Abrid los ojos hacia vosotros mismos y mirad en el infinito del espacio y el tiempo. Oireis que alli vuelven a resonar el canto de los astros, la voz de los numeros y la armonia de las esferas. Cada sol es un pensamiento de dios y cada planeta una forma de ese pensamiento, y es para conocer el pensamiento divino que vosotras almas descendereis y remontareis penosamente el camino de los siete planetas y de los siete cielos suyos. HERMES TRISMEGISTO


Lo que la oruga ve como el final de la vida, el maestro lo llama una mariposa. RICHARD BACH

DEDICATORIA

Allí, donde habitan las mariposas, lo hacen tambien las hadas y los angeles, la verdad y la ilusion, la alegria, el amor, la dulzura y la fantasia; los mas bellos sueños y la esperanza.

Es el lugar donde los rios son de miel y las montañas de plata y diamantes; donde los seres alados bailan moviendose al ritmo de la musica de George Harrison y el aroma del Padmini; donde puedo descansar en grandes almohadones de plumas tejidos con hilos de seda y oro. Es mi refugio, y el de muchos que sueñan encontrarlo, sin saber aún que son mariposas.

Este blog esta dedicado a todos ellos y ojala puedan disfrutarlo como parte de su camino hacia el lugar donde habitaron o habitaran algun dia


Parameshwary
Enero 2009


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los cuatro acuerdos de la sabiduria Maya

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Secretos Parameshwary

viernes, 29 de marzo de 2019

Los Cátaros parte 3

El nombre de la madre de Mani, Mariam, y la anunciación que le fue hecha. están en línea con lo legendario del cristianismo. El defecto físico congénito que tenía Mani guarda relación con la cojera iniciadora que encontramos también en Vulcano, en Jacob, tras la lucha con el ángel y en Gengis Kan. Gilbert Durand (1921 – 2012), antropólogo, mitólogo y crítico de arte francés, señala que esos rasgos guardan casi siempre relación con la mitología del Fuego: «En numerosos escenarios y leyendas relativos a los “amos del fuego” los personajes son lisiados». Él carácter mítico de Mani se afirma también en sus progenitores. Su padre carece de alcurnia y ha hecho voto de castidad, mientras que su madre es de estirpe real. Por ello, su genealogía se revela por línea materna y gracias a rasgos prodigiosos, como concepción virginal, nacimiento anunciado o milagroso, hallazgo por casualidad, etc., que son otras tantas señales de su «oculta realeza», realeza espiritual que revelarán más tarde su misión. Igual observación respecto a At Taum, el Gemelo. En todas las mitologías del mundo los gemelos tienen una función simbólica y representan en particular la bipolaridad espiritual y animal a la vez. Por último, la muerte de Mani, cuyo cuerpo es despedazado, tiene también un sentido mítico. Al igual que Mani, el cuerpo del Osiris egipcio fue troceado, y Rómulo, Orfeo, Dionisio, Atis, etc., sufrieron la misma suerte. Según Gilbert Durand: «Numerosas tradiciones reflejan esta imagen de la muerte iniciadora». Así, en las ceremonias del chamanismo el postulante es hecho pedazos. Entre los indios, Pomo es despedazado por un oso. En la iniciación masónica, el iniciado es colocado en un ataúd. Aquí, la mutilación final de Mani aparece, desde el principio hasta el fin, como un relato intencionadamente simbólico. La palabra Mani, en sánscrito, designa una piedra preciosa, una gema, y era ya empleada como metáfora en las invocaciones a Buda. En tiempos de Mani se relacionaba también su nombre con la palabra siria Mana, que significa receptáculo o vaso, lo que hizo decir a los detractores que Mani era el «vaso del mal», mientras que para los apologistas era el «vaso de salvación». El sobrenombre de Maniqueo, que significa en realidad Mani, el Viviente (Mânî Hayyâ), fue también interpretado como queriendo decir el vaso que vierte el maná, etimología que demuestra el carácter simbólico que los contemporáneos, forzando el sentido de las palabras, atribuían al personaje. En fin, para sus adversarios, y quizá no sólo para ellos, Manes era el Loco (Maneis). Por otro lado, René Guénon ha subrayado el parentesco fonético de los nombres de los personajes mitológicos que desempeñan el papel de «legisladores primordiales», tales como el Men egipcio, el Minos griego, el Manú indio, etc., proponiendo explicar su semejanza por el papel de todos estos personajes, que son emanaciones o depositarios de la energía espiritual creadora del maná.

La idea mítica y mística, que Mani simbolizaba, había de conseguir éxitos siglos después, y muy lejos de la tierra que había visto nacer al maniqueísmo. Fue, en efecto, en el país de Oc, del siglo XI al XIII, donde había de reaparecer el maniqueísmo bajo el nombre de cátaros y conquistar para su fe a la población meridional. Y para extirpar dicha fe necesitaría la Iglesia romana, ayudada por los barones del Norte de Francia, cincuenta años de una guerra y una represión despiadadas, cuyo recuerdo permanece todavía hoy grabado en los corazones occitanos. Esta resurrección es un enigma, puesto que si es cierto que el catarismo se explica, en gran parte, por la organización propia de la sociedad occitana de la Edad Media, no lo es menos que esta sociedad difería por completo de la que existía en el siglo III en Babilonia. Tal vez el país de Oc, hace ocho siglos, reconoció en una herejía venida de Oriente la imagen de su propio origen. Hace unos veintiséis siglos, en un día del equinoccio de primavera, el viejo Ambigat, rey de Bourges, antigua localidad francesa del departamento de Cher en la región de Centro, que no tenía hijos, mandó llamar a sus dos sobrinos, Belloveso y Sigoveso, hijos de su hermana, y les dijo: “Sois jóvenes y espero que vuestras ambiciones estarán a la altura de vuestra cuna; mi reino, por famoso que sea, no puede bastaros. Es el mundo lo que tenéis que conquistar; yo os daré medios para ello”. Si hemos de creer al emperador romano Tito Flavio Sabino Vespasiano, comúnmente conocido con el nombre de Tito (39 – 81), la Galia era tan próspera que resultaba casi imposible evaluar sus recursos en hombres y bienes. En efecto: Bourges, cuyo nombre celta significa «cumbre», era entonces la capital de toda la Galia céltica, que se extendía desde Bretaña hasta el Rin y desde el Sena hasta las orillas del Garona. El rey de todo ese país de la Galia era el rey de Bourges. Berry es una provincia histórica de la Francia del antiguo régimen, con su capital en Bourges. Dos departamentos, el Cher e Indre son los herederos actuales de la antigua Berry. A sus antiguos habitantes se les llamaba los berrichon, ya que hablaban el dialectos berrichon. Pero a los berrichon también se les llamaba bitúricos, nombre que significa «reyes del mundo». Belloveso y Sigoveso consultaron a los augures para saber adónde les mandaba ir el destino, y a continuación, cada uno al frente de una fuerza de 150.000 hombres, se pusieron en camino. A Belloveso, cuya tropa se componía de berrichones, auverneses, provenzales y hombres de Chartres y de Autun, le había sido asignada Italia. Franqueó los Alpes por el puerto de los Taurins y fundó Milán. En el año 380 antes de nuestra Era, sus soldados se apoderaron de Roma, donde, antes de ocupar la ciudad a sangre y fuego, habían de tirarles de la barba a los impasibles senadores romanos, a quienes tomaron por estatuas.

Sorprendidos por haber visto la Ciudad Eterna humillada por gentes a las que consideraban salvajes, los romanos no se habrían de recobrar de aquella derrota, y sus historiadores intentaron borrar aquel traumatismo de la memoria colectiva. Sigoveso, por su parte, viajó hacia Oriente. Sus soldados eran los volscos tectósagos, quienes formaban el grueso de su ejército. Los volscos tectósagos estaban asentados entre el Mediterráneo, el Garona, la Montaña Negra y los Pirineos, región a donde acaban de llegar los griegos y que será más tarde el Languedoc cataro. Su capital es Toulouse, y se jactan de descender de los bebricios, a quienes, gracias a una aventura amorosa, deben su nombre los Pirineos. Los bébrices fueron un pueblo que habitaba en Bitinia. Según Estrabón, era una de las muchas tribus tracias que habían cruzado desde Europa hasta Asia. Según la leyenda fueron derrotados por Heracles o los Dioscuros, que mataron a su rey, Migdón o Ámico. Su tierra fue entonces dada al rey Lico de los mariandinos, que construyó la ciudad de Heraclea allí. Algunos versiones dicen que Ámico era hermano de Migdón, siendo ambos hijos de Poseidón y Melíade y reyes de los bébrices. Amico fue derrotado y muerto por Pólux en la expedición de los argonautas. Según la mitología, Pirene, hija de la danaide Bebrycius, vivía en el antro de Tarusco cuando Hércules pasó por allí. Según unos, el héroe iba a realizar el décimo de sus doce trabajos; según otros, regresaba de llevarlos a cabo. Más allá de las famosas columnas que había erigido a las puertas del Atlántico reinaba, en la isla Erythia, el rey Gerión. Este soberano, provisto de tres cabezas y de tres cuerpos, poseía los más hermosos bueyes del mundo, custodiados por un dragón y un perro. Hércules dio muerte a los guardianes y propietarios y se apoderó del magnífico rebaño. A Hércules le gustó Pirene, pero el idilio fue breve, pues otras hazañas le esperaban. Pirene, sin embargo, estaba muy enamorada y salió de su antro para alcanzar a Hércules, pero fue atacada por un oso. Al oír sus gritos, Hércules volvió sobre sus pasos, pero la joven había muerto. Hércules, en recuerdo de ella, dio el nombre de Pirineos a las montañas que habían albergado sus amores. El antro de Tarusco es hoy día la gruta de Lombrives, una de las más amplias de Europa, cerca de Ussat-les-Bains, en el Ariège. Allí muestran, brillando con todos los reflejos de sus estalactitas, el trono de Bebrycius, el lecho de Hércules y la tumba de Pirene.

Las leyendas tienen varios registros y otras tantas claves. Sin duda alguna, la primera de dichas claves es la protohistoria: en los mitos y epopeyas de nuestros más lejanos antepasados, los héroes, que representan pueblos, sus viajes tribulaciones, sus amores intercambios comerciales, sus mezclas de razas, y sus conflictos y conquistas. La leyenda que acabamos de narrar ilustra hechos protohistóricos confirmados por la arqueología moderna. Y Tartessos aparentemente fue una realidad. Situada en la desembocadura del Guadalquivir, su fama se extendió antaño por todo el mundo conocido gracias a sus fabulosos tesoros. Tras haberle consagrado su vida entera, el arqueólogo alemán Adolf Schulten, que creyó reconocer en ella la capital de la misteriosa Atlántida, descrita por Platón, dejó sentado que fue fundada, lo más tarde, hacia el siglo XII antes de nuestra Era, por navegantes etruscos. Origen que explicaría por qué tenía Gerión tres cabezas y tres cuerpos. En efecto, el poeta Virgilio llama a los etruscos populus triplex a causa de su organización confederal. Los etruscos eran pelasgos, pueblos predecesores de los helenos como habitantes de Grecia y un pueblo errante, marcado con el signo sagrado de la blancura, que fue sembrando por su camino «ciudades blancas» y países situado a orillas del mar Egeo, llamado Lidia. Según dice Heródoto, los lidios, al morir su rey Manes, sufrieron una hambruna que les obligó a emigrar. Guiados por su rey, Tyrrhenus, se hicieron a la mar, y bajo los nombres de tirrenos, raseni y luego etruscos, los hallamos, a su vez, a unos en Argos, que rodearon de murallas megalíticas, a otros en Albania, y a otros, los más numerosos, en Italia, donde fundaron Alba, la rival en aquella época de Roma, y además civilizaron el país. Algunos, por último, rechazados de Egipto en el año 1227 a. C. por el joven faraón Meneptah, inventor de los primeros carros de asalto, hubieron de reembarcarse rápidamente y emigraron más al Oeste. Estos últimos hallaron en la península ibérica una civilización ya antigua y que seguía floreciendo. Procedentes de África del Norte, los iberos habían pasado las Columnas de Hércules desde la época neolítica. A comienzos del segundo milenio, extraían oro, plata y cobre de las minas andaluzas. A los fundadores de Tartessos, mineros y metalúrgicos sin par, Iberia les recordó seguramente su Lidia, en la que las arenas auríferas del Pactolo enriquecieron al rey Creso. Pronto los ibero-etruscos llevaron sus naves a la conquista del valioso estaño hasta Bretaña, Irlanda y Albión, sembrando dichas tierras de templos megalíticos del sol, colosales y enigmáticos libros de piedra a imagen de los que se encuentran en España en la cueva de Menga (Antequera) y Los Millares.

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Hacia el año 1100 a. C., los fenicios se apoderaron de Tartessos como resultado de una batalla naval de la que Macrobio, escritor y gramático romano, del último cuarto del s. IV d. C., nos ha dejado un relato. En el siglo IX, Tartessos (la Tarsis de la Biblia), liberada de la dominación fenicia, era famosa en todo el mundo por su ciencia, su refinamiento y su riqueza. Fue su flota la que descubrió las islas de Madeira y Canarias, misteriosas «islas Afortunadas» en las que Homero situó a las bellas Hespérides, a los feacios, pueblo mítico de la Isla de Esqueria, y el pilar que sostiene el cielo, impidiéndole caer sobre las cabezas de los mortales. Y fue también su flota la que llevaba cada tres años al rey Salomón «el oro, la plata, el marfil, los monos y los pavos reales». Poco después los iberos atravesaban los Pirineos, disputando lentamente a los ligures salvajes la Aquitania y el Languedoc actuales. Los ligures fueron un pueblo protohistórico de Europa. Habitaban el sudeste francés y el noroeste italiano. Probablemente enraizado en el complejo cultural neolítico del Mediterráneo occidental, no está aún esclarecido si se trata de un pueblo pre-indoeuropeo o indoeuropeo de una oleada anterior a los celtas y a los latinos. Quedan supuestas trazas de su idioma en la toponimia y en la arqueología. Según Plutarco, se nombraban ellos mismos Ambrōnes, lo que significaría «pueblo del agua», como otro pueblo originario del norte de Europa. La palabra ligur es probablemente de origen griego. Algunos historiadores del siglo XX han estimado en dicho término, la transposición del nombre de un pueblo de Anatolia. Nino Lamboglia ha elaborado la hipótesis de la existencia de una raíz indígena liga, cuyo significado es «marisma, pantano». Camille Jullian, Pascal Arnaud y Dominique Garcia han sugerido que la palabra proviene del griego lygies, que significaría «muy elevado, sitio encaramado». Ligures significaría entonces «los de más arriba». Un fragmento de un texto de los Catálogos de Hesíodo (siglo VIII a. C.), citado por Estrabón, menciona a los ligures entre los tres grandes grupos de pueblos bárbaros, junto a los etíopes y los escitas. La interpretación más frecuente de este texto es que los ligures controlaban en aquel entonces la extremidad occidental del mundo conocido por los griegos. Este fragmento ha sido considerado válido por H. A. de Jubainville, C. Jullian o más recientemente por G. Barruol, G. Colonna o F. M. Gambari. No obstante, en la actualidad, a menudo es considerado como no auténtico, debido al descubrimiento de un papiro egipcio del siglo III d. C. que cita a los libios en vez de a los ligures. Se conjetura que tal vez el papiro contiene error de transcripción. Rufo Festo Avieno, en su traducción al latín de un antiguo relato de viajes, probablemente masaliota, datado a finales del siglo VI a. C., indica que los ligures antiguamente se habrían extendido hasta el Mar del Norte, antes de ser rechazados por los celtas hasta los Alpes. Avieno sitúa también Agde en el límite del territorio de los ligures y el de los iberos.

En el siglo VI se produjo un movimiento inverso. Los celtas procedentes del Norte conquistan la península ibérica. En el año 229, los cartagineses la invaden a su vez. Su general, Amílcar Barca, sorprende a Tartessos durmiendo en sus lechos de plata maciza y la arrasa, realizando la predicción hecha cinco siglos antes por el profeta Isaías. Así terminó la capital de los «pueblos patos». Con Tartessos desapareció todo el universo mediterráneo y no se ha  podido nunca encontrar la menor piedra de la misma. Tartessos, aunque sea en sentido figurado, ha corrido la misma suerte que la Atlántida. Fue hacia el siglo VII antes de nuestra Era, época en que el Imperio tartesio, en su apogeo, había progresado desde Andalucía hasta el cabo de la Nao, cuando los etruscos-iberos franquearon los Pirineos. Entre ellos, el grupo de los bebrices se asentó en la región de Foix, en el actual Sur francés, una parte de la cual, el Haut-Sabarthez, fue ocupada por la tribu bebricia de los «taruscos». Uno de los mejores especialistas de la civilización ibera, Édouard Philipon, dice lo siguiente: “Que estas poblaciones estuviesen emparentadas con los tartesios, es algo que no es posible poner en duda. En efecto; lo mismo que el nombre de Razés (en el valle medio del Aude) recuerda el de los raseni, el nombre de los «taruscos», que está estrechamente emparentado con el de los etruscos. Pero hay algo mejor: dos Tarraco, nuestros dos Tarascon (uno a orillas del Ródano y otro a las del Ariège), deben a los «taruscos» su fundación y su nombre. Y la tercera Tarraco, la Tarragona española, es la llamada por Ausonio tyrrhenica Tarraco, Tarragona etrusca“.  Pirene, en su doble calidad de hija de Bebrycius y de habitante de Tarusco, personifica a los tartesios, asentados en las montañas meridionales de Francia, confirmando su origen pelásgico. El detalle de la leyenda que hace de ella hija de una danaide va en el mismo sentido, pues Danao fue rey de Heracles-Hércules, que puede ser considerado fenicio, griego o celta, según la época en que se formó la leyenda. Las danaides fueron las cincuenta hijas del rey Dánao, hermano de Egipto, que tuvo cincuenta hijos varones. Después de que Dánao tuviera una disputa con su hermano Egipto, aquél se exilió junto con sus hijas en Argos, utilizando para ello un barco de cincuenta remos. La huida había sido aconsejada por Atenea, y como muestra de agradecimiento, las danaides edificarían en Argos un templo en su honor.  Cuando Dánao se convirtió en rey de Argos, la región padeció una enorme sequía. Las danaides fueron enviadas a buscar agua, y una de ellas, Amimone, estuvo a punto de ser violada por un sátiro. No obstante, Poseidón escuchó sus gritos de auxilio, y lanzó su tridente contra el agresor. Pero éste esquivó el arma, y finalmente el tridente se clavaría en una roca cercana, de la que comenzaron a manar tres torrentes de agua. Esta fuente sería la que salvaría a Argos de la sequía.

