apolinópolis Magna, dedicada al dios de los dioses, Horus-Apolo. Es el templo segundo más grande en Egipto después de Karnak y uno de los mejor conservados.

El templo, dedicado al dios halcón Horus, fue construido durante el periodo helenístico entre 237 y 57 a. C. Las inscripciones en sus paredes proporcionan información importante sobre el lenguaje, la mitología y la religión durante la época grecorromana en el Antiguo Egipto. En particular, sus textos inscritos sobre la construcción del templo “proveen detalles de su construcción y también conservan información sobre la interpretación mítica de éste y otros templos como la Isla de la Creación“. También existen “escenarios e inscripciones importantes del Drama Sagrado que relacionaron el conflicto antiquísimo entre Horus y Seth“. Edfu fue uno de varios templos construidos durante el periodo helenístico, incluyendo Dendera, Esna, Kom Omribo y File. Su tamaño refleja la prosperidad relativa del período. El templo actual, cuya construcción se inició “el 23 de agosto de 237 a. C., inicialmente fue compuesto de un vestíbulo con pilares, dos vestíbulos transversales y un santuario rodeado por capillas“. La construcción se empezó durante el reinado de Ptolomeo III y se terminó en 57 a. C. durante el reinado de Ptolomeo XII. Se construyó el templo en el emplazamiento de un templo más antiguo y pequeño, también dedicado a Horus, aunque la estructura previa estaba orientada este-oeste en vez de norte-sur como la actual. En ruinas situadas justo al este del templo actual; se ha encontrado inscripciones que muestran un programa de construcción bajo los reinos del Imperio Nuevo, de Ramsés I, Seti I y Ramsés II. El templo de Edfu fue dedicado por Ptolomeo VIII el 10 de septiembre de 142 a. C. El templo de Edfu cayó en desuso como edificio religioso después del edicto de Teodosio I, que prohibió el culto no cristiano dentro del Imperio romano en el 391 d. C. Igual que en otros lugares, muchos de los relieves tallados del templo fueron arrasados por los cristianos que llegaron a dominar Egipto. Se cree que el techo ennegrecido del vestíbulo, todavía visible, es resultado de los incendios provocados para destruir imágenes religiosas que en ese momento fueron consideradas paganas.

Durante siglos el templo quedó enterrado hasta una altura de doce metros, bajo la arena del desierto y las capas de lodo depositadas por el río Nilo. Los habitantes del lugar construyeron casas en el terreno del templo. Sólo quedaron visibles, en 1798, las partes más altas de los pilonos del templo, cuando fue documentado por una expedición francesa. En 1860, el egiptólogo francés Auguste Mariette, empezó a liberar el templo de Edfu de la arena que lo cubría. Actualmente, Edfu está casi intacto y es el ejemplo mejor conservado de un templo del Antiguo Egipto. La importancia arqueológica y el grado de conservación del templo lo ha convertido en una atracción turística de Egipto y una parada frecuente para muchos barcos que hacen cruceros por el Nilo. El templo de Edfu es el templo más grande dedicado a Horus y Hathor de Dendera. Fue el centro de varias fiestas sagradas dedicadas a Horus. Cada año, “Hathor viajaba al sur de su templo en Dendera para visitar a Horus en Edfu, y este acontecimiento que marcaba el matrimonio sagrado era la ocasión para una gran fiesta y peregrinación“. En los Textos de la Construcción se nos habla de unos constructores conocidos con el nombre de los Siete Sabios, procedentes de una isla arrasada por las aguas. Estos sabios fundaron una hermandad secreta, con el objetivo de preservar, generación tras generación, algunos de los conocimientos matemáticos y astronómicos más relevantes. Por lo tanto, cabe la posibilidad de que estos sabios planificaran las pirámides de Giza miles de años antes de que se construyeran. En la misma línea, las fuentes egipcias consultadas por el escritor Graham Hancock, uno de los autores de la postura científica alternativa conocida como teoría de la correlación de Orión y autor de Fingerprints of the Gods, mencionan una organización cuya existencia apoya las argumentaciones de quienes creen que, en la Era de Leo, llegaron a Egipto los supervivientes de una civilización más avanzada. Según estas fuentes, antes incluso de que existiera el Egipto faraónico, el país estuvo gobernado por una organización semidivina que poseía grandes conocimientos científicos. Los textos de Edfu nos dicen que esa organización de sabios era conocida con el nombre de Shemsu-Hor. Su misión consistía en legar esos conocimientos a las generaciones futuras, pero herméticamente, pues no todo el mundo podía acceder a ellos. Algunas tradiciones centroamericanas describen otra hermandad hermética, pero en esta ocasión en estrecha relación con las culturas precolombinas: los “Compañeros de Quetzalcóalt”, el equivalente de Horus en América. Esa organización sería la responsable de llevar a buen término la construcción de la ciudad de Teotihuacán, transmitiendo así unos conocimientos que se seguirían perpetuando en los constructores que heredaron esta ciencia en la América precolombina.
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Además, existe un indicio arqueológico que nos remite a la época en el que debieron de estar presentes aquellos civilizadores del Nuevo Mundo. Hoy sabemos que, en Tiahuanaco, en la zona ritual de Kalasasaya se practicaban ciertos rituales relacionados con la bóveda celeste. El papel astronómico de este lugar es ostensible, ya que existen dos puntos de observación del recinto que señalan el solsticio de invierno y el de verano. Actualmente, los dos trópicos están exactamente a 23º y 30´ al norte y al sur del ecuador, pero los dos puntos del solsticio en el Kalasasaya revelan que fueron construidos cuando los trópicos se hallaban situados a 23º 8´ y 48 segundos del ecuador, es decir, en torno a la repetida fecha del 10.500 a.C. Justo la época en la cual, según describen las tradiciones centroamericanas, los misteriosos “Compañeros de Quetzalcóalt” llevaban a cabo su proyecto civilizador en América. Todo esto nos lleva probablemente hasta un antepasado civilizador común de los mayas, los aztecas, los olmecas, el Egipto dinástico y la cultura megalítica. Al estudiar estos antiguos monumentos comprobamos nuevos hechos arqueo astronómicos que evidencian los grandes conocimientos técnicos y científicos de aquella remota civilización. Muchas de las principales obras arquitectónicas del pasado apuntan al firmamento en la Era de Leo, aproximadamente en el año 10.500 a. C., como conmemoración de algún acontecimiento extraordinario; tal vez el resurgimiento después de un terrible cataclismo. Por aquellas remotas fechas, los templos camboyanos estaban orientados hacia la constelación del Dragón, la Esfinge hacia Leo y las pirámides hacia Orión, una constelación a la que han dado mucha importancia distintas culturas de gran parte del planeta. Hay investigadores que creen que dicha tradición de transmisión de conocimientos se ha perpetuado hasta nuestros días a través de alguna orden o hermandad secreta.

Ni siquiera los egiptólogos saben explicar cómo hicieron los egipcios para levantar la gran pirámide. Ya ha quedado abandonada la teoría que defendía que los egipcios emplearon rampas para construir este enorme monumento. Se trata de doscientos treinta metros de lado en la base y ciento cuarenta y cinco metros de altura. Rodearla a pie nos llevaría unos diez minutos. Son, en total, ciento veinticinco mil bloques de piedra, cada uno de los cuales pesa nada menos que dos toneladas. Teniendo en cuenta que cada bloque debería haber sido arrastrado por decenas de hombres, se antoja que este mecanismo no era viable por razones tanto técnicas como humanas. No obstante, la teoría del prestigioso arqueólogo y egiptólogo norteamericano Mark Lehner, según la cual una sola rampa circundaba toda la pirámide, sigue siendo la justificación de los egiptólogos más ortodoxos. Existen otras versiones de la misma teoría, como la propuesta por el egiptólogo francés Jean Phillippe Lauer, para quien los esclavos subían todos los bloques a través de una sola rampa que partía desde el centro de la pirámide. Sin embargo, para poder llevar a cabo la obra, la rampa en cuestión mediría más de dos kilómetros de longitud. Pero hay versiones que indican que las señales de erosión de las pirámides de Giza denuncian una antigüedad muy superior a la estimada por la egiptología oficial. Tal vez la región del Sahara, árida como la conocemos, fue una zona inundada muchos milenios atrás. Por otro lado, cada vez parece más evidente la existencia de la Atlántida y de su desaparición tras un tremendo cataclismo. Según algunos investigadores, buena parte de los atlantes que se salvaron llegaron a la costa del actual Marruecos, y desde allí se dirigieron a Egipto, llevando consigo el recuerdo de su civilización, sus conocimientos y sus creencias. Por ello podemos hablar de un Egipto Atlante. En 1976, Albert Slosman, profesor de matemáticas, en análisis informático y participante en los programas de la NASA para el lanzamiento de los Pioneer sobre Júpiter y Saturno, publicó un libro titulado El gran cataclismo. En este libro se relata con todo lujo de detalles un acontecimiento ocurrido hace 12.500 años, como habría sido el hundimiento de la Atlántida, descrito por Platón.  Dos años más tarde se publicó Los supervivientes de la Atlántida, donde se describe la gran migración de los atlantes desde el continente hundido hasta Egipto, de acuerdo a una nueva lectura de los textos jeroglíficos. Es muy probable que Albert Slosman acabe siendo reconocido como uno de los más grandes egiptólogos de todos los tiempos, aunque hasta 1972, año en que pasó cuatro meses en Egipto, no se dio cuenta de que se le habían abierto unos nuevos horizontes sobre la antigüedad de la civilización egipcia.

De todos los lugares fascinantes de Egipto, Déndera fue el que más apasionó a Albert Slosman. Por ello se centró en el estudio de su famoso zodíaco, que fue encontrado durante la campaña egipcia de Napoleón. Cuando el ejército del sur, al mando del general Desaix, iba en persecución del ejército mameluco, tanto hombres como animales estaban agotados y el general ordenó un alto para descansar en las arenas del desierto y descargar los camellos. Bajo el peso de una caja de municiones se abrió un hueco en el suelo y la caja se hundió en él. Los soldados se asomaron por el agujero y descubrieron que la caja había caído dentro de una sala casi llena de arena, a la que no tardaron en bajar. El ejército francés iba acompañado por una veintena de egiptólogos y artistas, que entraron tras los soldados y se encontraron con que el techo de aquella cámara era un maravilloso mapa celeste. Acababan de descubrir en el fastuoso templo de Déndera, medio enterrado entre las arenas, su asombroso zodiaco. El primer dibujo que se hizo del zodíaco, para enviárselo a Napoleón, que estaba en El Cairo, lo realizó el vizconde Deno, que pasó bastantes días y noches en difíciles condiciones de comodidad y de iluminación para reproducirlo. Más de veinte años después, en 1822, el planisferio llegaba al actual Museo del Louvre, desatando encendidas polémicas entre los egiptólogos. Las dimensiones originales de la losa en la que se había esculpido el Zodíaco de Déndera eran de 3,60 metros de largo por 2,40 de ancho y un grosor de 90 centímetros, lo que significaba un peso de unas 60 toneladas. Para aligerar el peso, Jean Baptiste Leloraine, encargado de desmontarlo y transportarlo a Francia, decidió cortar dos series de líneas en zigzag. Con ello eliminó el jeroglífico que representaba el gran cataclismo, ya que en la lectura de los jeroglíficos el agua se representa con una línea quebrada, el plural de las aguas son dos líneas, con tres líneas se representa la crecida del Nilo y el diluvio se representa con cinco líneas quebradas. Como el Zodíaco de Déndera está rodeado de ocho líneas, se supone que se trató de un gran cataclismo, algo así como un gigantesco tsunami.

