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Diego Velázquez
Diego Rodríguez de Silva Velázquez nació en Sevilla, el 5 de junio de
1599, siendo bautizado en la iglesia de San Pedro, el 6 de junio de
1599.
Su padrino fue Pablo de Ojeda, quizá pintor de imaginería. Sus padres,
Juan Rodríguez de Silva y Jerónima Velázquez, eran los dos sevillanos y
pertenecían a familias distinguidas con algunos recursos económicos y
tradición de nobleza.

Sus padres le apoyaron en sus inquietudes pictóricas y debió ser a
los diez años de edad, cuando le llevaron al taller de Francisco de
Herrera el Viejo, hombre rígido y de áspero carácter. Quizá estos rasgos
de la personalidad de su primer maestro, hacían incómodo su trato, por
lo que pronto abandonó sus enseñanzas ingresando, un año más tarde, el 1
de diciembre de 1610, en el taller de Francisco Pacheco.

El contacto de Velázquez con Pacheco permanecería de por vida:
“después
de cinco años de educación y enseñanza, le casé con mi hija, movido de
su virtud, limpieza y buenas partes y de las esperanzas de su natural y
grande ingenio”, escribía Pacheco en su libro. Y así fue: el 23 de
abril de 1618, en la iglesia de San Miguel, Velázquez se casó con Juana
de Miranda o Juana de Pacheco.

Entre 1617 y 1623 se desarrolla la etapa sevillana, caracterizada por el estilo tenebrista, influenciado por
Caravaggio,
destacando como obras “El Aguador de Sevilla” o “La Adoración de los
Magos”. Durante estos primeros años obtiene bastante éxito con su
pintura, lo que le permite adquirir dos casas destinadas a alquiler.

En abril de 1923, y con el pretexto de conocer El Escorial y demás
Reales Sitios, Diego Velázquez marchó a Madrid, visitó estos lugares e
hizo un retrato de
Luis de Góngora y Argote,
más útil por su condición de capellán de honor de Palacio que por la de
poeta. Aunque con esta pintura Velázquez ganó un amigo más, no
consiguió llegar hasta el cliente deseado, el monarca Felipe IV, por lo
que habría de volverse a Sevilla.

Pero su suegro, Pacheco, no se dio por vencido y, por medio de su
amigo Juan de Fonseca, logró que en la primavera de 1623, el Conde-Duque
de Olivares emitiera una orden llamando a Velázquez para el soñado fin
de retratar al rey. En agosto de ese mismo año, ya estaba en Madrid,
acompañado esta vez sí de Pacheco, que no quería perderse el primer
escalón de la brillante carrera de Velázquez: el primer retrato a Felipe
IV, terminado el 30 de agosto de 1623. Retrato que causó tal
admiración que se ordenó, para lo sucesivo, que ningún otro pintor
retratara al rey. Tres órdenes, de 6, 28 y 30 de octubre de 1623 traen a
Velázquez su categoría de pintor real, con seis ducados de haber
mensual más el pago de las pinturas que fuera realizando.

A partir de ese momento, empezó su ascenso en la Corte española,
realizando interesantes retratos del rey y su famoso cuadro “Los
Borrachos”. Tras ponerse en contacto con
Pedro Pablo Rubens,
durante la estancia de éste en Madrid, en 1629 viajaó a Italia, donde
realizaría su segundo aprendizaje al estudiar las obras de
Tiziano,
Tintoretto,
Miguel Ángel,
Rafael Sanzio y
Leonardo da Vinci. En Italia pinta “La Fragua de Vulcano” y “La Túnica de José”, regresando a Madrid dos años después.

La década de 1630 es de gran importancia para el pintor, que recibió
interesantes encargos para el Palacio del Buen Retiro como “Las Lanzas” o
los retratos ecuestres, y para la Torre de la Parada, como los retratos
de caza. Su pintura se hizo más colorista, destacando sus excelentes
retratos, como el de Martínez Montañés o “La Dama del Abanico”, obras
mitológicas como “La Venus del Espejo” o escenas religiosas como el
“Cristo Crucificado”.

Paralelamente a la carrera de pintor, Velázquez desarrollaría una
importante labor como cortesano, obteniendo varios cargos: Ayudante de
Cámara y Aposentador Mayor de Palacio. Esta carrera cortesana le
restaría tiempo a su faceta de pintor, lo que motivó que su producción
artística fuera desgraciadamente, más limitada.
En 1649 hace su segundo viaje a Italia, donde demuestra sus excelentes
cualidades pictóricas, triunfando ante el papa Inocencio X, al que hace
un excelente retrato, al igual que lo lo haría con buena parte de la
Corte romana.

Regresó en 1651 a Madrid, con obras de arte compradas para Felipe IV.
Estos últimos años de la vida del pintor estarían marcados por su
obsesión de conseguir el hábito de la Orden de Santiago, que suponía el
ennoblecimiento de su familia, por lo que pintó muy poco, destacando de
esta época: “Las Hilanderas” y “Las Meninas”. La famosa cruz que exhibe
en este cuadro la obtendrá en 1659, ras participar en la organización de
la entrega de la infanta María Teresa de Austria al rey Luis XIV de
Francia para que se unieran en matrimonio.

Sus obras más importantes forman parte de los fondos más valiosos del
Museo del Prado de Madrid
Murió en Madrid el 6 de agosto de 1660, a la edad de 61 años.
Fuente: Biografia del pintor