En el primer caso, su combate contra Gerión evocaría la toma de Tartessos, ciudad cerca de la cual los fenicios elevaron precisamente un templo a Melqart, el Hércules de Tiro. En el segundo, el desposeimiento del rey boyero recordaría la apertura por los focenses de una de las rutas terrestres del estaño, la Vía Heracleana, que unía Tarascon-sur-Rhône a Tartessos, pasando por Tarascon-sur-Ariège. No olvidemos que, después del ganado, las primeras monedas fueron pesas y piezas que representaban pieles o cabezas de buey, así como que los comerciantes griegos no eran considerados como modelos de honradez.  Este Hércules puede ser el de los celtas. Ogmios u Ogmión era el dios galo de la elocuencia y de la escritura, de su nombre deriva oghámico, ya que se supone que fue él quien inventó el alfabeto oghámico a base de muescas y rayas grabadas sobre piedra o madera. Representado como un anciano calvo y maltrecho por la edad, vestido con piel de león y lleva maza, arco y carcaj. Arrastra multitudes de hombres atados por las orejas con una cadena de oro en cuyo extremo pasa por la lengua agujereada del dios. Ogmios es la elocuencia segura de su poder, el dios que, a través de la magia, atrae a sus fieles. Es también símbolo del poder de la palabra ritual que une el mundo de los hombres con el mundo de los dioses. En su nombre se profieren las bendiciones a favor de los amigos y las maldiciones contra los enemigos. En Irlanda tenía su equivalente en Ogma el inventor de signos mágicos cuya fuerza es tan grande que puede paralizar al adversario. Asociado a los dioses romanos Hércules y Hermes en la tradición céltica oriental. Ogmio todavía puede verse en Toulouse. Y según los antiguos cronistas del Languedoc, la hazaña de Hércules señalaría la llegada a Iberia de los invasores nórdicos. Asentados en la salida de tres valles abiertos hacia España y Gascuña y controlando los accesos del paso de Puymorens, los «taruscos» vieron, durante siglos, desfilar por sus tierras hordas guerreras y convoyes comerciales procedentes del Sur o del Norte. El paso de Puymorens está situado en la carretera que lleva de Puigcerdá, en la actual Catalunya, al Pas de la Casa, en Andorra. Las hijas del país siguen siendo, aún hoy día, muy guapas; por lo que nada de extraño tiene, pues, que uno y hasta varios Hércules amasen a Pirene en Tarusco. Seguramente ello debió de llevarse a cabo sin demasiados miramientos. Y aquí llegaron los poetas, para dar a aquellos amores un sentido simbólico. El nombre de la diosa celtíbera Belisana, que significa «semejante a la llama», lo tradujeron en griego por Pirene, que viene de puros, equivalente al fuego. El sánscrito, lengua madre de todas las hablas indoeuropeas, llama al fuego pur. Las palabras, las imágenes y los ritos asocian el fuego a la pureza. Melqart era regenerado cada año por el fuego, y Heracles murió en la pira del monte Eta. En Roma, Hércules instituyó la incineración. Lo que devora a nuestros amantes legendarios es la llama pura de una pasión. Más tarde, para otros Puros, los montes de Pirene habrían de contemplar otra pira encendida, y el antro de Tarusco, que volvió a servir de refugio. Los celtas, pero por cuyas venas corre la sangre de los ligures y de los ibero-etruscos, cuyas tradiciones han recogido los tolosanos y de los que se proclaman herederos, que, bajo el áspero nombre de volscos tectósagos y siguiendo las huellas de Sigoveso, han alcanzado la Hélade y el Asia Menor al final de una increíble odisea que no es quizá otra cosa que una vuelta a la cuna de sus orígenes.

Según Estrabón (64 a. C. – 24 d. C.), geógrafo e historiador griego: «Los habitantes de Aquitania forman un grupo completamente aparte, no sólo por su idioma, sino por su aspecto físico, mucho más próximo al tipo ibérico que al tipo galo». Guiados por Sigoveso, el sobrino del rey de Bourges, los tectósagos habían comenzado por interesarse en la espesa selva herciniana. Siguiendo el curso del Danubio, «aquel pueblo bravío, audaz y guerrero, el primero después de Hércules que debiera a sus hazañas la admiración del mundo y el calificativo de inmortal, franqueó la temible cima de los Alpes y los lugares cuyo acceso parecía haber cerrado hasta entonces el frío». Torciendo hacia el Sur, el ejército llegó a continuación a Iliria, a orillas del Adriático, país en el que estaban asentados los antariates. Alejandro Magno, que tenía dificultades con estos últimos, ofreció su alianza a los recién llegados. «La fe fue dada y recibida. Alejandro les preguntó qué era lo que más temían en el mundo, persuadido de que su nombre se extendía por todas las regiones de los tectósagos y que inspiraba miedo a éstos. Pero se llevó una desilusión al responderle los tectósagos que lo único que temían es que se desplomara el cielo. Alejandro les dio el título de amigos y aliados y se limitó a decir: “Estos hombres son orgullosos”». Según Apiano (95 – 165), historiador romano de origen griego y autor de la Historia Romana, el cielo, lejos de caérseles encima, ayudó a los galos haciendo llover sobre Iliria tantas ranas que el hedor de las mismas engendró la peste y los antariates resultaron diezmados. Según Ateneo, retórico y gramático griego que floreció entre finales del siglo II y principios del III d. C., los galos, para afirmar su victoria, hicieron del precepto «A Dios rogando y con el mazo dando» un uso extensivo: «Los ilirios, en estando sentados, comen y beben continuamente; se reúnen todos los días con objeto de beber y comer con la más ex-tremada exageración. Por ello, los galos, que les habían declarado la guerra y se habían dado cuenta de su intemperancia, decidieron que cada soldado pondría en su tienda una mesa bien servida y bien abastecida, mezclando con la carne cierta hierba que aflojaba el vientre. Por medio de esta estratagema, los galos mataron a muchos ilirios; otros, que no pudieron cortar el cólico que sufrían, se tiraron al río». Así pues, fue un arma secreta la que permitió a los galos, hacia el año 200 antes de nuestra Era, conquistar Iliria.

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Desde allí, los galos siguieron adelante hacia Macedonia. Alejandro había muerto hacía treinta años y las luchas intestinas minaban el país. Los galos destrozaron el ejército del rey Ptolomeo Ceraunos, al que mataron, paseando su cabeza. Hecho esto, Breno, jefe ahora de la expedición, lo que quiere es conquistar  Grecia. Y de Grecia, lo que codicia es Delfos, la ciudad santa, el ombligo del mundo en el que el famoso templo de Apolo guarda, según él sabe, todo el oro de la Hélade, incrementado con ofrendas. Pausanias, viajero, geógrafo e historiador griego del siglo II, nos ha contado la aventura. Para asegurar su empresa, Breno describe los tesoros a sus soldados, a los que promete una campaña tanto más fácil cuanto que ha hecho desfilar ante ellos a prisioneros griegos, escogidos entre los más enclenques. Así, no tarda en reunir su ejército de 152.000 infantes y 20.400 jinetes, estos últimos organizados en trimarkesia, tres hombres para cada caballo, de suerte que si uno de ellos es muerto el siguiente ocupa inmediatamente su lugar. Los griegos habían cortado los puentes del rio Sperchios, pero 10.000 galos pasaron el río, unos vadeándolo, otros a nado y otros sobre puentes provisionales hechos con escudos. Esta vanguardia hace reconstruir, por los naturales del país, los puentes fijos, para que pase por ellos el grueso de las tropas, que van a sitiar Heraclea. Allí, Breno, a pesar de la valentía de sus soldados, sufre su primer revés. «La protección de los galos era débil, pues no tenían más que sus escudos, que no son resistentes. Lo único que sabían era lanzarse sobre el enemigo con ciego ímpetu, cual animales feroces. Ni heridos a hachazos y atravesados por espadas soltaban su presa ni abandonaban el aire amenazador y tenaz que solían tener. Seguían furiosos hasta el último aliento, y veíanse algunos que arrancaban de sus heridas el dardo mortal que los había alcanzado para lanzarlo contra los griegos y matar a los que se hallaban a su alcance». El ardor de los soldados de Breno empieza a debilitarse, pero éste persevera con firmeza. Envía a un cuerpo de tropa a aterrorizar Etolia. «Todo sexo viril fue mutilado, los ancianos fueron pasados a cuchillo, los niños de pecho fueron arrancados a los senos de sus madres para ser degollados y, cuando aparecía alguno que parecía nutrido con mejor leche que los otros, los galos se bebían su sangre y se hartaban de su carne. Las mujeres casadas y solteras que tenían algún sentimiento del honor se dieron ellas mismas la muerte; otras, obligadas a sufrir todas las indignidades que se puede imaginar, convirtiéronse a continuación en objeto de la burla de los bárbaros, tan poco sensibles al amor como a la compasión».

Al enterarse de esto, los etolios, tal y como lo había previsto Breno, abandonan las Termopilas para acudir en socorro de su tierra. Como consecuencia de ello el camino de Delfos queda abierto. He aquí ya la Ciudad del Sol, doblemente protegida. Los titanes la habían rodeado de murallas que la hacían inaccesible, y el Cirphis y el Parnaso apenas dejaban un paso encajonado al accidentado curso del rio Pleistos. Aquí tenemos la barrera de las rocas Fedriadas donde el agua sagrada de Castalia ruge al eco de los oráculos de la pitonisa. Y en este anfiteatro único en el mundo, al abrigo de las murallas levantadas antaño por Fílomelo, la ciudad. Y, dentro de la ciudad, el recinto sagrado en el que se alza el santuario más célebre de la antigüedad: Delfos. El templo tiene la entrada hacia Oriente. En él se ven innumerables exvotos, como la piedra de la primera sibila o la silla de hierro en la que se sentó Píndaro, así como el conjunto de los edificios del tesoro, la mayoría de los cuales están bajo tierra para proteger de la acción del aire el metal precioso de las ofrendas. También vemos el altar mayor de Apolo, guardado por un lobo de bronce y, a continuación, el pronaos, en cuyo frontispicio brilla la enigmática letra E de la que sólo los sacerdotes saben el significado. Por último, encontramos el Santo de los Santos, el Pytho, donde jamás había entrado un profano. En él mató Apolo a la serpiente que infestaba la región. Se dice que el lugar se llama así porque en él se pudrió el cuerpo del animal muerto. Y pudrir, en griego, se dice pythein, pero hay quien asegura que Pytho viene de pythestai (buscar). Y, en efecto, el Santo de los Santos tiene su secreto, el Ónfalo, la piedra blanca custodiada por dos águilas y que señala el centro del mundo. Al lado de esta piedra está el adytum, la caverna en que la pitonisa daba sus oráculos y cuyos contornos muestran otras cinco piedras, puestas, según se dice, por los gemelos Trofonio y Agamedes, los legendarios arquitectos del templo, que llevaron a la práctica los proyectos del dios. En el rocoso suelo de la caverna se abre una hendidura que comunica con las entrañas de la tierra. Sobre la hendidura se halla un trípode en que se sienta la pitonisa para oficiar. En el fondo del abismo suena el agua maravillosa del manantial subterráneo Casotis, y los vapores que suben del subsuelo provocan el delirio profético. Antaño, pasando por allí por casualidad, unos pastores ignaros, o ignorantes, envueltos por aquellos vapores, se habían puesto a vaticinar el porvenir. Así nació el oráculo al que ahora venían a consultar desde el mundo entero. Al lado del trípode pítico estaba el vaso donde se conservaban los huesos y los dientes de la célebre serpiente. Tal es Delfos, así llamada porque en ella Apolo se transformó un día en delfín resplandeciente para guiar alrededor del Peloponeso la nave de los sacerdotes cretenses. La fama del templo no cesó de crecer desde que los pelasgos pusieron los cimientos del templo:

En el siglo VIII antes de nuestra Era la pitonisa ya era célebre. Cinco sumos sacerdotes, escogidos entre familias que pretendían descender de Deucalión, hijo de Prometeo y la oceánide Pronea, no habían dejado de custodiar el santuario, echando a los profanadores a los precipicios y velando sobre los tesoros acumulados. Incluso Creso, famoso último rey de Lidia, figura entre los donantes. También se dice que los etruscos habrían confiado a Delfos su tesoro de Estado. Lo que sin duda ignoraba Breno es que el templo había ardido en el año 548, y que en el año 357 los focenses se habían apoderado de parte de sus riquezas, y que se había utilizado el tesoro para financiar la Guerra Sagrada. Cierto es que desde entonces las ofrendas habían vuelto a afluir. Durante el reinado de Filipo de Macedonia el tesoro del templo de Delfos se evaluaba todavía en diez mil talentos. El talento era una unidad de medida monetaria utilizada en la antigüedad. Tiene su origen en Babilonia, pero se usó ampliamente en todo el mar Mediterráneo durante el período helenístico y la época de las guerras púnicas. En el Antiguo Testamento, equivalía a cerca de 34 kg, y en el Nuevo Testamento, a 6.000 dracmas, o lo que es lo mismo, 21.600 gramos de plata. Tres carreteras llevaban a Delfos: la mayor, al Este, venía de Beocia; la segunda, al Oeste, del puerto de Cirra, y la tercera, por último, partía de Anfisa. Esta última es la que tomaron los galos. Llegados ante la plaza, Breno, si hemos de creer a Justino, historiador romano del siglo II, declara con impío humorismo: «Los dioses son lo bastante ricos para dar parte de sus bienes a los hombres». Las fatigas de la campaña habían hecho mella en la disciplina de los soldados, los cuales se habían dispersado sin orden ni concierto por las aldeas, robando víveres en abundancia. Y en el momento de dar el asalto habían comido y bebido bien. «Breno, para animarlos, les mostraba aquel magnífico botín, diciendo que las estatuas y los carros que veían a lo lejos eran de oro macizo y que encontrarían en el peso de aquellos objetos aún más riquezas de las que la vista parecía prometer; excitados por estas palabras y caldeados por los excesos de la víspera, los galos se metieron de rondón en el peligro». Los griegos, por su parte, habían consultado al dios, y Apolo había respondido mediante la pitonisa que se dejasen todos los tesoros en el templo, pues él los tomaría bajo su protección. Los dos ejércitos se envolvieron en una batalla. Pero, aunque Delfos fuese una baza de importancia fantástica, los historiadores de la antigüedad discrepan por lo que respecta al resultado del combate.

Según Pausanias, «viéronse señales evidentes de la cólera del cielo contra los bárbaros». La tierra estuvo temblando un día entero en la parte del campo de batalla ocupada por los galos. Luego, sobrevino una espantosa tormenta: «El rayo caía con frecuencia sobre ellos, pero no se limitaba a matar única-mente al que lo recibía: una exhalación ígnea se comunicaba a los que se hallaban próximos y los reducía a cenizas, tanto a ellos como a sus armas. Viéronse aparecer en el cielo los héroes de los tiempos antiguos que exhortaban a los griegos. Y como si los elementos se hubiesen jurado la pérdida dé los galos, desprendiéronse del monte Parnaso peñascos enteros que, rodando sobre ellos, aplastaban no sólo dos o tres hombres a la vez, sino grupos de treinta o cuarenta». El final del relato es similar. Los griegos, arengados por sus sacerdotes, contraatacan, mientras que los galos, presa del pánico, huyen matándose entre sí, y sólo un pequeño número consigue retirarse a Heraclea, donde Breno, ya herido en el combate, abrevia sus sufrimientos asestándose una puñalada tras haber echado un buen trago. Finalmente, los griegos exterminan a los últimos supervivientes cuando éstos se batían en retirada. «De suerte que, de aquel numeroso ejército que poco antes tenía tal confianza en sus fuerzas que había declarado la guerra a los dioses, no quedó uno solo para conservar el recuerdo de un desastre tan espantoso». Pero como, desgraciadamente, la historia se escribe según quién sea el narrador, Diodoro Sículo, Ateneo, Apiano, Estrabón v Justino cuentan las cosas de modo completamente diferente. Según ellos, los galos tomaron Delfos, entraron en el templo de Apolo y saquearon el tesoro que contenía. Justino señala que dicho tesoro fue llevado al campamento de Heraclea y que la mayor parte del mismo correspondió a los volscos tectósagos, que regresaron con el botín a su país. Pero apenas de regreso en Toulouse, una epidemia de peste diezmó la ciudad. Y como los volscos eran supersticiosos; habían heredado de los etruscos la creencia en los presagios y el arte de la adivinación. Tan orgullosos de su ciencia estaban sus augures, que hasta se vanagloriaban de haber enseñado a Pitágoras los misterios de la metempsícosis. Ansiosos de alejar la plaga, los tolosanos pidieron, pues, consejo a sus adivinos, que les dijeron: «Es el Cielo que castiga el sacrilegio de vuestros soldados. Para aplacar a los dioses tenéis que deshaceros de lo que les habéis robado. Echad todo el oro de Delfos al lago sagrado, cerca del templo». Al cabo de cierto tiempo llegó la ocupación romana, y los tolosanos, rebeldes al yugo, se aliaron a los teutones y helvecios para deshacerse de los ocupantes. Fue un éxito provisional, pero que no había de durar. El año 109 a. C., Toulouse fue reconquistada por Quinto Servilio Cepión, cónsul romano.