La campaña de Napoleón en Egipto, puso de moda en Europa todo lo relacionado con la civilización egipcia. Y la llegada de la losa esculpida con el Zodíaco de Déndera produjo una profunda perturbación en los medios académicos. Durante un periodo de diez años se publicaron numerosos estudios, que serían comentados en gran parte por Slosman en sus libros. Hubo tres grupos de eruditos en pugna. Georges Cuvier, naturalista francés, y Gaspard Monge, matemático francés, afirmaban que los relieves y las pinturas del templo eran griegos y que habían sido datados en el siglo II a. C., por lo que no tenían nada realmente egipcio. Eran unas bellas pinturas y nada más. Otro grupo, en el que figuraba Jean François Champollion decía: “Ustedes no tienen todo en cuenta. Si estas doce constelaciones están sobre el Zodíaco en relación con Sirio, Orión y los planetas, su emplazamiento se establece con referencia a las estaciones Egipcias y no a las Griegas, es decir que la antigüedad hay que datarla en dos mil años antes de Cristo y no en doscientos“. Un tercer grupo, dirigido por Charles François Dupuis, científico y erudito francés, replicaba: “Todos ustedes están en un error, porque todas las constelaciones están conducidas por la de Leo, que está sobre una barca. En esa época el Sol estaba en la constelación de Leo, por tanto, es el cielo de hace doce mil años, no dos mil ni doscientos“. En escena apareció un cuarto y poderoso grupo, representado por el Arzobispo de París, que amenazó con la excomunión a quienes mantuvieran tales tesis. No hay que olvidar que esto tenía lugar en 1820 y, según la Iglesia de la época, la creación del mundo había tenido lugar cuatro mil años antes de Cristo. Adán, el primer hombre, había aparecido cinco mil años atrás y la Tierra no tenía una antigüedad superior a seis mil años. Así pues, hace unos 3 siglos los académicos sabían que el mundo existía desde hacía más de seis mil años, pero no podían decirlo por el riesgo que corrían. La tradición estaba establecida y nadie se atrevía a cuestionarla. Hasta 1956 la Comisión Bíblica no solicitó un restablecimiento de la verdadera cronología de esta parte del Antiguo Testamento. Según afirma Slosman, es posible hablar de sus descubrimientos sobre Déndera porque se dispone de escritos desde unos mil años antes de Cristo, en los que se habla de Déndera y sus reconstrucciones. El templo de Déndera original, al que se han efectuado distintas reconstrucciones, se remontaría a los arquitectos sucesores de Horus, que habrían sido los primeros supervivientes llegados a las orillas del Nilo, tras el cataclismo atlante.

Existe un papiro del escriba del faraón Keops, a quien se atribuye, creemos que erroneamente, la construcción de la Gran Pirámide, que se conserva en el Museo de El Cairo, en el que se precisa que, por orden de Khufu (Keops), el Templo de la Dama del Cielo de Déndera será reconstruido por tercera vez, sobre el mismo emplazamiento y según los planos establecidos por los sucesores de Horus, sobre pieles de gacela y salvaguardados en los archivos del Rey. Otro aspecto fundamental de las investigaciones de Slosman se refiere a la fonética. El punto de partida es el capítulo XVII del Libro de los Muertos, porque a través de él se llega a la Atlántida. En ese libro se habla del Más Allá, pero en este caso se trata del nombre de un país que fue sumergido por la cólera de Dios. Ese país se llamaba Aha Men Ptah, o Amenti, el reino de los muertos, pero que en su traducción exacta quiere decir “corazón primogénito de Ptah”. Según multitud de textos, Ptah es el Dios Único. Es ese capítulo XVII es donde se relaciona Déndera y un gran cataclismo. Toda la trama se explica a lo largo de un extenso texto, en el que se cuenta que los primogénitos se encontraban en ese otro país, Aha Men Ptah, que fue engullido por el Mar. Los supervivientes se establecieron en Ath Ka Ptah, que significa segundo corazón de Ptah, y cuya fonética en griego es Egyptos. Si, según apuntan estos textos, hubo un enorme cataclismo que sumergió todo un continente, éste debió ser la Atlántida. Los textos de Platón hablan de ello claramente. Él mismo dijo que fue Solón quién le inspiró. Y Solón vivió siete años en Egipto y aprendió de los sacerdotes de Sais todo lo referente al continente sumergido. Es preciso tener en cuenta que cataclismos de esta magnitud se han repetido con cierta periodicidad, como los causados por la inversión de los polos. Todas estas inversiones se asocian a los diversos relatos de diluvios de las distintas leyendas y tradiciones. La última inversión coincidió con el final de la última glaciación, que fue la causa del hundimiento de la Atlántida, tal como es recogido en la epopeya de Gilgamés y en el diluvio bíblico de Noé.
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A este respecto, Slosman cuenta que los sacerdotes que estaban al corriente de lo que iba a ocurrir, habían hecho construir decenas de miles de embarcaciones insumergibles, que llamaban Mancgit, y que no sólo sirvieron para salvar a una parte de la población, sino que fueron utilizadas también por sus descendientes. Son esas Barcas Sagradas que se encuentran por todas partes en Egipto, en las que se habrían salvado Osiris, Isis y Horus. Cuando se produjo la inversión, el movimiento aparente del Sol primero se detuvo y luego el cielo pareció desplomarse. A continuación, el Sol retrocedió en su curso para ponerse por donde había salido, todo ello en un tiempo brevísimo. Después, acompañado de gigantescos terremotos se produjo un gran tsunami y la desaparición del Sol. Los supervivientes escaparon en todas direcciones. Pero una buena parte de ellos se dirigieron hacia lo que había sido hasta entonces la tierra de Poniente, en la costa de Marruecos. Desde allí se dirigieron, en un largo éxodo, hasta el Nilo. A comienzos del siglo XVII la navegación oceánica de altura era ya un hecho. Los grandes navegantes portugueses y españoles habían circunnavegado el globo, descubierto continentes y surcado todos los mares de la Tierra. Sin embargo, aunque era relativamente sencillo calcular la latitud, no se podía decir lo mismo de la longitud, problema que no pudo ser solventado hasta muy avanzado el siglo XVIII. Pero parece que los navegantes de la Antigüedad Clásica contaban con instrumentos capaces de medir la longitud. Alrededor del año 232 a. C. el capitán Rata y el navegante Maui, amigo del astrónomo Eratóstenes de Cirene, fueron enviados por el rey Ptolomeo III de Egipto hacia el Este con la misión de comprobar lo que aseguraba el jefe de los bibliotecarios de la famosa biblioteca de Alejandría, Eratóstenes, quien afirmaba que la Tierra era redonda. Para realizar el viaje se eligió la ruta oriental porque en el 280 a. C. un comerciante llamado Hyparco había descubierto una forma de navegar hacia la India desde el mar Rojo aprovechando los vientos monzónicos, lo que permitía un desplazamiento rápido y seguro entre la costa de Egipto y los puestos comerciales griegos en la India. Otra razón era evitar la peligrosa y poco conocida ruta occidental, en manos de los cartagineses, acérrimos enemigos de los griegos y dueños de las puertas de entrada al Atlántico.

Para iniciar la travesía por mares y tierras ignotas, la expedición fue dotada del material técnico más avanzado que se conocía, que incluía las mejores y más rápidas naves de vela y remo, y algunos instrumentos de navegación entre los que destacaba el tanawa, llamado torquetum por los portugueses en el siglo XV. ¿Para que servía realmente el tanawa? ¿Hasta dónde llegaron el capitán Rata y el navegante Maui? Tras años de investigaciones se han ido uniendo las pistas que se han ido encontrando y que parecen sugerir que la expedición de Maui alcanzó, al menos, la costa occidental de América del Sur, en concreto Chile y, muy probablemente, la isla de Pascua. Distinto investigadores como Marjorie Mazel o Richard Sanders se han ocupado de reunir todos los pedazos de información dispersos que existían acerca del viaje de Maui, coincidiendo la mayoría en trazar una ruta que, tras recorrer la costa de Asia, desembocó en el Pacífico desde el norte de Nueva Guinea. Ello se supo gracias a Barry Fell, profesor de zoología norteamericano, que en 1970 logró traducir una inscripción encontrada en la roca en Sosorra, en la costa de Irian Jaya, en Nueva Guinea oriental. La inscripción traducida por Barry Fell decía: “La Tierra está inclinada. Por lo tanto los signos de la mitad de la eclíptica atienden al sur, la otra mitad crece en el horizonte. Esta es la calculadora de Maui“. Sin embargo, la inscripción no estaba sola, ya que hacía referencia a un extraño dibujo que aparecía junto a ella y que Fell publicó en 1976 en la obra America B.C. Durante los años noventa creció la polémica sobre el extraño objeto dibujado en las rocas de Nueva Guinea. La idea más aceptada es que se trataba de un tanawa, el extraño instrumento de navegación empleado por Maui para intentar demostrar la teoría de Eratóstenes. Casi todos los investigadores habían convenido en que la expedición llevaba casi con toda seguridad tablas elaboradas por los especialistas de la biblioteca de Alejandría, con las que podrían saber si la circunferencia de la esfera era idéntica en todas las direcciones, ya que aparentemente Maui estaba realizando un experimento cuando realizó la inscripción.