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Poco tardó Cepión, una vez dueño de la ciudad, al enterarse del sitio en que se hallaba el oro de Delfos, en hacer desecar el lago, arrancándole su fabuloso secreto: «Un peso de 110.000 libras de plata y 5 millones de libras de oro», según Justino. Cepión, en cuanto se adueñó del célebre tesoro, cogió el camino de Roma al frente de un pequeño ejército. Pensaba que aquella fortuna rápidamente ganada le iba a servir para sus ambiciones políticas. Pero al llegar cerca de Orange se le echaron encima los cimbros, pueblo germánico-céltico de la Edad Antigua, destrozando su ejército. Su regreso a Roma fue más bien trágico, ya que se llevó a cabo una encarnizada campaña contra el cónsul, que fue destituido, remplazado por Mario y desterrado de su patria por sacrilegio. Para consumar su humillación, sus hijas fueron entregadas por decreto a la prostitución y pronto habían de perecer de vergonzosa muerte, seguidas sin tardanza por su padre, que terminó sus días solo y arruinado. Las crónicas insisten en que el lago donde fueron arrojados los tesoros de Delfos duerme todavía bajo la nave de la célebre iglesia de Saint-Sernin, en Toulouse. Afirman que, a principios de la Era cristiana, el obispo Sylve hizo abrir un pozo para captar el agua del lago, y que en el siglo VIII el obispo Arrusus mandó construir una escalera que bajaba de la nave de la iglesia al lago subterráneo. Un día, Arrusus, que practicaba la magia, fue hallado muerto al pie de dicha escalera, la cual hizo tapiar su sucesor Mansio. Parece ser que al pie de la citada escalera había una sala larga y estrecha que contenía doce momias, ya que en ella los cadáveres no se pudrían, desde la cual, bajando unos cuantos escalones más, se llegaba al agua. Los cronistas añaden que posteriormente se negó la existencia de estas construcciones. Más tarde, sin embargo, un cronista llamado Montégut nos dejó el relato de dos sacerdotes que habían explorado aquel lugar misterioso: «Por una puertecita al lado de la cripta, que los canónigos han hecho tapiar después, bajaron con antorchas una escalerita de caracol que los llevó a una vasta galería sostenida por gruesos pilares que constituyen la continuación de los que sostienen la bóveda de la nave mayor. Dicha galería discurre en torno a un lago en el que echaron piedras que produjeron ondas concéntricas. El frescor allí reinante y un involuntario estremecimiento no les permitieron dar la vuelta a dicha galería, que les pareció tener la misma extensión que la nave».

En sus Mémoires de l’histoire du Languedoc, Guillaume de Catel (1560 – 1626),  consejero del parlamento de Toulouse, afirma que, en sus tiempos, el lago aún existía y que el rey Carlos IX de Francia lo vio en 1563: «Había en este lago grandes piezas de madera doradas y plateadas hechas a modo de piedras de molino, y en medio del teatro estaba escrito: Ecce Tolosanum infelix raptoribus aurum: He aquí el oro de Toulouse, maléfico para quien se apodera de él». En sus Recherches sur les antiquités de Toulouse, que se quedaron en manuscrito, Maillot cuenta que, en 1747, un cura de Saint-Sernin, llamado Leclerc de Fleurigny, hizo abrir la pared edificada por Mansio y descubrió un subterráneo en suave pendiente, de unos diez metros de longitud, terminado en una T cuyo brazo izquierdo conducía al pozo del obispo Sylve. Sea como fuere, en 1808 fue destapado dicho pozo, en el fondo del cual se hallaron dos pasillos abovedados que iban a parar, uno hacia la plaza Saint-Raimond y otro hasta una capilla de los Sept-Dormants. De la odisea de los volscos, los franceses han heredado una metáfora referida a cuando la mala suerte persigue a alguien: «Ahí anda el oro de Toulouse». Los relatos de los historiadores antiguos referentes a la odisea del oro de Delfos provocan sorpresa. Aunque no se puede poner en duda su base histórica, la discrepancia en los detalles revela una lenta alteración por la fábula. En primer lugar, Belloveso y Sigoveso, gemelos, tienen los elementos que caracteriza a los héroes míticos. Pero las dos corrientes migratorias que simbolizan sí que están atestiguadas por la Historia. El reino de Tarquino el Antiguo, en el que Tito Livio sitúa la salida desde Bourges de los dos hermanos, coincide con el paso del período de Hallstatt al de La Tène, es decir, con la puesta en movimiento de los celtas. La cultura de Hallstatt es una cultura arqueológica perteneciente al Bronce final y la Edad de Hierro. Fue Paul Reinecke quien primero asimiló el yacimiento de Hallstatt con los campos de urnas, creando una periodización que actualizó posteriormente Müller-Karpe. Así, Hallstatt formó parte de los campos de urnas y, a su vez, fue heredera de estos, manteniendo una clara continuidad, sin rupturas. Sin embargo, también recibió influencias diferenciadoras gracias a sus contactos con el norte de Italia (Golasecca), con colonos mediterráneos a través del Adriático, y también de los pueblos de las estepas de la Europa Oriental. La cultura de La Tène es una cultura perteneciente a la Edad del Hierro, también conocida como Edad del Hierro II. Es una cultura mayoritariamente celta, cuyo núcleo está en los Alpes, aunque en su apogeo terminará por extenderse por el centro de Europa, Francia, oeste de la península ibérica, islas británicas y parte del este de Europa.

Toulouse nace hacia esta época, lo que hace del todo verosímil la presencia de los volscos en la migración «sigovesiana». No obstante, el ritmo de los relatos oculta la lentitud de dicha migración. De hecho, los celtas necesitaron un siglo para alcanzar el Danubio, otro siglo para conquistar Iliria, y, luego, veinte o treinta años más para llegar, el 280, a las puertas de Delfos. Pero lo más oscuro de la epopeya sigue siendo la suerte de la ciudad. No merece mucho crédito Pausanias cuando describe el exterminio de los galos ante la ciudad de Apolo. Pausanias es griego y, como tal, parcial en sus opiniones. Según Pausanias los galos devoran con buen apetito a los recién nacidos, pero, siendo más de 150.000, se dejan aniquilar por solo 4.000 griegos. La intervención de los dioses no hace más verosímil la victoria de los helenos, sino al contrario: Pausanias ha tomado este relato, casi sin cambiar una sola palabra, del relato de la derrota de Jerjes, que puso sitio a Delfos un siglo antes que Breno. Y quien haya leído a los antiguos historiadores, sabe a qué atenerse cuando nos cuentan victorias tan halagadoras como improbables. Lo que dichos relatos ocultan invariablemente son derrotas aplastantes, relegadas por los vencidos a su inconsciente colectivo, convirtiéndolas en brillantes victorias, manifestaciones de la ayuda de los dioses. Pausanias escribe casi cinco siglos después de la batalla de Delfos, batalla que, doscientos años antes que él, Diodoro y Estrabón consideraban ganada por los galos. Además, Pausanias se contradice, ya que aquellos galos que había hecho morir delante de Delfos, no tarda en resucitarlos, unos en Asia Menor y otros en la llanura del Danubio. Y lo que sabemos hoy día acerca de estas migraciones atestigua que, en este punto, Pausanias decía la verdad. Así, pues, los galos tomaron, efectivamente, Delfos, pero los griegos tienen algunas excusas para haberlo ido olvidando, ya que el saqueo de aquella ciudad santa, a la que todos los reyes habían ido a arrodillarse, por gentes a quienes ellos tenían por salvajes debió de ser para los griegos una afrenta inaguantable y una injusticia de los dioses. Si Delfos fue tomada, es de creer que su templo fue saqueado y, por consiguiente, podemos aceptar los relatos referentes al traslado del tesoro a Toulouse. El autor del principal de dichos relatos es Justino, pero, en este caso, Justino no hace más que reproducir la narración de Trogo Pompeyo, cuya obra se ha perdido. Trogo Pompeyo era galo y pudo, pues, embellecer los acontecimientos en provecho de los suyos, como hizo Pausanias en beneficio de los griegos. Además, Justino, como Pausanias, escribió cinco siglos después de la batalla y, también como él, no se preocupa por la falta de verosimilitud.

La estimación de Justino de un tesoro de 2.550 toneladas de metales preciosos es poco creíble, ya que es muy superior a la que habrían hecho los griegos a la terminación de la Guerra Sagrada, es decir, menos de sesenta años antes de la llegada de Breno. De otro lado, la inmersión del tesoro en un lago cercano al templo tolosano de Apolo ha dado lugar a numerosas especulaciones. En Toulouse había un templo dedicado a Beleño, el Apolo celtíbero, que las antiguas crónicas de la ciudad lo sitúan allí donde se encuentra hoy día la iglesia de la Daurade, lugar en que no se cree que haya podido haber jamás un lago. Y si es cierto que en Toulouse había efectivamente un lago, o, mejor dicho, un estanque, era en el lugar en que se halla en la actualidad el barrio de Saint-Cyprien, donde nadie ha encontrado nunca huellas de un templo. Vemos pues que la tradición tolosana resuelve a su manera esta contradicción. Hay también un punto que Justino no explica. Se trata de que los volscos tectósagos, que habían tardado más de dos siglos en llegar a Delfos, no pudieron ir mucho más de prisa para volver. Su regreso a Toulouse se sitúa después de la estancia del consul romano Cepión en la ciudad. Entonces, ¿de dónde provenía el tesoro robado por Cepión? Estrabón nos da la respuesta más razonable: «Los tectósagos formaban parte de la expedición contra Delfos. Y hasta se asegura que los tesoros hallados en la ciudad de Toulouse por Cepión provenían de una parte de los despojos de Delfos, aumentados, es cierto, por las ofrendas que ellos habían hecho después a Apolo de sus propias riquezas. Sin embargo, la versión de Posidonio parece más verosímil: éste hace observar que las riquezas halladas en Toulouse, sea en el templo, sea en el fondo de los lagos sagrados, representaban un valor de 15.000 talentos, todo ello en materias no trabajadas, en lingotes de oro y de plata en bruto, y que el templo de Delfos en el momento en que fue tomado no contenía tales riquezas. Pero como la región de los Pirineos es muy rica en minas de oro, y sus habitantes (Posidonio no es el único en decirlo) son a la vez muy supersticiosos y de costumbres muy modestas, habíanse formado tesoros en di-versos lugares. Especialmente los lagos o estanques sagrados ofrecían refugios seguros donde se echaba el oro y la plata en barras; los romanos lo sabían y, una vez dueños del país, vendieron dichos lagos o estanques sagrados en provecho del Tesoro público, y más de un comprador encuentra, todavía hoy, lingotes de plata forjada en forma de piedras molares».

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Este relato nos dice que el célebre oro de Toulouse era autóctono, que su valor era superior al del tesoro de Delfos, y que estaba efectivamente depositado en los lagos pirenaicos que Roma, por esta razón, puso más tarde en adjudicación. Pero lo que ha de retenerse, sobre todo, es que los volscos, dado que atribuían al oro un significado mágico-religioso y simbólico, desdeñaban su valor mercantil hasta el punto de echarlo al agua. Por ello hemos de volver a mencionar las palabras pronunciadas por Breno a las puertas de Delfos: «Los dioses no necesitan tesoros, puesto que los prodigan a los hombres». Justino, que las cita, no ve en ellas más que «la burla de un hombre que sacrifica la piedad a la pasión del oro». Sin embargo, es lícito atribuir a dichas palabras un sentido completamente diferente, ya que Breno pudo muy bien querer decir: «Los dioses no necesitan para nada metales preciosos, puesto que lo que prodigan a los hombres son riquezas de orden espiritual». El relato de Diodoro Sículo nos demuestra que era así: «Habiendo entrado en el templo, Breno ni siquiera miró las ofrendas de oro y plata que allí había, limitándose a coger en sus manos las estatuas y echarse a reír de que hubiesen supuesto que los dioses tenían forma humana y los hubieran fabricado de madera y de piedra». Esta actitud bastaría para acabar con la imagen de una horda salvaje, sanguinaria y codiciosa, que trazan, cuando hablan de los galos, los historiadores griegos y romanos. Dicha imagen deformada por el partidismo es contradicha por todo lo que sabemos actualmente sobre el grado de desarrollo de que disfrutaba la Galia independiente y que subraya, entre otros, Henri-Paul Eydoux (1907 – 1986), hombre de letras y resistente francés, en su obra Les terrassiers de l’histoire: «El grado de civilización de aquellos pueblos galos que vivían en el siglo vi antes de nuestra Era, época que se califica de “bárbara”, presenta elementos extraordinarios. Los bitúrigos y los volscos tectósagos, principales participantes en la expedición hacia Delfos, eran particularmente prósperos. Bajo el reinado de Ambigat, los primeros tenían superabundancia de cosechas; en cuanto a los segundos, disponían de procedimientos químicos y metalúrgicos perfeccionados para explotar el oro y la plata de las minas y ríos pirenaicos». En esas condiciones, cuesta creer que la larga marcha hacia Delfos, incluso acompañada de violencias guerreras, tuviera como finalidad el saqueo de un templo que, por otra parte, estaba empobrecido. Así, un excelente experto en la cultura celta, Jean Markale, sorprendido por las palabras atribuidas a Breno y desenredando la confusa madeja de los relatos, ha hecho aparecer la expedición de Delfos, en un estudio muy notable, bajo un aspecto completamente nuevo, ya que lo considera una empresa esencialmente religiosa. Entre los primeros habitantes de Europa occidental y los de Grecia habían existido lazos que se perdían en la noche de los tiempos, y cuyo recuerdo conservaban las tradiciones de unos y otros.

El culto al dios solar era común a griegos y celtas. Sus nombres, en ambas lenguas, procedían de una raíz común, y sus leyendas les hacían viajar desde las remotas regiones hiperbóreas hasta la península helénica. Según Jean Markale, especialista en la mitología celta: «Ahora bien, si el Sol es la imagen más perfecta de la divinidad, el oro es el símbolo del Sol. El oro de Delfos es, pues, la imagen del dios, imagen completamente válida para un celta que se niega a admitir el antropomorfismo. Así podría explicarse la atracción ejercida por Delfos sobre Breno. La actitud de Breno echándose a reír en el templo adquiere un nuevo sentido: tratábase, en la mente del jefe galo, de despreciar los ídolos y devolver al culto solar su sencillez de antaño». Así, se adivina en la marcha de los ejércitos una forma de peregrinación iniciadora. Ir hacia el oro de Delfos, conquistar y traerse aquel oro más simbólico que material, era para los hijos de Pirene destronar un culto degradado y recobrar un dios de luz. La marcha hacia Delfos constituía, en cierto sentido, la búsqueda de la pureza. Jean Markale añade: «Para un celta, la aventura que termina mal materialmente corresponde a una aventura intelectual o espiritual que ha salido bien. La expedición hacia Delfos es una búsqueda del Graal, al cabo de la cual los héroes descubridores de la gran Verdad no pueden ya soportar la vida y se llevan a la tumba su secreto». Realmente es una apasionante historia la de los orígenes de Aragón y Catalunya, los cátaros y la cruzada que emprendió la Iglesia contra ellos para permitir la anexión francesa de Occitania. Los míticos cátaros no solamente fueron una secta herética cristiana, sino que además tuvieron un papel revelador en el devenir del continente europeo. En Occitania aprovecharon la ausencia de un poder laico firme para organizarse en una iglesia totalmente autónoma de la de Roma. Fue entonces cuando la Iglesia Católica emprendió una cruzada para acabar con los herejes, permitiendo que Francia arrasara sin piedad la región occitana. En medio de esta lucha intestina la Santa Sede intentó poner orden, entronizando a Jaime I, rey de Aragón y conde de Barcelona, que no sólo hizo honor a su sobrenombre de el Conquistador, con la toma de Baleares, Valencia y Murcia, sino que además su diplomacia internacional logró mantener las aspiraciones de sus sucesores sobre Occitania y sentó las bases para la expansión mediterránea de la Corona de Aragón. Cátaros, Inquisición, grandes reyes, caballeros, templarios, cruzadas, tiempos de conquista, guerras, alzamientos populares y ambiciosos papas se entremezclan en la historia de la Europa occidental del siglo XIII.

Eran tiempos difíciles para la Corona de Aragón cuando en el año 1213 accedía al trono Jaime I el Conquistador. Su padre, Pedro II, murió en la batalla de Muret en un intento por extender sus dominios al sur de Francia. Desaparecía así la posibilidad de una expansión ultra pirenaica de la Corona de Aragón. De esta forma tan simple se nos suele presentar la derrota catalana – aragonesa sufrida durante la Cruzada Albigense cuando estudiamos la historia de Catalunya y Aragón, que integraban la Corona de Aragón. La historia de la expansión de la Corona de Aragón por las tierras de Languedoc, el sur de la actual Francia, y la posterior conquista de los territorios de Al-Andalus musulmán, mezcla cuestiones políticas, económicas y religiosas. Los hechos relacionados con la batalla de Muret forman una parte importante de la historia de la Corona de Aragón. La Cruzada Albigense derivó en acontecimientos transcendentales para el mundo occidental, y no solo condujo al repliegue en la expansión catalana- aragonesa más allá de los Pirineos. Ni tan siquiera los asuntos eclesiásticos quedaron al margen, ya que la Cruzada supuso la creación y expansión de las órdenes religiosas mendicantes de los hermanos dominicos y franciscanos. Del mismo modo, estos hechos condujeron a la instauración de la Inquisición, lo que significó un giro radical en la política de la Santa Sede. Esta historia trata sobre la ayuda que brindó un rey a sus vasallos ante un ejército invasor. Pero el ejército invasor era el de los cruzados franceses, al mando de Simón de Montfort, mientras que el monarca salvador era Pedro II, rey de Corona de Aragón. La muerte de Pedro II en Muret no supuso la renuncia definitiva a la expansión ultra pirenaica de la monarquía catalana – aragonesa, ni a su vez llevó a reorientar la conquista hacia el Reino de Valencia. Sin embargo, sí que es cierto que este hecho hizo tambalear los cimientos de los estados bajo el gobierno de Pedro II y que produjo una guerra civil en el momento de la sucesión al trono. Pero pese a todo, Muret no consiguió que la política de Jaime I el Conquistador difiriera demasiado de la de su padre. Las aspiraciones de Jaime I con respecto al Mediodía francés permanecieron intactas incluso más allá del famoso tratado de Corbeil (1258), donde a pesar de que el monarca estampaba su firma en un documento donde renunciaba a los territorios en litigio a cambio de la paz con Francia, los hechos demuestran que en realidad siempre estuvo maquinando alianzas matrimoniales como armando ejércitos para hacerse con lo que él consideraba su patrimonio.

Las pretensiones de los soberanos catalanes – aragoneses sobre Occitania no acabaron con Pedro II. Con Jaime I el Conquistador, la Corona de Aragón nunca pudo dedicarse plenamente a la expansión hacia el sur musulmán, ya que la Occitania era demasiado importante. Cierto es que lo que motivó realmente la conquista de Valencia fue otra batalla que aconteció un año antes que la derrota de Muret. Se trataba de la decisiva victoria de las Navas de Tolosa (1212) sobre los almohades musulmanes. La batalla de Las Navas de Tolosa enfrentó el 16 de julio de 1212 a un ejército aliado cristiano formado en gran parte por las tropas castellanas de Alfonso VIII de Castilla, las catalanas – aragonesas de Pedro II de Aragón y las navarras de Sancho VII de Navarra contra el ejército numéricamente superior del califa almohade Muhammad an-Nasir en las inmediaciones de la localidad jienense de Santa Elena. Fue iniciativa de Alfonso VIII entablar una gran batalla contra los almohades tras haber sufrido la derrota de Alarcos en 1195. Para ello solicitó al papa Inocencio III apoyo para favorecer la participación del resto de los reinos cristianos de la península ibérica, y la predicación de una cruzada por la cristiandad prometiendo el perdón de los pecados a los que lucharan en ella; todo ello con la intercesión del arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada. Saldada con victoria del bando cristiano, fue considerada por las relaciones de la batalla inmediatamente posteriores, las crónicas y gran parte de la historiografía como el punto culminante de la Reconquista y el inicio de la decadencia de la presencia musulmana en la península ibérica, aunque en la realidad histórica las consecuencias militares y estratégicas fueron limitadas, y la conquista del valle del Guadalquivir no se iniciaría hasta pasadas unas tres décadas. A pesar de la relativa facilidad con la que se podían conquistar los territorios musulmanes del futuro Reino de Valencia, Jaime I nunca dejó de lado el tema occitano. En definitiva, fue una batalla lo que motivó la conquista de Valencia, pero no la de Muret, sino la de las Navas de Tolosa. Languedoc, la región por la que se enfrentaron, en la batalla de Muret, Pedro II el Católico, monarca de la Corona de Aragón y el noble francés Simón de Montfort, señor de Ile-de-France y vasallo del rey francés Felipe II, estaba constituido por un conjunto de señoríos y feudos del monarca catalán – aragonés desde tiempos de Alfonso II y no pertenecía a Francia, o al Reino de los francos, desde el final de la dinastía carolingia.

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En el año 481, el nieto de Meroveo, Clodoveo I, fue coronado rey de los francos. Durante la permanencia en el trono de este monarca, el reino se mantuvo unificado y abarcó la actual Francia y parte de lo que hoy es Alemania. Asimismo, Clodoveo se convirtió al cristianismo, hecho que le valió el apoyo del clero y de la nobleza galo-romana y que, además, supuso el inicio de las excelentes relaciones de los reyes francos y de sus descendientes con la Santa Sede a lo largo de toda la Edad Media. Finalmente, el próspero reino unificado de los merovingios acabó desmembrado, como consecuencia de la costumbre franca de repartir la herencia. Los francos se caracterizaban fundamentalmente por ser un pueblo guerrero, por lo que su ejército ansiaba nuevas conquistas para obtener cuantiosos botines. El mantenimiento de las tropas necesarias para poder llevar a cabo las innumerables campañas militares francas suponía un alto coste para las arcas reales. Se trataba de un gasto elevado al que debemos sumar el alto precio que significaba también contar con el respaldo de la nobleza cristiana. Todo ello condujo al enriquecimiento de algunas familias importantes. Estos prósperos linajes constituyeron el origen de los mayordomos reales. La lucha entre las familias más poderosas concluyó cuando el nieto del rey Pipino el Viejo, Pipino de Heristal, heredó hacia el año 680, de su abuelo, el título de mayordomo real de Austrasia, parte nororiental del reino Franco durante el periodo de los reyes merovingios, en contraposición a Neustria, que era la parte noroccidental, y que era uno de los estados que resultó al quedar dividido el Reino franco. Pipino se impuso sobre sus rivales hacia el 687 y logró de nuevo la unificación. Pipino de Heristal mantuvo a los monarcas de la dinastía merovingia en el poder como simples figuras decorativas, y este fue el origen de la saga de mayordomos y reyes más importantes de los francos. A Pipino de Heristal le sucedieron su hijo Carlos Martel y su nieto Pipino el Breve. Este último destronó, con el apoyo del papado, al último rey merovingio en el año 751, convirtiéndose en el primer monarca de la dinastía carolingia. Una pregunta que nos podemos hacer es por qué recibían los carolingios ayuda de la Santa Sede. En el año 751 los lombardos acabaron por expulsar a los bizantinos de Italia con la toma de Rávena, y con esto la Santa Sede se libraba por fin del yugo del Imperio romano de Oriente. Sin embargo, la Ciudad Eterna seguía sin ser libre, ya que únicamente había cambiado de dueño y ahora pasaba a manos de los bárbaros lombardos. El mayordomo real Pipino tenía poder suficiente para librar a Roma de los invasores, pero no era rey y necesitaba el consentimiento de la Iglesia para destronar al último merovingio. Finalmente esto sucedió, y al poco tiempo Pipino era coronado rey de los francos e iniciaba sus campañas contra los lombardos. En dos empresas bélicas el monarca franco derrotó a los invasores y en 756 entregó el territorio del antiguo exarcado bizantino de Rávena al papado.

Carlomagno no solo heredó de su padre, Pipino, un reino franco unificado, sino que conquistó Lombardía, el norte de Hispania y creó la Marca Hispánica y el Reino ávaro, que se extendía por tierras de las actuales Alemania, Austria y Hungría. Cuando en el año 780 accedió al trono bizantino Constantino VI con tan solo 10 años, su madre, Irene, se hizo con la regencia del imperio. Con el tiempo, Constantino alcanzó la edad adulta, pero su madre tenía bien cogidas las riendas del poder y no las quería soltar, hasta tal punto que encarceló y ordenó cegar a su hijo. Una vez Irene consiguió el apoyo necesario, se coronó emperadora y esquivó casarse nuevamente para así evitar que su esposo se apropiara de su cetro. Debido a las ideas machistas de la época, no se reconocía la autoridad de gobierno de las mujeres, por lo que fuera del ámbito de Constantinopla se consideraba que el título imperial se encontraba vacante. El papa León III no dudó en nombrar a un nuevo emperador romano, de modo que el día de Navidad del año 800 Carlomagno fue coronado en la Ciudad Eterna. En consecuencia, dos emperadores se repartían el mundo conocido a comienzos del siglo IX: Irene en el Imperio romano de Oriente y Carlomagno en Occidente. Para Isaak Asimov, Carlomagno nunca vio con buenos ojos su entronización. El rey franco entendía que el legítimo emperador romano se sentaba en el trono de Constantinopla y, además, se trataba de una mujer. El Papa no tenía ningún derecho a coronar a un emperador, ya que esta facultad pertenecía en todo caso al patriarca de Constantinopla. La principal diferencia entre el Imperio bizantino y el de Occidente bárbaro estribaba en las relaciones de la Iglesia con el Estado. En Oriente, la Iglesia estaba sometida al Estado y el emperador disfrutaba incluso de potestad para deponer al patriarca. Por el contrario, en Occidente eran los estados los que estaban sometidos a la Iglesia. Los papas excomulgaron y coronaron reyes a voluntad e incluso depusieron a los monarcas que no les satisfacían. Por lo tanto, ocurría algo similar a lo que pasa hoy en día en un régimen islámico, donde estado y religión llegan incluso a confundirse. Quizá fue por esto por lo que en Occidente se desarrolló una oscura Edad Media, mientras que Bizancio vivió mil años iluminado por la época clásica. Al final de su reinado, Carlomagno dejó el imperio en herencia a su único hijo superviviente, Luis I. Pero a la muerte de éste quedó dividido entre sus tres vástagos, Lotario, Luis el Germánico y Carlos el Calvo, según la costumbre de los francos, y nunca más volvió a reunificarse.

La región de Languedoc, situada en el sudeste de la actual Francia, formó parte de un reino unificado de los francos en varias ocasiones. Pero tras la dinastía carolingia no volvió a encontrarse en la órbita francesa hasta el siglo XIII, cuando los ejércitos cruzados al mando de Simón de Montfort dieron comienzo a un largo proceso de anexión. Cuando en 1209 falleció su hermano Alfonso, Pedro II, monarca de la Corona de Aragón, heredó los condados de Provenza, Gavaldán y Millau, aunque la relación de los condados catalanes y Aragón con el Languedoci venía de antiguo. Tras la dinastía carolingia y con la aparición del sistema feudal, el reino franco quedó dividido en innumerables señoríos. Los condes de Barcelona iniciaron en el siglo XI una política de alianzas matrimoniales con las familias nobiliarias de los numerosos señoríos independientes de Occitania, con el objetivo de asegurarse sus derechos sucesorios. Estos señoríos se irán afianzando con el paso de los años y concluirán con el matrimonio de Pedro II con María, heredera de Montpellier, en 1204. A pesar de todo, la relación de la Corona de Aragón con el sudeste francés no acaba con la incorporación de señoríos, sino que, además, existían también unas complejas relaciones de vasallaje con muchos condados y vizcondados de esta región. De este modo, cuando Alfonso II de la Corona de Aragón se anexionó el condado de Provenza por derecho sucesorio, esto se vio acompañado, además, por el juramento de fidelidad y vasallaje que le prestaron numerosos señores de Languedoc, como María, condesa de Bearn (1170); Céntulo V, vizconde de Bigorra (1175); el vizconde de Narbone, así como los señores Hernardo Ato de Nimes y Rogelio V de Béziers (1178). En definitiva, podría decirse que en tiempos de la Cruzada Albigense los señoríos de Languedoc o bien pertenecían a la Corona de Aragón, casos de Provenza, Gavaldán, Millau, Carladés y Montpellier, o bien tenían estrechas relaciones de vasallaje con el monarca catalán – aragonés, como Bearn, Migorra, Cominges, Foix, Carcassonne, Nimes y Toulouse. La Corona de Aragón mantenía lazos de unión muy profundos con Occitania, y no solamente con Montpellier como podría creerse. Ante la invasión de esta región por parte de un ejército extranjero, el monarca de la Corona de Aragón debía actuar bien como soberano bien como señor feudal, puesto que las relaciones de vasallaje, según la costumbre de la época, llevaban aparejada la prestación de ayuda militar en el caso de una agresión exterior. Y esto fue precisamente lo que ocurrió.

Es sorprendente que la Corona de Aragón lograra incorporar estos vastos territorios del actual sur francés sin tener que recurrir a las armas, sino simplemente a través de alianzas. Esto lo podremos llegar a entender si hacemos una revisión a los orígenes de la Corona de Aragón. En un principio, los dos núcleos más importantes de la Corona de Aragón, Catalunya y Aragón, fueron un conjunto de condados fundados por los francos durante el reinado de Carlomagno. Estos condados, junto con otros territorios pirenaicos, formaban parte de la denominada Marca Hispánica, que se extendía a lo largo de los Pirineos. Esta estaba integrada por diferentes condados, gobernados cada uno de ellos por un conde, y era defendida por tropas que se hallaban bajo las órdenes de un marqués. Las marcas eran una serie de provincias fronterizas que durante el reinado de Carlomagno se fueron creando para defender los límites del imperio. La Marca Hispánica era una de las más importantes de estas regiones extremas, ya que constituía la frontera que defendía el imperio de los constantes ataques musulmanes. Los territorios que acabarían convirtiéndose en el reino de Aragón, antes de juntarse con los territorios catalanes del los condes de Barcelona, fueron en su origen los condados francos de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza. No se conoce a ciencia cierta quiénes fueron los primeros condes de estos territorios. Lo único que podemos afirmar es que hacia el año 800 un tal Aureolo, visigodo para algunos y franco para otros, era el titular del condado de Sobrarbe, sometido a la autoridad de los reyes francos. Tres años después murió el conde Aureolo y el musulmán Amrus ibn Yusuf de Huesca ocupó el condado. Aznar Galíndez I, otro conde nombrado por el rey franco, recuperó hacia el año 814 Sobrarbe. Estos hechos ponen de manifiesto la gran importancia que suponía tener el control de la región pirenaica para la integridad del Imperio franco. Con el sucesivo desmembramiento del Imperio carolingio, los condados aragoneses fueron independizándose de los francos, a la vez que iban aproximándose poco a poco a la dinastía navarra. Los condados aragoneses consiguieron finalmente su independencia, en esta ocasión de los monarcas navarros, a la muerte del rey de Pamplona Sancho III el Mayor (1035), que repartió su herencia entre sus hijos. A su primogénito García Sánchez III le legó Pamplona y dejó el condado de Aragón a Ramiro I y los condados de Ribagorza y Sobrarbe a Gonzalo. Estos tres últimos territorios constituyeron el Reino de Aragón cuando Ramiro I se anexionó Ribagorza y Sobrarbe a la muerte de su hermano (1044). No obstante, los destinos de Aragón y de Navarra volvieron a unirse cuando el hijo de Ramiro I, Sancho I Ramírez de Aragón, aprovechando la bacante en el trono pamplonés, fue coronado rey. En esta ocasión, Sancho Ramírez ostentaba los títulos de rey de Aragón y de Navarra.

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La nueva dinastía aragonesa destacó por la lucha que mantuvo contra los musulmanes, especialmente Alfonso I el Batallador (1104-1134), rey de Aragón y de Navarra. Alfonso I dirigió sus campañas militares con el fin de hacerse con Zaragoza y Lleida, puntos estratégicos para, a más largo plazo, llegar a Tortosa y Valencia, desde donde podría embarcar sus tropas hacia Jerusalén e iniciar una cruzada en Tierra Santa. Alfonso I no consiguió todos sus objetivos, pero durante su reinado Aragón duplicó su extensión territorial. A su muerte, nombró herederos de sus reinos a las órdenes militares de San Juan, el Temple y el Santo Sepulcro. Sin embargo, la reacción de la nobleza navarra y aragonesa no se hizo esperar. Navarra aprovechó el desconcierto para recobrar su independencia y nombró rey a García Ramírez, mientras que la nobleza aragonesa hizo lo propio con Ramiro II, el hermano monje de Alfonso I. Ramiro II el Monje inició pronto su política para afianzar el reino. Para ello intentó concertar el matrimonio de su hija Petronila con un hijo del rey castellano Alfonso VII, pero finalmente decidió casarla con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV. Los orígenes de Catalunya se remontan a la época de Carlomagno, cuando los francos conquistaron varios territorios musulmanes y establecieron en ellos una serie de condados durante el siglo IX. Destaca la conquista de Barcelona en el año 801 por Luis I, hijo de Carlomagno, y el nombramiento del noble franco Bera como conde de la ciudad de Barcelona. En el año 844 fue designado por primera vez un conde oriundo, Sunifredo. Su hijo Guifré el Pilós (878-897) recibió el condado de Barcelona junto con los de Girona y Osona. Fue el último conde designado por nombramiento real e inició la dinastía que regiría los condados catalanes de manera ininterrumpida y por transmisión hereditaria. Con el sucesivo desmembramiento del Imperio carolingio, los condados catalanes, al igual que los aragoneses, se independizaron progresivamente de los francos. Tras la muerte de Carlomagno (siglo IX), el imperio fue decayendo y los numerosos territorios que lo integraban fueron adquiriendo cada vez más autonomía, hasta tal punto que, ya casi en el siglo en el que se enmarca la Cruzada Albigense (siglo XIII), las tierras que protagonizan esta historia, es decir, los territorios aragoneses, catalanes y occitanos, eran señoríos independientes, a pesar de que los reyes franceses nunca dejaran de renunciar a ellos por considerarse sucesores de los carolingios.

La independencia de Catalunya de los francos no se alcanzó hasta el año 987 con el conde Borrell II. Sin embargo, su sanción jurídica aguardó otros dos siglos y medio, hasta la firma del Tratado de Corbeil (1258), momento a partir del cual los reyes de Francia renunciaron a sus derechos sobre los condados de la Marca Hispánica como herederos de Carlomagno. Con la conquista de la Cuenca de Barberá y el Campo de Tarragona (siglo XI), así como con la reunión de los condados de Urgel (948), Besalú (1111), Cerdaña (1117) y Perelada (1131), Barcelona consolidó su hegemonía en Catalunya. El nacimiento de la Corona de Aragón se produjo cuando Ramiro II el Monje prometió su hija, Petronila, con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV (1137). A partir de ese momento, Ramón Berenguer IV se convirtió en príncipe de Aragón, por lo que actuó indistintamente como dueño y señor de ambos territorios, Aragón y Catalunya, y su heredero; Alfonso II (1162-1196) fue rey de Aragón y de Catalunya, de modo que a partir de ese instante los destinos de ambos estados permanecieron unidos. A pesar de esta unión, la Corona de Aragón debe entenderse como un conjunto de estados que estuvieron bajo la jurisdicción de un mismo rey, pero donde cada uno de ellos conservó sus propios gobiernos, leyes, instituciones, moneda, lengua, etc. Cada nuevo estado que se incorporaba a la Corona recibía sus propios fueros y mantenía su autonomía. Aunque el soberano de esta federación utilizara preferentemente la denominación de rey de Aragón, esto no significaba la preeminencia o hegemonía de este reino sobre los demás estados integrantes. Frecuentemente, esta hegemonía recaía sobre otros estados miembros, y un claro ejemplo de ello es la preeminencia económica catalana durante el siglo XIV y la valenciana a lo largo del siglo XV. Una vez explicadas la autonomía y las libertades que conservaban los territorios que conformaban la Corona de Aragón, es fácil entender los deseos de los señoríos independientes de Languedoc por pasar a formar parte del conjunto de estados integrados bajo la figura del monarca de la Corona de Aragón. Este hecho fue, además, una de las causas del triunfo de la herejía cátara en el Languedoc. Hacia mediados del siglo XII se desarrolló una secta cristiana en la región de Languedoc, cuyos miembros fueron llamados cátaros o albigenses. Eran, en esencia, misioneros austeros y castos que predicaban un mensaje de amor, tolerancia y libertad. El origen de la herejía es incierto, pero podemos afirmar que surgió antes de la segunda mitad del siglo XII, ya que existen documentos de esa época que ponen de manifiesto la inquietud de los papas.