Pero la solución definitiva al enigma la aportó Richard Sanders cuando decidió construir una máquina basándose en el dibujo representado en la roca e intentar solucionar el enigma de su funcionamiento. Las pruebas realizadas con un modelo realizado en madera demostraron que con la máquina era posible medir el cambio angular en la distancia entre la Luna y la estrella Altair, en la constelación del Águila. Este éxito probó que usando este sistema era factible, con las tablas de las que disponía Maui, obtener una razonable estimación de la longitud. El valor del tanawa debe de haber sido muy grande, ya que una vez que un planeta o la Luna no están sobre el meridiano, todas «las líneas rectas» se hacen curvas, lo que complica los cálculos, incluso con una moderna calculadora. Sin embargo, los 23,5 grados de inclinación del tanawa permitían leer directamente la longitud y la latitud de un planeta o de la Luna, en relación con el plano de la eclíptica, sin ningún cálculo adicional necesario. El experimento liderado por Sanders abrió el camino a muchos investigadores que trabajaban en el enigma del viaje de Rata y Maui. Ciertamente, alcanzaran o no las costas de América, la expedición demuestra que la navegación oceánica en la Antigüedad no sólo era posible, sino que los antiguos navegantes contaban con instrumentos suficientemente sofisticados, por lo que tal vez conocían la Tierra mucho mejor de lo que actualmente creemos.  Para los antiguos egipcios, Punt era la misteriosa tierra donde había nacido la raza humana. Se trataba de un reino mítico y a la vez conocido, una zona lejana pero accesible, un lugar misterioso pero lleno de riquezas sin límite, hasta tal punto que diversos faraones organizaron viajes hacia el país de Punt para aprovisionarse de toda clase de objetos exóticos y de animales. Punt es un antiguo territorio descrito por los textos en jeroglíficos del Antiguo Egipto. No ha podido ser localizado con certeza aunque posiblemente pudiera haber estado situado en la costa africana del océano Índico. La primera narración de una expedición a estas tierras se remonta al 2500 a. C. Fue enviada por el faraón Sahura, de la dinastía V de Egipto, para traer maderas preciosas, mirra, electrum, una aleación de oro y plata, monos y enanos. También Pepi II, faraón de la dinastía VI, decidió enviar un barco al país de Punt, «un lugar situado en la costa de Somalia. El punto de embarque debía encontrarse sobre la costa asiática del mar Rojo». Mentuhotep III, de la dinastía XI, envió otra expedición, la cual quedó registrada en inscripciones grabadas en las rocas del valle de Uadi Hammamat.

El canciller Henu mandó una expedición de tres mil hombres; su inscripción relata: “Fui enviado a conducir barcos al país de Punt para traer al faraón especias fragantes que los príncipes del país Rojo recolectan profusamente puesto que entusiasman a todas las naciones. Y partí de la ciudad de Coptos pues Su Santidad ordenó que los hombres armados que debían acompañarme debían ser del sureño país de los Tebanos“. Pero la expedición más célebre fue la enviada por la reina Hatshepsut, de la dinastía XVIII, acontecimiento que está grabado en su templo en Deir el-Bahari: “Exploraré las rutas hacia Punt, descubriré los caminos hacia las terrazas de mirra, tras guiar a la tropa por mar y tierra para traer maravillas de la Tierra de dios para este dios que ha creado sus perfecciones. Traen muchas maravillas y toda clase de productos típicos de la Tierra de dios a por los que tu majestad les envió: montones de terrones de mirra y árboles de mirra fresca con cepellón, plantados en el patio de ceremonias para ser vistos por todos los dioses. El jefe de Punt, Palhu, su esposa Aty, sus dos hijos, de su hija y del asno que carga con su esposa. Cargando pesadamente los barcos con las maravillas del país del Punt: todas las buenas maderas aromáticas de la Tierra del dios, montones de resina de mirra, jóvenes árboles de mirra, ébano, marfil puro, oro verde de Amu, madera de cinamomo, madera-hesyt, incienso-ibemut, incienso, pintura de ojos, monos, babuinos, perros, pieles de pantera del sur, y siervos y sus hijos”. El primer testimonio de las actividades de exploración egipcia se encuentra en la famosa Piedra de Palermo, perteneciente a la V dinastía, que es también el primer registro de una expedición al país de Punt. En los anales del Imperio Antiguo, concretamente  durante el reinado del faraón Sahure, se le denominaba «las terrazas del incienso» (khetiu anti), y también «el país del dios» (Ta-neter). Durante la XI dinastía, el explorador egipcio Henenu, mayordomo jefe del faraón Mentuhotep III, dirigió una expedición de tres mil hombres que abriría la ruta, utilizada posteriormente durante el Imperio Medio y el Nuevo, siendo una de las más conocidas la organizada por el faraón Sesostris III (XII dinastía), que planeó un viaje desde la ciudad de Coptos para traer incienso.

Mucho se ha especulado sobre la ubicación de este misterioso país de Punt y de sus habitantes, los famosos «hijos de Punt». Robert Charroux afirmó que el dios mexica Quetzalcoatl era el verdadero rey de Punt. Otros han querido identificar este país con la tierra de Ofir, aunque hoy la mayoría de los egiptólogos están de acuerdo en considerar que estas expediciones egipcias iban hacia la actual costa de Somalia, cerca de Eritrea. Según la Biblia, el profeta Zacarías afirma que en Tiro, Fenicia, “la plata se amontona como el polvo, y el oro como el barro de las calles”. Esto enlazaría con la vieja leyenda de el oro obtenido en las minas de la misteriosa Ofir. Se dice que Salomón, para construir el templo de Jerusalén, tuvo que intercambiar a Hiram, rey de Tiro, veinticinco ciudades de su reino por dos mil kilos de oro. Hiram no dejaría en adelante de enviar, asociado con Salomón, varias expediciones a las minas de Ofir, para renovar sus tesoros. Esas expediciones partían del golfo de Akaba, en el mar Rojo; pero sólo hay conjeturas acerca de su misterioso destino. Según algunos historiadores, la fabulosa Ofir se situaba en las Indias o en Malaca. Según otros, en África del Sur. Pero algunos se atreven a sostener que estaba en América del Sur, identificando el Parvaim de la Biblia con el Perú. Parvaim sería una variación de Paruim. Y en la cuenca del Amazonas, en Perú, corren dos ríos auríferos, el Paru y el Apu Paru. Allí estaría la fabulosa Ofir, cuyo puerto de desembarque habría sido el cabo Biru, frente a Santo Domingo. No obstante hay una versión que identifica  Ofir con las ruinas ciclópeas de Zimbabwé, a 400 kilómetros al oeste de Sofala, en la actual Rhodesia. Se cree saber que una de esas expediciones trajo 420 talentos de oro fino. Algunas crónica hablan de que el metal precioso acuñado en Europa en el siglo XV podo ser de 3.200 toneladas de plata y 90 toneladas de oro. El aporte americano, de 1493 a 1600, debió agregar 754 toneladas de oro fino y 22.835 toneladas de plata. Ello explica el trastorno económico que produjo en Europa el descubrimiento de América. Fue la reina Hatshepsut, que reinó durante veintidós años, de 1490 a 1468 a. C., también llamada Ma’atkara, hija del faraón Tutmosis I y de la reina Ahmose, quien organizó la expedición más famosa y fastuosa hacia el país de Punt. Y, según las crónicas, fue la que mayor éxito tuvo. Se conoce, principalmente, por los relieves que aparecen en su templo funerario de Deir el Bahari: «Contemplarlo —afirmaban los egipcios— es lo más grande del mundo». No obstante, Hatshepsut se hará representar como hombre en las imágenes oficiales.
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Se encuentran referencias a Punt en los cuentos y poemas de Egipto, en que siempre se le describe como un lugar lejano y exótico. Los egipcios exportaban a Punt cerveza, vino, carne y fruta, a cambio de marfil, pieles de leopardo, babuinos y mirra. En algunos de estos relatos se hace referencia a este reino como el «país del incienso». Hatshepsut construyó uno de los templos más espectaculares y originales, ubicado en un acantilado de la montaña tebana de Deir el Bahari, con tres plantas a las que se accede por dos rampas. Presenta una particularidad única en la arquitectura egipcia, que consiste en una calzada que sube una suave pendiente hacia el templo, compuesta de terrazas superpuestas. Gracias a los relieves de Deir el Bahari, situados en la terraza intermedia del templo, conocemos los episodios esenciales de este viaje que la reina consideraba como uno de los grandes momentos de su pacífico reinado y que marca el apogeo de su política exterior. En los prolegómenos de la expedición a Punt está el origen de la construcción de un templo dedicado al dios Amón. Los textos afirman que habría sido este mismo dios quien encargó a la reina el viaje, ya que la pretensión de Hatshepsut fue construirlo a modo de «Jardín de las Delicias del dios Amón». Según la leyenda, el propio dios fue el que manifestó su deseo que las terrazas del templo estuvieran cubiertas con mirra e incienso traídos del remoto país de Punt. Hatshepsut envió una expedición a esta misteriosa tierra para que trajeran cosas que no había en Egipto, como árboles de mirra, marfil, ébano, maderas olorosas, canela, panteras, babuinos, plata, oro y, sobre todo, incienso. Aprovisionarse de esta olorosa especia era el fin último para honrar debidamente al todopoderoso dios Amón, el Oculto. En el llamado «pórtico de Punt» podemos observar como la flota egipcia constaba de cinco grandes barcos de treinta remeros cada uno. Hay que señalar que los barcos estaban protegidos mediante ritos y símbolos mágicos, con la proa y la popa adornadas con el ankh o «llave de la vida» y el Ojo de Horus, respectivamente.

La ruta que debieron de seguir los barcos egipcios fue la de descender el río Nilo hasta el delta y allí tomar el canal de Wadi Tumilat, alcanzando así el mar Rojo. Tras varios meses de navegación, llegaron a la tierra de Punt, donde fueron recibidos por el rey de este país, llamado Perehu, que se describe como un hombre bajito, con la pierna derecha cubierta de aros de bronce, junto a una deforme esposa y tres hijos. Siguiendo la secuencia de hechos que aparecen en los relieves, los egiptólogos han reconstruido las peripecias del viaje y sus resultados comerciales. Tras la travesía, los marinos del faraón debían remontar un río donde crecían toda clase de árboles. Al llegar, desembalaban muchos regalos, mientras el jefe de la expedición, protegido por una escolta militar, saludaba al rey y a la reina de Punt. Nos ha llegado un curioso retrato de esta reina, de pequeña estatura, obesa y de anatomía deforme, gracias al cual los expertos han diagnosticado, basándose en la hinchazón de brazos y piernas, que padecía de elefantiasis, una enfermedad caracterizada por una hipertrofia, un crecimiento desmesurado de ciertas partes del cuerpo, como consecuencia de la obstrucción de los canales linfáticos. Como posible pista, tenemos que la elefantiasis se encuentra más a menudo en zonas tropicales o subtropicales, como África central y algunas islas del Pacífico, y es rara o inexistente en la zona templada del planeta. En la reunión que mantuvieron los dos pueblos se distribuyeron perlas, collares y armas. Las personalidades de Punt rindieron homenaje al dios egipcio Amón-Ra. Los indígenas vivían en medio de palmeras, en chamizos y chozas redondas a las que se accedía mediante escaleras. En el mundo las palmeras crecen como especies propias de zonas tropicales, existiendo concentraciones de ellas en países como Madagascar. Colombia es el país con mayor número de variedades y una de ellas es el árbol nacional. Los indígenas de Punt llevaban los mismos vestidos que en la época de Keops, dando la impresión de que en este lejano reino la moda no había variado mucho. Asimismo llevaban trenzas en el pelo y la barba cortada en punta. En la antigüedad era bastante común llevar trenzas en algunas zonas de África. Después de los oportunos regateos, los egipcios se llevaron madera de ébano, oro, colmillos de elefante, monos, pieles de leopardo y fieras vivas. Trataban con mucha delicadeza los árboles de incienso, cuyas raíces envolvían en esteras, y todo era cargado en los barcos exclusivamente por los marinos egipcios, sin permitir subir a bordo a los pequeños hombres de Punt.