Según Paul Labal, en su obra Los cátaros: herejía y crisis social (1982), a finales del siglo XII podemos encontrar ya el movimiento herético consolidado, lo que necesariamente significa que la génesis es bastante anterior, a pesar de que la Iglesia no reparara en ello. Las crónicas medievales nos dan información de dos contagios heréticos, uno a comienzos del siglo XI y otro a mediados del XII. Hacia principios del siglo XI, Adémar de Chabannes (989 – 1034), monje e historiador francés, y otros cronistas como Raúl le Glabre, André de Fleury y Landulfo comentan la presencia de herejes en diferentes lugares de Occidente. Adémar de Chabannes dice sobre los herejes de Aquitania que estos “niegan el bautismo y la cruz, se abstienen de tomar alimentos y fingen castidad. Algunos de ellos han sido descubiertos en Toulouse y han sido exterminados”. Todos estos grupos de herejes poseían varias características comunes, ya que detestaban las cosas materiales, hasta el punto de rechazar la sagrada cruz por considerarla no más que un pedazo de madera; despreciaban los templos cristianos, ya que a su entender simplemente eran una construcción más, y negaban también la habitual práctica cristiana de dar el bautismo a los niños, al creer que este sacramento carecía de sentido porque los niños no tenían uso de razón. En Francia y en Italia no tardará en producirse la reacción de las autoridades contra el nuevo movimiento religioso. Hacia finales del primer cuarto del siglo XI, encontramos la que podría ser la primera hoguera de la Edad Media, ordenada por el rey francés Roberto el Piadoso en Orleáns, a la que poco después se unirán otras regiones como Toulouse, Aquitania y Piamonte. A partir de ese momento, la dura represión a la que se verá sometida la nueva religión parece dar resultado. En apenas medio siglo, las autoridades eclesiásticas y seculares piensan que no ha quedado ni rastro de la herejía. Sin embargo, en el siglo XII la herejía brotará sorprendentemente de nuevo en la Iglesia católica y precisamente en las mismas regiones donde surgieron los grupos heréticos del siglo XI.

Hacia el año 1138, un cura llamado Pedro de Bruis recorría el sur de la actual Francia predicando lo mismo que postulaban los herejes del siglo XI, ya que rechazaba la eucaristía, los templos y el bautismo de los niños, y nuevamente se produce una respuesta similar por parte de las autoridades católicas. Para la Iglesia Católica la hoguera parece ser el único método eficaz para purificar cuerpo y alma. Si la quema de herejes se había mostrado útil para hacer desaparecer el anterior contagio herético, esta no podría resultar menos efectiva con las nuevas variantes surgidas. A lo largo del siglo XII encontramos ejemplos de linchamientos populares, como los casos de Colonia (1144 y 1163) y Vézelay (1167). No obstante, a pesar de las innumerables hogueras, el movimiento hereje irá ganando adeptos en el Languedoc, donde las enseñanzas de Pedro de Bruis se habían extendido pese a su ejecución. Asimismo también arraigarán en la Lombardía, lugares en los que poco a poco el nuevo cristianismo conseguirá gozar de mayor libertad. Todos los grupos de herejes surgidos en Europa occidental en esta época presentaban las mismas características. Todos ellos manifestaron las mismas prácticas, que fueron tildadas de heréticas, y como consecuencia todos estos grupos han acabado siendo llamados cátaros. La mayoría de los autores son partidarios de la teoría de un origen común de los grupos de herejes que encontramos en Europa occidental en los siglos XI y XII. La mayoría defienden la idea del origen oriental de la herejía y sostienen que deriva del maniqueísmo, tal como ya hemos indicado antes. Hacia el siglo XII poco o nada quedaba en la Iglesia Católica de la humildad, la pobreza, el ascetismo, la austeridad, la sencillez y la predicación y proximidad al pueblo llano que caracterizaban la Iglesia primitiva, y este vacío será ocupado con éxito por los herejes cátaros en el siglo XII. Los grandes señores feudales oprimían de una manera abusiva y cruel a los campesinos, base del sistema socioeconómico medieval. En un régimen casi de esclavitud, los siervos no podían dejar de lamentarse de que Dios no les ayudaba a superar la cruda realidad del sistema feudal. Pero en el siglo XII la Iglesia no tenía respuesta a estas inquietudes de los feligreses. En cambio, los herejes del siglo XII supieron escuchar y hablar al pueblo. Con su cosmogonía dualista del bien y el mal, los cátaros sí respondieron a las cuestiones planteadas por los fieles. Y si a esto le sumamos la afirmación de que el diezmo eclesiástico era un impuesto superfluo e inútil y la propuesta de organizar comunidades de iguales donde cada uno se ganará la vida con el trabajo de sus manos, es fácil comprender las razones del éxito que alcanzaron las sectas heréticas. Con estas dos ideas, el campesinado interpretó que los herejes se proponían acabar con los causantes de sus males, es decir, la Iglesia y el sistema feudal.

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Paul Labal considera que el año 1167 es la fecha que marca el fin de la prehistoria del catarismo. En mayo de ese año, en Saint-Félix-de-Caraman (Occitania), una gran multitud de hombres y mujeres de la iglesia de Toulouse y de otras iglesias vecinas se reunieron para recibir el consolament, único sacramento en el rito cátaro, de manos del papa Nikétas, venido especialmente de Oriente para organizar la Iglesia occitana. En esta ocasión sí que se produjo un contacto entre grupos herejes de Oriente y Occidente, pero hay que destacar que el encuentro se llevó a cabo a mediados del siglo XII, una época en la que el catarismo ya estaba afianzado. Nikétas acudió en 1167 a Languedoc para organizar una Iglesia cátara ya bien arraigada. En ese mismo año, los herejes del Reino de Francia fueron perseguidos cruelmente por las autoridades. Por el contrario, en los estados de Languedoc, los cátaros practicaban su culto con total libertad. En Francia, reino católico por excelencia de la Edad Media y el mayor benefactor del favor papal, las autoridades reaccionaron rápida y efectivamente. Mientras que en el resto de Europa, hacia mediados del siglo XII, los herejes eran perseguidos y quemados, en los condados y vizcondados independientes de Occitania no solo eran tolerados, sino que además su doctrina contaba con un elevado número de seguidores. Las principales causas que explicarían el triunfo del catarismo en Languedoc pueden resumirse en el singular atractivo de su doctrina, el carácter liberal y tolerante de la región occitana y el ambiente caótico creado como consecuencia del conflicto entre la Corona de Aragón y Toulouse. Según Anne Brenon, en su libro La verdadera historia de los cátaros (1998), debemos a Eckbert de Schönau, clérigo de Renania, la invención del término cátaro, hacia 1163, para designar a los herejes. El término conocería un gran éxito tras la difusión de la obra de Charles Schmidt, escrita en 1848, y titulada Historia y doctrina de la secta de los cátaros. A pesar de que es la denominación que se emplea aún hoy en día, carece de carácter histórico, puesto que en la época de la herejía, como ya hemos visto, sus detractores se referían a ellos simplemente como maniqueos o herejes, y los llamados cátaros se autodenominaban simplemente cristianos, pobres de Cristo o apóstoles.

El término albigense fue empleado por primera vez por Bernardo de Claraval, abad del Císter, hacia 1145, durante una misión por las tierras de Albi (Languedoc), donde dio el nombre de herejes albigenses a los que actualmente llamamos cátaros. Sin embargo, para Paul Labal el origen de esta palabra es algo posterior, en 1183 aproximadamente. Cabe destacar que tejedor es sinónimo de albigense, una palabra que se utilizaba para designar a los herejes de la región occitana, puesto que muchos de sus adeptos practicaban este oficio para ganarse la vida, siguiendo el ejemplo del apóstol Pablo. En resumen, podríamos decir que hereje y maniqueo designan desde la Edad Media a todo grupo religioso cristiano disidente, mientras que cátaro se emplea en la actualidad para referirse a cualquier comunidad de herejes entre los siglos XII y XIV, siempre y cuando estos tengan una visión dualista del mundo. Y, por último, albigense o tejedor aluden a los cátaros de la región occitana. La historia de los cátaros también constituye un importante capítulo en la historia de las ideas. La herejía giraba en torno a la cuestión del bien y el mal. Lo que sucedía era un desacuerdo esencial entre la ortodoxia católica y la heterodoxia cátara. Para los cátaros, el mundo no era obra de un Dios bueno, sino la creación de una fuerza de las tinieblas, inherente a todas las cosas. La materia era corrupta, por tanto no tenía nada que ver con la salvación. Había que hacer poco caso a los complejos sistemas ideados para intimidar a la gente y obligarla a obedecer al hombre que tenía la espada más afilada o la bolsa más llena de dinero. La autoridad mundana era un fraude, y si estaba basada en cierto decreto divino, como sostenía la Iglesia, era también una hipocresía. El dios que merecía la adoración cátara era un dios de luz, que gobernaba en el mundo invisible, etéreo y espiritual. Este dios, sin interés en lo material, no se preocupaba por si alguien hacía el amor antes de estar casado, tenía por amigos a judíos o musulmanes, trataba a hombres y mujeres como iguales, o hacía alguna otra cosa contraria a la doctrina de la Iglesia medieval. Correspondía a cada individuo, hombre o mujer, decidir si estaba dispuesto a renunciar a lo material y llevar una vida de abnegación. Si no era así, seguiría volviendo a este mundo, esto es, se reencarnaría, hasta estar preparado para abrazar una vida lo bastante inmaculada para permitirle el acceso, tras la muerte, al mismo estado dichoso que hubiera experimentado como ángel, antes de haber sido tentado y perder el cielo al principio de los tiempos. Así, salvarse significaba llegar a ser santo. Condenarse era vivir, una y otra vez, en este mundo corrupto. El infierno estaba aquí, no en cierta vida futura inventada por la Iglesia para que la gente estuviera siempre aterrorizada.

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Creer en el Mal en el mundo visible y el Bien en el mundo invisible es ser dualista, una idea que ha sido compartida por otros credos durante la larga historia de la humanidad. No obstante, el dualismo cristiano de los cátaros postulaba un lugar de confluencia entre el bien y el mal. Se trataba del corazón de cada ser humano. Allí, nuestro vacilante destello divino, remanente de aquel estado angelical anterior, esperaba verse liberado del ciclo de reencarnaciones. Si sus dogmas eran verdaderos, los sacramentos de la Iglesia devenían forzosamente nulos y sin valor por el simple motivo de que la propia Iglesia era un engaño. Para los cátaros, los atavíos eclesiásticos, muestras de riqueza y poder mundano, servían sólo para poner de manifiesto que la Iglesia pertenecía a la esfera de lo material. Tampoco el resto de la sociedad eludía las consecuencias revolucionarias del pensamiento cátaro. Esto fue especialmente cierto en el tratamiento a las mujeres. Los cátaros creían que las mujeres estaban capacitadas para ser guías espirituales. Quizás incluso más subversiva era la repugnancia que sentían los cátaros por la costumbre de hacer juramentos. El hombre medieval pensaba de otra forma, pues el juramento era el reforzamiento contractual de la primitiva sociedad feudal. Proporcionaba un valor sagrado al orden existente, ya que no podía crearse ni transferirse ningún reino, propiedad o vínculo de vasallaje sin establecer un lazo en forma de juramento, sancionado por el clero, entre el individuo y la divinidad. Como dualistas, los cátaros creían que intentar unir los hechos del mundo material a la imparcialidad del buen Dios era un ejercicio de ilusionismo. Con asombrosa facilidad, el predicador cátaro podía representar la sociedad medieval como un imaginario e ilegítimo castillo de naipes. Por lo tanto, para los poderes existentes el catarismo era una herejía perfecta. La Iglesia Católica no podía permitir que el éxito de los cátaros la humillara públicamente. Aunque a menudo la doctrina cátara escapaba a la comprensión de sus adversarios, se urdieron fantásticas calumnias sobre sus costumbres. Su nombre, que en otro tiempo se creía que significaba «los puros», no fue invención suya. Actualmente se cree que «cátaro» es un juego de palabras alemán que significa «el adorador de los gatos». Durante mucho tiempo se rumoreó que los cátaros realizaban el denominado «beso obsceno» en el trasero de un gato. Y se decía que consumían las cenizas de niños pequeños muertos y se entregaban a orgías incestuosas.

El término «albigense» es rechazado por las convenciones históricas modernas, ya que limita el alcance geográfico del catarismo. Fue idea de un caballero cruzado según el cual los herejes creían que nadie podía pecar de cintura para abajo. Hoy sabemos que los cátaros se referían a sí mismos como «buenos cristianos». Pero hubo quiénes prestaron oídos a los rumores de que les gustaban los gatos y quemaban a los niños pequeños, así como a otros relatos sobre el desarrollo de un credo cristiano alternativo. El poder de la Europa feudal cayó sobre el Languedoc con gran furia. En muchos aspectos, el odio suscitado por los herejes enmascaraba que las cruzadas cátaras se produjeron porque la civilización occidental se hallaba en una encrucijada. El historiador británico Robert Ian Moore considera que los años cercanos al 1200 constituyeron un momento decisivo que dio lugar a «la formación de una sociedad perseguidora». Se tardaría siglos en reparar el daño causado por ciertas decisiones. Puede contemplarse el destino de los cátaros como la historia de una disidencia no preparada para hacer frente a la fuerza de sus adversarios. El Languedoc de los cátaros estaba demasiado debilitado por la tolerancia para resistir el ataque de sus vecinos. Según Carlos Fisas, en su obra El fin de la apasionante aventura de los cátaros (1997), la herejía cátara no es demasiado conocida debido al recelo de los inquisidores que persiguieron a sus adeptos. Por lo tanto, no existen apenas fuentes cátaras, ya que fueron destruidas en su mayoría. Los únicos documentos que han perdurado son los que provienen del bando vencedor, de la Inquisición, a partir del siglo XIII, y del clero. Gracias a estos escritos nos ha llegado la mayoría de lo que hoy conocemos sobre la herejía cátara. Un ejemplo de estas fuentes lo encontramos en la descripción de la doctrina cátara que hace Evervin de Steinfeld, abad de Renania. Los cátaros estaban organizados en comunidades mixtas bajo la autoridad de un obispo. Al igual que los herejes del año 1000, no creían en la humanidad de Cristo, sustituían la Eucaristía por una simple bendición del pan y absolvían los pecados por un rito de imposición de manos, de la misma forma que los bogomilos, basándose en las prácticas de la Iglesia primitiva. Oponían a Dios a este mundo, negando todo carácter de autenticidad a la Iglesia, y declaraban la oposición entre Dios (el Bien) y el mundo (el Mal). En definitiva, seguían el modelo de los apóstoles y de los primeros cristianos, quienes también practicaban la imposición de manos, eran austeros y humildes y rechazaban lo material. Estos herejes, en palabras de Anne Brenon, negaron el Antiguo Testamento, considerado un libro diabólico, puesto que en él Yahvé o Jehová se nos presenta como un dios malvado y vengativo. Por lo tanto, para la visión dualista cátara resultaba evidente que el creador de todo lo material no podía ser otro que el Maligno.

El mal habita en el mundo y es imposible que un dios bondadoso sea el responsable de su creación. Con su ingeniosa visión dualista del universo, la herejía cátara parece surgir para dar respuesta a los problemas del pueblo llano. El mal predomina en el mundo porque el mundo es el infierno y el Diablo, su creador. El alma está envuelta por un cuerpo material que es presa fácil para las tentaciones a las que lo somete Satán. En consecuencia, el movimiento cátaro necesariamente se tenía que mostrar tolerante con los pecados del hombre. Esta diferencia con respecto a la Iglesia católica contribuyó en buena medida al triunfo del catarismo. En la Edad Media, la mujer apenas tenía participación en la vida social y, en la mayoría de las ocasiones, incluso era considerada un mero objeto para asegurar la descendencia; algo muy similar a lo que ocurre hoy en día en los países islámicos. Como ejemplo de cómo veía el clero a la mujer en aquella época, podemos leer estas palabras de Bernardo de Claraval, abad de la orden del Císter: “La mujer es el origen de todos los crímenes y de todas las impiedades, engaña e induce al mal mediante sus gestos, sus actos, sus artificios. Toda ella es carne; su gozo su imperio, su luz es la noche. No soporta el pudor, engendra sin orden ni concierto (… ) esclava del dinero, hermosa podredumbre, dulce veneno, más que viciosas sepulcro de concupiscencia, es el vicio en persona, la perfidia, lo dañino incluso el crimen, (… )”. Pero a pesar del punto de vista católico, el papel que desempeñó la mujer en la Iglesia cátara fue amplio y activo. Las religiosas herejes no solamente fueron numerosas, sino que además ejercieron funciones similares a las del clero masculino, también llamados perfectos, e incluso se les reconoció cierta autoridad. Las clérigos cátaras o perfectas tenían derecho a dar el consolament a sus fieles, algo a lo que ni de lejos podían aspirar sus homologas católicas, cuya función se reducía a ser simples monjas, inactivas en cuanto a la administración sacramental se refiere. La herejía seguía sumando puntos a su favor en detrimento de una Iglesia católica cada vez más inoperante. El movimiento cátaro continuaba afianzando su masivo éxito en regiones como el Languedoc. Además, la nueva religión logró penetrar en todos los estratos sociales. Podemos encontrar grandes señores y caballeros segundones que aspiraban a no pagar el diezmo y que codiciaban las tierras de la Iglesia, burgueses que no hallaron sanción alguna sobre el pecado de la usura, el pueblo llano que ya tenía quien le aclarara sus dudas existenciales, mujeres que vieron reconocido su papel en la sociedad, e incluso clérigos católicos disconformes con los métodos evangelizadores carentes de predicación que empleaba la Iglesia.