Como curiosidad debemos decir que la mitología malgache, de Madagascar, se refiere a una tribu de pigmeos, gente de piel clara, como los primeros habitantes de la isla. Los denominan los Vazimba. Algunos malgaches creen que estos primeros habitantes todavía viven en las profundidades de los bosques. En una isla donde sus habitantes practican el culto a los ancestros, los habitantes veneran a los vazimba como sus ancestros más lejanos. Los reyes de algunas tribus malgaches reivindican su parentesco de sangre con los vazimba. Es posible que dos pueblos nómadas de Madagascar, los vezo, pescadores de la costa y los mikea, cazadores-recolectores tengan relación o desciendan de los inmigrantes más antiguos. Por otro lado, tenemos que el incienso era uno de los activos más valiosos de la antigüedad. Los antiguos egipcios usaban incienso para embalsamar a sus faraones muertos y hacer kohl, que utiliza para dibujar las líneas oscuras pesadas alrededor de los ojos. Muchas otras culturas han encontrado usos medicinales, religiosos y cosméticos para esta resina aromática en el curso de la historia. El incienso proviene de los árboles pertenecientes al género Boswellia. Estos árboles lloran un aromático sustancia resinosa que se endurece cuando se expone al aire, que se recoge y se vende como incienso. Árboles de incienso crecen en los bosques tropicales y subtropicales en el norte-este de África y Arabia. El país de Omán es considerado uno de los mejores fabricantes de incienso, que ofrece un producto de alta calidad. Otros países que producen el incienso son Somalia, Etiopía, Tanzania y Madagascar. Vemos que hay algunos indicios de que, tal vez, fue Madagascar la legendaria tierra de Punt, aunque no podemos descartar Eritrea o Somalia. El fin de la actividad comercial se celebraba con un banquete donde abundaba el pan, la fruta, la carne, el vino y la cerveza, productos proporcionados por los egipcios. Los textos oficiales no hablan de trueques, sino de un tributo pagado por Punt a la reina Hatshepsut. Por otra parte, la expedición no era solamente comercial, sino también religiosa. Tenía también como objetivo hacer una ofrenda a la diosa Hathor, que era considerada soberana del país de Punt. A las orillas de este país, la reina Hatshepsut mandó construir una estatua que la representaba en compañía del dios Amón.

En los grabados de Deir el Bahari se incluyen también las escenas del regreso, donde unos monos suben por las cuerdas de uno de los barcos. El hecho de que estén en libertad se debe a que estaban destinados a ser los animales domésticos de los nobles. La llegada a Tebas era triunfal. Los marinos estaban de pie en las cubiertas con los mástiles bajados, las velas cargadas y los remos levantados, alzando las manos y aclamando al faraón. Todo había sido un éxito. La reina presidía la ceremonia de recibimiento de la expedición en los jardines del templo de Deir el Bahari, donde se habían plantado los árboles de incienso. Las jarras y vasijas venían repletas con las maravillas de Punt y en uno de los textos que nos han llegado, se asegura que traían: “maderas aromáticas de la tierra del dios, montones de resina de los frescos árboles de la mirra, con ébano y marfil puro, con el oro verde de Emú, con árboles de cinamio, con incienso, cosméticos para los ojos, babuinos, monos, perros, con pieles de panteras del sur, con nativos y sus hijos. Nunca ningún rey anterior desde el comienzo (de la historia de Egipto) había traído bienes tan espléndidos.   Se pesa el oro y los demás metales bajo la atenta mirada y control de la propia Hatshepsut. Cuando el dios Amón en persona llega al templo, se alegra de que el incienso que se le ofrenda sea fresco y puro porque, al fin y al cabo, ésta era la principal razón de que Hatshepsut ordenara una expedición al reino de Punt“.Así terminan estos relieves tan detallados, como si de un cuento se tratara, aunque realmente están haciendo referencia a un viaje histórico. Cuando murió Hatshepsut, el vengativo Tutmosis III, nada más subir al trono, proscribió su memoria, haciendo raspar y borrar los cartuchos con su nombre en las antiguas listas reales. Se trata de la supresión del recuerdo público de un personaje concreto, al resultar persona non grata. Igual suerte sufrió unos años después el faraón hereje Amenofis IV (Akhenaton). Se intentó destruir totalmente el templo de Hatshepsut, pero por suerte el recuerdo de esta rema-faraón de la dinastía XVIII aún permanece. Aunque no fue la única mujer que gobernó este poderoso imperio, sí fue la más sobresaliente de todas, incluyendo a Cleopatra, ya que fue la que más empeño puso en ir al país de Punt.

El antes mencionado capítulo XVII del Libro de los Muertos recoge, en realidad, la teología original del mundo. Es una teología absolutamente monoteísta e idéntica al Dios de Abraham y de Moisés. Según Slosman, el Antiguo Testamento no es sino una copia de esta teología original, en la que se olvida que Moisés era Príncipe de Egipto y, por tanto, que había sido elevado a la categoría de Gran Sacerdote, ya que estaba destinado a portar el cetro. El escritor e investigador egipcio Ahmed Osman opina que ese príncipe tenía una madre judía, la Reina Tiyi, hija del Visir Susa, el José bíblico, y un padre egipcio, el faraón Amenofis III. Por ello este príncipe habría sido el faraón Amenofis IV, al que se conoce más como Akenaton, o el Faraón Hereje, porque restableció el culto a un Dios único, Atón. Por lo tanto, según Osman, Akenaton sería precisamente Moisés. Akenaton restablece el monoteísmo original con Ptah, el Único, que es lo mismo que representa Atón. Y luego traslada su capital a un lugar del desierto, en el que las montañas forman un arco, cuya cuerda es el Nilo, y al cual da el nombre de El horizonte de Aton, conocido actualmente como Tell el Amarna. Pero hace algo más. Traza sobre el territorio Egipcio un gigantesco círculo, de cientos de kilómetros de diámetro, que marca con doce estelas, y en ellas escribe: “Estos son los límites de mi Reino“. Estos límites son muy inferiores al Imperio real, formado por el Alto y el Bajo Egipto, pero sólo aparentemente, porque las estelas representan las doce puertas del Zodíaco, lo que convierte en reino suyo lo que está Más Allá, el Universo Entero.
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Akenaton, según los egiptólogos, fue derribado por una revuelta sacerdotal y probablemente asesinado, aunque ni su tumba ni su momia se han encontrado nunca, y su nombre fue borrado de los monumentos. Pero en una estela de Tell el Amarna, se dice que simplemente desapareció. Moisés también desaparece de Egipto y reaparece cuarenta años más tarde, para llevarse a un pueblo prácticamente limpio de religión, los Habiru, más egipcios que judíos, como queda claro en el inicio del Éxodo. En 1812 Champollion publicó un libro titulado De la Escritura de los Antiguos Egipcios, en que afirma que la escritura jeroglífica en modo alguno es alfabética, pues representa cosas, no sonidos. Y lo mismo afirma de la escritura hierática, a la que considera como un tipo de taquigrafía jeroglífica. El propio Champollion lo hizo desaparecer de las librerías con el pretexto de que podía ofender a las personas piadosas, porque hacía remontar las dinastías faraónicas hasta el año 5285 a.C.  Clemente de Alejandría, Padre de la Iglesia del Siglo III, en su obra Stromatas, hace un estudio de lo que son y representan los diferentes tipos de escritura egipcia. Y el propio Aristóteles, en su Tratado de Filosofía según los Egipcios, se refiere a los jeroglíficos, que es más que probable que conociera en su dimensión de lengua sagrada, porque escribe: “Los Egipcios, habiendo conocido las formas espirituales, se expresaban por una doctrina intelectual superior a los métodos humanos. Grababan estos conceptos sublimes por medio de figuras, tornando las piedras de los muros de sus templos. Las usaban tanto para todas las ciencias, como para todas las artes, con el fin de indicar que el espíritu inmaterial lo había creado todo a partir de los modelos particulares de cada ser“. Y Slosman añade: “En todos los tiempos estos jeroglíficos fueron objeto de una consideración respetuosa, porque estas imágenes no podían ser más que portadoras de un mensaje celeste: El de la Ciencia Divina. Su significación simbólica sólo podía ser, sin duda, mística e iniciática. Esto significa, sobre todo, que los jeroglíficos tienen una base ideográfica, altamente espiritual, y que por esta razón la mayoría de los signos no eran comprensibles para el pueblo“.