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Desde el punto de vista de Paul Labal, casi nada de su ritual podía herir la sensibilidad del católico ordinario. Por el contrario, lo que sí hacía daño a la Iglesia era que cada vez eran más los que se escapaban de su órbita, de cualquier condición social, atraídos por los cátaros, de forma que el diezmo eclesiástico se dejaba de satisfacer en las regiones donde triunfaba la nueva religión, y es que la Iglesia cátara no cobraba impuestos eclesiásticos a sus fieles. Como indica Juan Eslava Galán (1998), los cátaros eran austeros y caritativos, por lo que estaban en contra del cobro de tributos y, como afirmaban ellos, “no fue Cristo quien los estableció”. Esta fue probablemente una de las razones más importantes del triunfo del catarismo. En la época de la herejía, siglo XII y comienzos del XIII, Languedoc era una región formada por numerosos señoríos, donde la mayor parte de ellos estaba bajo la influencia de la Casa de Barcelona, bien como feudos semiindependientes que rendían homenaje al Conde de Barcelona, bien como estados miembros de la liga catalana-aragonesa. El pertenecer o estar en la órbita de una confederación de estados tan liberal como era la Corona de Aragón, donde cada miembro conservaba su autonomía y su identidad propia, y el hecho de que el titular de esta Corona se encontrara frecuentemente ocupado en los alejados asuntos peninsulares, daba mayor libertad a los estados occitanos, hecho que fue ampliamente aprovechado por el catarismo. Mientras que en el resto de Europa los herejes eran quemados, en Languedoc gozaban de casi plena libertad de actuación. Como afirma Paul Laval, la tolerancia religiosa en Occitania fue una realidad familiar y cualquier noble católico de Occitania tenía parientes o amigos en la herejía. Un ejemplo de ello son los grandes señores de Languedoc, que fueron culpados de proteger herejes, como Raimundo-Rogelio, vizconde de Béziers, Carcassonne y Albi; Raimundo-Rogelio, conde de Foix, y Raimundo VI, conde de Toulouse. La alta nobleza del Reino de Francia persiguió de forma insistente y activa a la herejía. En cambio, los titulares de los señoríos occitanos se mostraron inoperantes ante el auge de la nueva religión, por lo que fueron condenados por el papa Inocencio III y sufrieron la invasión de sus ejércitos cruzados. Ya desde finales del siglo XII, los condes catalanes empezaron a demostrar un interés especial por Occitania, quizás como consecuencia de su proximidad geográfica, pero sobre todo por los lazos culturales que unían a las dos regiones. Esta cuestión se puso de manifiesto debido a la política de alianzas matrimoniales desarrollada por la Casa de Barcelona e incluso con la compra de los derechos sucesorios de algunos señoríos languedocianos.

Cuando en el año 1112 se produjo el matrimonio del conde de Barcelona, Ramón Berenguer III, con Dulce, condesa de Provenza, la política expansionista catalana chocó pronto con los intereses del señorío más importante de la región occitana, el condado de Toulouse. Dulce aportó a su marido el Gavaldán y los condados de Millau y Carladés, lo que podía dar a Catalunya la hegemonía sobre el Languedoc. Un conflicto armado por la hegemonía occitana entre Toulouse y Barcelona resultaba casi ineludible, únicamente era cuestión de tiempo. En un principio los dos estados trataron de evitar la guerra, por lo que en 1125 acordaron repartirse Provenza. En el acuerdo alcanzado, los condados de Provenza, Gavaldán y Millau quedaban en manos de un noble de la dinastía barcelonesa, de modo que Catalunya se aseguraba su vasallaje y una posible anexión, hecho que se verá consumado en 1166 al morir el conde Ramón de Toulouse sin descendencia y, en consecuencia, heredar sus posesiones su pariente el rey Alfonso II de la Corona de Aragón. Por otro lado, el tratado reconocía la autoridad de Toulouse sobre las tierras al norte del río Durance, el denominado marquesado de Provenza. La ausencia de una unidad política consolidada, la existencia de territorios autónomos y los conflictos entre Toulouse y Catalunya-Aragón posibilitaron el éxito del catarismo, que aprovechó este desorden político para conseguir el triunfo, al igual que luego hicieron los cruzados, que conquistaron con facilidad casi toda la región. Desde el punto de vista de las autoridades católicas, la herejía esencial de los cátaros fue su concepción de la naturaleza divina de Cristo. Según el catolicismo, Cristo fue el hijo que envió Dios al mundo, bajo simple apariencia humana. Pero, según los cátaros, puesto que el mundo y todo lo que habita en él es malvado, es imposible que el hijo de Dios se encamara en un humano. Oficialmente este fue el pecado que cometieron los herejes. A pesar de ello, lo que en buena medida importaba a la Iglesia era dejar de ejercer un control efectivo sobre los territorios en los que había triunfado la herejía, zonas en las que, por lo tanto, dejaban de satisfacer el diezmo eclesiástico. Hacia comienzos del siglo XII, la situación a la cual se había llegado en la región de Languedoc era insostenible para la Santa Sede. El papa Inocencio III decidió poner fin a la herejía cátara de forma diplomática al principio, aunque solo fuera para salvar las apariencias. De la misma forma el principal señor de Occitania, Pedro II de la Corona de Aragón, también optó por una solución pacífica del conflicto. Para encauzar las negociaciones, Inocencio III únicamente se planteó recurrir a los austeros monjes languedocianos de la orden del Císter, a su entender los más capacitados para tratar el delicado asunto cátaro.

En consecuencia, en 1203 el Papa designó como legados pontificios a dos frailes de la abadía cisterciense de Fontfroide, Raúl de Fontfroide y Pedro de Castelnau, a los que un año más tarde se unió el abad del Císter en persona, Arnaud Amaury, quien después llegaría a ser el líder espiritual de la cruzada. Raúl de Fontfroide y Pedro de Castelnau participaron en febrero de 1204 en una reunión en Béziers, presidida por el rey Pedro II. En este encuentro tuvo lugar un careo entre los sacerdotes católicos y los perfectos cátaros, sin que llegaran a aproximar sus posiciones. Además de organizar el acto, Pedro II aceptó viajar a Roma para reconocerse vasallo de la Santa Sede. Por su parte, el Papa lo coronó con gran pompa y le otorgó el título de católico, sobrenombre con el que este rey ha pasado a la historia. Con esta acción Inocencio III admitía la autoridad de Pedro II sobre Languedoc a cambio de su apoyo en la lucha contra la herejía. En un principio Pedro II el Católico se mostró mucho más tajante que su padre Alfonso II con los cátaros y en lugar de expulsarlos, los sentenció a todos a pasar por la hoguera. Sin embargo, el Papa no encontró ningún apoyo en los señores de Occitania. Pero aunque Pedro II fue inflexible frente a los herejes, no estaba dispuesto a hacer uso de la fuerza contra sus vasallos languedocianos, tan culpables a ojos de la Iglesia como los propios cátaros, simplemente por no condenar a los herejes. Sin la cooperación de las autoridades occitanas, el cometido negociador de los cistercienses no tardó en derivar en un rotundo fracaso. No obstante, Inocencio III no quiso dar todavía por agotada la vía diplomática y designó nuevos monjes para llevar a cabo este cometido. Hacia 1206 Diego y Domingo Guzmán, obispo y viceprior de Osma (Castilla), respectivamente, partían desde Roma a Occitania al encuentro de los legados cistercienses tras entrevistarse con el sumo pontífice. Al ver la esterilidad de los debates cistercienses con el alto clero cátaro, los frailes castellanos decidieron combatir el problema desde su propio origen. De forma inmediata, Diego y Domingo iniciaron una misión predicadora por tierras occitanas, dispuestos a acercarse a los feligreses cátaros. Para ello se dedicaron a emplear la estrategia que tanto éxito había dado a los perfectos cátaros. Predicaban el verbo de Dios viajando en la más absoluta pobreza y humildad, sin dinero ni ninguna otra posesión material. Pero el modo de vida apostólico adoptado por los frailes castellanos precisaba paciencia de parte de unas autoridades católicas demasiado inquietas para poder obtener resultados tangibles. Por fin el clero católico se situaba al nivel del pueblo y comenzaba a escuchar sus demandas.

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El Papa, disgustado por la ausencia de resultados concretos, conocedor de la fuerza de la emergente Iglesia albigense y sabedor del profundo conocimiento del Evangelio que poseían los perfectos cátaros, comenzó a maquinar la idea de recurrir al uso de la fuerza para acabar con la herejía. El movimiento cátaro había llegado a constituirse en una nueva Iglesia y esto resultaba inaceptable para Roma. De hecho Inocencio III nunca renunció al uso de las armas para acabar con la herejía. En concreto, encontramos tres cartas que el Papa envió a Felipe II de Francia al respecto. Inocencio III contaba con el apoyo del rey francés, por lo que en 1204 le escribió indicándole la legitimidad de la conquista y la anexión de los señoríos languedocianos, ya que según el sumo pontífice en ellos habitaban únicamente herejes o protectores de herejes. La Cruzada no fue otra cosa que un pretexto político para un problema religioso. También debe tenerse en cuenta que el año en el que Inocencio III escribió a Felipe II coincide con la toma de Constantinopla durante la Cuarta Cruzada, una expedición encaminada a liberar Tierra Santa y que derivó en la invasión de la capital bizantina. Los ejércitos de la Cuarta Cruzada jamás llegaron a su objetivo inicial, Jerusalén. Pero ni tan siquiera salieron de Europa, sabedores de que en Constantinopla había un botín más suculento y fácil de obtener. El corazón del rico Imperio bizantino se hallaba inmerso por esas fechas en una guerra civil que facilitó la entrada de los cruzados en la, hasta la fecha, inexpugnable Constantinopla. Vemos que el ideal de una cruzada estaba presente pero, por desgracia para la Santa Sede, Francia se encontraba en esos momentos sumida en una guerra contra Inglaterra. Por lo tanto, la carta de Inocencio III no tuvo el efecto deseado. Un segundo intento del Papa por conseguir la participación del rey francés en la cruzada, en 1205, fue nuevamente estéril, al igual que una tercera tentativa, en 1207. El Papa anhelaba el mando de la cruzada para un poderoso señor feudal, a la altura de los reyes de Francia o la Corona de Aragón. Pero ante la inoperancia de Pedro II contra los señores occitanos, protectores de herejes, a Inocencio III únicamente le quedaba la opción del monarca francés. Inocencio III esperó pacientemente una respuesta positiva por parte de Felipe II, pero llegó un momento en el que se vio forzado a convocar oficialmente la cruzada sin conseguir la ansiada dirección de la misma para Felipe II. La gota que colmó el vaso fue el asesinato del legado pontificio, Pedro de Castelnau. El monje cisterciense fue asesinado a orillas del Ródano por un escudero de Raimundo VI de Toulouse, quien creyó que de este modo se ganaría el favor del conde de Toulouse. De hecho, el asesinato no había sido ordenado por el conde, pero sobre él recayó la culpa.

El 9 de marzo de 1208, menos de dos meses después del asesinato del legado pontificio, Pedro de Castelnau, Inocencio III convocaba la cruzada con una carta dirigida a los arzobispos de Narbone, Arles, Embrun y Lyon, así como a los condes, barones y poblaciones del Reino de Francia. La carta, según Juan Eslava y Paul Labal, decía: “Expulsadle, a él (Raimundo VI de Toulouse) y a sus cómplices, de las tierras del Señor. Despojadles de sus tierras para que habitantes católicos sustituyan en ellas a los herejes eliminados (… ) La fe ha desaparecido, la paz ha muerto, la peste herética y la cólera guerrera han cobrado nuevo aliento. Os prometemos la remisión de vuestros pecados a fin de que, sin demoras, pongáis coto a tan grandes peligros. Esforzaos en pacificar las poblaciones en el nombre de Dios, de la paz y del amor. Poned todo vuestro empeño en destruir la herejía por todos los medios que Dios os inspirará. Con más firmeza todavía que a los sarracenos, puesto que son más peligrosos, combatid a los herejes con mano dura y brazo tenso (… )”. Ante esta propuesta, que otorgaba el derecho de conquista a sus participantes, muchos nobles no se lo pensaron dos veces y acudieron a la convocatoria del pontífice. Estos señores feudales en su mayoría eran vasallos del rey francés. Aunque la dirección de la cruzada fue rechazada por Felipe II, los territorios que llegaron a conquistar sus vasallos cayeron en la órbita del rey francés. Se iniciaba de esta forma el largo proceso de anexión de Occitania al Reino de Francia. El proyecto de recuperación de las tierras languedocianas, que pertenecieron en tiempos de Carlomagno al antiguo Reino de los francos, estaba en marcha. En junio de 1209 el ejército cruzado, formado por unos veinte mil jinetes y cuarenta mil soldados de infantería, se concentraba en Lyon. Finalmente, Felipe II accedió a colaborar con el envío de los ejércitos de dos de sus hombres, el duque de Borgoña y el conde de Nevers. Sin embargo, el rey no llegó a participar en persona aunque el Papa le ofrecía en bandeja Occitania. Felipe II negó la partida de más nobles, aunque ello no impidió que muchos de ellos acudieran tentados por las posibilidades de rapiña. Uno de estos señores feudales, Simón de Montfort, fue elegido por el legado papal Arnaud Amaury como jefe militar de la expedición.

A pesar de que habían transcurrido varios años entre la Primera Cruzada y la Cruzada Albigense, el objetivo perseguido por el papado era muy similar en ambas. En el Concilio de Clermont (1095) el papa Urbano II instó a los caballeros de la pequeña nobleza europea, ocupados hasta entonces en cometer crímenes inocuos, a combatir a los musulmanes usurpadores de los santos lugares. En la convocatoria de 1209, mercenarios similares a los de 1095 recibieron la bula papal para poder llevar a cabo sus actos de pillaje en el Languedoc. Los ejércitos cruzados marchaban ya hacia su objetivo tolosano, las tierras donde habitaban los asesinos del legado pontificio. Para evitar la guerra, el conde Raimundo VI de Toulouse se vio forzado a someterse a la autoridad papal e incluso tuvo que ofrecer su participación activa en la persecución de los herejes. Inocencio III aceptó el acto de buena fe del conde de Toulouse y decidió reorientar la cruzada hacia otros señoríos occitanos contaminados por el movimiento cátaro y gobernados por nobles inoperantes frente a la herejía. La expedición pronto puso rumbo hacia los señoríos de la familia Trencavel, donde Raimundo-Rogelio, sobrino de Raimundo de Toulouse y vizconde de Carcassonne, Béziers y Albi, era sospechoso de herejía. Los Trencavel fueron una importante dinastía vizcondal que rigió, entre el siglo X y el XIII, los vizcondados de Nimes, Albi, Carcasona, Rasez, Béziers y Agde, en la región del Languedoc. El nombre Trencavel quizás deriva de la palabra compuesta ‘trencavelana‘ (rompe avellana). Originado como apodo, Trencavel se convirtió más tarde en el nombre que trajeron varios vizcondes (Ramón Trencavel I, II), así como algunas damas de la casa vizcondal, siendo Trencavela la versión femenina del nombre. El primer miembro documentado de la familia Trencavel fue Aton I, que fue vizconde de Albi en el siglo X. A Aton lo siguieron cinco generaciones de vizcondes de Albi por descendencia directa. Bernardo Aton IV (muerto el 1129), fue vizconde de Albi, Beziers, Carcasona, Nimes y Rasez. Fue entonces cuando la familia Trencavel, con Bernardo Aton IV, tuvo bajo su dominio todas las tierras de los condes de Tolosa (Toulouse). Pese a esto, los Trencavel nunca adquirieron el título de condes. Los hijos de Bernardo Aton IV dividieron la herencia de su padre. Este conglomerado de tierras en el centro del Languedoc en manos de los Trencavel dio a esta familia una posición de considerable poder durante los siglos XI y XII. Tanto es así, que sus vecinos cercanos, los condes de Toulouse al oeste y los condes de Barcelona al sur, viendo la importancia y la fuerza de los Trencavel y sus tierras, buscaron alianza con ellos. Mayoritariamente, los Trencavel fueron aliados de los condes de Barcelona.

Es probable que Raimundo VI de Toulouse resucitara los antiguos odios de las dos casas gobernantes sugiriendo al papa dirigir las huestes cruzadas hacia los vizcondados de Trencavel. Muy poco tiempo hubo de transcurrir para que unos cruzados deseosos de botín se hallaran a las puertas de estas tierras, a pesar de que Raimundo-Rogelio no tenía nada que ver con el asesinato del legado cisterciense y que, muy probablemente, tampoco existía ninguna relación entre él y la herejía. Las ciudades del vizconde Raimundo-Rogelio no tardaron en caer en poder de los cruzados, y muy pronto se pusieron de manifiesto los despiadados pero efectivos métodos empleados por los caballeros cruzados para acabar con la herejía cátara. Tras la conquista de Minerve, Arnaud Amaury ofreció a los prisioneros salvar su vida a cambio de la abjuración. Pero el legado pontificio pronto satisfizo a los caballeros al exclamar: “No temáis nada, creo que se convertirán muy pocos (… )”. Otro ejemplo de la crueldad, tanto de los cruzados como de la Iglesia, quedó patente con lo ocurrido durante la toma de la ciudad de Béziers. El 22 de julio de 1209 el enclave era sitiado por los cruzados, aunque los habitantes se negaron a entregar a los herejes y estaban decididos a resistir. Antes del asalto final los cruzados consultaron a Arnaud Amaury, preocupados por cómo distinguir a los verdaderos católicos de los herejes, y el líder espiritual de la cruzada se mostró de nuevo tajante:“Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos”. Según las crónicas, perecieron unas ocho mil personas. A pesar de que autore, como Fisas, se empeñan en decir que la célebre frase del legado papal fue inventada por un cronista alemán en el siglo XIV, y aunque esto sea cierto, la verdad es que la mayoría de los pensadores están de acuerdo con que en Béziers se produjo una auténtica masacre. Paul Labal nos presenta la crueldad de los legados pontificios y las ansias de botín de los cruzados franceses, pues afirma que solo una minoría de los habitantes de Béziers eran sospechosos de herejía. No obstante, las muestras de crueldad que los cruzados llevaron a cabo en nombre de Dios no acabaron con la matanza de Béziers, puesto que los que participaron en ella tenían el derecho de apropiarse de los bienes de los asesinados. Por orden de Simón de Montfort se realizó una larga procesión desde Bram hasta Cabaret de cien prisioneros con los ojos reventados, la nariz y los labios cortados, guiados por un desgraciado al que habían dejado un ojo. Una tortura que no reportaba ningún beneficio para los cruzados.