Es decir, existía un lenguaje popular que se leía en alta voz y que por consiguiente era hablado. Fue llamado más tarde lenguaje Demótico. Por tanto, se ha de suponer que el jeroglífico no era más que un lenguaje escrito destinado a la conservación de la Tradición Original. De hecho, los conflictos al aplicar a los textos el método de Champollion fueron enormes. Los griegos llamaron a los jeroglíficos Lengua Sagrada. La razón es que los primeros jeroglíficos datan de Menes, y cuando los volvemos a encontrar 4000 años más tarde sobre la Piedra de Rosetta, los signos son absolutamente idénticos. Sorprendentemente, en 4000 años no se han cambiado. Sin embargo, aparte de los jeroglíficos había dos lenguas habladas, el Demótico y el Hierático, que unos 600 años sufrieron cambios enormes, hasta el extremo de que al cabo de 1000 años ya no se comprendían. Los jeroglíficos son iconografías diversas, referidas a Pájaros, Animales, Hombres, Mujeres, pero que constituyen una lengua comprensible. Hay un dibujo que aparece en los principales templos Egipcios y su importancia radica en que permite leer, sin la utilización de texto escrito, la totalidad de la escena primordial del Gran Cataclismo, origen del hundimiento de Aha Men Ptah, el Edén desaparecido. La triada divina estaba a la cabeza de los evadidos, que se convirtieron en supervivientes de la Atlántida, originando gracias a Hor (Horus) una dinastía de Faraones o hijos de Dios. En primer lugar, se encuentra Nut, la reina virgen, madre de Usir (Osiris). Por haber enviado al mundo al primogénito de Dios, sube al cielo desde donde protege a los hermanos menores. Por esto, se identifica a la reina Nut, con la Vía Láctea. Se ve a Nut con el cuerpo constelado de estrellas, formando un puente entre Oriente y Occidente como El Gran Río Celeste. Desde el oeste, lugar donde tuvo lugar la terrible catástrofe, el mar ha sumergido toda la tierra del inmenso continente y sobre su superficie sólo quedan las Mandjit, embarcaciones insumergibles concebidas para asegurar la supervivencia. Sobre la barca de la izquierda se encuentra Osiris, con la cabeza vendada. La mitad trasera de un león está apoyada sobre las vendas, representando el desorden. El trastorno y la ruina se ha producido durante el paso del Sol por la constelación de Leo, pero en movimiento retrógrado. Al lado de Osiris está su hijo Horus, representado por el halcón y que figura como portador del Sol. Porque de su supervivencia depende el renacimiento de los evadidos. Como ha sido gravemente herido y apenas tiene un hilo de vida, la Cruz Ansata (Ank), está ensangrentada, lo cual no ocurre con la que lleva Iset (Isis), la madre de Hor (Horus) y esposa de Usir (Osiris). Ella lleva sobre la cabeza el alma de los escapados, simbolizada por una pluma verde de avestruz. La Mandjit de la derecha, ha superado las dificultades con la ayuda de un velamen de fortuna. Ha llegado a Oriente, a Ta Mana, el lugar del ocaso.

El mes de agosto de 1799, en Rachid (Rosetta), una localidad egipcia sita a unos cuarenta y cinco kilómetros de Alejandría, está acampada la expedición napoleónica al país del Nilo. La patrulla del teniente Bouchard trabaja en el refuerzo de algunas defensas de la plaza. De repente, en plena faena, encuentran una piedra de setecientos cincuenta kilos de peso con una altura de 1,20 metros. La piedra estaba llena de inscripciones misteriosas v los soldados pusieron el hallazgo en conocimiento de sus superiores. Aunque todavía no lo sabían, habían encontrado la clave que permitirá acceder a más de tres mil años de historia del antiguo Egipto. Sus inscripciones estaban en idioma jeroglífico, griego y demótico, lo que la convertían en un diccionario ideal para adentrarse en esta antigua cultura. Un joven lingüista, llamado Jean François Champollion, fue el artífice de la traducción que nos permitió acceder a ese misterioso universo egipcio. Fue la clave que abrió los secretos de los jeroglíficos. Champollion nació el 23 de diciembre de 1790. Su madre, paralizada por una extraña enfermedad, estuvo a punto de morir meses antes del parto. Lo cierto es que los médicos no eran muy optimistas. Sin embargo, el padre, librero de profesión, quiso recurrir a todas las posibilidades y mandó llamar, en un último intento por salvar a su esposa, a Jacqou, un famoso curandero visionario de Figéac, ciudad en la que residían los Champollion. El sanador examinó a la mujer y, tras unos segundos de meditación, se retiró al bosque para conseguir unas hierbas especiales. Con ellas confeccionó un lecho que luego calentó, y acto seguido mandó a la futura madre que se recostara tres días con sus noches sobre la improvisada cama. Durante ese periodo le suministró vino caliente y algunos brebajes. De forma incomprensible, la joven se levantó sin ayuda y empezó a caminar por la estancia. El señor Champollion no daba crédito y Jacqou, sonriente, le dijo: «Tendrá un hijo sano y de imperecedero recuerdo, tanto que dará luz a la humanidad». El viejo curandero no se equivocó, aunque algo llamaría la atención en el recién nacido cuando fue examinado por los doctores. El bebé tenía las córneas amarillas, cosa muy frecuente entre los orientales, pero no en un centroeuropeo, y a esto se sumaba su tez oscura, casi parda. Paradójicamente, el pequeño Jean François recibió desde su infancia el significativo apelativo de «egipcio».

Desde bien temprano Champollion mostró interés por la Antigüedad, acaso alentado por la figura de su hermano mayor, Jacques Joseph, un bibliotecario especializado en el estudio de las culturas ancestrales. Estudió en Grenoble y en París, donde aprendió idiomas tan complejos como el árabe, copto, hebreo, caldeo, sirio, etíope o chino antiguo. En 1802 la piedra de Rosetta fue enviada al Museo Británico, y comenzó la fiebre entre la comunidad de investigadores por descubrir su significado. Mientras tanto el joven Champollion seguía fomentando su afición por Egipto. En 1814 publicó su obra Egipto bajo los faraones, y siete años más tarde se dedicó por entero a desencriptar los símbolos de la piedra Rosetta. Para ello  elaboró una teoría que finalmente resultó definitiva para conseguir la solución del caso. Hasta entonces se pensaba que los jeroglíficos anunciaban sonidos, sílabas o ideas. Pero Champollion unió en una sola las diferentes corrientes, dando como resultado que el antiguo idioma de los faraones era una mezcla de diferentes conceptos. El 14 de septiembre de 1822, Champollion se plantaba en el despacho de su hermano gritando: «Ya lo tengo». Tras decir esto cayó desplomado y permaneció casi en coma varios días. El esfuerzo había sido agotador, pero Jean François tenía la clave del misterio. Desde ese momento, Francia se rindió a sus conocimientos, fue agasajado recibiendo cátedras, subvenciones y el ansiado viaje a Egipto, que se produjo entre 1828 y 1830. En esta aventura catalogó 864 jeroglíficos de los aproximadamente mil que se conocen y visitó templos como Dendera, donde confirmó sus tesis acerca de la escritura egipcia. Fueron dos años que vivió con una intensidad fuera de lo común, escribiendo, dibujando y trazando nuevas líneas de trabajo. Por desgracia no tuvo mucho tiempo para concretarlas, pues falleció el 4 de marzo de 1832 en Quercy, víctima de un infarto al corazón. Terminaba así una vida dedicada por completo a resucitar el mágico mundo de los faraones. Antes de morir dijo: «Soy todo para Egipto y él es todo para mí». Hoy en día cualquier amante de la egiptología tiene a Champollion en su panteón de ilustres, ya que, sin él, nada de lo acontecido en los últimos siglos tendría la dimensión actual. A pesar de todo, Egipto sigue constituyendo un maravilloso enigma que aún tardaremos en descifrar por completo, si es que lo conseguimos alguna vez. En todo caso, siempre es recomendable una visita al Museo Británico de Londres, donde se encuentra la fascinante piedra de Rosetta.
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La mayoría de los egiptólogos creían que la Esfinge fue construida en 2500 a.C., en la época del faraón Kefrén, pero John Anthony West  estaba más determinado que nunca a demostrar que los egiptólogos estaban equivocados y que la Esfinge era mucho más antigua que Kefrén. Las pruebas que hicieron con el carbono 14 mostraron una antigüedad de 14.000 años, es decir, miles de años antes de la aparición del pueblo egipcio. Cuando los antiguos egipcios se encontraron con las pirámides, su creencia era que fue construida por los dioses. Pensaban que si enterraban a sus faraones en ella, estos irían al cielo. Pero en los jeroglíficos que grabaron no se hace ninguna mención a la construcción de las pirámides. Si los constructores hubieran sido egipcios, se supone que los jeroglíficos deberían haber mencionado la construcción de las pirámides. Pero aunque sea difícil de aceptar, tal vez fuese una construcción extraterrestre. Ello se puede deducir que por su colocación y perfecta alineación con la constelación de Orión. Hay algunos investigadores más audaces que incluso insinúan que la Gran Pirámide tal vez era una gigantesca máquina tele-transportadora. Zecharia Sitchin, en su libro La escalera al cielo sigue el rastro de la inacabada búsqueda de la inmortalidad del hombre hasta llegar a un puerto espacial situado en la Península del Sinaí y las pirámides de Gizé que, según él, sirvieron como balizas de aterrizaje, refutándose así la teoría según la cual las pirámides fueron obra de faraones humanos. La construcción de las pirámides, para estos supuestos extraterrestres, habría sido relativamente sencilla, ya que probablemente disponían de una tecnología muy avanzada. Los egiptólogos no rechazan la posibilidad del uso de mecanismos de palancas que elevaran los bloques. Pero, en este caso, el problema sería el traslado de dichos bloques, que tendría que haberse efectuado mediante rodillos que transportaran los enormes bloques a través del valle del Nilo. Para eso habrían sido necesarios decenas de miles de troncos de madera, que no son precisamente abundantes  en el desierto de Egipto. Tal vez Heródoto no iba muy desencaminado cuando sugirió que los egipcios desarrollaron una tecnología avanzada en la meseta de Giza. Por supuesto, no habla de extraterrestres, pero sugiere que los egipcios alcanzaron un nivel tecnológico mayor del que presuponemos.

Como vemos, la meseta de Giza sigue planteando muchos enigmas. Con respecto al desarrollo tecnológico de los habitantes del Nilo, podemos hacer referencia a las supuestas cámaras funerarias de la pirámide de Keops, ya que hasta ahora nadie ha descubierto la momia del faraón. Estas cámaras están en el interior del monumento y no por debajo del mismo, lo que implica avances tecnológicos teóricamente imposibles para los egipcios de hace cuatro mil quinientos años. Por no hablar del revestimiento exterior de la pirámide, que a día de hoy se ha perdido, pero del que se han conservado algunas muestras. Y ese revestimiento convirtió a este prodigio de la Antigüedad en una especie de espejo, gracias a que las piedras eran extremadamente lisas y pulidas. Cuesta creer que lo lograran sin haber desarrollado una tecnología más avanzada de lo que creemos. Joseph Davidovits, profesor de la Universidad de Toronto y director del Instituto de Ciencias Arqueológicas de la Universidad de Florida, tuvo la ocurrencia de analizar químicamente, y gracias al microscopio, algunos de los dos millones de bloques de la gran pirámide. Aquello le llevó a descubrir en el interior de algunas de esas grandes piedras había elementos extraños, como pelos, fibras y burbujas de aire, algo imposible si eran piedras naturales. Tal vez aquellos constructores fueron capaces de haber trabajado la piedra como si fuera barro, antes de que se solidificara. Quizás desarrollaron una técnica para ablandar la roca. Algunas leyendas aseguran que tal cosa era posible en tiempos remotos. Junto a las tres grandes pirámides de Giza se encuentra la Esfinge, un cuerpo de león con rasgos humanos, que según la arqueología oficial tiene cuatro mil seiscientos años de antigüedad. Mide setenta y tres metros de longitud y veinte de altura. Sus enormes bloques, de hasta ochenta toneladas de peso, son mucho más voluminosas que las empleadas para levantar las pirámides. Pero ello no fue óbice para que los egipcios las trabajaran con tanta destreza como si fueran de arcilla. Tal como ya hemos indicado, atribuyen su construcción al faraón Kefren, de la IV dinastía, e incluso aseguran algunas fuentes que el rostro de piedra se asemeja al faraón Kefren. Sin embargo, existe la posibilidad de que sea mucho más antigua, más incluso que el propio nacimiento de las primeras civilizaciones. Así que, de confirmarse esa tesis, los historiadores quizá deban empezar a reescribir sus cronologías. El geólogo Robert Schoch, de la Universidad de Boston, identificó en la parte exterior de la Esfinge rasgos erosivos en la piedra que le hicieron pensar que hubo una época en la cual parte del monumento estuvo cubierto por el agua. Tal grado de erosión no se encuentra en las cercanas grandes pirámides, que teóricamente son de casi la misma época. Esto haría pensar en que en algún momento del pasado remoto la llanura estuvo inundada, algo que, según Schoch, sucedió hace al menos ocho mil años. De acuerdo con esta teoría, la Esfinge sería mucho más antigua que las propias pirámides.

Es posible que los egipcios se encontraran allí este monumento cuando conquistaron el entorno del río Nilo. Ello obligaría a pensar en la existencia de alguna civilización anterior a las conocidas y que fuera una suerte de «cultura madre» para el resto de pueblos que surgieron en aquella región del planeta. La teoría de Robert Schoch también se sostiene en otro sorprendente hallazgo que el investigador Robert Bauval dio a conocer en 1994. Según Bauval, las tres grandes pirámides serían una representación sobre la arena de la constelación de Orión, que tuvo una enorme relevancia en la cosmología egipcia. Dicen las tradiciones que el dios Osiris, al morir, se convirtió en una de las tres estrellas del cinturón de Orión. Pero Graham Hancock, que publicó Las huellas de los dioses, presenta un detalle que resulta más relevante aún. Los monumentos de la meseta de Giza representan al cinturón de Orión tal y como esta constelación estaba dispuesta en el cielo allá por el año 10.500 a. C. Es evidente que los constructores de aquellos enormes monumentos quisieron señalar esa fecha por alguna razón que todavía desconocemos. Además, a la llegada del equinoccio de primavera, la Esfinge apunta con sus ojos a determinadas estrellas. Para Giorgio de Santillana, profesor de Historia de la Ciencia en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, este hecho demostraría que los antiguos egipcios ya conocieron un fenómeno llamado la «precesión de los equinoccios». La Tierra, además de movimientos de rotación y traslación, tiene un tercer movimiento llamado precesión. Este consiste en la rotación del eje de la Tierra alrededor de la vertical a la eclíptica, dando lugar a la rotación del polo Norte entorno a la estrella Polar con un periodo de aproximadamente 26.000 años. Este efecto del movimiento de la Tierra se creía que era un descubrimiento de los modernos astrónomos. Pero aquellos antiguos constructores ya lo conocían hace muchos miles de años. Para aumentar el misterio, no parece casual que, en el equinoccio de primavera del año 10.500 a. C., la Esfinge mirara directamente a su orto helíaco, es decir, hacia donde se encontraba la estrella Sirio, una estrella mágica para los egipcios porque representa a la diosa Isis y que representa en el firmamento a la constelación de Orión.
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Pero serán necesarias nuevas investigaciones para poder conocer la verdad sobre el origen de la Esfinge. De momento, se han localizado en el interior del monumento cámaras secretas a las que aún no han accedido los arqueólogos. Quién sabe si en su interior puede encontrarse alguna respuesta al misterio. Tutankamon, célebre faraón de la XVIII dinastía, ha pasado a la historia más por el hallazgo de su tumba que por su vida en sí, oficialmente carente de grandes epopeyas. En noviembre de 1922, el arqueólogo aficionado Howard Cárter, que trabajaba en el Valle de los Reyes bajo el patrocinio de lord Carnarvon, se topó con el más deslumbrante descubrimiento del Egipto faraónico. Por desgracia, hasta esa fecha casi todos los sepulcros correspondientes a faraones egipcios habían sido víctimas del expolio. En cambio, la tumba de Tutankamon quedó intacta hasta que las excavaciones del inglés dieron con ella. Mucho se ha especulado sobre la supuesta maldición del faraón, que tuvo muy poco tiempo para disfrutar de su poder, ya que sólo pudo vivir diecinueve años, entre 1342 y 1323 a. C., aunque sus fechas de nacimiento y muerte quedan sujetas a debates entre los egiptólogos. Desde que Cárter descubriera la tumba, los incidentes, desastres y muertes no paparon de acontecer. Ello dio pábulo a un relato en el que un faraón enojado vuelve del otro mundo para cobrarse venganza entre los mortales que han profanado el santuario de su descanso final. Sea como fuere, y maldiciones al margen, lo que nos interesa es conocer cómo murió realmente este joven faraón, que devolvió al pueblo egipcio el culto al dios Amón, estableciendo la capital en Tebas. Aunque, según parece, pudo abrazar en sus últimos años a una deidad única, contraviniendo así los intereses de la casta sacerdotal egipcia, lo que provocaría un fatal desenlace, ya que supuestamente fue asesinado. En 1968 se realizó una radiografía a la momia y en ella se advirtió lo que bien pudiera ser una fractura en el cráneo. Desde entonces se incrementó la versión sobre el homicidio, atribuyéndose al gran sacerdote Ay, sucesor de Tutankamon, como autor del magnicidio. En 1997 se publicó en la prensa británica una investigación forense efectuada por el eminente neuro-radiólogo Ian Isherwood, trabajo que fue complementado por el inspector de Scotland Yard, Graham Melvin. Según sus averiguaciones no había lugar para la especulación, confirmándose la muerte cruenta del faraón. El médico valoró a conciencia las radiografías obtenidas de la momia y dio crédito a la hipótesis criminal. Por su parte, el policía elaboró una lista de posibles sospechosos cuyo primer lugar ocupaba el sumo sacerdote antes mencionado e, inmediatamente después, Horembeb, general de los ejércitos egipcios, sucesor de Ay e iniciador de la XIX dinastía faraónica.

Pero el 5 de enero de 2005, un grupo de investigadores examinó minuciosamente con escáner los restos momificados del faraón y descartó, tras haber analizado todas las radiografías, la hipótesis del asesinato. Los expertos concluyeron que no existía fractura craneal provocada, ya que el huesecillo encontrado en el interior de la cabeza podría tener origen en un movimiento brusco del cuerpo cuando fue extraído por Cárter, o bien en la propia actuación de los embalsamadores mientras manipulaban el cadáver del faraón durante el proceso de momificación. Estos mismos analistas observaron los rastros de una fractura en el fémur de la pierna izquierda, lo que confirmaría la evidente cojera que padecía Tutankamon, tal y como se refleja en los dibujos y relieves de la época. Además, no se debería descartar una posible infección generalizada por causa de esta herida crónica, que, al ser imposible su total curación, habría marcado los últimos meses de existencia de este legendario faraón. No obstante, nunca faltarán análisis exhaustivos o rigurosos estudios que avalen las dos teorías sobre el fallecimiento del considerado por todos como el último hijo del Sol. Lo que sí se impedirá, a buen seguro, es arribar a la orilla de la vida eterna cargados de riquezas y buenas obras. Un enigma que no ha sido resuelto es saber que le pasó al faraón Amenofis IV (1364- 1347 a. C.), para que rompiera de golpe con las tradiciones politeístas de su país e instaurara un culto a un dios único. Parece que todo empezó con una visión mística. O mejor dicho, con una aparición de un misteriosos objeto luminoso que le revela cuál debe ser la nueva religión para Egipto. Según cuenta la leyenda, durante una cacería de leones el faraón Amenofis IV tuvo un encuentro con un «disco solar resplandeciente», posado sobre una roca. Este latía como el corazón del faraón y su brillo era como oro y púrpura, según explica un papiro atribuido al mismo Amenofis IV, en su Canto IV al dios Atón. El faraón se postró de rodillas ante el disco, quedó traspuesto y a partir de este momento empezó una nueva era. Para algunos investigadores, el faraón habría tenido un encuentro con los tripulantes de un ovni, que él identificó como un «disco solar» prodigioso.