Muy pronto todos estos crímenes comenzaron a hacer mella en la moral de los occitanos y, tras la toma de Béziers, prácticamente todas las fortalezas que iban apareciendo en la ruta del ejército cruzado capitularon sin llegar a hacer frente a los cruzados. En cambio, la ciudad-fortaleza y capital, Carcassonne, opuso resistencia a los cruzados con el vizconde Raimundo-Rogelio a la cabeza, aunque finalmente acabó en manos de los cruzados como todas las anteriores. Tras un acuerdo inicial de matrimonio con Eudoxia, la hija del emperador Manuel de Bizancio, Alfonso II de la Corona de Aragón rompía su compromiso y se casaba con Sancha de Castilla. En consecuencia, Eudoxia era desposada con Guillermo de Montpellier y de este matrimonio nacería María, que más tarde sería comprometida con Pedro II de la Corona de Aragón. Pero, al parecer, Pedro II se casó con María única y exclusivamente para apropiarse del señorío de Montpellier, pero la jugada le salió mal y Pedro II prácticamente repudio a Maria. El Papa no quería aumentar el poder del rey catalán – aragonés en Occitania y mantuvo el feudo de Montpellier para María. Tras el matrimonio, Pedro II no recibió Montpellier como dote y, en consecuencia, solicitó inmediatamente el divorcio. Sin embargo, Inocencio III no satisfizo los intereses de Pedro II, que podrían haber reforzado a un enemigo potencial de su gran aliada, Francia, por lo que Pedro II optó por abandonar a su esposa. Conocido por todos el carácter mujeriego del rey, en una visita de Pedro II a Montpellier, este se tuvo una aventura con su propia esposa, pensándose que era otra dama. De aquel encuentro fugaz y engañoso nació Jaime en la ciudad universitaria en el año 1208. Parece ser que Pedro II no volvió a ver a María y, además, en ningún documento firmado en fechas próximas a 1208 Jaime figura como su hijo. Por si esto no fuera suficiente, al poco de nacer el príncipe, Pedro II firmó con Sancho VII de Navarra el tratado por el cual le declaraba heredero de sus reinos. Todo parecía indicar en estos primeros años que Jaime sería solamente heredero del señorío de Montpellier. En 1211 Simón de Montfort solicitó a Pedro II el matrimonio de Jaime, futuro señor de Montpellier, con su hija. Pedro II accedió, con lo que no solo no defendía el patrimonio de Jaime, sino que no le importaba entregar a su vástago como rehén a Simón de Montfort para garantizar los acuerdos firmados. Pedro II, monarca de la Corona de Aragón participó junto a Alfonso VIII de Castilla y Sancho VII de Navarra en la decisiva victoria de las Navas de Tolosa (1212) contra el Imperio almohade. Esta derrota supuso el fin de la hegemonía musulmana en la península Ibérica y dejaba las puertas abiertas para la reconquista. No obstante, la reconquista peninsular debió esperar un tiempo, ya que en 1213 otros asuntos desviaron la atención de Pedro II.

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En pocos meses los cruzados se adueñaron de los vizcondados de la Casa Trencavel, feudos de la Corona de Aragón. Pedro II tuvo que aparcar sus intereses en Al-Andalus y finalmente se vio forzado a intervenir en el conflicto armado que tenía lugar en Languedoc. La política anexionista de los nobles franceses en esta región constituía una amenaza y una agresión para los estados integrantes y feudatarios de la Corona de Aragón. Hasta el momento, Pedro II se había mantenido al margen, puesto que la empresa estaba dirigida en principio contra la herejía, y el monarca aragonés, llamado el Católico por ser un ferviente defensor de la fe, no podía oponerse a la autoridad de la Iglesia; sin embargo, ante la provocación de la conquista de Béziers y Carcassonne, su intervención no podía hacerse esperar. El detonante final tuvo lugar cuando su cuñado Raimundo VI de Toulouse demandó auxilio reconociéndose su vasallo. El papa Inocencio III aceptó la humillación de Raimundo VI al inicio de la cruzada. No obstante, el conde de Toulouse pronto volvió a su postura tolerante hacia el movimiento cátaro y no llevó a cabo ninguna acción contra los herejes de su estado, lo que no tardó en provocar su excomunión y convertir nuevamente sus tierras en objetivo de los cruzados. Raimundo VI había tratado de ganar tiempo con su aparente sumisión a la autoridad papal, pero sabía que tarde o temprano el bulo sería descubierto y que solo no podía hacer nada contra las huestes cruzadas. Necesitaba apoyo para hacer creíble su engaño, además de ayuda militar en el caso de que esta primera opción fracasara. Pedro II se mostró el candidato perfecto para las necesidades del conde de Toulouse. Nadie ponía en duda el profundo sentimiento religioso de Pedro II ni tampoco su valía militar. La ayuda del rey aragonés a la causa tolosana aportaba credibilidad al embuste de Raimundo VI y, al mismo tiempo, si la mentira no daba resultado, podía intervenir en el conflicto occitano con sus cualificados ejércitos. De la misma forma que Raimundo de Toulouse, el conde de Fox se humilló como vasallo de la Corona de Aragón a cambio de ayuda militar. Los feudos de Carcassonne, Béziers, Comminges y Beam, así como los nuevos estados aliados de Toulouse y Foix demandaban la intervención de Pedro II. La autoridad del monarca fue reconocida en toda Occitania, que fue considerado señor de Occitania. La respuesta de Pedro II no podía demorarse más. Al mismo tiempo, los ejércitos cruzados arrasaban con todo lo que encontraba a su paso, incluidos los señoríos de Foix, Comminges y Beam, tierras libres de herejes.

A pesar de todo, Pedro II no abandonó totalmente la vía diplomática para poder solucionar el conflicto. Se entrevistó con los condes de Toulouse y Foix, participó en un concilio celebrado en Lavaur, y envió embajadores al Papa. Incluso negoció con Simón de Montfort el matrimonio de Jaime con Amicia, la hija del líder cruzado, cuando el príncipe aragonés fue tomado como rehén en la ciudad de Carcassonne. Ahora bien, todas las negociaciones fracasaron. Simón de Montfort intentó que Pedro II lo reconociera como señor de las posesiones conquistadas, pero las condiciones impuestas por el líder de la cruzada y por el concilio de Lavaur eran inaceptables para la Corona de Aragón y Languedoc, puesto que solo beneficiaban a los cruzados franceses. El Papa estaba decidido a acabar de raíz con la herejía cátara, aunque ello supusiera arrebatarle Occitania a la Corona de Aragón para entregársela a Francia. Ante el fracaso de la diplomacia, Pedro II no tuvo otra opción que marchar con su ejército a Languedoc, por lo que necesariamente hubo de desviar la atención de sus asuntos en la península Ibérica. Tras la victoria de las Navas de Tolosa (1212), se le habían abierto las puertas para la conquista del Reino de Valencia, pero ahora debía defender sus señoríos y feudos occitanos. El 12 de septiembre de 1213 se produjo en la llanura de Muret el encuentro entre los ejércitos cruzados y los aliados de la Corona de Aragón. El experimentado ejército de Pedro II parecía que partía con ventaja, como había quedado patente en las Navas de Tolosa, pero un hecho puntual hizo que la victoria se decantara a favor de los cruzados. Existen varias versiones sobre la muerte de Pedro II y acerca de cómo se produjo la derrota catalana – aragonesa en Muret. Una versión muy fiable de los hechos es la que proporciona Paul Labal. A pesar de que el ejército de Pedro II era superior en número, la supremacía de la caballería cruzada era evidente y, ante esto, Raimundo VI había propuesto a Pedro II parapetarse tras unas barreras, esperar el ataque de los cruzados utilizando los ballesteros de las milicias tolosanas y después lanzar un contraataque a caballo. Pero el rey aragonés no lo entendió así y quiso atacar a caballo. Apenas iniciado el combate, el monarca cayó muerto y sus tropas huyeron en desbandada. Otra de estas versiones es la que cuenta Jaime I en su crónica. Su padre, Pedro II, había pasado la noche con una fogosa dama que le había dejado extenuado, hasta el punto de que por la mañana estaba tan débil, que al oír misa no pudo permanecer de pie durante el Evangelio y se vio obligado a sentarse. Una vez se revistió con su armadura, no pudo aguantar el primer embate en el campo de batalla, por lo que cayó del caballo y fue muerto a continuación.

Pero las crónicas nos hablan de la extraordinaria estatura que poseía la estirpe de Pedro II. Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en el museo del Ayuntamiento de Valencia, donde se conserva un escudo de enormes dimensiones de Jaime I y a partir del cual se calcula que, para su correcto manejo, el monarca debería de sobrepasar los 2,10 metros, una altura extraordinaria para aquella época. Precisamente y aunque parezca absurdo, podría ser que la destacada talla de Pedro II fuera la causa de su muerte y, finalmente, hubiera supuesto también la derrota de su ejército. Según Juan Eslava los caballeros franceses se habían propuesto dar muerte al rey Pedro, del cual solo conocían su extraordinaria altura. Cuando la batalla parecía ya ganada por los catalanes – aragoneses, algunos caballeros franceses se dirigieron hacia un caballero muy alto y lo mataron, exclamando a voces “El rey Pedro ha muerto“. Pedro II al escuchar los gritos no pudo evitar replicar “El rey Pedro soy yo”, y al poco tiempo fue abatido. Al morir Pedro II su ejército se desmoralizó y cambió el sino de la batalla. Con esta muerte parece ser que cambiaron los destinos de Francia y la Corona de Aragón. Si bien es cierto que la cruzada finalizó para la Corona de Aragón, también lo es que continuó para los ciudadanos de Languedoc. La intervención aragonesa en Languedoc parecía finiquitada en 1213, puesto que el sucesor de Pedro II, Jaime I, solamente contaba con 5 años cuando murió su padre. Las consecuencias de la derrota de Muret para el joven Jaime resultaban funestas, y es que era rehén del asesino de su padre en el mismísimo centro de poder que este aspiraba construir en Occitania, la imponente fortaleza de Carcassonne. El destino del príncipe huérfano parecía depender únicamente de la voluntad de Simón de Montfort. Simón de Montfort controlaba militarmente buena parte de Occitania y esto facilitaba la posibilidad de llegar a coronarse rey de Occitania. Sin embargo, este hecho resultó determinante para el futuro de catalanes y aragoneses, ya que esta situación inquietaba sobremanera a la monarquía francesa y a su aliado, el papado. Un Montfort demasiado poderoso no interesaba para nada a Roma, por lo que Inocencio III reaccionó con celeridad para permitir el equilibrio de fuerzas en la región. Se trataba de cortarle las alas al cruzado e impedir que siguiera haciendo estragos sobre la herencia de la Casa de Barcelona. Nada mejor que enviar a su legado, Pedro de Benevento, y obligar a Montfort a entregar al niño Jaime. Sin ninguna duda, Jaime nunca habría llegado a reinar sin la decisiva irrupción en la historia de la figura de Pedro de Benevento.

El futuro del joven Jaime dependía en esos momentos del único poder que era capaz de frenar la codicia de un cada vez más fuerte Simón de Montfort. Y eso fue precisamente lo que Inocencio III hizo, mostrarse muy firme a la hora de legitimar la herencia de Jaime como señor de Montpellier, rey de Aragón y príncipe de Catalunya. El Papa estaba deseoso de frenar los movimientos de Montfort y, al mismo tiempo, hacer cumplir la voluntad de la difunta María de Montpellier. La devota María ya había dejado escrito en su testamento de 1211 que a su muerte entregaba a su hijo Jaime bajo la protección de los templarios. En el año 1213, una moribunda María moría en Roma no sin antes pedir al Papa que protegiera a su hijo. Para evitar reforzar aún más a Montfort, la estrategia del papado se basaba en obtener la liberación del futuro rey de la Corona de Aragón y en romper el acuerdo matrimonial con Amicia. De no conseguir esto, Roma se enfrentaría a una dinastía que controlaría Occitania, Catalunya y Aragón y que poseería también señoríos en Inglaterra y Francia. Se debía cortar de raíz la gestación de este serio competidor para la protegida Francia. Inocencio III no vaciló y decretó la entrega de Jaime a su legado, Pedro de Benevento. Francia y Roma respiraban aliviadas, y Aragón y Catalunya tenían ya un heredero legítimo. Sin embargo, la tarea del legado Pedro de Benevento no estuvo exenta de dificultades. Pedro tenía como misión organizar a los nobles que se harían cargo de la regencia durante la minoría de edad de Jaime para, de esta forma, garantizar su protección. En estas fechas tenebrosas, encontramos dos partidos hostiles a Jaime I claramente diferenciados: la nobleza catalana dirigida por Nunó Sanç, conde Nunó I de Rosselló-Cerdanya y tío abuelo de Jaime, y el partido aragonés de Femando, hermano de Pedro II y abad de Montearagón. En consecuencia y para asegurar todavía más la seguridad del joven Jaime, Pedro de Benevento lo puso bajo la tutela del maestre del Temple para Hispania y Provenza, Guillermo de Montredon. Guillermo trasladó a Jaime junto a su primo, Ramón Berenguer V de Provenza, al castillo templario de Monzón, en la provincia de Huesca. Ramón Berenguer era hijo del conde Alfonso II de Provenza, hermano de Pedro II, que fue asesinado en Palermo cuando acompañaba a la comitiva de entrega en matrimonio de su hermana Constanza al emperador germánico Federico II. Su hijo huérfano quedó bajo la protección del rey de la Corona de Aragón y a la muerte de este fue entregado al cuidado del maestre del Temple. Jaime y Ramón serían rey y conde respectivamente por voluntad de Roma. La finalidad última de la Iglesia era garantizar que cuando los dos jóvenes crecieran impulsaran una actitud favorable a la política de la Santa Sede.

En 1214 se celebraron cortes unitarias de Catalunya y Aragón en Lleida, encuentro al que acudieron todos los ricoshombres de los dos estados, a excepción de Nunó Sanç y Fernando. Los asistentes juraron defender los dominios de Jaime y su persona y lo proclamaron rey. Pero se hizo en ausencia de sus dos tíos, que de esta forma esquivaban el reconocimiento del nuevo monarca. Para aliviar tensiones, el legado papal decretó que la procuraduría del reino durante la minoría de edad de Jaime recaería en manos del poderoso Nunó Sanç. Pedro de Benevento otorgará también el gobierno provisional de la Provenza al conde Nunó Sanç durante la minoría de edad del otro protegido de la Santa Sede, el futuro Ramón Berenguer V. El gobierno de Catalunya y Aragón estaba ya organizado, a pesar de que Jaime no podía considerarse su monarca, pues en realidad solo tenía la posesión únicamente nominal de unos reinos que estaban completamente arruinados, debido a las deudas de su padre y al reparto de bienes efectuado por los nobles que participaban en la regencia, unos reinos que estaban condenados a deshacerse en una guerra civil. El legado papal Pedro de Benevento tenía que organizar la regencia durante la minoría de edad de Jaime para garantizar la paz entre los cruzados de Simón de Montfort y los nobles catalanes. A la cabeza de los catalanes hostiles ante la ocupación francesa del Languedoc estaba el conde Nunó Sanç, que no admitía las propuestas pacificadoras del legado papal, a pesar de haber aceptado de este las procuradurías de los reinos de Jaime y del condado de Provenza. En el otro bando nobiliario en liza por la herencia de Jaime estaba su tío Fernando, que a su juicio tenía tanto o más derecho que Nunó Sanç a ser procurador, por cuanto era hermano del último rey y estaba dispuesto a imponerse por todos los medios. La temida guerra civil no se hizo esperar más, y los dos tíos del rey niño se alzaron en armas en un estéril enfrentamiento. Los dos partidos nobiliarios se disputaban la procuraduría y, en última instancia, puede que hasta incluso el trono, a la vez que discrepaban en los asuntos de política exterior. Femando era partidario de la expansión hacia el sur hispano y Nunó Sanç abogaba por los intereses de la corona en Languedoc. Sin embargo, aunque parezca sorprendente, ambos estaban de acuerdo en una cuestión: los dos rechazaban que fuera el legado papal quien impusiera su política. El concilio provincial de Montpellier (1215) propuso al Papa que reconociera a Simón de Montfort señor y único jefe del país recién conquistado.
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Montfort no era en realidad más que un pequeño señor feudal de Ile-de-France con importantes intereses en el condado inglés de Leicester por herencia materna, al que no le faltaba experiencia en tomar la cruz y combatir en nombre de la fe de Cristo, como bien lo demuestra su participación en la Cuarta Cruzada en Tierra Santa. El legado papal, sabedor de que la propuesta de los obispos no sería del agrado de Inocencio III, se negó a sancionarla. Sin embargo, el hecho venía a demostrar que el señorío de Montfort quedaba reconocido, ya que se le permitía firmar documentos como conde de Toulouse, vizconde de Béziers y Carcassonne o duque de Narbone. En consecuencia, Simón de Montfort continuaba separado tan solo por una delgada línea del título de rey. No obstante, un astuto Inocencio III tomaba nuevas medidas y aplicaba una serie de restricciones a lo propuesto en el concilio. Nuevamente optó por el equilibrio de fuerzas. No quiso desposeer totalmente a la casa tolosana de su patrimonio y, consecuentemente, mantuvo el marquesado de Provenza para el futuro conde Raimundo VII, hijo de Raimundo VI; de este modo, el poder de Simón de Montfort quedaba contrarrestado. Esta decisión del Papa fue meditada a conciencia para evitar conflictos con el nuevo conde y le permitió conservar unas tierras en las que la herejía no había fructificado. A pesar de todo, a Inocencio III le salió mal la jugada. La cruzada parecía terminada, aunque el papa cometió el grave error de entregar a un hombre del linaje de la liberal Toulouse unos señoríos en los que la herejía no había arraigado, pero en los que el sentimiento de autodeterminación y la reacción hostil hacia los invasores franceses eran muy fuertes. En este ambiente propiciado por el sumo pontífice, al joven conde Raimundo VII no le resultó demasiado complicado acaudillar un alzamiento y derrotar al usurpador Simón de Montfort en Beaucaire. Una nueva alianza se creó cuando en 1217 Raimundo VII y su viejo padre, Raimundo VI, retornado del exilio catalán, se unieron a las fuerzas del conde de Comminges, el conde de Foix y el hijo de Nunó Sanç. Este ejército atacó las posiciones del líder cruzado y tomó Toulouse el 13 de septiembre de 1217, lo que constituyó la culminación de la política occitana de Nunó Sanç. Casi de forma inmediata, Simón de Montfort puso sitio a la ciudad, aunque el cerco de los cruzados no tardó demasiado en deshacerse, cuando el 25 de junio de 1218 Montfort fue alcanzado por una piedra catapultada por muchachas tolosanas. En los años siguientes, la contraofensiva languedociana se incrementó y se llegó a reconquistar un buen número de señoríos. Todo seguía abierto en Occitania. Las consecuencias de la batalla de Muret, en efecto, no parecían todavía definitivas. No cabe la menor duda de que las condiciones impuestas por derecho de conquista fueron muy duras.