Amenofis IV era, en aquella época, un joven monarca de la dinastía XVIII que no contaba con las gestas conquistadoras de sus antepasados. Su carácter era más pacífico y contemplativo. Sin embargo, va a pasar a la historia por hacer algo que ningún otro faraón anterior se atrevió a hacer, ni siquiera a imaginar. Derrocó a los viejos dioses y puso en su lugar al «bendito y gozoso Atón», un nombre que no era nuevo en el panteón egipcio. De hecho, en una inscripción de la dinastía XII se puede leer: «Él subió al cielo y se fundió con Atón, el cuerpo del dios que lo había creado». Se iba a producir una revolución religiosa como jamás se había visto en Egipto, a la que se conoce históricamente como la «herejía de Amarna». Pocos sacerdotes apoyaron esta postura, pero todos la acataron, ya que era peligroso oponerse al faraón. Amenofis IV encontró refugio en su esposa, la bella Nefertiti, con la que se casó en el segundo año de su reinado. En el quinto año de su reinado es cuando tiene esa misteriosa revelación y se produce el cisma religioso. Lo primero que hace es abandonar Tebas y fundar lejos de allí otra ciudad-capital en la que pueda emprender todos los proyectos que tiene pensados. En el noveno año de su reinado crea la ciudad de Akhetaton, a unos doscientos ochenta kilómetros al norte de Tebas, que llegó a contar con veinte mil habitantes. La «ciudad del horizonte de Atón» se construye en la margen derecha del Nilo, y él mismo se hizo llamar Akhenaton, «el servidor de Atón». Sobre la ciudad de Akhetaton se levantó la población de Tell el-Amarna, que acabó por dar nombre a la época de Nefertiti y Akhenaton. Desde ese momento quedó proscrito el culto al poderoso dios Amón, que tenía sus principales templos en Tebas y al que se había adorado hasta que Akhenaton tuvo su extraña visión. El siguiente paso fue prohibir el culto a Osiris, la divinidad de ultratumba que era tan querida e importante para su pueblo. Akhenaton prácticamente lo cambió todo, su nombre, la capital, el lenguaje, el arte y la teología, todo en honor del dios Atón. Ahora era el sumo sacerdote del nuevo y único dios, de la primera religión monoteísta, mil trescientos años antes de que naciera Jesucristo. Tell el-Amarna fue elegido como el enclave mágico para la nueva capital, la «ciudad del Sol», porque nunca antes en ese lugar se había adorado a otra divinidad. Según Cyril Aldred, uno de los mejores egiptólogos del siglo XX,  la construcción de Akhetaton, la nueva capital, se debió a la necesidad de construir un hogar para el dios Atón, al igual que sucedía con otras divinidades egipcias: Amón tenía su sede en Tebas, Ptah en Menfis, Khnum en Elefantina y Ra en Heliópolis. Ahora le tocaba el turno a Atón.
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Akhetaton, la nueva capital, tardó tres años en verse construida. Estaba totalmente diseñada y pensada para rendir culto al dios Atón. Akhetaton literalmente significa ‘el horizonte del disco solar’, por lo que Akhenaton pudo utilizar este término ya que le recordaba su extraña visión. El ideograma que viene a significar ‘horizonte‘ en egipcio se escribe con el dibujo de un disco sobre unas montañas. Pero el descontento del pueblo, de los sacerdotes y del ejército era cada vez era más notorio. Pocos entendían este cambio tan radical y aparentemente tan absurdo en sus costumbres. Por ello le empezaron a llamar el «faraón heréje». Uno de los símbolos del nuevo culto fue el Gran Himno a Atón, posiblemente compuesto por el propio monarca, con estrofas tan simbólicas como la siguiente: “Hermoso es tu centelleo en el confín del universo. ¡Oh, Atón viviente, que has existido desde toda la eternidad! cuando te alzas por el borde oriental del cielo, colmas con tu belleza todos los países, pues tu brillo y tu hermosura son inmensos“. Akhenaton no quería emprender ninguna campaña militar contra sus enemigos, ya que era un pacifista convencido y no le interesaba mantener relaciones con sus antiguos aliados, como el rey de Babilonia. Se había ido aislando de lo que sucedía a su alrededor. A causa de ello se perdió Nubia y, con ella, la principal fuente de oro. El pueblo, sin embargo, le quería, y Akhenaton no era consciente de las conspiraciones que se estaban preparando a sus espaldas. Pero en realidad parece que el inicio de su declive fueron las desavenencias que tuvo con su esposa, la reina Nefertiti. Ella no le había dado descendientes varones, sino seis hijas, por lo que en el doceavo año de su reinado Akhenaton decidió repudiarla. A causa de ello, Nefertiti tuvo que refugiarse en el palacio del Norte, un rugar exclusivo donde acabó sus días. Entonces surgieron dos bandos enfrentados, los que seguían adictos a la bella Nefertiti y los fieles a Akhenaton, que sigue adelante con sus aparentemente excéntricos proyectos. Los días dorados se van terminando para la pareja real y muy pronto para la nueva capital y, sobre todo, para el culto al dios Atón. El egiptólogo Philipp Vandenberg insinúa que la propia reina, retirada en su palacio, habría preparado un golpe de Estado para restaurar el antiguo culto. Lo cierto es que el faraón mandó destruir todos los cartuchos e inscripciones en que aparecía el nombre de Nefertiti.

El clero de Amón, siempre al acecho, junto con generales como Horemheb, se conjuraron para derrocarlo, como así sucedió. Akhenaton, el faraón solar, murió, joven aún, en el 1347 a. C. Con la desaparición del faraón hereje, del «buen rey que amaba su pueblo», desaparece todo un periodo singular en la historia de Egipto. No quedó nada de su obra tras su muerte. Solo el recuerdo de un faraón que creyó poder cambiar el destino de su país. Incluso se borró su nombre de la lista de los gloriosos soberanos del valle del Nilo. Amón, «el dios carnero», volvió a ocupar el puesto de dios supremo. A Akhenaton le sucedió su yerno Smenker, al que reemplazó en el trono Tutankamon, el «faraón niño». Pero muchas veces la historia es escrita por los vencedores y tal vez los que conspiraron contra Akhenaton reescribieron la historia a su conveniencia. Por un lado tenemos los que dan una reinterpretación a este periodo histórico basándose en la revolución monoteísta y en la cronología. Unos dicen que en realidad Akhenaton fue el patriarca Abraham. Esta es la tesis de los investigadores franceses, Roger y Messod Sabbat, expuesta a finales del año 2000 en su libro Los secretos del Éxodo. Para ellos, el famoso éxodo bíblico no fue la marcha del pueblo de Israel, sino que fue la expulsión de Egipto de los habitantes monoteístas de Akhetaton, la ciudad de Akhenaton. Cuando el faraón Ay sucedió a Tutankamon, reinó del 1331 al 1326 a. C. Se presentó como un furibundo politeísta, por lo que decidió dar la orden de expulsar del país a los seguidores de Akhenaton, supuestamente Abraham, hacia Canaán, provincia situada a diez días de marcha desde el valle del Nilo. No se llamaban hebreos, sino yahuds, adoradores del faraón, que años después fundaron el reino de Yahuda (Judea). El protagonista del éxodo, según los hermanos Sabbat, fue el general egipcio Mose (Ramesu), que después se convertiría en Ramsés I, quien inicia la dinastía XIX, y que sería una nueva identidad para Moisés. Pero aún más atrevida es la hipótesis que mantiene el investigador egipcio Ahmed Osman. Célebre por haber identificado al abuelo de Akhenaton, Yuya, con la figura del José del Génesis, expone en otro de sus libros, Moisés, faraón de Egipto (1991), que para él Akhenaton fue el Moisés del Antiguo Testamento. Y en su siguiente obra, La casa del Mesías (1992), asegura que Tutankamon fue nada menos que Jesús de Nazaret. Pero estas hipótesis parecen bastante cuestionables.

En 1837, el coronel británico Richard Howard Vyse, ayudado por su colaborador Perring, encontró en la cámara funeraria de la pirámide de Menkaure (Micerinos), excavada en la propia roca a unos seis metros bajo el suelo. Se trataba de un enorme sarcófago de basalto con inscripciones, sin su tapa, y cuyo peso era de unas tres toneladas. En su interior no había ninguna momia, pero sí la tapa de otro sarcófago de madera antropomorfa y unos restos humanos. Aparentemente correspondían a destrozos de la momia real, ya que se trataba de huesos y unas pocas tiras de lino con los que la momia habría sido envuelta para el enterramiento. En otra cámara superior de la pirámide descubrieron algunas piezas de basalto que correspondían a la tapa del sarcófago anterior. Era sorprendente que una tapa de un peso extraordinario hubiese sido llevada hasta allí arriba. Hasta aquí podríamos deducir que la pirámide de Micerinos fue realmente la tumba del faraón que la mandó construir. Asimismo, que su momia fue expoliada y robada hace siglos y quedaban tan sólo pequeños restos de la venda y unos huesos diseminados por el suelo. En este caso, serían los primeros restos humanos de un posible faraón encontrados dentro de una pirámide. Los egiptólogos empezaron las investigaciones. El sarcófago de basalto del faraón se envió un año más tarde a Inglaterra, a bordo de la goleta Beatrice, que naufragó frente a las costas de Cartagena, en España, y allí sigue hasta el momento. La tapa del sarcófago de madera, muy deteriorada, se expone en la primera planta del Museo Británico de Londres. Se realizaron análisis de este segundo sarcófago y los estudios tipológicos demostraron que databa de la época saíta, es decir, la dinastía XXVI (siglo VI a. C.), claramente reconocible debido a la forma antropomorfa de la tapa. Los huesos se analizaron mediante el sistema de carbono-I4 y se confirmó que no eran los de Micerinos ni los de ningún faraón saíta, ya que correspondían a un varón del siglo II d. C., es decir, de época cristiana. Así pues, seguía la incógnita sobre si las pirámides fueron tumbas reales. Por otro lado, parece difícil de creer que se erigiesen estos monumentos construidos con millones de bloques de piedra en la meseta de Gizeh y solo en honor a tres faraones. En un primer momento, la historia siempre ha otorgado un carácter funerario a las tres pirámides egipcias, y eso porque en su interior se han encontrado cajas de piedra parecidas a sarcófagos, como la de granito rosa que se encuentra en el interior de la cámara del rey de la pirámide de Keops. Es un curioso receptáculo pétreo que es más grande que la pequeña puerta que da acceso a la estancia, lo cual obliga a suponer que se colocó antes de dar por terminada la cámara real.

Hoy en día son más los egiptólogos e investigadores en general que se inclinan por aceptar una doble finalidad en estos monumentos. No solo tendrían una función funeraria, sino también una misión iniciática o mística. ¿Pero realmente son tumbas? Veamos qué pasó con la momia del faraón Zoser, segundo faraón de la III dinastía. En 1926, Battiscombe Gunn, en los trabajos de desescombro de la pirámide escalonada de Zoser, en Sakkara, encuentra en la cámara funeraria seis vértebras de una columna vertebral y parte de la cadera derecha de una momia. En 1934, Lauer y Quibell se introducen de nuevo en la cripta y encuentran la parte superior del húmero derecho, fragmentos de costilla y el pie izquierdo vendado con lino bañado en resinas. Lo más importante del hallazgo de estos restos es que la única entrada a la cámara que existía hasta entonces era un pequeño agujero practicado por los saqueadores, que imposibilita la introducción de otra momia de épocas posteriores. El estudio antropológico realizado entonces confirmó que se trataba de la momia del faraón. Eso, sumado a que la técnica de momificación del pie se ajusta a la III dinastía, no dejaba lugar a dudas sobre que la pirámide fuese la tumba del faraón Zoser (Dyeser). Parecía claro que debían ser los restos de su momia. Se deduce así que, al menos en la III dinastía, esas pirámides llegaron a ser tumbas, aunque la tesis de que fueron únicamente lugares de enterramiento cada vez tiene menos partidarios, ya que apenas se han encontrado momias, ni ningún tipo de resto humano, salvo los vasos canopes, en el interior de las pirámides. Pero ello no es una prueba definitiva, pues ha pasado demasiado tiempo como para que cada una de las más de cien pirámides encontradas no hayan sido saqueadas, incluso en la misma época de los faraones. A mediados de la década de 1950, el egiptólogo egipcio Zakaria Goneim descubrió una pirámide en la necrópolis de Sakkara, en la que halló un sarcófago cerrado y sellado del faraón Sekhemkhet (2700 a. C.). Se trataba de un sarcófago intacto de hace cinco mil años de antigüedad, con un ramillete de flores sobre la tapa. Era un acontecimiento arqueológico de primer orden. Pero lo abrieron y estaba vacío. La explicación que dio Goneim es que la pirámide no era otra cosa que un cenotafio, monumento funerario que no contiene el cadáver del personaje a quien se dedica.