La Iglesia no solamente restableció el diezmo, sino que además creó un impuesto suplementario. Todos los ciudadanos fueron obligados a ir a misa o, en su defecto, a pagar una multa considerable, y es que el clero no dudaba en recurrir a los cruzados para que nadie pudiera librarse de satisfacer estos impuestos. Ante la dura represión cruzada, es lógico comprender el motivo por el cual los occitanos aspiraban al restablecimiento del antiguo orden. Antes de que Raimundo VI entrara en Toulouse, Simón de Montfort había impuesto a la ciudad un tributo de treinta mil marcos de plata, lo que llevó a los tolosanos a “aspirar a su antigua libertad y a pedir el regreso de su antiguo señor”. Las viudas o las herederas nobles de Toulouse no podían contraer matrimonio con un “indígena de esta tierra hasta dentro de diez años sin la autorización del conde Simón de Montfort“, pero sí podían hacerlo con franceses sin requerir consentimiento alguno. A lo anterior hay que añadir que las costumbres y tradiciones occitanas fueron pisoteadas y objeto de burla, con lo que no resultará demasiado difícil comprender que, ante este panorama represor, acabó por alzarse un pueblo cuyo único pecado fue el de tolerar la existencia de una religión más liberal. La revuelta popular languedociana supuso también el retomo de la Iglesia cátara. Con la muerte de Simón de Montfort, su hijo y sucesor, Amaury, tardó poco en perder buena parte de los territorios conquistados en la cruzada. En febrero de 1224 un inepto, débil y cobarde Amaury de Montfort se presentó en París ante Luis VIII, el nuevo rey de Francia, con la intención de renunciar a sus derechos sobre Languedoc. Pero las muestras de sumisión de los caballeros franceses hacia su rey no comenzaron aquí. Ya en abril de 1216, Simón de Montfort rindió homenaje a Felipe II por las tierras conquistadas y que el papado le había reconocido. Tras la cruzada los Montfort eran condes de Toulouse, vizcondes de Béziers y de Carcassonne y duques de Narbone. Con la renuncia de Amaury asistimos al nacimiento de la nueva Francia. Todo esto pone de manifiesto que la cruzada fue un arma y una excusa de la monarquía francesa para anexionarse buena parte de Occitania. El papa y el nuevo rey no vacilaron a la hora de poner los ejércitos de la Iglesia al servicio de Francia. Con la renuncia de Amaury de Montfort, ahora le correspondía directamente a Luis VIII de Francia tomar el mando de los cruzados y recuperar las tierras conquistadas a los occitanos. En junio de 1226 un renovado ejército cruzado, más numeroso y mejor preparado que el de 1209, se reunió de nuevo en Lyon. Al igual que en la anterior campaña, las ciudades fueron cayendo una tras otra sin apenas resistencia hasta llegar a las puertas de Toulouse. Sin embargo, con la muerte de Luis VIII los cruzados se quedaron nuevamente sin líder militar al poco de iniciarse la expedición. El nuevo monarca, Luis IX, contaba con tan solo 12 años.

En octubre de 1216, Jaime esperaba aún en el castillo de Monzón que llegara el momento de su salida del castillo templario para asumir el gobierno de sus estados. Mientras, su primo Ramón Berenguer V partía hacia sus dominios provenzales coincidiendo con el momento culminante de la política occitana de Nunó Sanç. El conde de Rosellón estrechaba cada vez más el cerco sobre Simón de Montfort y el papado no quería que el condado de Provenza entrara en liza. Por lo tanto, no había mejor manera de evitarlo que retirar de su gobierno a Nunó Sanç y, de esta forma, impedir que Provenza estuviera en manos de los rebeldes pro occitanos, o bien impedir que, en medio de la guerra, el condado cayera en manos de los cruzados de Montfort y se ampliaran sus más que extensos dominios en la región. La Santa Sede sabía que el niño que había criado no mordería la mano que en su día le dio de comer y mantendría una política afín a Roma y contraria a los rebeldes y herejes occitanos. A su vez, Roma prefería una Provenza independiente de los incontrolables cruzados. En el verano de 1217 se celebraron cortes en Villafranca, donde la principal resolución que se adoptó fue la del inicio del reinado de Jaime I a todos los efectos, cuando este solo tenía 10 años. Por esas fechas continuaban las victoriosas campañas de Nunó Sanç y la de sus aliados languedocianos contra Montfort, que llegaban a traducirse incluso en la reconquista de Toulouse. El nuevo Papa, Honorio III, montó en cólera y su respuesta no se hizo esperar demasiado. Tras las cortes de Villafranca, encontramos una carta con fecha 23 de octubre de 1217 en la que se dirige al rey de Aragón y Catalunya. A pesar de todo, el Papa sabe que en el fondo las acciones catalanas en Occitania escapan del control de Jaime, al igual que todo lo que acontece en sus estados. El joven monarca debe retornar a Monzón para evitar que su nobleza ejerza malas influencias sobre él y Roma se tope en un futuro con un rey hostil a su política. La Santa Sede quiere garantizar que el rey se encuentre en su órbita de influencia y asegurarse que no llegue a salir de ella. Hacia finales de 1217, la nobleza contraria a Nunó Sanç conducía al monarca nuevamente al castillo templario de Monzón. Este gesto pareció bastarle al Papa, en la medida en que quedaba asegurada la existencia de un partido favorable al rey, por lo que autorizó su salida definitiva de Monzón en abril del siguiente año.

En julio de 1218, Nunó Sanç dejó definitivamente la regencia y en septiembre se celebraron cortes en Lleida, en las que los principales acuerdos que se alcanzaron fueron la compensación económica de Nunó Sanç para acabar con la procuraduría y la tregua de siete años a la que se comprometía el conde de Rosellón. El viejo líder de los catalanes apaciguaba de esta forma sus ánimos levantiscos, lo que se traducía en un giro del reino hacia la política de Roma. A su vez, una satisfecha Santa Sede publicaba una bula el 25 de julio de 1219 en la que tomaba bajo su protección a Jaime I y sus estados. Aparentemente todo parecía ir sobre ruedas en esos primeros pasos de Jaime I en el trono. El destino había querido que Ramón Berenguer V llegara a ser conde de Provenza y al que sin lugar a dudas colaboró de forma decisiva el papado al velar por el cuidado del joven y dejarle, junto a su primo Jaime, bajo la tutela del maestre del Temple, Guillermo de Montredon. De igual forma, la voluntad de Roma también había posibilitado que Jaime I fuera rey. Ambos eran soberanos protegidos de la Santa Sede, y se auguraba que su futuro estaba condenado a ser controlado en buena medida por Roma. Mientras tanto, Jaime I era rey de dos importantes estados y con los años se había convertido en un poderoso monarca guerrero, fiel defensor de la fe católica. Pero no por ello seguía una política siempre afín a los intereses del papa. Podría decirse que conforme Jaime I iba controlando por méritos propios las riendas de sus estados, se hacía cada vez más independiente de la voluntad de Roma. En Provenza esto no ocurría, a pesar de que el pasado de Ramón Berenguer y Jaime habían sido muy similares. Este condado era un pequeño estado rodeado de herejes y con la poderosa Francia cada vez más próxima a sus fronteras. Además, a diferencia de lo que ocurría con un Jaime I ya adulto, el destino de Ramón Berenguer V sí estaba en manos de la Iglesia, con lo que dependía de ella si quería seguir conservando Provenza para su descendencia. El caso fue que el conde de Provenza no llegó nunca a librarse del yugo de Roma. La Santa Sede concertó el matrimonio de la primogénita de Ramón Berenguer con el rey de Francia, algo que el conde no tuvo más remedio que aceptar. En consecuencia, hacia 1233 se celebró el casamiento entre Luis IX de Francia y Margarita de Provenza. Con esta medida, ante la falta de hijos varones de Ramón Berenguer V, el papa esperaba integrar el condado de Provenza en el reino de Francia con la próxima generación. Además, el sumo pontífice conseguía un aliado para Luis XI en la defensa de su país y de la Iglesia. La Santa Sede y Provenza podrían aunar mejor sus esfuerzos en la lucha contra el emperador germánico Federico II. Asimismo, Roma se aseguraba que, a la muerte de Ramón Berenguer, Provenza no pasaría a manos de Jaime, quien tenía derechos hereditarios sobre el condado.

Federico II de Hohenstaufen se encontraba a la cabeza del partido gibelino, hostil al Papa y que promulgaba la independencia de las ciudades del norte de Italia. En el otro bando estaba el partido güelfo, afín a la unidad con Roma. Federico llegó a alentar este movimiento en las grandes ciudades del actual sur francés, modelo en el que encajaban a la perfección Montpellier y Marsella. En esos momentos, el emperador no solo chocó con el Papa, sino que tuvo que enfrentarse a los intereses de Jaime I y Ramón Berenguer, lo que condujo al conde de Provenza a sitiar Marsella en 1237. Y para que el asunto se complicara aún más, entró en escena el conde de Toulouse. El otro gran señor de Languedoc, en lugar de hacer frente común con Ramón Berenguer por la causa occitana, se puso del lado del emperador e hizo honor a su hostilidad hacia el papado. El conde de Provenza instó a Jaime I a hacer frente común contra Raimundo VII de Toulouse y Federico II, pero Jaime I se hallaba en plena campaña militar contra los musulmanes valencianos y ya tenía suficientes lugares en Hispania donde desplegar sus tropas. El rey de la Corona de Aragón no podía en esos momentos llevar a sus huestes a su ciudad natal, pero tampoco debía olvidar la diplomacia a la hora de tratar el delicado asunto de Montpellier, por lo que finalmente se desplazó allí en persona. La autoridad de Jaime I quedó sobradamente demostrada cuando acabó de raíz con las aspiraciones de Montpellier. El soberano convocó una reunión con los cónsules de la ciudad, pero estos no acudieron. Concluido el plazo que Jaime estipuló, procedió a confiscar todos sus bienes, destruyó las casas de los líderes de la revuelta y nombró nuevos cónsules que fueran afines a su política. Para demostrar que sus actos no tenían nada en contra de Montpellier y su pueblo, Jaime I entregó a la ciudad una nueva carta de privilegios el 17 de octubre de 1239. Solucionada la parte del conflicto que le afectaba, el monarca catalán – aragonés se dispuso a formalizar la necesaria paz con los señores de Occitania. El encuentro tuvo lugar en Montpellier; allí Jaime I, Ramón Berenguer V y Raimundo VII trataron de acercar posturas y no tardaron demasiado tiempo en comprender que el enemigo de estos tres señores occitanos no era otro que Francia y su aliado, el Papa. Este era el enemigo común, y no solo de Catalunya, Aragón, Provenza y Toulouse. Francia y Roma también suponían un obstáculo para los intereses del Imperio germánico e Inglaterra.

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Sin embargo, la realidad condujo a los señores occitanos a encontrar solamente soluciones viables. Todos sabían que la guerra contra la todopoderosa Francia era utópica, por lo que se dedicaron a arreglar aquello que estaba en sus manos. No podían combatir contra Francia, pero al menos sí podían dejar de guerrear entre ellos. De esta forma, las malas relaciones entre Raimundo VII de Toulouse y Ramón Berenguer V de Provenza se atenuaron, y Jaime I pudo partir para incorporarse a su guerra en Valencia. Hacia el año 1241 Jaime I y Raimundo VII trataron de asentar sus buenas relaciones con otro tratado. La nueva alianza debía contar con el visto bueno del papa Gregorio IX, por lo que necesariamente tenía carácter pacífico y no iba en contra de Francia. Este acuerdo garantizaba al monarca catalán – aragonés poder conservar Montpellier sin llegar a las armas, al no entrar en conflicto con Toulouse ni con Francia. Raimundo VII había sido obligado en 1229 a casar a su hija con el hermano del rey de Francia, Alfonso de Poitiers, y ante la ausencia de un sucesor varón, se vaticinaba que el condado de Toulouse sería heredado por un vástago de la dinastía capeta. Sin embargo, el conde de Toulouse no se resignaba a que Francia acabara por anexionarse su estado. Deseaba, por encima de todo, concebir un heredero masculino. No obstante, Raimundo VII hacía tiempo que había repudiado a su esposa, Sancha de Aragón, tía de Jaime I y Ramón Berenguer V de Provenza, y engendrar un hijo dependía de que el conde de Toulouse obtuviera el divorcio y pudiera casarse de nuevo, y Jaime, por supuesto, le daría su pleno apoyo en este menester. El motivo alegado por Raimundo VII ante la Iglesia para que el matrimonio fuera declarado nulo no fue otro que el de haber sido el padrino de bautismo de su propia esposa. Con el apoyo de Jaime I y Ramón Berenguer, finalmente el tribunal eclesiástico dictó la sentencia favorable para que se produjera el divorcio. La jugada era maestra y Jaime estaba a punto de lograr aquello que se le había resistido a su padre y por lo que este murió. El rey guerrero se encontraba a las puertas de derrotar a Francia y Roma haciendo uso de unas armas bien distintas a las de acero.

Las dotes diplomáticas de Jaime I estaban a punto de encumbrarle señor de Languedoc. la batalla de Muret no había sido más que una pesadilla sin consecuencias para la Corona de Aragón. La jugada maestra de Jaime I y sus aliados occitanos no era otra que casar al divorciado Raimundo VII con Sancha, la hija de Ramón Berenguer. De esta forma no solo se podía salvar la herencia occitana de Raimundo VII, sino que existía la posibilidad de fusionar Toulouse y Provenza. Al mismo tiempo, era probable que el poderoso rey impulsor de esta idea, es decir Jaime, exigiera un juramento de vasallaje por parte de Raimundo VII, algo que ya había ocurrido entre Raimundo VI y Pedro II, y lo que es más importante, Jaime I podía llegar a reclamar Provenza si su primo fallecía sin descendencia masculina. Pero al margen de todo esto, una cosa sí era segura; de producirse el matrimonio, se truncarían todos los planes de Francia y la Santa Sede, puesto que Toulouse quedaría en herencia para el hipotético hijo varón de Raimundo VII, y Provenza posiblemente también. Los dos mayores estados seguirían siendo independientes y Occitania continuaría libre. La ansiada boda tenía lugar el 11 de agosto de 1241, a pesar de que el Papa no había otorgado la pertinente autorización. Mientras los contrayentes se encontraban a la espera de validar su matrimonio, se producía la muerte del papa Gregorio IX. El proceso de elección del nuevo Papa podría ser largo y nada aseguraba que el elegido diera el consentimiento a este enlace. En consecuencia, la relación de Jaime, Raimundo y Ramón Berenguer se fue enfriando y la postura del conde de Provenza se fue aproximando nuevamente a Roma. El nuevo Papa, Celestino IV, proponía el casamiento de Sancha con el hermano de Enrique III de Inglaterra, Ricardo de Cornualles, y Ramón Berenguer aceptó. La alianza occitana se deshizo definitivamente y los sueños de libertad para Occitania se desvanecieron. Además, Toulouse y Provenza estaban condenadas a ser anexionadas por Francia. Más adelante, en la hoguera de Montségur, serían inmolados los cátaros languedocianos, descendientes de los volscos.

Fuentes:
  • Gerard de Sede – El Tesoro Cátaro
  • Paul Labal – Los cátaros: herejía y crisis social
  • Carlos Fisas – El fin de la apasionante aventura de los cátaros
  • José Luís Corral – ¿Qué fue la Corona de Aragón?
  • David Gonzalez Ruiz – Breve historia de la Corona de Aragón
  • Toni Soler – Historia de Catalunya
  • Jesús Mestre i Godes – Els Càtars, problema religiós i pretext polític
  • Stephen O’ Shea – Los Cátaros, la herejía perfecta
  • David Barreras – La Cruzada Albigense y el Imperio Aragones
  • Antoine Noguier – Histoire tholosaine
  • Anatole France – La rôtisserie de la reine Pédauque
  • Guillaume de Catel – Mémoires de l’histoire du Languedoc
  • Henri-Paul Eydoux – Les terrassiers de l’histoire

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