Las teorías más atrevidas vienen de la mano del ingeniero Robert Bauval y de Adrian Gilbert, autores de El misterio de Orión (1995), quienes intentan demostrar el vínculo entre la constelación de Orión, la ubicación de las pirámides y el dios de los muertos Osiris, lo cual conectaría directamente la finalidad mortuoria de las pirámides con un claro propósito astronómico, que sería su principal objetivo. Tal como ya hemos indicado antes, la orientación de sus canales y galerías está enfocada a esa constelación en la posición que debió de tener alrededor del año 10.500 a. C. Es decir, que las tres pirámides de Gizeh reproducen en la Tierra la distribución de las tres estrellas centrales de la constelación de Orión. Y no sólo estas tres pirámides, sino también las de los faraones Diodefre, Zahaw el Ariani y Esnefru, que se corresponderían con otros tantos puntos de la misma constelación. Pero sigue siendo un misterio la razón de esta orientación. Algunos investigadores suponen que las pirámides proyectarían el alma del faraón hacia su destino en las estrellas. Todo ello obliga a replantearnos si las pirámides llegaron a ser alguna vez tumbas. En las ciento catorce pirámides censadas y catalogadas hasta el momento no se ha encontrado aún ningún material concluyente que pueda conectarlas con una función de enterramiento, aunque sí están relacionadas con la muerte y la resurrección, por lo que es más factible suponer que tuvieron una finalidad múltiple. El error es catalogarlas como si tuvieran una única misión. Las pirámides atribuidas a Esnefru, Keops, Kefrén y Micerinos no sólo hay que separarlas del conjunto a causa de su envergadura y perfección, sino también porque no contienen en su interior ninguna pista de cuándo fueron edificadas, ni por quién, ni con qué motivos. Por el contrario, todas las demás pirámides están repletas de jeroglíficos, esculturas y relieves que hacen fácil su datación. Y si ello es así, también su utilidad puede ser diferente. Se han barajado distintas teorías, más o menos revolucionarias. Se ha planteado que podrían servir como antenas emisoras-receptoras, como hitos geodésicos, como centros de observación astronómica, como templos iniciáticos o, incluso, como archivo de conocimientos de civilizaciones desaparecidas. Lo que parece bastante evidente es que estas impresionantes pirámides eran probablemente templos de una secreta religión celeste que revelaba un conocimiento astronómico muy superior al que se venía atribuyendo a los antiguos egipcios.
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¿Cuál era el aspecto externo de los egipcios? Johann Friedrich Blumenbach (1752 – 1840), naturalista, socio-antropólogo, médico y psicólogo alemán, fue el primer europeo que se ocupó de cómo eran aquellos hombres que habían construido una de las civilizaciones más asombrosas de la historia. Concluyó que los egipcios antiguos eran predominantemente un pueblo similar a los etíopes, con un segundo grupo parecido a la población de la India védica, básicamente los pueblos dravídicos, que es el nombre que se le da a los habitantes del extremo meridional del subcontinente indio, al sur de los ríos Narmada y Mahanad. Los pueblos dravídicos se distinguen de los demás habitantes de la India por su físico, eran de baja estatura y piel marrón oscura. Pero Blumenbach añadía que había un tercer elemento racial producto de la mezcla de los dos anteriores. Las conclusiones del estudioso alemán tuvieron una gran influencia en el siglo XIX, pues a muchos de los primeros egiptólogos les interesó hacer hincapié en una supuesta relación entre la India antigua y Egipto. Pero el análisis a principios del siglo XX, con detalladas mediciones craneales, probó que las semejanzas con la población del subcontinente hindú no eran demasiado elevadas, pero asimismo alejaban a los pueblos del antiguo Egipto de los habitantes del África negra. En realidad los situaba más próximos a los europeos del sur y a los asiáticos de levante, algo lógico teniendo en cuenta la proximidad geográfica. En 1939, el profesor Carlton Coon, de la Universidad de Harvard, escribió un libro llamado Las razas de Europa, lleno de fotografías, cuadros, mapas, diagramas y citas científicas. En este libro, el profesor Coon hacía una asombrosa aseveración: «La reina Hetep-Heres II, de la cuarta dinastía, la hija de Keops, el constructor de la gran pirámide, es retratada en los coloridos bajorrelieves de su tumba como una llamativa rubia. Su cabello está pintado con un brillante amarillo moteado con pequeñas líneas rojas horizontales, y su piel es blanca. Esta es la más temprana evidencia conocida de rubicundez en el mundo». ¿De dónde pudieron surgir unos egipcios blancos y rubios? Hay quienes lo atribuyen a los antiguos libios, a los constructores megalíticos, o a los pueblos de las montañas del Cáucaso y del área del sur de Ucrania. Los antiguos libios se extendían desde las islas Canarias, a través del Magreb, hasta el delta del Nilo. El tercio occidental del delta del Nilo estaba ocupado por libios durante los primeros años de civilización conocida. Tal vez un pueblo blanco hubiese pudiera componer el núcleo de la clase dirigente del Antiguo Egipto. Además se planteaba la pregunta de quiénes eran los libios y de dónde provenían.

El profesor Coon afirmaba que durante la edad del Paleolítico superior, entre  el 30.000 y el 5000 a. C., Europa y el oeste de África del Norte estaban ocupadas por descendientes de los hombres de Cromagnon. Braidwood dice que «las gentes de Cromagnon eran altas y de grandes huesos, con cráneos grandes, largos y rugosos. Debieron de haber tenido un aspecto similar a los actuales escandinavos». Hace unos 40.000 años surgió el llamado hombre de Cromagnon en Europa. Los cromagnon expulsaron de Europa o exterminaron a tipos humanos menos evolucionados, como el Neandertal, y se establecieron especialmente en Francia, España y el Norte de África. El cromagnon ha sido considerado en el pasado como el tipo humano más evolucionado que haya existido. Sus mayores similitudes se encuentran con la actual raza nórdico-blanca. Portadores de una cultura avanzada en comparación con otras variedades humanas, a los cromagnon se les ha llamado “los helenos del Paleolítico“. Los asentamientos cromagnon de la región norafricana del Atlas han sido considerados por muchos como la base del Egipto faraónico. El profesor Coon relacionó, en su día, a los cromagnon, los bereberes y los libios. Se cree que hace 3000 años, durante el Paleolítico Superior, un grupo de cromagnon, los llamados hombres de Afalou, vivieron en el norte de África, y los antiguos libios descenderían de ellos. Muchos de ellos fueron pelirrojos, dado que este rasgo todavía persiste en la zona. En la actualidad, los rasgos de este tipo humano se encuentran sobre todo en Noruega, Irlanda y el Rif marroquí. Los bereberes modernos descienden de los antiguos libios. Los hombres de Afalou y de Cromagnon tenían cerebros más grandes que los hombres modernos. Su volumen craneal tenía alrededor de 1650 centímetros cúbicos. El actual promedio de talla cerebral es de 1326 centímetros cúbicos. Los granjeros que vivían en Tushka, en el Nilo, alrededor del 11.000 a. C., tenían una capacidad craneal de 1452 centímetros cúbicos. Para establecer una comparación, en la época de los hombres de Afalou el sur del Sahara africano estaba poblada por el hombre de Rhodesia, que promediaba solo 1225 centímetros cúbicos.

Las antiguas pinturas egipcias de los libios los describen como blancos, con cabellos rubios, ojos azules y caracteres faciales nórdicas. El antiguo escritor griego, Scylax, describió a los libios como rubios, de la misma manera que los escritores latinos. El gran historiador egipcio Maspero dice que Seth «era pelirrojo y de piel blanca, con un temperamento violento, sombrío y celoso». Hoy la antigua raza libia aún sobrevive en remotas partes del Rif, en Marruecos y entre los kabiles de Argelia. En realidad los antiguos egipcios dad fueron fruto del encuentro de pueblos muy diversos, que de modo lento se fueron mezclando durante milenios con una población que llevaba en el lugar desde el neolítico, sin que el aspecto externo de la clase dominante de las diferentes dinastías, ya que las hubo negras, nórdicas y asiáticas, tenga demasiada importancia, salvo probar la existencia de movimientos de pueblos en el Mediterráneo oriental. Los propios egipcios, se vieron a sí mismos como un intermedio entre los nubios, de piel negra, y los libios y asiáticos, barbudos y de piel clara. Esta visión, detallada durante la XVIII dinastía en pinturas y esculturas, se consolidó en el último milenio antes de nuestra era cristiana, y ya no varió por el hecho ocasional de que hubiese faraones negros, como los de la dinastía etíope, o europeos, como los ptolomeos griegos. Según el antropólogo norteamericano Loring Bracefore, la calificación de los egipcios de negros o blancos carecen de justificación, pues el «concepto quimérico anticuado de raza es totalmente inadecuado para tratar la realidad biológica humana de Egipto, el antiguo o el moderno».

Fuentes:
  • John Anthony West – La Serpiente Celeste – Los Enigmas de la Civilización Egipcia
  • Colin Wilson – El Mensaje Oculto de la Esfinge
  • Patrick Geryl – La profecía de Orión
  • Robert Bauval – El misterio de Orión
  • William Bramley – Los Dioses del Eden
  • Juan Antonio Cebrián, Bruno Cardeñosa, Carlos Canales y Jesús Callejo – Enigma: De las pirámides de Egipto al asesinato de Kennedy
  • Javier Sierra – En busca de la Edad de Oro
  • Graham Hancock – Las Huellas de los Dioses
  • Tomás Martinez – Grandes Misterios del Pasado
  • Elise Jenny Baumgartel – The Cultures of Prehistoric Egypt
  • Manetón – Aigyptíaka (Historia de Egipto)
  • Heródoto – Los Nueve Libros de la Historia
  • Gaston Maspero – The Dawn of Civilization: Egypt and Chaldea
  • Vjacheslav I. Manichev @ Alexander G. Parkhomenko – Geological aspect of the problem of dating the Great Egyptian Sphinx construction
  • Helena Petrovna Blavatsky – La Doctrina Secreta
  • Zecharia Sitchin – El 12º Planeta
  • Zecharia Sitchin – La Escalera al Cielo
  • Armando Mei – Giza: le Piramidi Satellite ed il Codice Segreto
  • Mark Lehner – Todo sobre las Pirámides
  • Jean Phillippe Lauer – Le mystère des pyramides
  • Albert Slosman – El gran cataclismo
  • Albert Slosman – Y Dios resucitó en Déndera
  • Jean-François Champollion – Diccionario egipcio de escritura jeroglífica
  • Roger y Messod Sabbat – Los secretos del Éxodo
  • Ahmed Osman – Moisés, faraón de Egipto
  • Robert Charroux – El Libro de los Mundos Olvidados
  • Carlton Coon – Las razas de Europa

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